“EL TANTO DE BÉISBOL” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Creo que entonces tenía veintiocho años. No trabajaba, pero tenía algún dinero, porque finalmente me había ido bien en el hipódromo. Serían más o menos las nueve y había estado bebiendo en mi habitación de alquiler durante un par de horas. Estaba aburrido y salí y eché a andar calle abajo. Llegué a un bar que había enfrente del que solía frecuentar y, por alguna razón, entré. Era un bar mucho más limpio y elegante que el otro, el mío de costumbre, y pensé, bueno, a lo mejor tengo suerte y me ligo una tía con clase.

Me senté junto a la puerta, a un par de taburetes de distancia del de aquella chica. Estaba sola. Había cuatro o cinco personas, hombres y mujeres, al otro extremo de la barra. El camarero hablaba con ellos y reía. Me estuve allí sentado tres o cuatro minutos. El camarero seguía hablando y riendo. Yo odiaba a aquellos pijoteros. Bebían lo que querían, conseguían propinas, se les envidiaba, se trincaban a las tías, tenían cuanto querían.

Saqué la cajetilla. Cogí un cigarrillo. No tenía cerillas. Miré a la chica.
—Disculpe, ¿tiene fuego?
Irritada, buscó en el bolso. Sacó una caja de cerillas… Luego, sin mirarme, me la tiró.
—Quédeselas —dijo.

Tenía el cabello largo y buen tipo. Llevaba un abrigo de piel de imitación y sombrerito haciendo conjunto. Observé cómo echaba la cabeza hacia atrás después de aspirar el humo. Lo expulsaba con estilo, con cierta elegancia. Era una de esas tías a las que te apetece arrearles con el cinturón.
El camarero seguía ignorándome.

Cogí un cenicero, lo alcé medio metro por encima de la barra y lo dejé caer. Esto atrajo su atención. Vino hacia mí. Era un grandullón de lo menos uno noventa y más de cien kilos. Un poco barrigón pero ancho de hombros, cabeza grande, manos grandes. Era guaperas, pero sin clase; sobre una ceja le colgaba

un mechón rebelde de cabello.
—Cutty Sark doble, con hielo —le dije.
—Menos mal que no rompiste el cenicero—dijo.
—Menos mal que lo oíste —contesté.
Las tablas rechinaron y crujieron mientras iba a prepararme la bebida.
—Espero que no me eche veneno en el whisky —le dije a la chica del visón falso.
—Jimmy es un tipo decente —dijo ella—. Jimmy no hace esa clase de cosas.
—No he conocido a ningún tipo decente que se llamara «Jimmy» —dije yo.
Jimmy volvió con mi whisky. Saqué la cartera y puse en la barra un billete de cincuenta dólares.

Jimmy lo cogió, lo alzó hacia la luz y dijo:
—¡Hostiasl
—¿Qué pasa, amigo? —pregunté—. ¿Es que no habías visto nunca un billete de cincuenta?
Se alejó de nuevo haciendo rechinar las tablas. Bebí un trago. Sabía bien:
—Ese tío parece que no haya visto nunca cincuenta dólares —le dije a la chica del sombrero de piel.
—. Yo sólo llevo billetes de cincuenta.
—Eres un fantasma —dijo ella.
—Es verdad —contesté—. Acabo de reventar un piso. Hace veinte minutos.
—Pues qué bien.
—Puedo pagarte lo que quieras.
—No hay nada en venta —dijo ella.
—¿Qué te pasa? ¿Es que lo tienes cerrado con candado? Si es así, no te preocupes, nadie va a venir a

pedirte de rodillas la llave.
Bebí otro trago.
—¿Quieres tomar algo? —pregunté.
—Sólo bebo con gente que me gusta —dijo ella.
—Ahora eres tú la que te has pasado —le dije.
¿Dónde está el camarero con mi cambio?, pensé. Tarda demasiado…
Estaba ya a punto de tirar otra vez el cenicero, cuando el tipo volvió haciendo rechinar la madera con

sus rudas pisadas.
Puso el cambio sobre la barra. Lo conté mientras él se alejaba de nuevo.
—¡EH! —grité.
Volvió.
—¿Qué pasa?
—Esto es cambio de diez. Te di cincuenta.
—Me diste un billete de diez…
Miré a la chica.
—Oye, tú lo viste, ¿no? ¡Le di cincuenta!
—Fueron diez —dijo ella.
—¿Pero qué coño pasa aquí? —pregunté.
Jimmy se alejaba ya.
—¡Oye, tú, esto no va a quedar así! —grité.
Pero Jimmy seguía caminando hacia el fondo de la barra, sin siquiera volverse. Allí se unió al grupo
con el que estaba y todos empezaron a hablar y a reírse.
Calibré la situación. La chica de al lado soltó un hilo de humo por la nariz, inclinando la cabeza
hacia atrás.

Pensé en destrozar el espejo de detrás de la barra. Lo había hecho una vez, en otro local. La idea no acababa de convencerme. ¿Iba a perder mi dinero? Aquel hijo de puta se me había meado encima delante de todo el mundo. Me inquietaba más su sangre fría que su tamaño. Debía contar con algún truco para sentirse tan seguro. ¿Un arma debajo de la barra? Desde luego, estaba esperando que me pasase. Todos los testigos estaban de su parte…

No sabía qué hacer. Había una cabina telefónica junto a la salida. Me levanté, fui hacia ella, eché una moneda, marqué un número al azar. Fingiría que llamaba a mis camaradas, que vendrían inmediatamente y destrozarían el bar. Escuché las llamadas al otro extremo de la línea. Se interrumpieron. Contestó una mujer.
—¿Sí? —dijo.

—Soy yo —contesté.
—¿Eres tú, Sam?
—Sí, sí, escucha…
—¡Sam, ha sucedido algo terrible! ¡Han atropellado a Wooly!
—¿Wooly?
—¡Nuestrope r ro , Sam! ¡Wooly hamuerto!
—¡Escúchame! ¡Estoy en El Ojo Rojo! ¿Sabes dónde queda? ¡Bien! ¡Quiero que vengas con Lefty,
Larry, Tony y Big Angelo, ¡de prisa . ¿Entendido? ¡Y que venga tambiénWo o l y!
Colgué y me senté. Pensé llamar a la policía. Pero sabía muy bien lo que pasaría. Darían la razón al camarero. Y yo acabaría en la celda de los borrachos.

Salí de la cabina y volví a la barra. Acabé el whisky. Luego cogí el cenicero y lo tiré al suelo con fuerza. El camarero me miró. Me levanté, le hice un corte de manga. Luego di la vuelta y salí por piernas, perseguido por su carcajada y la de todos los parroquianos…
Paré en la licorería. Compré dos botellas de vino y subí al Hotel Helen, que quedaba en la misma
calle, frente al bar de marras. Tenía allí una chica, como yo, alcohólica. Me llevaba diez años y trabajaba

allí de fregona. Subí los dos pisos, llamé a su puerta, deseando que estuviera sola.
—Nena —dije—. Tengo un problema. Me han jodido…
Se abrió la puerta. Betty estaba sola y más borracha que yo. Entré y cerré.
—¿Dónde están los vasos?
Me lo indicó, descorché una botella y serví dos vasos. Ella se sentó al borde de la cama y yo en una

silla. Le pasé la botella. Encendió un cigarrillo.
—No soporto este sitio, Benny. ¿Por qué no vivimos juntos ya?
—Tú empezaste a andar por las calles, nena, me volvías loco.
—Bueno, ya sabes cómo soy.
—Sí…
Distraída, Betty apoyó el cigarrillo en la colcha. Vi que empezaba a salir humo. Le aparté la mano.
Cogí un plato que había en el tocador y lo coloqué junto a la cama. Tenía tantos restos de comida seca, que

parecía una cerámica en relieve.
—Ahí tienes un cenicero…
—Te he echado de menos, sabes —dijo.
Bebí mi vino y serví otra ronda.
—Me han birlado un billete de cincuenta en el bar de enfrente. Les di un billete de cincuenta y me
devolvieron el cambio de diez.
—¿De dónde sacastetú cincuenta dólares? —Eso no importa, el caso es que los tenía. Y ese hijo de
puta me timó…
—¿Por qué no le atizaste? ¿Tenías miedo? Es Jimmy. ¡Las mujeres se vuelven locas por él! Todas las
noches, cuando cierra el bar, va al aparcamiento que hay detrás y se pone a cantar. Ellas se reúnen allí a

escucharle, y luego se lleva una al degolladero.
—Es un mierda…
—Jugaba al fútbol en el Notre Dame.
—¿Pero qué coño dices? ¿Es que te gusta ese tío?
—No puedo soportarle.
—Mejor, porque pienso darle una buena lección.
—Creo que le tienes miedo…
—¿Me has visto alguna vez eludir una pelea?
—Te he visto perder unas cuantas.

No respondí al comentario. Seguimos bebiendo y la conversación se desvió hacia otros temas. No recuerdo muy bien de qué hablamos. Cuando no andaba pateando las calles, Betty era un alma de Dios. No era tonta, pero estaba echa un lío, en fin, que era la perfecta alcohólica.Yo podía dejarlo uno o dos días. Ella no podía parar. Una pena. Hablamos. Teníamos una especie de entendimiento mutuo que hacía agradable la convivencia. Más tarde, hacia las dos, Betty dijo:
—Ven, mira…
Nos asomamos a la ventana y allá, en el aparcamiento, estaba Jimmy. Cantaba, no miento. Había tres
chicas, contemplándole en una explosión de risas.
Se reían de mi billete de cincuenta dólares. Seguro, pensé.
Luego, una de las chicas, subió al coche con él y las otras dos se fueron cantando. El coche no

arrancó de inmediato. Se encendieron los faros, el motor se puso al fin en marcha y salieron.
Será gilipollas, pensé. Yo nunca enciendo los faros hastadespués de poner el motor en marcha.
Miré a Betty.
—Ese hijo de puta se cree la hostia. Ya verá lo que es bueno.

—No tienes cojones —dijo ella.
—Oye, ¿aún tienes aquel bate de béisbol debajo de la cama? —le pregunté.
—Sí, pero no puedo prescindir de él…
—Claro que puedes —dije, dándole un billete de diez dólares.
—Está bien —dijo, y lo sacó de debajo de la cama—. A ver si eres capaz de marcar un buen tanto.
La noche siguiente, a las dos, yo estaba al acecho en el aparcamiento acuclillado detrás de dos

grandes cubos de basura. Tenía el bate de béisbol de Betty, modelo especial Jimmy Fox.
No tuve que esperar mucho. Jimmy salió con sus chicas.
—¡Canta para nosotras, Jimmy!
—¡Cántanos una detus canciones!
—Bueno…, está bien —dijo.
Se quitó la corbata, se la guardó en el bolsillo, se desabrochó el cuello de la camisa y alzó la testa
hacia la luna.

Yo soy el hombre que has estado esperando…
Yo soy el hombre que debes adorar…
Yo soy el hombre que te joderá en el suelo…
Yo soy el hombre que te hará pedir más…
Y más…
Y más…

Las tres chicas aplaudían y reían y se apretujaban a su alrededor.
—¡Oh, Jimmy! —¡Oh, JIMMY!
Jimmy retrocedió y miró a las chicas. Ellas esperaban. Por fin dijo:
—Bueno, esta noche será para… Caroline.

Tras lo cual, las otras dos chicas se quedaron muy lánguidas, bajaron la cabeza dócilmente y se fueron del bracete despacio; al llegar al bulevar se volvieron para sonreír y decir adiós a Jimmy y a Caroline.
Caroline estaba medio borracha y apenas se tenía en pie sobre sus tacones altos. Tenía un cuerpo

bonito y el pelo largo. Me recordaba a alguien.
—Eres un hombre de veras, Jimmy —le dijo—. Te quiero.
—Mentiras, zorra, tú lo que quieres es chupármela.
—Sí,eso también, Jimmy! —dijo Caroline riendo.
—Me la chuparás ahora mismo —dijo Jimmy, en tono súbitamente malévolo.
—No, espera… Jimmy, eso es demasiadorápido.
—¿No dices que me quieres? Pueschúpamela.
—No, espera.

Jimmy estaba bastante borracho. Tenía que estarlo para actuar así. No había mucha luz en el aparcamiento, pero tampoco estaba totalmente a oscuras. Algunos tíos están majaras. Les gusta hacerlo en público.
—Me la chuparás ahora mismo, zorra…
Jimmy se bajó la cremallera, agarró a Caroline por el pelo y la obligó a bajar la cabeza. Creí que la
chica iba a hacerlo. Parecía someterse.

Luego Jimmy gritó.Chilló. Le había mordido. Le alzó la cabeza tirándote del pelo y le atizó un puñetazo en la cara. Luego le largó la rodilla entre las piernas y la chica se desplomó, inmóvil. Se ha desmayado, pensé. Cuando él se vaya, podría arrastrarla detrás de los cubos y tirármela. Maldito el miedo que me daba. Pero decidí no salir de mi escondite. Agarré el bate y esperé a que se fuera. Le vi subirse la cremallera y avanzar con paso inseguro hacia el coche. Abrió la puerta, entró y se sentó; y se quedó allí sentado un rato. Luego, encendió las luces y puso el motor en marcha. Pero no arrancaba. Allí seguía parado en punto muerto. Luego le vi salir del coche. Sin apagar el motor. Sin apagar las luces. Dio la vuelta por delante del coche.
—¡Eh! —dijo a voces—. ¿Quién anda ahí? Te he… visto…
Empezó a avanzar hacia mí:
—…te veo…, quién cojones… que estás… escondido ahí entre esos cubos. Te estoy viendo…, vamos,
¡sal de ahí!
Seguía avanzando hacia mí. Con la luna a la espalda, parecía una monstruosa criatura salida de una
película de terror de la serie B.
—¡Sabandija de mierda! —dijo—. ¡Te voy a mear en la boca!

Se me venía encima. Estaba atrapado detrás de los cubos de basura. Así que alcé el bate y le aticé justo en medio de la cabeza. Pero no se derrumbó. Seguía allí plantado mirándome. Volví a golpearle. Parecía una vieja película cómica en blanco y negro. Seguía allí plantado mirándome con una cara muy poco agradable. Salí de detrás de los cubos de basura para salir por piernas. Me siguió. Me volví.

—Déjame en paz —le dije—. Olvidemos esto.
—¡Voy a matarte, sabandija! —dijo.
Aquellas manos inmensas avanzaron hacia mi cuello. Me escurrí y le aticé con el bate en las rodillas.

El golpe sonó como un tiro de pistola y Jimmy cayó.
—Olvidemos esto —le dije—. Ya estamos en paz, dejemos las cosas así.
Pero él seguía avanzando hacia mí arrastrándose, con las manos y las rodillas.
—¡Sabandija, voy a matarte!

Le aticé en la nuca con todas mis fuerzas. Quedó allí tumbado junto a su amiga. Miré a la chica. Era Caroline. La del abrigo de piel falso. Ya no me apetecía tirármela. Fui hasta el coche, apagué las luces, apagué el motor, saqué las llaves y las tiré a laazotea del edificio. Luego volví corriendo y le quité a Jimmy la cartera. Salí del aparcamiento en dirección sur, y, de pronto, me dije: «¡Mierda!» Volví corriendo al aparcamiento y busqué entre los cubos de basura. Me había dejado allí el whisky. Una botella en una bolsa de papel. La recogí. Salí y me largué, crucé la calle, me acerqué a un buzón de correos y miré alrededor. Nadie. Saqué los billetes de la cartera y eché la cartera al buzón. Después cambié de dirección y fui al Hotel Helen. Entré, subí la escalera, llamé a la puerta.

—¡BETTY, SOY BENNY! ¡ABRE, POR FAVOR!
La puerta se abrió.
—¿Qué coño pasa? —preguntó ella.
—Tengo whisky.
Entré, eché la cadena a la puerta. Las luces estaban encendidas. Recorrí la habitación apagándolas.
Nos quedamos a oscuras.

—¿Qué pasa? —preguntó ella—. ¿Te has vuelto loco?
Busqué vasos y serví dos whiskys con mano temblorosa.
La llevé hasta la ventana. Ya habían llegado los coches de la policía con sus destellos intermitentes.
—¿Qué coño ha pasado? —preguntó ella.
—Que alguien le ha atizado a Jimmy —dije.
Se oía acercarse una ambulancia. Llegó como una exhalación al aparcamiento. Cargaron primero a la

chica, luego a Jimmy.
—¿Quién se cargó a la chica? —preguntó Betty.
—Jimmy…
—¿Y a Jimmy?
—¿Qué coño importa?
Puse mi vaso de whisky en el alféizar de la ventana y eché mano al bolsillo. Conté los billetes.

Cuatrocientos ochenta dólares.
—Toma, nena…
Le di cincuenta dólares.
—¡Jesús, Benny, gracias!
—De nada…
—¡Te ha ido muy bien en las carreras!
—Como nunca, nena…
—¡Salud! —dijo alzando el vaso.
—Salud —dije yo, alzando el mío.
Entrechocamos los vasos y bebimos, mientras la ambulancia salía marcha atrás y giraba hacia el sur
con la sirena a toda pastilla. Por esta vez, no nos había tocado todavía a nosotros.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

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