La cabeza (relato completo) Charles Bukowski

Margie solía empezar a tocar nocturnos de Chopin cuando se ponía el sol. Vivía en una casa grande, un poco retirada de la calle, y a la puesta del sol ya estaba colocada con coñac o whisky. Tenía cuarenta y tres años y aún conservaba una buena figura y un rostro delicado. Su marido había muerto joven, hacía cinco años, y ella, al parecer, llevaba una vida solitaria. El marido había sido médico. Había tenido buena suerte en la Bolsa e invirtió el dinero para que ella tuviese una renta fija de dos mil dólares mensuales. Buena parte de los dos mil volaban en coñac y en whisky.

Desde la muerte de su marido, había tenido dos amantes, pero las aventuras habían sido esporádicas y fugaces. Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes sexual y espiritualmente. Sus intereses parecían limitarse a sus coches nuevos, el deporte y la televisión. Al menos Harry, su difunto marido, la llevaba de vez en cuando a un concierto. Bien sabía Dios que Metha era un director muy malo, pero todo era mejor que aguantar a Láveme y a Shirley. Margie se había resignado, sencillamente, a una existencia sin sexo masculino. Llevaba una vida plácida, con su piano, su coñac y su whisky. Y cuando el sol se ponía, sentía una enorme necesidad de su piano, de su Chopin y de su whisky y/o coñac. En cuanto empezaba a oscurecer, Margie empezaba a encender un cigarrillo detrás de otro.

Margie tenía un entretenimiento. A la casa de al lado había llegado una nueva pareja. En realidad, no eran propiamente una pareja. Él, barbudo, corpulento, violento, medio loco, era veinte años mayor que la mujer. Era un tipo feo que daba siempre la sensación de estar curda o con resaca. La mujer con la que vivía también era muy suya…, hosca, indiferente. Casi como en estado de trance. Los dos parecían tener afinidades recíprocas, y sin embargo era como si se hubieran juntado dos enemigos. Siempre estaban peleándose. Margie oía primero, casi siempre, la voz de la mujer. Luego, de pronto, muy alta, la del hombre. Y el hombre siempre aullaba alguna ruin indecencia. A veces, seguía a las voces un estruendo de cristales rotos. Pero lo más frecuente era ver salir al hombre en su viejo coche; luego todo quedaba tranquilo dos o tres días, hasta que regresaba. La policía se había llevado al hombre un par de veces. Pero siempre volvía.

Un día, Margie vio la foto del hombre en el periódico. Aquel hombre era el poeta Marx Renoffski. Había oído hablar de su obra. Al día siguiente, fue a la librería y compró todos los libros suyos que encontró. Aquella tarde, combinó la poesía del hombre con coñac; y cuando oscureció, se olvidó de tocar los nocturnos de Chopin. Por algunos de sus poemas de amor dedujo que aquel hombre estaba viviendo con la escritora Karen Reeves. Sin saber muy bien por qué, Margie no se sentía ya tan sola como antes.

La casa era de Karen y celebraban muchas fiestas. Durante éstas, cuando más escandalosas eran la música y las risas, siempre veía la figura alta y barbuda de Marx Renoffski salir por la puerta trasera de la casa. Se sentaba en el patío de atrás, solo, con su botella de cerveza a la luz de la luna. Y entonces Margie recordaba sus poemas de amor y sentía deseos de conocerle.
El sábado por la noche, varias semanas después de haber comprado sus libros, les oyó discutir a grito

pelado. Marx había estado bebiendo y la voz de Karen se fue haciendo cada vez más estridente.
—Escucha —era la voz de Marx—, cuando me apetezca un trago, me tomaré un trago.
—Eres la cosa más horrorosa que me he encontrado en la vida —oyó decir a Karen.
Luego, ruidos de trifulca. Margie apagó las luces y se pegó a la ventana.

—¡Maldita! —oyó decir a Marx—. ¡Sigue atacándome y verás lo que es bueno!
Luego, vio a Marx salir por el porche delantero con la máquina de escribir. No era una portátil, sino

un modelo de mesa, y Marx bajaba tambaleante las escaleras con ella, a punto de caer en todo momento.
—Me voy a librar de tu cabeza —chilló Karen—. Voy a arrojar esa cabeza ahora mismo.
—Adelante —dijo Marx—. Tírala.

Margie vio a Marx cargar la máquina de escribir en el coche y luego vio un objeto grande y pesado, evidentemente la cabeza, que salía volando del porche para caer en su jardín. Rebotó en el suelo y se inmovilizó justo bajo un gran rosal. Marx se marchó en su coche. En casa de Karen Reeves se apagaron todas las luces; y se hizo el silencio.

A la mañana siguiente, Margie despertó a las ocho y cuarenta y cinco. Se arregló, puso dos huevos a hervir y se tomó un café con una copita de coñac. Se asomó a la ventana. El gran objeto de arcilla seguía bajo el rosal. Se apartó de la ventana, sacó dos huevos, los enfrió poniéndolos en agua y los peló. Luego, se sentó a desayunar y abrió un ejemplar del último libro de poemas de Marx Renoffski, Uno, dos, tres, me
quiero a mí. Lo abrió hacia la mitad:
«…oh, tengo escuadrones

de dolor batallones, ejércitos de
dolor continentes de dolor
ja, ja, ja,
te tengo a ti.»

Margie terminó los huevos, echó dos copitasde coñac en un segundo café, se lo bebió, se puso los pantalones verdes de rayas, el jersey amarillo y, con una pinta a lo Katherine Hepburn a los cuarenta y tres, se calzó las sandalias rojas y salió a su jardín. El coche de Marx no estaba aparcado y la casa de Karen permanecía en silencio. Se acercó al rosal. Allí estaba la cabeza esculpida, con la cara hacia el suelo. Margie sintió que el corazón le latía más acelerado. Movió la cabeza con el pie, y el rostro la miró desde la yerba. Era Marx Renoffski, no había duda. Cogió a Marx, y, sosteniéndolo cuidadosamente contra su jersey amarillo pálido, lo llevó a casa. Lo colocó sobre el piano, luego se sirvió un coñac con agua, se sentó y estuvo un rato mirándole, mientras bebía. Marx era feo y rasposo, pero muy real. Karen Reeves era una buena escultora. Margie le estaba agradecida. Continuó examinando la cabeza de Marx; allí podía verlo todo, bondad, odio, miedo, demencia, amor, humor, pero ella veía sobre todo humor y amor. Cuando pusieron el programa de música clásica al mediodía, subió mucho el volumen y se puso a beber con auténtico deleite.

Hacia las cuatro de la tarde, aún seguía bebiendo coñac; empezó a hablar con él.
—Marx, te comprendo. Yo podría darte la verdadera felicidad.
Marx no contestó; siguió allí, sobre el piano, en total silencio.
—He leído tus libros, Marx. Eres un hombre ingenioso y sensible, Marx, y muy divertido. Te

comprendo, querido. Yo no soy como esa… esa otra mujer.
Marx seguía sonriendo, seguía mirándola con aquellos ojillos entrecerrados.
—Marx, podría interpretar a Chopin para ti…, los nocturnos, losétudes.
Margie se sentó al piano y empezó a tocar. El estaba allí.

Era evidente que Marx jamás veía los partidos en la televisión. Probablemente viese las obras de Ibsen, de Shakespeare, de Chejov, en el canal 28. Y, al igual que en sus poemas, era un gran amante. Se sirvió más coñac y siguió tocando. Marx Renoffski escuchaba.

Cuando Margie terminó su concierto, miró a Marx. Le había gustado. Estaba segura. Se levantó. La cabeza de Marx estaba justo al nivel de la suya. Se inclinó y le dio un leve beso. Luego, retrocedió. El sonreía, sonreía con aquella luminosa sonrisa. Puso de nuevo su boca sobre la de él, y le dio un beso lento y apasionado.

A la mañana siguiente, Marx seguía allí, sobre el piano. Marx Renoffski, poeta, poeta moderno, vivo, peligroso, encantador, sensible. Miró por la ventana. Aún no estaba allí el coche de Marx. Había pasado la noche fuera. Se había ido a otro sitio, lejos de aquella… zorra.
Se volvió y le dijo:
—Marx, tú necesitas una buena mujer.

Fue hasta la cocina, puso a hervir dos huevos y vertió un chorrito de whisky en el café. Se puso a canturrear. El día era idéntico al anterior. Pero mejor. Más agradable. Siguió leyendo la obra de Marx. Escribió incluso ella misma un poema:

«Este divino accidente
nos ha unido
aunque tú seas arcilla
y yo carne
ha surgido el contacto
pese a todo, ha surgido el contacto.»
A las cuatro, sonó el timbre de la puerta. Margie fue a abrir. Era Marx Renoffski. Estaba borracho.
—Nena —dijo—, sabemos que tienes la cabeza. ¿Qué te propones hacer con mi cabeza?
Margie no pudo contestar. Marx entró en la casa. —Bueno, ¿dónde está ese maldito trasto? Karen lo

quiere otra vez.
La cabeza estaba en el salón de música. Marx dio una vuelta por allí.
—Tienes una casa muy bonita. Vives sola, ¿eh? —Sí.
—¿Qué pasa? ¿Te dan miedo los hombres?
—No.
—Oye, la próxima vez que Karen me eche, creo que me acercaré por aquí. ¿Vale?
Margie no contestó.

—No contestas. Quien calla otorga. Bueno, estupendo. Pero ¿dónde está esa cabeza? Escucha, te he oído interpretar a Chopin cuando se pone el sol. Tienes clase. Me gustan las tías con clase. Seguro que bebes coñac, ¿a que sí?
—Sí.
—Sírveme un coñac. Tres copitas en medio vaso de agua.
Margie fue a la cocina. Cuando salió con la bebida, él estaba en el salón de música. Había
encontrado la cabeza. Estaba apoyado en ella, con el codo sobre el cráneo. Le ofreció el vaso.
—Gracias. Sí, clase. Tienes clase. ¿Pintas, escribes, compones? ¿Haces algo, además de interpretar a
Chopin?
—No.
—Ah —dijo él, alzando el vaso y bebiéndose la mitad de un trago—. Estoy seguro de que lo
eres.
—¿Que soy qué?
—Un gran polvo.
—No sé.
—Bueno, yo sí lo sé. Y no deberías desperdiciarlo. Yo no quiero que lo desperdicies.

Marx Renoffski se terminó el coñac y posó el vaso sobre el piano, junto a la cabeza. Se acercó a ella y la agarró. Marx olía a vómito, a vino barato y a bacon. Los pelos hirsutos de su barba le rasparon la cara cuando la besó. Luego, apartó la cara y la miró con aquellos ojillos.

—¡No puedes desperdiciar la vida, nena! —Margie sintió la presión de su pene—. También me gusta lamerles el coñito a las nenas. No lo hice hasta los cincuenta años. Karen me enseñó. Ahora soy el mejor del mundo.
—No me gusta que me agobien —dijo Margie débilmente.
—¡Oh, eso está muy bien! ¡Eso es lo que me gusta a mí!¡Espíritu! Chaplin se enamoró de Goddard
al verla mordisquear una manzana. ¡Apuesto a que tú mordisqueas las manzanas a las mil maravillas!

Aunque apuesto a que también puedes hacer otras cosas con la boca, ¿no?
La besó otra vez. Después, le preguntó:
—¿Dónde está el dormitorio?
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Porque es allí donde vamos a hacerlo!
—¿Hacer qué?
—¡Joder! ¿Qué va a ser?
—¡Fuera de mi casa!
—¿En serio?
—Sí.
—¿Quieres decir que no quieres joder?
—Exactamente.
—Oye, hay diez mil mujeres que se irían conmigo a la cama.
—Yo no soy una de ellas.
—Bueno, sírveme otra copa y me largo.
—De acuerdo.
Margie fue a la cocina, echó tres cepitas de coñac en medio vaso de agua, salió y se la dio.
—Oye, ¿sabes quién soy?
—Sí.
—Soy Marx Renoffski, el poeta.
—Ya te he dicho que sé quién eres.
—Ah —dijo Marx, y bebió de un trago el coñac—. Bueno, tengo que irme. Karen no se fía de mí.
—Di a Karen que la considero una magnífica escultora.
—Oh, sí, claro…
Marx cogió la cabeza, cruzó la habitación y se dirigió hacia la salida. Margie le siguió. En la puerta,

Marx se detuvo.
—Oye, ¿tú nunca te pones caliente?
—Pues claro.
—¿Y qué haces?
—Me masturbo.
Marx se encrespó.
—Señora mía, ése es un delito contra la naturaleza, y, más importante aún, toda una agresión contra
mi persona. —Luego cerró la puerta.
Ella le vio bajar con mucha precaución por el camino, cargando la cabeza. Luego dobló la esquina y
subió el camino de la casa de Karen Reeves.
Margie entró en el salón de música. Se sentó al piano. Ya se ponía el sol. Era el momento justo.
Empezó a interpretar a Chopin. Tocaba como nunca.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

El enamorado de los ascensores (relato completo) Charles Bukowski

Harry estaba en el acceso exterior del edificio de apartamentos, esperando el ascensor. Cuando la puerta se abrió, oyó detrás una voz de mujer. «¡Un momento, por favor!» La mujer entró en el ascensor y la puerta se cerró. Llevaba un vestido amarillo, el cabello recogido en la parte superior de la cabeza y unos ridículos pendientes de perlas, que se balanceaban en largas cadenillas de plata. Tenía el culo grande y era corpulenta. Los pechos parecían a punto de desbordarse y romper su vestido amarillo. Le miraba con ojos verde clarísimo, sin verle. Llevaba una bolsa de alimentos con la palabraVon s impresa. Llevaba los labios pintados. Aquellos labios gruesos y pintados eran obscenos, casi desagradables, feos, una ofensa. El carmín rojo intenso brillaba y Harry alzó la mano y pulsó el STOP. Funcionó. El ascensor se paró. Harry avanzó hacia la mujer. Le alzó la falda con una mano y le miró las piernas. Tenía unas piernas increíbles, todo músculo y carne. Parecía conmocionada, de piedra. La sujetó mientras ella soltaba la bolsa de comestibles. Por el suelo del ascensor rodaron latas de verduras, un aguacate, papel higiénico, un paquete de carne y tres barritas de caramelo. Luego, Harry apoyó la boca en aquellos labios. Se abrieron. Bajó la mano y le alzó más la falda. Sin dejar de besarla, le quitó las bragas. Luego, así de pie, la aferró, y se la ventiló contra el tabique del ascensor. Cuando terminó, se subió la cremallera, apretó el botón del tercer piso, y esperó, de espaldas a la mujer. Cuando la puerta del ascensor se abrió, salió. La puerta se cerró tras él y el ascensor desapareció.
Harry bajó caminando hasta su apartamento, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.

Rochelle, su mujer, estaba en la cocina haciendo la cena.
—¿Qué tal? —le preguntó.
—La misma mierda de siempre —dijo él.
—La cena estará en diez minutos —dijo ella.

Harry fue al cuarto de baño, se quitó la ropa y se dio una ducha. El trabajo estaba hartándole. Seis años y no tenía un céntimo en el banco. Así es como te enganchan… te dan sólo lo justo para que sigas vivo, pero nunca te dan lo suficiente para que puedas enviarlo todo a hacer puñetas.
Se enjabonó bien, se frotó y se quedó inmóvil dejando que el agua, muy caliente, le bajase por la
nuca. Le quitaba el cansancio. Se secó y se puso la bata, fue a la cocina y se sentó a la mesa. Rochelle ya

estaba sirviendo la cena. Albondiguillas en salsa. Hacía muy bien las albondiguillas en salsa.
—Bueno —dijo Harry—, dame una buena noticia.
—¿Una buena noticia?
—Ya sabes a lo que me refiero.
—¿El período?

—Sí.
—No me ha venido.
—Pues sí que estamos buenos.
—No he preparado el café.
—Siempre se te olvida.
—Sí, no sé qué me pasa.

Rochelle se sentó y empezaron a cenar sin café. Las albóndigas estaban buenas.
—Harry —dijo ella—, podemos abortar.
—Bueno —dijo él—, si no hay otro remedio, lo haremos.

Al salir del trabajo al día siguiente, entró solo en el ascensor. Fue hasta la tercera planta y salió. Luego dio la vuelta, volvió a entrar y pulsó de nuevo el botón. Bajó hasta la entrada de coches, salió, fue hasta el coche y se sentó a esperar. Vio a la chica subir por la entrada de coches, esta vez sin bolsa de comestibles. Abrió la puerta del coche. La muchacha llevaba un vestido rojo, más corto y más ceñido que el amarillo. Y llevaba el pelo suelto, lo tenía muy largo, casi le llegaba al trasero. Y llevaba los mismos ridículos pendientes y los labios aún más pintados que la vez anterior. Cuando entró en el ascensor, la siguió. Subieron, y de nuevo Harry apretó el botón de STOP. Luego, se echó sobre ella, posó los labios en aquella boca roja y obscena. Tampoco aquel día llevaba leotardos, sólo medias rojas hasta la rodilla. Harry le bajó las bragas y la penetró. Le dieron al asunto aporreando las cuatro paredes. Esta vez duró más. Luego, Harry se subió la cremallera, le dio la espalda y apretó el botón del tercero.
Cuando abrió la puerta de casa, Rochelle estaba cenando. Tenía una voz horrorosa, así que Harry

corrió a darse una ducha. Salió con la bata puesta, se sentó a la mesa.
—Estamos buenos —dijo—, hoy despidieron a cuatro chicos, entre ellos a Jim Bronson.
—Mal están las cosas —dijo Rochelle.
Había filetes y patatas fritas, ensalada y pan de ajo. No estaba mal.
—¿Sabes cuánto tiempo llevaba Jim trabajando allí? —No.
—Cinco años.
Rochelle guardó silencio.
—Cinco años —dijo Harry—. A ellos les da lo mismo. Esos cabrones no tienen corazón.
—Hoy no me he olvidado del café, Harry. Rochelle se inclinó y le besó mientras le servía. —Voy

mejorando, ¿eh?
—Si.
Terminó de servir y se sentó.
—Me ha venido el período.
—¿Qué? ¿De veras?
—Sí, Harry.
—Eso está muy bien, pero que muy bien…
—No quiero un crío hasta que no lo quieras tú, Harry.
—¡Hay que celebrarlo, Rochelle! ¡Con una botella de buen vino! ¡Iré a por una después de cenar!
—Ya la compré yo, Harry.
Harry se levantó y rodeó la mesa. Se colocó casi detrás de Rochelle, le echó hacia atrás la cabeza,

poniéndole una mano bajo la barbilla y la besó.
—¡Cuánto te quiero, nena!
Cenaron. Fue una buena cena. Y una buena botella de vino.

Harry salió del coche cuando ella subía por el camino. Ella le esperó y entraron juntos en el
ascensor. Esta vez llevaba un vestido azul y blanco estampado de flores, zapatos blancos y calcetines cortos

blancos. Llevaba otra vez recogido el pelo y fumaba un cigarrillo Benson and Hedges.
Harry apretó el botón de STOP.
—¡Un momento, amigo!
Era la segunda vez que Harry la oía hablar. La voz era un poco áspera, pero no estaba nada mal.
—Sí —dijo Harry—. ¿Qué pasa?
—Vamos a mi apartamento.
—Bueno.
Ella apretó el botón del 4.°. Subieron. La puerta se abrió, salieron al descansillo y fueron hasta el
apartamento 404. Ella abrió la puerta.

—Bonito lugar —dijo Harry.
—Me gusta. ¿Quiere algo de beber?
—Cómo no.
Ella entró en la cocina.
—Me llamo Nana —dijo.
—Yo, Harry.

—Eso ya lo sé, pero ¿cuál es su nombre?
—Qué simpática —dijo Harry.
La chica salió con dos vasos y se sentaron en el sofá; bebieron.
—Trabajo en las rebajas de Zody’s —dijo Nana—. Soy dependienta de Zody’s.
—¡Qué bien!
—¿Cómo que qué bien?
—Quiero decir que qué bien se está aquí, los dos juntos.
—¿De veras?
—Claro.
—Vamos al dormitorio.

Harry la siguió. Nana terminó la bebida y puso el vaso vacío en el tocador. Entró en el baño. Era un cuarto de baño grande. Nana empezó a cantar mientras se desvestía. Cantaba mejor que Rochelle. Harry se sentó al borde de la cama y terminó su bebida. Nana salió del cuarto de baño y se tumbó en la cama. Desnuda. El pelo de su coño era mucho más oscuro que el de su cabeza.
—Bueno, ¿qué pasa? —dijo.
—Oh —dijo Harry.
Se quitó los zapatos, se quitó los calcetines, se quitó la camisa, los pantalones, la camiseta, los

calzoncillos. Luego, se echó en la cama a su lado. Ella volvió la cabeza, y él la besó.
—Oye —dijo él—, ¿tienen que estar encendidas todas esas luces?
—Por supuesto que no.

Nana se levantó y apagó la luz de arriba y la de la lamparilla de la mesita. Harry sintió la boca de ella sobre la suya. La lengua entró, jugueteó. Harry se echó sobre ella. Era muy blanda, casi como un colchón de agua. La besó y le lamió los pechos, la besó en la boca y en el cuello. Se pasó un buen rato besándola.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—No sé —dijo él.
—La cosa no marcha, ¿verdad?
—No.
Harry se levantó y empezó a vestirse en la oscuridad. Nana
encendió la luz de la mesita.
—¿Tú qué eres? ¿Un chiflado de los ascensores?
—No, no…
—Sólo puedes hacerlo en los ascensores, ¿verdad?
—No, no, tú fuiste la primera, de verdad. No sé lo que me pasó.
—Pero ahora me tienes aquí —dijo Nana.
—Ya lo sé —dijo él, poniéndose los pantalones. Luego, se sentó y empezó a ponerse los calcetines y

los zapatos.
—Oye, hijo de puta…
—¿Sí?
—Cuando estés en condiciones y me desees, ven a mi apartamento, ¿entendido?
—Sí, entendido.
Harry ya estaba vestido del todo y en pie.
—Se acabó lo del ascensor, ¿entendido?
—Entendido.
—Si vuelves a violarme en el ascensor, voy a la policía. Te lo juro, palabra.
—Vale, vale.

Harry salió del dormitorio, cruzó la sala y salió del apartamento. Le llegó el ascensor y pulsó el botón de llamada. La puerta se abrió; entró. El ascensor empezó a bajar. A su lado, de pie, había una mujer oriental, pequeñita. Tenía el cabello negro. Falda negra, blusa blanca, leotardos, pies menudos, zapatos de tacón alto. Era de tez oscura, y sólo llevaba un toque de lápiz de labios. Aquel cuerpo tan pequeño tenía un trasero sorprendente, de lo más atractivo. Sus ojos eran color castaño, muy profundos. Y parecían cansados. Harry alzó la mano y apretó el STOP. Cuando avanzaba hacia ella, la mujer gritó. Le dio un par de sopapos en la cara, fuertes, sacó el pañuelo y se lo embutió en la boca. La sujetó con un brazo por la cintura y,
mientras le arañaba la cara, le subió la falda con la mano libre. Le gustó lo que vio.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

“GOLPES EN EL VACIO” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Meg y Tony llevaron a la mujer de Tony al aeropuerto. En cuanto Dolly estuvo a bordo, fueron al bar
del aeropuerto a tomar algo. Meg pidió un whisky con soda. Tony con agua.
—Tu mujer confía en ti —dijo Meg.
—Sí —dijo Tony.
—Me pregunto si yo puedo confiar en ti.
—¿No te gustaría echar un polvo?
—Esa no es la cuestión.
—¿Cuál es la cuestión?
—La cuestión es que Dolly y yo somos amigas.
—Nosotros podemos ser amigos.
—De esa manera no.
—Tienes que ser moderna. Estamos en la edad moderna. La gente se divierte. Se desinhibe. Joden de
mil modos. Se tiran perros, niños, pollos, peces…
—A mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.
—No seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo,
cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.


—¿Y qué? ¿Qué tiene el amor de malo, Tony?
—El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace
sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona
cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero

nunca las conoceremos.
—Sí, de acuerdo, pero hay que hacer todo lo posible.
—Concedido. Pero hay que tener en cuenta, de todos modos, que el amor sólo es consecuencia de un
encuentro al azar. La mayoría de la gente le da demasiada importancia. Sobre esta base, un buen polvo es

algo de lo que no hay por qué burlarse.
—Pero también es el resultado de un encuentro al azar.
—Tienes toda la razón del mundo. Acaba de beberte eso, anda. Tomaremos otro.
—Ya te veo venir, Tony; pero no te hagas ilusiones, que no resultará.
—Bueno —dijo Tony, haciendo una seña al camarero—. Tampoco voy a perder el sueño por ello…
Era un sábado por la noche. Volvieron al apartamento de Tony y pusieron la tele. No había mucho
que ver. Bebieron Tuborg y hablaron de la calidad del sonido del aparato.
—¿Sabes el de los caballos que eran demasiado listos para apostar por las personas? —preguntó
Tony.
—No.
—Bueno, es un dicho, sabes. No te lo vas a creer, pero tuve un sueño la otra noche… Estaba en los establos y venía un caballo por mí y me daba una sesión de entrenamiento. Un mono me tenía echados brazos y piernas alrededor del cuello y olía a vino barato. Eran las seis de la mañana y soplaba el viento frío de las montañas de San Gabriel. Aún más, había niebla. Me hicieron recorrer más de medio kilómetro al paso. Luego una carrera rápida, de treinta minutos y me devolvieron al establo. Entró un caballo y me dio dos huevos duros, pomelos, tostadas y leche. Luego había una carrera. Las gradas estaban llenas de caballos. Parecía sábado. Yo participaba en la quinta carrera. Llegué el primero y pagaron 32,40 dólares. Todo un sueño, ¿verdad?

—Te diré —dijo Meg.
Cruzó las piernas. Llevaba minifalda, pero no medias. Las
botas le cubrían las pantorrillas. Podía ver sus muslos desnudos y plenos.
—Todo un sueño.

Meg tenía treinta años. El carmín brillaba desmayadamente en sus labios. Era morena, cabello largo y negrísimo. No llevaba maquillaje ni perfume. Ni llevaba las uñas pintadas. Había nacido en el norte de Maine. Cuarenta y ocho kilos.
Tony se levantó a por otras dos cervezas. Cuando volvió, Meg dijo:
—Un sueño raro, pero muchos sueños lo son. Lo que te causa asombro es que sucedan cosas
extrañas en la vida…
—¿Por ejemplo?

—Lo de mi hermano Damián. Siempre andaba leyendo libros… misticismo, yoga, toda esa mierda. Entrabas en una habitación y allí estaba él cabeza abajo en pantalones cortos, como si nada. Hizo incluso un par de viajes a Oriente… la India, no sé qué otros sitios… Volvió con la cara chupada y medio loco. No pesaba más de treinta kilos. Pero siguió en la cosa. Luego, va y conoce a aquel tipo, Ram Da Beetle o algo parecido. Ese tipo tenía una tienda de campaña grande cerca de San Diego y cobraba a aquellos mamones 175 ólares por un seminario de cinco días. Tenía la tienda instalada en un acantilado sobre el mar. La mujer con la que se acostaba el Beetle era la dueña del terreno y le dejaba usarlo. Damion dice que Ram Da Beetle le proporcionó la revelación final que necesitaba. Y menudo susto. Yo vivía en aquel apartamento pequeño de Detroit y va él y aparece de repente y me dio un susto…

Tony estaba mirándole las piernas. Dijo:
—¿Un susto? ¿Qué susto?
—Bueno, en fin, verle aparecer así… —Meg cogió su Tuborg.
—Fue a visitarte.
—Bueno, podría decirse así. Pero déjame que lo exprese de modo más sencillo: Damián es capaz de

desmaterializar su cuerpo.
—¿Puede hacerlo? ¿Y qué pasa cuando lo hace?
—Que puede aparecer en cualquier otro sitio.
—¿Así por las buenas?
—Así por las buenas.
—¿Distancias largas?
—Pudo ir de la India a Detroit, hasta mi apartamento de Detroit.
—¿Y cuánto tardó?
—No sé. Unos diez segundos, quizá.
—Diez segundos…, vaya, vaya.
Estaban allí sentados, mirándose. Meg en el sofá, y Tony enfrente.
—Escucha, Meg, me vuelves loco. Mi mujer nunca se enteraría.
—No, Tony, no.
—¿Dónde está ahora tu hermano?
—Cogió un apartamento en Detroit. Trabaja en una fábrica de zapatos.
—Oye, ¿y por qué no se mete en la bóveda de un banco, coge el dinero y se larga? Podría

aprovechar sus dotes. ¿Para qué trabajar en una fábrica de calzado?
—Dice que esas dotes no pueden utilizarse para fines malos.
—Comprendo. Escucha, Meg, dejemos a tu hermano.
Tony se levantó y se sentó en el sofá junto a Meg.

—¿Sabes, Meg?, lo que es malo y lo que nos han enseñado que es malo, pueden ser cosas muy

distintas. La sociedad nos enseña que ciertas cosas son malas para mantenernos sometidos.
—¿Robar bancos, por ejemplo?
—Como joder sin utilizar los canales prescritos.
Tony agarró a Meg y la besó. Ella no se opuso. La besó otra vez. Ella deslizó la lengua en la boca de
Tony.
—Sigo pensando que no deberíamos hacerlo, Tony.
—Besas como si lo quisieras.
—Hace meses que no estoy con un hombre, Tony. Me cuesta mucho trabajo resistirme, pero Dolly y

yo somos amigas. Me fastidia hacerle esto.
—No se lo harás a ella. Me lo harás a mí,
—Ya sabes lo que quiero decir.
Tony la besó de nuevo, esta vez fue un beso largo, pleno. Sus cuerpos se apretaron.
—Vamos al dormitorio, Meg.
Ella le siguió. Tony empezó a desvestirse, tirando la ropa en una silla. Meg entró en el cuarto de

baño, que quedaba al lado. Se sentó y se puso a orinar con la puerta abierta.
—No quiero quedar embarazada y no tomo la pildora.
—No te preocupes.
—¿Cómo que no me preocupe?
—Tengo los conductos cortados.
—Todos decís lo mismo.
—Es verdad, me los cortaron.
Meg se levantó y tiró de la cadena.
—¿Y si alguna vez quieres tener un hijo?
—Yo nunca quiero tener un niño.
—Me parece horrible que un hombre se corte los conductos.
—Vamos, Meg, por amor de Dios, deja de moralizar y ven a la cama.
Meg entró desnuda en el dormitorio.
—En serio, Tony, me parece una especie de crimen contra la naturaleza.
—¿Y qué me dices del aborto? ¿También es un crimen contra la naturaleza?
—Por supuesto. Es un asesinato.
—¿Y los condones? ¿Y la masturbación?
—Oh, Tony, qué cosas dices, no es lo mismo.
—Ven a la cama antes de que nos muramos de viejos.
Meg se echó en la cama y Tony la abrazó.
—Ah, qué agradable es tocarte. Es como goma rellena de aire…
—¿De dónde has sacado eso, Tony? Dolly nunca me habló de tu chisme… ¡Es inmenso!
—¿Por qué habría de hablarte de eso?
—Tienes razón. ¡Méteme ese condenado chisme en seguida!
—¡Un momento, aguarda un momento!
—¡Vamos, lo quiero!
—¿Y Dolly? ¿Crees que está bien hacerle esto?
—¡Estará lamentándose por su madre moribunda! ¡A ella no le hace ninguna falta! ¡A mí sí!
—¡Está bien, está bien!
Tony la montó y la penetró.
—¡Eso es, Tony! ¡Ahora muévelo, muévelo!
Tony lo movió. Lo movió despacio y firme, como si fuese el brazo de una bomba de gasolina.
Flub, flub, flub, flub.
—¡Oh, so cabrón! ¡Oh, Dios mío, hijo de puta!

—¡Ya está bien, Meg! ¡Sal de esa cama! ¡Estás cometiendo un delito contra la decencia y la
confianza depositada en ti!
Tony sintió una mano en el hombro y luego sintió que le echaban a un lado. Se volvió y alzó la vista.

Había allí un hombre, de pie, con un niqui verde de manga corta y vaqueros.
—Oye, tú —dijo Tony—, ¿qué diablos haces en mi casa?
—¡Es Damián! —dijo Meg.
—¡Vístete, hermanita! ¡La vergüenza aún irradia de tu cuerpo!
—Oye, hijo de puta —dijo Tony desde la cama.
Meg ya estaba en el cuarto de baño, vistiéndose.
—¡Lo siento, Damián, lo siento muchísimo!
—Veo que llegué de Detroit justo a tiempo —dijo Damián—. Unos minutos más y habría sido

demasiado tarde.
—Diez segundos más —dijo Tony.
—Tú podrías vestirte también, amigo —dijo Damion, mirando a Tony.
—Oye, cabrón —dijo Tony—, da la casualidad de que yo vivo aquí. No sé quién te dejó entrar. Pero
creo que si quiero estar aquí en pelotas tengo todo el derecho.
—De prisa, Meg —dijo Damián—, te sacaré de este nido de pecado.
—Escucha, so cabrón —dijo Tony, levantándose y poniéndose los calzoncillos—. Tu hermana lo

quería y yo lo quería y eso son dos votos contra uno.
—Bah, bah —dijo Damián.
—Nada de bah bah —dijo Tony—. Ella estaba a punto de correrse y yo estaba a punto de correrme y
tú irrumpes aquí y obstaculizas una honrada decisión democrática, interrumpiendo un buen polvo a la

antigua.
—Recoge tus cosas, Meg. Voy a llevarte ahora mismo a casa.
—¡Sí, Damián!
—¡Voy a destrozarte, jodepolvos!
—Domínate, por favor. Odio la violencia.
Tony se lanzó hacia él. Damián desapareció.
—Estoy aquí, Tony. —Damiánn estaba de pie junto a la puerta del cuarto de baño.
Tony se lanzó a por él. Desapareció otra vez.
—Estoy aquí, Tony. —Damián estaba de pie encima de la cama, con zapatos y todo.
Tony cruzó corriendo la habitación, dio un salto, no encontró nada, voló sobre la cama y cayó al
suelo del otro lado. Se incorporó y miró a su alrededor.
—¡Damián! Damián, gilipollas, superman de fábrica de zapatos, ¿dónde estás? ¡Ven aquí, Damián!
¡Vamos, ven, Damián!
Tony sintió el golpe en la nuca. Vio un relampagueo rojizo y el rumor desvaído de un toque de
trompetas. Luego, cayó de bruces en la alfombra.
Fue el teléfono lo que le hizo recobrar el conocimiento al cabo de un rato. Logró llegar hasta la
mesita de noche, donde estaba el teléfono. Lo descolgó y se derrumbó en la cama.
—¿Tony?

—¿Sí?
—¿Eres Tony?
—Sí.
—Soy Dolly.
—Hola, Dolly. ¿Qué me cuentas, Dolly?
—No te hagas el gracioso, Tony. Mamá murió.
—¿Mamá?
—Sí, mi madre. Esta noche.
—Lo siento.
—Me quedaré al funeral. Volveré después del funeral.

Tony colgó. Vio en el suelo el periódico de la mañana. Lo cogió y se tumbó en la cama. Aún seguía la guerra en las Malvinas. Ambos bandos se acusaban de violar esto y aquello y lo de más allá. Aún seguían las hostilidades. ¿Es que no iba a acabar nunca aquella maldita guerra?

Tony se levantó y fue a la cocina. Encontró un poco de salami e hígado embuchado en la nevera. Se hizo un bocadillo de salami e hígado embuchado, con mostaza picante, salsa, cebolla y tomate. Vio que quedaba una botella de Tuborg. Bebió la Tuborg y comió el bocadillo de hígado y salami en la mesa de la cocina. Luego, encendió un cigarrillo y se quedó allí sentado, pensando. Bueno, a lo mejor la vieja dejó algo de dinero. Estaría bien. Estaría muy bien. Uno se merecía un poco de suerte después de una noche tan mala como aquélla.

¿HA LEÍDO A PIRANDELLO? DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Mi novia me había sugerido que me fuese de su casa, una casa muy grande, bonita y cómoda, con un patio trasero de una manzana de largo, cañerías que goteaban y ranas y grillos y gatos. En fin, salí de allí, tenía que irme, como sale uno de tales situaciones: con honor, valor y esperanza. Puse un anuncio en un periódico underground: «Escritor necesita habitación donde se dé al ruido de una máquina de escribir mejor acogida que a las risas de fondo de “I Love Lucky”. Llego a cien dólares mensuales. Intimidad imprescindible.»

Tenía un mes para trasladarme, mientras mi chica estaba en Colorado en su reunión anual con la familia. Me tumbé en la cama a esperar que sonara el teléfono. Por fin sonó. Era un tipo que quería que me encargase de cuidar a sus tres hijos siempre que el «ansia creadora» se apoderara de él o de su esposa. Habitación y manutención gratuitas, yo podría escribir siempre que el ansia creadora no se apoderase de ellos. Le dije que me lo pensaría. Al cabo de dos horas el teléfono volvió a sonar: «¿Sí?», preguntó el tipo. «No», dije. «Sí —dijo él—. ¿Conoce a una mujer embarazada en apuros?» Le dije que intentaría buscarle una y colgué.

Al día siguiente, volvió a sonar el teléfono. «He leído su anuncio. —Era una mujer—. Yo enseño yoga.» «¿Ah sí?» «Sí, ejercicios y meditación.» «¿Ah sí?» «¿Es usted escritor?» «Sí.» «¿Sobre qué escribe?» «Oh, Dios mío, no sé. Aunque suene muy mal; sobre la vida…, supongo.» «Eso no suena mal. ¿Incluye esto sexo?» «¿No lo incluye la vida?» «A veces sí. A veces no.» «Ya.» «¿Cómo se llama usted?» «Henry Chinaski.» «¿Ha publicado algo?» «Sí.» «Bueno, tengo una habitación grande que puedo dejarle por cien dólares. Con entrada independiente.» «Parece interesante.» «¿Ha leído usted a Pirandello?» «Sí.» «¿Ha leído a Swinburne?» «Todo el mundo lo ha leído.» «¿Y a Hermán Hesse?» «Sí, pero no soy homosexual.» «¿Odia usted a los homosexuales?» «No, pero no les amo.» «¿Y los negros qué?» «¿Y los negros qué?» «¿Qué piensa usted de ellos?» «Están muy bien.» «¿Tiene usted prejuicios?» «Todo el mundo los tiene.» «¿Qué idea se hace de Dios?» «Pelo blanco, barba rizada, sin pene.» «¿Qué piensa usted del amor?» «No pienso.» «Es usted un listillo. Mire, le daré mi dirección. Venga a verme.»
Apunté la dirección y estuve descansando un par de días más, viendo los seriales por la mañana y los
telefilmes de espías y los combates de boxeo por la noche. Volvió a sonar el teléfono. Era la dama.

«No vino usted.» «Es que he estado liado.» «¿Está usted enamorado?» «Sí, estoy escribiendo mi nueva novela.» «¿Mucho sexo?» «A veces.» «¿Es usted un buen amante?» «Casi todos los hombres creen serlo. Yo probablemente sea bueno, pero no excepcional.» «¿Le gusta comer coñitos?» «Sí.» «Está bien.» «¿Está aún disponible su habitación?» «Sí, la habitación grande. ¿Les hace realmente eso a las mujeres?» «Sí, demonios. Pero hoy en día todo el mundo lo hace. Estamos en 1982 y tengo 62 años. Puede usted conseguir un hombre treinta años más joven que se lo haga igual. Y puede que mejor.» «No lo crea.»
Fui hasta la nevera, cogí una cerveza y un cigarrillo. Cuando volví a coger el teléfono, ella seguía

allí.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
Me dijo un nombre fantástico, que olvidé en seguida.
—He estado leyendo cosas suyas —dijo—. Es usted un escritor con fuerza. Tiene usted mucha
mierda dentro. Pero ha descubierto el medio de estimular las emociones de la gente.
—Tiene usted razón. No soy grande, pero soy diferente.

—¿Cómo les hace eso a las mujeres?
—Bueno, un momento…
—No, dígamelo.
—Bueno, es un arte.
—Sí que lo es, sí. ¿Cómo empieza usted?
—Un roce leve.
—Por supuesto, claro. Pero luego, después de empezar…
—Sí, bueno, hay técnicas…
—¿Qué técnicas?
—El primer toque, normalmente, adormece la sensibilidad en la zona, de modo que no puedes

repetirlo con la misma eficacia.
—¿Qué diablos quiere decir?
—Usted lo sabe bien.
—Está usted poniéndome caliente.
—Es una observación clínica.
—Es una observación sexual. Está usted poniéndome caliente.
—No sé qué más decir.
—¿Qué es lo que ha de hacer un hombre después?
—Hay que dejar que sea el placer el que guíe la exploración. Siempre es distinto.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que a veces es un poco grosero, a veces tierno, según lo que sienta.
—Siga, siga.
—Bueno, todo acaba en el clítoris.
—Diga otra vez esa palabra.
—¿Qué?
—Clitoris.
—Clitoris. Clitoris. Clitoris…
—¿Lo chupa usted? ¿Lo mordisquea?
—Por supuesto.
—Está usted poniéndome caliente.
—Perdone.
—Puede usted contar con ese cuarto. ¿Le gusta la intimidad?
—Ya se lo dije.
—Hábleme de mi clítoris.
—Todos los clítoris son diferentes.
—No hay intimidad aquí, de momento. Están construyendo un muro de contención. Pero habrán
acabado en un par de días. Le gustará esto.
Anoté la dirección otra vez, colgué y me fui a la cama. Sonó el teléfono. Me levanté, lo descolgué y

me volví a la cama con él.
—¿Qué quiere decir con lo de que todos los clítoris son diferentes?
—Quiero decir que son diferentes en tamaño y en su reacción a los estímulos.
—¿Se ha encontrado con alguno que no haya podido estimular?
—Aún no.
—Escuche, ¿por qué no viene a verme ahora mismo?
—Verá, mi coche es un trasto viejo. No podría subir por el cañón.
—Coja la autopista y pare en el aparcamiento que hay en el desvío de Hidden Hills. Nos
encontraremos allí.
—Vale.
Colgué, me vestí y cogí el coche. Fui por la autopista hasta el desvío de Hidden Hills, busqué el aparcamiento y me quedé sentado en el coche esperando. Al cabo de diez minutos, llegó una señora gorda
vestida de verde. Llevaba un cadillac blanco del 82. Tenía todos los dientes delanteros con fundas.
—¿Es usted el del teléfono? —preguntó.
—Yo soy.

—Dios santo. No parece usted tan ardiente.
—Usted tampoco parece tan ardiente.
—Bueno, vamos.
Salí de mi coche y subí al suyo. Su vestido era muy corto. Sobre el gordo muslo más próximo a mí

tenía un pequeño tatuaje que parecía un recadero de pie sobre un perro.
—No le pago nada, eh —dijo ella.
—De acuerdo.
—No parece usted escritor.
—Favor que me hace.
—En realidad, no parece usted un tipo que pueda hacer nada…
—Hay muchas cosas que no puedo hacer.
—Pero, desde luego, sabe hablar por teléfono. Yo estaba masturbándome. ¿Estaba usted
masturbándose?
—No.

Seguimos en silencio. Me quedaban dos cigarrillos y los fumé los dos. Luego, encendí la radio y escuché música. Su casa tenía una entrada de coches larga y en curva, y las puertas del garaje se abrieron automáticamente cuando nos acercamos. Ella se desabrochó el cinturón del asiento y luego, de pronto, me rodeó con sus brazos. La boca de aquella mujer parecía una botella de tinta china roja abierta. Brotó la

lengua. Nos recostamos en el asiento trabados así. Luego, el asunto terminó y salimos del coche.
—Vamos —dijo ella.
La seguí por un sendero bordeado de rosales.
—No voy a pagarle nada —dijo ella—. Ni un céntimo.
—No se preocupe —dije yo.
Sacó la llave del bolso, abrió la puerta y la seguí al interior de la casa.

“DECADENCIA Y CAÍDA”

Era un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Angeles un lunes por la tarde es como no estar en ninguna parte (incluso estar un viernes por la noche es como no estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Cari, bebía de algo que tenía debajo de la barra y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Mel.
—Adelante —dijo el camarero.

—Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron… Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera le mantiene. No me gustan demasiado esos tipos… pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.
—Sí —dijo el camarero.
—Pues el caso es que me telefoneó… oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.
—Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a
perder cuerpo.

—Bien… me dijeron que habían resuelto el problema de la carne… y yo pensé: «¿Qué problema de la carne?»… Me dijeron que fuese a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Yo digo: oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido. Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un pijo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.
—Natural —dijo el camarero, sacando el vaso de debajo de la barra y echando un trago.

—Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe su cerveza. Erica. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado. Que todos los malditos doctores van a lo suyo y nada más. Creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un médico. Una estupidez, ¿no?
—No conozco a Al —dijo el camarero.

—En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: «Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos. » «Así es —dijo ella—, eso es lo que más me estimula. » Y Al va y dice: «Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil conseguir alguien que mire, pero es dificilísimo. » Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la habitación. Y Al detrás… «¡Eres una puta, una maldita puta! » dice él. Aquel tipo, llamándole puta a su mujer. «¡So puta! « gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le atiza un par de sopapos, le rasga la blusa. «¡So puta! » grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla. E1 la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si les miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina a por más cervezas. «Gracias —dice cuando regresa—; ayudaste mucho. »
—¿Y luego qué pasó?- —preguntó el camarero.
—Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño
y se va a la cocina.

A1 empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.

Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de pina. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. «Al —digo—, esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba. » «Eso es —dice Al—. Eso es exactamente lo que es. »
—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.
—Sí —contestó Mel—, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías
pensadotú.
—Yo habría pensado que estaba bromeando —dijo el camarero.

—Claro. Así que dije: «Estupendo, córtame una buena tajada.» Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patata y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: «Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va.» En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. «Oye, Al —le dije—, ¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?» «Lo que te dije, Mel —me contesta—, una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stopen Hollywood Boulevard. Le recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y le metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la ternera.»

—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de debajo de la barra.
—Eso dijo —contestó Mel—. Dame otra cerveza.
El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:

—En fin, yo seguía pensando que todo era broma, ¿comprendes? Así que dije: «Está bien, déjame ver el congelador.» Y Al va y dice: «Bueno… Ven», y abre la puerta del congelador y allí dentro estaba el torso, pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando… estaba congelada hasta el labio inferior. «Dios mío, Al —le digo—. Eres un criminal…, ¡esto es increíble, esto es repugnante! » «Espabila —me dice—, ellos matan a millones de personas en las guerras y se reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentados viéndolo por la tele. »

Te aseguro, Cari, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada… Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.
En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, le
dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Cari?
—Rápidamente —dijo Cari—. A toda máquina.

—Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: «Escucha…, no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre…,l i b re , ¿entiendes?» «Quítate de delante de la puerta, Al… ¡Déjame salir de aquí! » Va y me agarra por la camisa y empieza a rasgármela… Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra Vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces su mujer llega corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliva; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré, y Al tenía la polla fuera y estaba mirando. La eché sobre el sofá y empezamos en seguida el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.

Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: “Adiós, que te vaya bien”, y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.
—¿Y no fuiste a la policía? —preguntó el camarero.
—Bueno, sabes, Cari, es complicado…, en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron
sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.
—Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.

—Mira, Cari, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecermala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo del congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado…

El camarero sacó la Luger de debajo de la barra y apuntó a Mel con ella.
—Está bien —dijo—, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.
—Mira, Cari…, tú no tienes por qué decidir en este asunto.
—¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus

amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!
—¡Escucha, Cari, escúchame! Óyeme lo que te digo…
—¡Está bien, adelante!
—Es un cuento.
—¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?
—Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un

whisky cada uno.
—Lo que me contaste no era mentira.
—Te he dicho que sí.
—No, no era mentira… Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma,

no. Nadie gasta esas bromas.
—Te aseguro que es mentira, Cari.
—No, no puedo creerte.

Cari se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Cari se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Cari soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Cari se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro de junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.

“PORQUERÍA DE MUNDO”

Iba conduciendo por Sunset, ya de noche, cuando me detuve en un semáforo y vi en una parada de autobús a aquella pelirroja teñida, de cara ajada y brutal, empolvada, pintada, que decía: «Esto es lo que nos hace la vida.» Me la imaginé borracha, gritando a un hombre de un extremo a otro de la habitación y me alegré de no ser aquel hombre. Vio que la miraba y me hizo una seña: «Eh, ¿me llevas?» «Bueno», dije; cruzó corriendo dos carriles de tráfico para subir al coche. Seguimos y me enseñó un poco de pierna. No estaba mal. Seguí conduciendo sin decir nada. «Quiero ir a la calle Alvarado», dijo. Me lo había supuesto. Es por donde andan, por la Octava y Alvarado arriba, los bares del otro lado del parque y por las esquinas, hasta donde empieza el cerro. Había andado por aquellos bares bastantes años y conocía el ambiente. La mayoría de las chicas sólo querían un trago y un lugar para pasar el rato. En aquellos bares no tenían demasiada mala pinta. Nos acercábamos ya a Alvarado. «¿Puedes darme cincuenta centavos?», preguntó. Busqué y saqué dos monedas de veinticinco. «Debías dejarme darte un tiento por esto.» Se echó a reír. «Adelante.» Le subí el vestido y le di un pellizco suave justo donde terminaba la media. Estuve a punto de decirle: «¡Qué coño! Compremos unas cervezas y vayamos a mi casa.» Me vi a mí mismo ensartando aquel cuerpo delgado y casi pude oír los muelles. Luego me la imaginé sentada en una silla, soltando tacos y hablando y riendo. Pasé. Se bajó en Alvarado y la vi cruzar la calle caminando, intentando menear el culo, como si lo tuviera. Seguí conduciendo. Debía al Estado 600 dólares del impuesto sobre la renta. Tendría que prescindir de un polvo de vez en cuando. Aparqué junto a la entrada de Chinaman’s, entré y pedí un cuenco de won ton de pollo. Al tipo que estaba sentado a mi derecha le faltaba la oreja izquierda. Tenía sólo un agujero en la cabeza, un agujero asqueroso, con mucho pelo alrededor. Ni rastro de la oreja. Miré el agujero y volví al won ton de pollo. Ya no me supo tan bien. Luego, entró otro tipo y se sentó a mi izquierda. Era un vagabundo. Pidió un café. Me miró.

—Qué hay, borracho —dijo.
—Hola —contesté.
—Todo el mundo me llama «borracho», así que pensé que podía llamártelo a ti.
—Muy bien, hombre. Antes lo era, sí.
Revolvió el café.
—Esas burbujitas que quedan en el café. Mira. Mi madre decía que significan dinero. No fue así.
¿Su madre? ¿Había tenido madre alguna vez aquel hombre?
Terminé el cuenco y allí les dejé, al tipo sin oreja y al vagabundo que miraba las burbujitas del café.
Va a ser una noche infernal, pensé. Supongo que no va a suceder mucho más. Me equivocaba.
Decidí cruzar Alameda para comprar unos sellos. Había mucho tráfico y un poli joven dirigiéndolo.

Algo pasaba. Un joven que estaba delante de mí no hacía más que gritarle al poli:
—¡Vamos, déjanos cruzar, qué demonio! ¡Ya hemos esperado bastante!
El poli seguía ordenando el tráfico.
—¿Pero qué coño te pasa? —le gritaba el chaval.

Este chaval está chiflado, pensé. Tenía un aspecto agradable, joven, alto, de metro ochenta y siete y unos ochenta kilos. Camiseta de manga corta blanca. La nariz demasiado grande. Quizá se hubiera tomado unas cervezas, pero no estaba borracho. Por fin, el poli tocó el pito e indicó a la gente que cruzara. El chaval se lanzó a la calzada.
—¡Bueno, adelante todos, ya se puede, ya podemos cruzar!
Eso es lo que te crees tú, chaval, pensé. El chaval braceaba.
—¡Adelante todos!

Iba caminando justo detrás de él. Vi la cara del poli. Estaba muy pálido. Vi sus ojos entrecerrados, como ranuras. Era bajo, corpulento, joven. Avanzó hacia el chaval. Santo cielo, ya está. El chaval se dio cuenta de que el poli iba por él.
—¡No me toques! ¡No te atrevas a tocarme!

El poli le agarró por el brazo derecho, le dijo algo, intentó hacerle volver al bordillo. El chaval se soltó y se alejó caminando. El poli corrió detrás de él y le hizo una llave doblándole el brazo en la espalda. El chaval se soltó, luego empezaron a forcejear, dando vueltas. El rumor de los pies resonaba en la calle. La gente se paró a contemplar la pelea a cierta distancia. Yo estaba junto a ellos. Tuve que retroceder varias veces mientras forcejeaban. Tampoco yo tenía ni pizca de sentido común. Por fin, llegaron a la acera. La gorra del poli voló. Entonces me animé un poco. El poli, sin la gorra, casi no parecía un poli, pero, aun así, tenía la porra y la pistola. El chaval se soltó de nuevo y echó a correr. El poli saltó sobre él por detrás, le echó un brazo al cuello e intentó derribarle, pero el chico aguantaba. Y luego, consiguió liberarse. Por último, el poli le acogotó contra una barandilla de hierro de un aparcamiento. Un chaval blanco y un poli blanco. Miré al otro lado de la calle y vi a cinco chavales negros que observaban y se reían. Estaban alineados contra una pared. El poli tenía otra vez la gorra puesta y se llevaba al chaval calle abajo, camino del teléfono.
Entré y saqué los sellos de la máquina. Una noche jodida. Casi esperaba que saliera una serpiente de

la máquina. Pero salieron sellos. Alcé la vista y vi a mi amigo Benny.
—¿Viste el lío, Benny?
—Sí; en la comisaría se pondrán los guantes de reglamento y le harán una cara nueva.
—¿Tú crees?

—Seguro. En la ciudad es como en el campo. Les zurran de lo lindo. Acabo de salir de la nueva cárcel del condado. Allí dejan que los polis nuevos hostien a los presos para que adquieran experiencia. Presumen de ello. Cuando estaba yo allí, pasó un poli y dijo: «¡Acabo de darle una tunda a un vagabundo!»
—Ya lo había oído, sí.

—Te dejan hacer una llamada telefónica y el tipo aquél tardaba demasiado con la llamada y ellos le decían que cortase ya. El seguía diciendo: «¡Un momento, un momento!», hasta que al fin un poli se cabreó y colgó el teléfono, y el tío gritó: «¡Tengo mis derechos, no puede hacer eso!»
—¿Qué pasó?

—Unos cuatro polis le agarraron. Le dieron tal somanta de hostias que no tocaba con los pies en el suelo. Le llevaron a la habitación de al lado. Lo oí perfectamente: le zurraron de lo lindo. Nos ponían allí, sabes, agachados, nos miraban el culo, nos miraban los zapatos buscando droga, y trajeron al chaval desnudo y allí lo pusieron agachado, temblando. Tenía todo el cuerpo lleno de moretones. Allí le dejaron, temblando contra la pared. Le dieron una buena somanta.

—Sí —dije—. Una noche iba yo en coche por Union Rescue Mission y vi dos polis en un coche patrulla, que habían cogido a un borracho. Uno de ellos se metió con el borracho en el asiento de atrás; oí que el borracho decía: «¡Asqueroso poli hijo de puta!» Y vi al poli sacar la porra y hundírsela con todas sus fuerzas en el estómago. Fue un golpe terrible; me dieron náuseas. Podría haberle reventado el estómago, o haberle provocado una hemorragia interna.

—Sí; porquería de mundo.
—Tú lo has dicho, Benny. Hasta pronto. Cuídate.
—Por supuesto. Y tú también.
Subí al coche y volví calle arriba por Sunset. Cuando llegué a Alvarado tiré hacia el sur y fui
bajando hasta la calle Octava. Aparqué, bajé, busqué una tienda de licores y compré una botella de whisky.

Luego, entré en el bar más próximo. Allí estaba ella.
Mi pelirroja de cara brutal. Me acerqué, le di una palmadita a la botella.
—Vamos.
Acabó lo que estaba bebiendo y me siguió.
—Bonita noche —dijo.
—Oh, sí —contesté.
Cuando llegamos a mi casa, se metió en el baño y lavó dos vasos. No hay escapatoria, pensé.
Ninguna escapatoria.

Entró en la cocina y se echó sobre mí. Se había pintado los labios. Me besó, pasándome la lengua alrededor de la boca. Le alcé el vestido y le agarré las bragas. Allí nos quedamos, bajo la luz eléctrica, trabados. En fin, el Estado tendría que esperar un poco más para cobrar mi impuesto sobre la renta. Quizás el gobernador Deukmejian lo entendiese. Nos separamos, serví dos whiskies y pasamos a la habitación contigua.

“UNA DAMA SALVAJE”

Monk entró. Aquello parecía más polvoriento y oscuro que los bares de siempre. Se dirigió al extremo más alejado de la barra y se sentó junto a una rubiales que estaba fumando un cigarrillo y bebiéndose una Hamm’s. Cuando Monk se sentó, ella se tiró un pedo.
—Buenas noches —dijo él—. Me llamo Monk.
—Yo, Mud —dijo ella, lo que revelaba su edad de inmediato.

Cuando Monk se sentó, surgió un esqueleto de detrás de la barra, donde había estado sentado en un taburete. El esqueleto se acercó a Monk. Monk pidió un whisky con hielo y el esqueleto estiró los brazos y empezó a prepararlo. Derramó un poquito de whisky en la barra, pero logró servir lo que había pedido Monk y coger el dinero de éste, meterlo en la caja y devolver el cambio justo.


—¿Qué pasa? —preguntó Monk a la dama—. ¿Es que aquí no pueden permitirse gente del
sindicato?
—Qué coño —dijo la dama—, eso es un truco de Billy. ¿Es que no ves los jodidos cables? Dirige
ese chisme con cables. Le parece muy divertido.
—Curioso lugar —dijo Monk—. Apesta a muerte.
—La muerte no apesta —dijo la dama—. Sólo lo vivo apesta, sólo lo que agoniza, sólo lo que se
pudre apesta. La muerte no apesta.
Una araña descendió de pronto entre ellos colgando de un hilo invisible e hizo un leve giro. Era

dorada, en aquella penumbra. Luego, corrió de nuevo hilo arriba y desapareció.
—En mi vida había visto una araña en un bar —dijo Monk.
—Vive de las moscas del bar —dijo la dama.
—Dios santo, este sitio está lleno de chistes malos.
La dama se tiró un pedo.
—Un beso, para ti —dijo.
—Gracias —dijo Monk.

Un borracho, que estaba al otro extremo de la barra, metió dinero en la máquina de discos y el esqueleto salió de detrás de la barra y caminó hasta la dama e hizo una reverencia. La dama se levantó y bailó con el esqueleto. Dieron vueltas y vueltas. No se veía en el bar más gente que la dama, el esqueleto, el borracho y Monk. Era una noche de poco ajetreo. Monk encendió un Pallmall y siguió bebiendo. Terminó la pieza y el esqueleto volvió detrás de la barra y la dama volvió a sentarse al lado de Monk.
—Aún recuerdo —dijo la dama— cuando venían aquí todas las celebridades, Bing Crosby, Amos y

Andy, los Three Stooges. Este sitio estaba muy bien.
—Me gusta más de esta manera —dijo Monk.
La máquina de discos volvió a ponerse en marcha.
—¿Le apetece un baile? —preguntó la dama.
—¿Por qué no? —dijo Monk.

Se levantaron y empezaron a bailar. La dama llevaba un vestido color espliego. Olía a lilas. Pero era muy gorda y tenía la piel color anaranjado y la dentadura postiza parecía masticar quedamente un ratón muerto.

—Este sitio me recuerda a Herbert Hoover —dijo Monk.
—Hoover fue un gran hombre —dijo la dama. —Narices —dijo Monk—. Si no hubiera llegado
Franky D. nos habríamos muerto de hambre.
—Franky D. nos metió en la guerra —dijo la dama. —Bueno —dijo Monk—, tenía que protegernos
de las hordas fascistas.
—No me hables de las hordas fascistas —dijo la dama—. Mi hermano murió luchando contra

Franco en España.
—¿Brigada Abraham Lincoln? —preguntó Monk.
—Brigada Abraham Lincoln —dijo la dama.

Bailaban muy juntos, y de pronto la dama le metió a Monk la lengua en la boca. El la expulsó de un lengüetazo. La lengua de aquella dama sabía a sellos de correos viejos y a ratón muerto. Terminó la pieza. Volvieron a la barra y se sentaron.
El esqueleto se acercó. Llevaba un vodka con naranjada en una mano. Se plantó frente a Monk y le

tiró el vodka con naranjada por la cara. Luego se fue.
—¿Pero qué le pasa? —preguntó Monk.
—Es celosísimo —dijo la dama—. Vio que te besaba.
—¿Llamas a eso un beso?
—He besado a algunos de los hombres más grandes de todos los tiempos.
—Me lo imagino… A Napoleón, a Enrique VIII y a Julio César…
—Un beso, para ti —dijo.
—Gracias —dijo Monk.
—Creo que me estoy haciendo vieja —dijo la dama—. Hablamos de prejuicios pero nunca hablamos

del prejuicio que tienen todos contra los viejos.
—Sí —dijo Monk.
—Pero, en realidad, no soy vieja —dijo la dama.
—No —dijo Monk.
—Aún tengo la regla —dijo la dama.
Monk hizo una seña al esqueleto pidiendo otros dos tragos. La dama pasó a tomar también whisky
con hielo. Los dos tomaron lo mismo. El esqueleto volvió y se sentó.
—Sabes —dijo la dama—, yo estaba allí cuando Baby Ruth tenía dos tiradas y apuntó a la pared y a

la siguiente lanzó la pelota por encima de la pared.
—Creí que eso era un mito —dijo Monk.
—Y una mierda, mito —dijo la dama—. Yo estaba allí. Y lo vi todo.
—Sabes —dijo Monk—, es maravilloso. Sabes, es la gente excepcional la que hace girar el mundo.
Es como si hicieran los milagros por nosotros, mientras nosotros andamos por ahí divirtiéndonos.
—Sí —dijo la dama.

Se sentaron y bebieron. Fuera, se oía el tráfico subir y bajar por Hollywood Boulevard. El rumor era persistente, como la marea, como las olas, casi como un océano; y era un océano: allá fuera había tiburones y barracudas y medusas y pulpos y rémoras y ballenas y moluscos y esponjas y lisas, la tira de peces. Allí dentro parecía más bien una pecera.
—Yo estaba allí —dijo la dama— cuando Dempsey estuvo a punto de matar a Willard. Jack salía
directo del furgón, furioso como un tigre hambriento. Nunca se vio cosa igual, ni antes ni después.
—¿Y dices que aún tienes la regla? —Así es —dijo la dama.
—Dicen que Dempsey tenía cemento o yeso en los guantes, dicen que los empapó en agua y dejó
que se endurecieran; que por eso liquidó a Willard como lo hizo —dijo Monk.
—Eso es una cochina mentira —dijo la dama—. Yo estaba allí, yo vi aquellos guantes.
—Me parece que estás loca —dijo Monk. —También lo dicen de Juana de Arco —dijo la

dama. —Supongo que viste a Juana de Arco en la hoguera —dijo Monk.
—Yo estaba allí —dijo la dama—. Yo lo vi.
—Mentira.
—Ardió. Yo la vi arder. Fue tan horrible y tan bello..

—¿Qué tenía de bello?

—Cómo ardía. Empezó por los pies. Era como un nido de serpientes rojas, que se le enroscaban en las piernas y subían, y luego era como una cortina roja llameante; tenía la cara alzada hacía arriba, y notabas el olor de la carne quemada y aún estaba viva pero no lanzó ni un chillido, ni un grito. Movía los

labios, yre z a b a , pero no gritó.
—Monsergas —dijo Monk—. Cómo no iba a gritar.
—No —dijo la dama—. Hay gente que es distinta.
—La carne es carne y el dolor, dolor —dijo Monk.
—Subestimas el espíritu humano —dijo la dama.
—Sí —dijo Monk.
La dama abrió el bolso.
—Mira, te voy a enseñar algo.
Sacó una caja de cerillas, encendió una y extendió la palma de la mano abierta. Puso la cerilla debajo

de la palma y la dejó allí hasta que se apagó. Brotó un aroma dulzón a carne quemada.
—Estuvo muy bien —dijo Monk—. Pero no es todo el cuerpo.
—No importa —dijo la dama—. El principio es el mismo.
—No —dijo Monk—. No es lo mismo.
—Cojones —dijo la dama.
Se levantó y colocó una cerilla encendida en el dobladillo de su vestido color espliego. Era una tela

fina, como gasa, y las llamas empezaron a lamerle las piernas y empezaron a subirle hacia la cintura.
—¡Dios santo! —dijo Monk—. ¿Pero qué coño haces?
—Demostrarte un principio —dijo la dama.

Las llamas se elevaron más. Monk saltó del taburete y derribó a la dama. La hizo rodar por el suelo una y otra vez, apagando las llamas del vestido con las manos. Por fin el fuego se extinguió. La dama volvió al taburete y se sentó. Monk se sentó a su lado, temblando. El camarero se acercó. Llevaba una camisa blanca limpia, chaleco negro, pajarita, pantalones a rayas azules y blancas.
—Lo siento, Maude —le dijo a la dama—. Pero tienes que irte. Ya has tenido bastante por esta
noche.
—Está bien, Billy —dijo la dama; vació su vaso, se levantó y se encaminó hacia la puerta. Antes de

salir, dio las buenas noches al borracho que había al otro extremo de la barra.
—Dios santo —dijo Monk—, esta mujer es demasiado.
—Volvió a hacer el número de Juana de Arco, ¿verdad? —preguntó el camarero.
—¡Qué coño! Usted lo vio, ¿no?
—No, yo estaba hablando con Louie —señaló al borracho del otro extremo de la barra.
—Creí que usted estaba arriba manejando esos cables.
—¿Qué cables?
—Los cables del esqueleto.
—¿Qué esqueleto? —preguntó el camarero.
—No se quede conmigo —dijo Monk.
—¿Pero de qué me está hablando?
—Había aquí sirviendo un esqueleto. Si hasta bailó con Maude y todo.
—Oiga, amigo, yo he estado aquí toda la noche —dijo el camarero.
—Ya le dije que no intente quedarse conmigo.
—No pretendo liarle —dijo el camarero.
Luego, se volvió al borracho que estaba al extremo de la barra:
—Oye, Louie, ¿tú has visto aquí un esqueleto?
—¿Un esqueleto? —preguntó Louie—. ¿Pero de qué hablas?
—Explícale a este individuo que yo he estado aquí detrás de la barra toda la noche —dijo el
camarero.
—Sí, amigo, Billy ha estado aquí toda la noche y ninguno de los dos hemos visto ningún esqueleto.

—Póngame otro whisky con hielo —dijo Monk—. Luego tengo que conseguir salir de aquí.
El camarero le sirvió el whisky con hielo. Monk se lo bebió y luego consiguió salir de allí.

“UNA MADRE”

La madre de Eddie tenía los dientes saltones; yo también. Y recuerdo una vez que subíamos juntos la cuesta hacia la tienda y ella dijo: «Henry, los dos necesitamos una ortodoncia. ¡Tenemos una dentadura horrible!» Yo subía la cuesta con ella, orgullosísimo. Ella llevaba un vestido amarillo muy ceñido, de flores, y tacones altos y se movía la mar de ondulante, y los tacones hacían die, die, die en la acera y yo pensaba: voy con la madre de Eddie y ella va conmigo y subimos juntos la cuesta. No hubo más que eso; yo entré en la tienda a comprar una barra de pan para mis padres y ella compró sus cosas. No hubo más, eso fue todo.

Me gustaba ir a casa de Eddie. Su madre estaba siempre allí sentada en una butaca con un vaso en la mano, las piernas cruzadas, muy levantadas, podía verle dónde terminaban las medias y empezaba la piel desnuda. Me gustaba la madre de Eddie, era una auténtica señora. Cuando yo entraba, me decía: «¡Hola, Henry!», y sonreía y no se bajaba la falda. El padre de Eddie también me decía hola. Era un tipo grande y estaba allí sentado, también con un vaso en la mano. No era fácil encontrar trabajo en 1933; y, además, el padre de Eddie no podía trabajar. Había sido aviador en la Primera Guerra Mundial y le habían derribado. Tenía alambres en los brazos en vez de huesos, así que se pasaba la vida allí sentado, bebiendo con la madre de Eddie. Siempre estaba oscuro allí, en la sala donde se pasaban el día bebiendo. Pero la madre de Eddie se reía en todo momento.


Eddie y yo hacíamos aviones, los hacíamos con tablillas de madera barata. No volaban, los
movíamos por el aire con las manos. Eddie tenía un Spad y yo tenía un Fokker. Habíamos visto Angeles del
infierno, de Jean Harlow. A mí, Jean Harlow me parecía mucho menos sexy que la madre de Eddie. Por

supuesto, no le hablaba a Eddie de su madre. Luego me di cuenta de que Eugene empezaba a rondarnos. Eugene era otro chaval que tenía un Spad, pero yo podía hablar con él de la madre de Eddie. Cuando teníamos oportunidad, hacíamos combates muy buenos, dos Spad contra un Fokker. Yo lo hacía lo mejor que podía, pero normalmente me derribaban. Siempre que me veía en un apuro, hacía una Immelman. Leíamos las antiguas revistas de aviación, la mejor era flying Aces. Yo escribí incluso algunas cartas al director, y él me contestó. La vuelta Immelman, me escribió, era casi imposible. Se sometía a las alas a una presión demasiado grande. Pero yo a veces tenía que utilizarla, sobre todo cuando me ametrallaban por la cola. Normalmente se me rompían las alas y tenía que saltar en paracaídas.

Cuando Eddie no estaba, hablábamos de su madre.
—¡Dios, qué piernas!
—Y no le importa enseñarlas.
—Cuidado, que viene Eddie.

Eddie no tenía ni idea de que hablábamos en ese plan de su madre. A mí me daba un poco de vergüenza, pero no podía evitarlo. Desde luego, no quería que él pensase en mi madre de la misma manera. Claro que mi madre no era así. Ninguna otra madre era así. Quizá tuviesen algo que ver con el asunto aquellos dientes saltones. Quiero decir que mirabas y veías aquellos dientes de conejo que estaban un poco amarillos y luego bajabas la vista y veías aquellas piernas cruzadas muy alto, con un pie balanceándose. Sí, yo también tenía los dientes saltones.
En fin, el caso es que Eugene y yo seguíamos yendo por allí y haciendo combates, y yo hacía mis
Immelmans y se me rompían las alas. Pero teníamos otro juego y Eddie también jugaba.
Hacíamos vuelos acrobáticos y carreras. Salíamos y corríamos grandes riesgos, pero lo cierto es que siempre volvíamos sanos y salvos. Y, con frecuencia, aterrizábamos en el jardín de casa. Todos teníamos una casa y teníamos una mujer, y nuestras mujeres estaban esperándonos. Explicábamos cómo iban vestidas nuestras mujeres. No llevaban mucha ropa encima. La de Eugene era la que menos llevaba. En realidad, llevaba un vestido con un gran agujero en la parte delantera. Y salía así vestida a esperar a Eugene a la puerta. Mi mujer no era tan atrevida, pero tampoco llevaba mucha ropa. Todos hacíamos el amor continuamente. Hacíamos el amor a nuestras mujeres sin parar. Nunca tenían bastante. Mientras nosotros estábamos fuera haciendo acrobacias y carreras y arriesgando la vida, ellas se quedaban en casa esperándonos y esperándonos. Y nos amaban sólo a nosotros, no querían a ningún otro. A veces, procurábamos olvidarnos de ellas y volver a los combates. Y así pasábamos casi todas las tardes. El padre y la madre de Eddie estaban allí dentro bebiendo, y de vez en cuando oíamos la risa de la madre de Eddie.

Un día, Eugene y yo fuimos a casa de Eddie y le llamamos, pero no salía.
—¡Eh, Eddie, qué pasa, hombre, sal!
Eddie no salía.
—Ahí dentro pasa algo —dijo Eugene—. Yo sé que ahí dentro pasa algo malo.
—A lo mejor han asesinado a alguien.
—Lo mejor sería que entrásemos.
—¿Crees que deberíamos?
—Sería lo mejor.
La puerta de rejilla se abrió y entramos. Estaba oscuro, como siempre. De pronto, oímos una sola
palabra:
—¡Mierda!
La madre de Eddie estaba tumbada en la cama del dormitorio. Estaba borracha. Tenía las piernas
alzadas y el vestido subido. Eugene me cogió del brazo.
—¡Dios mío, mira eso!

Era magnífico, Dios santo, sí, era magnífico; pero yo sentía demasiado miedo para apreciarlo. ¿Y si llegaba alguien y nos encontraba allí mirando? Tenía el vestido subido y estaba borracha, con aquellos muslos al aire, y casi podías verle las bragas.
—¡Eugene, oye, vámonos de aquí!
—No, vamos a mirar. Yo quiero verla. ¡Mira todo lo que enseña!

Recordé una vez que hice auto-stop y me recogió una mujer. Llevaba la falda subida hasta la cintura. Bueno, casi hasta la cintura. Yo aparté la vista, volví a mirar, y me dio miedo. Ella me hablaba como si nada mientras yo miraba por el parabrisas y contestaba a sus preguntas. «¿Adonde vas?» «Bonito día, ¿eh?» Pero yo estaba muy asustado. No sabía qué hacer, pero temía que si hacía algo habría problemas. Que se pondría a gritar, o llamaría a la policía. Así que, de vez en cuando, miraba de reojo y luego apartaba

la vista. Por fin me dejó bajarme.
También la madre de Eddie me daba miedo.
—Oye, Eugene, me largo.
—Está borracha; ni siquiera se da cuenta de que estamos aquí.
—El muy hijo de puta se largó —dijo ella desde la cama—. Se largó y se llevó al chaval, a mi hijo…
—Está hablando —dije.
—Está como una cuba —dijo Eugene—. No se da cuenta de nada.
Avanzó hacia la cama.
—Ahora vas a ver.
Le cogió la falda y se la subió aún más. Se la subió para que yo pudiera verle las bragas. Eran de

color rosa.
—¡Eugene, yo me voy!
—¡Gallina!

Eugene se quedó allí mirándole los muslos y las bragas. Se quedó allí mucho rato. Luego, sacó el pene. Yo oía sollozar a la madre de Eddie. Se movió en la cama. Sólo un poco. Eugene se acercó más. Luego, le rozó el muslo con la punta del pene. Ella sollozó otra vez. Entonces, Eugene se corrió. Le echó el esperma por todo el muslo y parecía tener mucho. Vi los chorretones bajándole pierna abajo. La madre de Eddie dijo entonces:«¡Mierda!» Y se incorporó de repente en la cama. Eugene salió corriendo delante de mí hacia la puerta. Yo me volví y también salí corriendo. Eugene tropezó con la nevera en la cocina, rebotó y salió de, un salto por la puerta. Yo la seguí y seguimos corriendo calle abajo. No paramos hasta mi casa.

Seguimos corriendo por la entrada de coches y entramos en el garaje corriendo y cerramos las puertas.
—¿Crees qué nos vio? —pregunté.
—No sé. Me corrí encima de las bragas rosa.
—Estás loco. ¿Por qué lo hiciste?
—Porque me puse muy caliente. No pude evitarlo. No podía dominarme.
—Iremos a la cárcel.
—Tú no hiciste nada. Fui yo quien le roció la pierna.
—Yo estaba mirando.
—Oye, mira —dijo Eugene—, creo que lo mejor es que me vaya a casa.
—Está bien, vamos.

Le vi tomar el sendero de coches y luego cruzar la calle hacia su casa. Salí del garaje. Entré por la puerta de atrás y me fui a mi cuarto. Me quedé allí sentado esperando. No había nadie en casa. Fui al cuarto de baño y me encerré y pensé en la madre de Eddie, allí, tumbada en la cama. Sólo que me imaginaba que le quitaba aquellas bragas color rosa y se la metía. Y que a ella le gustaba…

Esperé el resto de la tarde y esperé durante la cena a que pasara algo, pero nada pasó. Después de cenar, me fui a mi cuarto, me senté y esperé. Luego, llegó la hora de acostarse y me metí en la cama y esperé. Oí roncar a mi padre en la otra habitación y seguí esperando. Al final, me dormí.

Al día siguiente, era sábado y vi a Eugene en el jardín de su casa con una escopeta de perdigones. Tenía delante de casa dos palmeras grandes y estaba disparando a los gorriones que anidaban en ellas. Ya había conseguido darle a dos. Tenían tres gatos, y cada vez que caía a la yerba uno de los gorriones, aleteando, uno de los gatos se lanzaba sobre él y se lo llevaba.
—No ha pasado nada —le dije a Eugene.
—Si no ha pasado nada todavía, ya no pasará —dijo él—. Debía de haberle pegado un polvo.
Ahora siento no haberlo hecho.

Le dio a otro gorrión, que cayó, y un gato gris muy gordo de ojos amarilloverdosos lo cogió y se lo llevó tras el seto. Yo volví a mi casa, cruzando la calle. Mi padre aguardaba en el porche de entrada. Parecía furioso.
—¡Oye, quiero verte trabajar segando el césped! ¡Ahora mismo!

Fui al garaje y saqué la segadora. Primero segué el sendero de coches y luego salí al pradillo de entrada. La segadora estaba rígida y vieja y costaba mucho trabajo segar con ella. Mi viejo estaba allí, mirándome furioso, observándome, mientras yo arrastraba la segadora entre la yerba enmarañada.

“BESASTE A LILLY”

Era un miércoles por la noche. La televisión no había sido gran cosa. Theodore tenía cincuenta y seis
años. Su mujer, Margaret, cincuenta. Llevaban veinte años casados y no tenían hijos. Ted apagó la luz. Se

desperezaron en la oscuridad.
—Bueno —dijo Margie—, ¿es que no me vas a dar el beso de buenas noches?
Ted suspiró y se volvió hacia ella. Le dio un beso rápido.
—¿Llamas a eso un beso?
Ted no contestó.
—Aquella mujer del programa era igual que Lilly, ¿verdad?
—No sé.
—Sí sabes.
—Escucha, no empieces, que habrá follón.
—Lo que pasa es que no quieres analizar las cosas. Sólo quieres cerrarte como una lapa. Sé sincero.

Aquella mujer del programa se parecía a Lilly, ¿verdad?
—Está bien.Te n ía un cierto parecido.
—¿Te hizo pensar en Lilly?
—Dios santo…
—¡No seas evasivo! ¿Te hizo pensar en ella?
—Por un momento, sí…
—¿Y te sentías a gusto?
—No. Escucha, Margie, eso pasó hace cinco años.
—¿Acaso el tiempo hace que lo que pasó no pasase?
—Te dije que lo lamentaba.
—¡Que lo lamentabas! ¿Sabes lo quepasé yo? ¿Te imaginas que hubiese hecho yo lo mismo con un

hombre? ¿Qué habrías sentido?
—No sé. Hazlo y lo sabré.
—¡Muygracioso! ¿Es que quieres reírte de mí?
—Marge, hemos discutido este asunto cuatrocientas o quinientas noches.
—¿Cuando hacías el amor con Lilly, la besabas como me besaste ahora am í?
—No, claro que no…
—¿Cómo, entonces? ¿Cómo?
—¡Por Dios! Basta ya.
—¿Cómo?
—Bueno, distinto.
—¿Distinto en qué sentido?

—Bueno, había una novedad. Me excitaba…
Marge se incorporó en la cama y se echó a llorar. Luego dejó de hacerlo.
—Y cuando me besas a mí no te excitas, ¿verdad?
—Es que estamos habituados el uno al otro.
—Pero eso es elamor; vivir y hacerse mayores juntos.
—Bien.
—¿«Bien»? ¿Qué quieres decir con bien?
—Quiero decir que tienes razón.
—Lo dices, pero se ve que no lo crees. Lo único que quieres es no hablar. Has vivido conmigo todos
estos años. ¿Sabes por qué?
—No estoy seguro. La gente se habitúa, se acostumbra a las cosas, es como el trabajo. La gente se

acomoda. Es lo que pasa.
—¿Quieres decir que estar conmigo es como un trabajo? ¿Es como un trabajo ahora?
—Bueno, en el trabajo hay que fichar.
—¡Ya vuelves a empezar! ¡Esto es una discusión seria!
—Está bien.
—¿«Está bien»? Eres un asqueroso imbécil. ¡Animal! ¡Te estás quedando dormido!
—Margy, ¿qué quieres que haga? ¡Eso pasó hace años!
—¡Está bien, te diré lo que quiero que hagas! ¡Quiero que me beses amí como besabas a

Lilly! ¡Quiero que me jodas a mí como a Lilly!
—No puedo hacerlo…
—¿Por qué? Porque no te excito como Lilly, ¿verdad? ¿Porque no soy unanovedad?
—Apenas si recuerdo a Lilly.
—La recuerdas perfectamente. Está bien. ¡No tienes quejoderm e! ¡Sólobésame como a Lilly!
—Oh, por Dios, Margy, ¡déjalo ya, por favor, te lo suplico!
—Quiero saber por qué hemos vivido juntos todos estos años! ¿He desperdiciado mi vida?
—Todos la desperdician, casi todo el mundo.
—¿Desperdician sus vidas?
—Creo que sí.
—¡Si pudieses simplementeimaginar cuánto te odio!
—¿Quieres el divorcio?
—¿Que si quiero el divorcio? ¡Oh, Dios mío, quétranquilo eres! ¡Destrozas mi maldita vida y luego

me preguntas si quiero el divorcio! ¡Tengo cincuenta años! ¡Te he dado mi vida! ¿Adonde voy a ir?
—¡Puedes irte al infierno! Estoy harto de oírte. Harto de tus quejas.
—¡Imagínate que hubiera hecho yo lo mismo con un hombre!
—Ojalá lo hubieras hecho. ¡Ojalá!

Theodore cerró los ojos… Margaret gimoteó. En la calle ladró un perro. Alguien intentaba poner un coche en marcha. No arrancaba. Treinta grados de temperatura en un pueblecito de Illinois. James Carter era el presidente de los Estados Unidos.
Theodore empezó a roncar. Margaret fue hasta el armario y sacó el revólver del cajón del fondo. Un

revólver del 22. Estaba cargado. Volvió a la cama junto a su marido.
Le zarandeó.
—Ted, querido, estásron ca n d o . . .
Le zarandeó otra vez.
—¿Qué pasa…? —preguntó Ted.

Ella quitó el seguro al revólver y apoyó el cañón en la parte del pecho de él más a mano y apretó el gatillo. La cama se balanceó y Margaret disparó de nuevo. De la boca de Theodore surgió un sonido muy parecido a un pedo. No parecía dolerle. La luna brillaba en la ventana. Margaret se fijó en que el agujero era pequeño y apenas manaba sangre. Colocó el arma al otro lado del pecho de Theodore. Volvió a apretar el gatillo. Esta vez no hubo sonido alguno. Pero él seguía respirando. Le observó. Manaba sangre. La sangre hedía espantosamente.

Ahora que estaba muñéndose, casi le amaba. Pero Lilly, cuando pensaba en Lilly… la boca de Ted en la suya, y todo lo demás, entonces deseaba disparar otra vez… Ted estaba muy guapo con jerseys de cuello alto, le sentaban muy bien, le quedaba muy bien el verde, y cuando se tiraba un pedo en la cama, primero siempre se daba la vuelta… Nunca los tiraba contra ella. Rara vez faltaba al trabajo. No podría ir al día siguiente…
Margaret estuvo un rato llorando y luego se quedó dormida.

Al despertar, Theodore tuvo una sensación de juncos largos y agudos clavados a los lados del pecho. No sentía dolor. Se llevó las manos al pecho, las alzó luego a la luz de la luna. Estaban manchadas de sangre. Se desconcertó. Miró a Margaret. Estaba dormida y tenía en la mano el revólver que él le había enseñado a manejar para su defensa.

Se incorporó y la sangre empezó a salir más de prisa de ambos agujeros del pecho. Margaret le había disparado mientras dormía. Por tirarse a Lilly. Ni siquiera había sido capaz de correrse con Lilly. Pensó: «Estoy casi muerto, pero si pudiese huir de ella, tendría una oportunidad.» Estiró con cuidado el brazo y liberó el revólver de entre los dedos de Margaret. Aún tenía quitado el seguro.
No quiero matarte, pensó, sólo quiero largarme. Creo que llevo por lo menos quince años deseando
hacerlo.
Consiguió levantarse de la cama. Cogió el revólver y apuntó a Margaret al muslo. Al derecho.

Disparó.
Margaret gritó y él le tapó la boca con la mano. Esperó unos segundos y luego apartó la mano.
—¿Quéhaces, Theodore?
Volvió a apuntar, al muslo izquierdo ahora. Disparó. Apagó su nuevo grito volviendo a taparle la
boca. Aguantó unos segundos, luego retiró la mano.
—Besaste a Lilly —dijo Margaret.
Quedaban dos balas en el tambor del revólver. Ted se irguió y se miró los agujeros del pecho. El del

lado derecho ya no sangraba. Del izquierdo, salía, a intervalos regulares, un hilillo fino como una aguja.
—¡Te mataré! —dijo Margy desde la cama.
—Quieres matarme realmente, ¿verdad?
—¡Sí, sí! ¡Y lo haré!
Ted empezó a sentirse mal, mareado. ¿Dónde estaban los polis? Tenían que haber oído todos los
disparos. ¿Dónde estaban? ¿Es que nadie había oído los disparos?

Miró hacia la ventana. Disparó contra los cristales. Se sentía cada vez más débil. Cayó de rodillas. Se arrastró de rodillas hasta la otra ventana. Disparó otra vez. La bala hizo un agujero redondo en el cristal, pero el cristal no se rompió. Pasó delante de él una sombra negra. Luego, desapareció. Theodore pensó: «¡Tengo que tirar fuera este revólver!» Reunió sus últimas fuerzas. Lanzó el revólver contra el cristal. El cristal se rompió, pero el revólver volvió a caer dentro de la habitación.
Cuando recobró el conocimiento, su mujer estaba de pie ante él. Se sostenía sobre ambas piernas, las

piernas contra las que él había disparado. Cargaba otra vez el revólver.
—Voy a matarte —dijo.
—¡Margy, por amor de Dios! ¡Escucha! ¡Te quiero!
—¡Arrástrate, perro mentiroso!
—Margy, por favor…

Theodore empezó a arrastrarse hacia la otra habitación.
Ella le seguía.
—Así que te excitaba besar a Lilly…
—¡No, no! ¡No me gustaba! ¡Me repugnaba!
—¡Te voy a arrancar de la boca esos labios malditos!
—¡Margy! ¡Dios mío!
Le puso el cañón del revólver en la boca.
—¡Toma unbesol
Disparó. La bala se llevó parte del labio inferior y parte de la mandíbula. Theodore no perdió el
conocimiento. Vio uno de sus propios zapatos en el suelo. Aunó de nuevo todas sus fuerzas y lanzó el zapato contra otra ventana. El cristal se rompió y el zapato cayó a la calle.
Margaret alzó de nuevo el revólver y se apuntó al pecho. Apretó el gatillo…
Cuando la policía derribó la puerta, Margaret estaba de pie sujetando el revólver.
—¡Ya está bien, señora, suelte el revólver! —dijo uno de los polis.
Theodore aún intentaba huir arrastrándose. Margaret le apuntó con el revólver, disparó, erró el tiro.

Luego, se desplomó en su camisón púrpura.
—¿Qué diablos ha pasado aquí? —preguntó uno de los polis, inclinándose sobre Theodore.
Theodore volvió la cabeza. Su boca era un grumo rojo.
—Skirrr —dijo Theodore—. Skirr…
—Me fastidian estas peleas domésticas —dijo el otro poli—. ¡Qué asco…
—Sí —dijo el primer poli.
—Precisamente esta mañana reñí con mi mujer. Uno nunca sabe.
—Skirr… —dijo Theodore.
Lilly estaba en casa viendo una vieja película de Marlon Brando en la tele. Estaba sola.
Siempre había estado enamorada de Marlon. Se tiró un pedo suave. Se alzó la bata y empezó a masturbarse.

“EL GRAN POETA” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Fui a verle. Era el gran poeta. El mejor poeta narrativo desde Jeffers; aún no había cumplido los
setenta y ya era famoso en todo el mundo. Sus dos libros más conocidos quizá fuesen Mi pena es mejor que
la tuya, ¡ja!y El chicle que murió de tristeza. Había enseñado en varias universidades, había ganado todos
los premios, incluido el Nobel. Bernard Stachman.

Subí las escaleras de la YMCA. El señor Stachman vivía en la habitación 223. Llamé. «¡PASE, COÑO, PASE!», gritó alguien desde dentro. Abrí la puerta y entré. Bernard Stachman estaba en la cama. Flotaba en el aire un olor a vómito, vino, orines, mierda y alimentos podridos. Sentí náuseas. Corrí al cuarto de baño, vomité; luego salí.
—Señor Stachman —dije—. ¿Por qué no abre una ventana?
—Buena idea. Y nada de «señor Stachman», mierda, me llamo Barney.
Estaba impedido. Tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en la silla que
había al lado.
—Ahora, listo para una buena charla —dijo—. Era lo que estaba esperando.
Junto a su codo, en la mesa, había una jarra de un galón de tinto italiano llena de cenizas de
cigarrillos y polillas muertas. Aparté la vista, luego miré otra vez. Tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba por la camisa y los pantalones. Bernard Stachman posó la jarra.

—Exactamente lo que necesitaba.
—Debía utilizar un vaso —dije—. Es más cómodo.
—Sí, creo que tiene razón.

Miró a su alrededor. Había unos cuantos vasos sucios y me pregunté cuál escogería. Escogió el que le quedaba más cerca. El fondo del vaso estaba cubierto por una sustancia amarillenta, endurecida. Parecían restos de pollo con fideos. Escanció el vino. Luego, alzó el vaso y lo vació.
—Sí, esto es mucho mejor. Veo que ha traído una cámara. Supongo que querrá hacerme fotos.
—Sí —dije.
Me acerqué a la ventana, la abrí y respiré aire fresco. Llevaba días lloviendo y el aire estaba límpido
y fresco.
—Oiga —dijo—, hace horas que tengo ganas de mear. Tráigame una botella vacía.

Había varias botellas vacías. Le acerqué una. El pantalón no tenía cremallera, sino botones, y sólo tenía abrochado el de más abajo, porque no le cabía en el cuerpo. Hurgó en la bragueta, se sacó el pajarito y puso el capullo en la boca de la botella. En cuanto empezó a orinar, el pajarito se tensó y empezó a cabecear, esparciendo la orina por todas partes… por la camisa, los pantalones y la cara; increíblemente, el último chorro fue a darle en la oreja izquierda.

—Es una mierda esto de no poder valerse —dijo.
—¿Cómo fue? —pregunté.
—¿Cómo fue el qué?
—El quedarse así, impedido.
—Mi mujer. Me pasó por encima, con el coche.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Dijo que no podía soportarme más.
No dije nada. Tomé un par de fotos.
—Tengo fotos de mi mujer. ¿Quiere ver fotos de mi mujer?
—Sí, claro.
—El álbum de fotos está allá, encima de la nevera.

Me acerqué, lo cogí, me senté. Sólo había fotografías de zapatos de tacón alto y esbeltos tobillos de mujer, piernas cubiertas de medias de nylon, ligueros, pantys y toda clase de piernas. En algunas páginas había pegados anuncios del mercado de carne: Redondo de ternera, 69 centavos la libra. Cerré el álbum.
—Cuando nos divorciamos —dijo—, me los dio.
Bernard buscó bajo la almohada de la cama y sacó un par de zapatos de tacón alto, unos zapatos de
largos tacones de aguja. Los había hecho cubrir con una capa de bronce. Los colocó en la mesita de noche.

Se sirvió otro trago.
—Duermo con esos zapatos —dijo—. Hago el amor con ellos y luego los lavo.
Tomé algunas fotos más.
—Oiga, ¿quiere una foto? Esta es una buena foto.
Se desabrochó el único botón de la bragueta. No llevaba calzoncillos. Cogió el tacón del zapato y se

lo metió por el trasero.
—Así. Saque una así.
Hice la foto.
Le resultaba difícil mantenerse en pie, pero lo logró apoyándose en la mesita.
—¿Sigue escribiendo, Barney?
—Yo escribo siempre, coño.
—¿Y sus admiradoras no le interrumpen en su trabajo?
—Bueno, sí, a veces, las mujeres me encuentran. Pero no se quedan mucho.
—¿Se venden sus libros?
—Hombre, recibo cheques por mis derechos de autor.
—¿Qué aconseja usted a los escritores jóvenes?
—Que beban mucho, que jodan mucho y que fumen muchos cigarrillos.
—¿Y qué aconseja a los escritores de más edad?
—Si siguen aún con vida, no necesitan consejos.
—¿Cuál es el impulso que le mueve a crear un poema?
—¿Y usted, por qué caga?
—¿Qué piensa usted de Reagan y del paro?
—No pienso en Reagan ni en el paro. Todo eso me aburre. Como los viajes espaciales. Y la liga de

béisbol.
—¿Cuáles son sus preocupaciones, entonces?
—Las mujeres modernas.
—¿Las mujeres modernas?
—No saben vestir. Llevan unos zapatos espantosos.
—¿Qué piensa usted del movimiento de liberación de la mujer?

—Si ellas están dispuestas a trabajar lavando coches, empujando el arado, cazando a dos tipos que acaben de asaltar una licorería, o limpiando alcantarillas, si están dispuestas a dejar que les rebanen las tetas de un tiro en el ejército, yo estoy dispuesto a quedarme en casa fregando los platos y a aburrirme quitando pelusilla de la alfombra.
—¿Pero no cree usted que tienen cierta razón en sus reivindicaciones?
—Por supuesto.
Stachman se sirvió otro trago. Incluso bebiendo del vaso, parte del vino se le derramaba por la
barbilla y le bajaba hasta la camisa. Olía como un hombre que llevara meses sin bañarse.

—Mi esposa —dijo—, aún estoy enamorado de ella. Déme el teléfono, por favor.
Le di el teléfono. Marcó un número.
—¿Claire? ¿Oye, Claire…? —Colgó.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Lo de siempre. Colgó. Oiga, vámonos de aquí, vámonos a un bar. Llevo demasiado tiempo en esta

maldita habitación. Necesito salir.
—Pero es que está lloviendo. Hace una semana que está lloviendo. Las calles están inundadas.
—Eso a mí no me importa. Quiero salir. Lo más probable es que en este momento, ella esté jodiendo
con un tipo. Probablemente tenga puestos los zapatos de tacón. Yo no le dejaba nunca quitárselos.

Ayudé a Bernard Stachman a enfundarse un viejo abrigo marrón. Le faltaban todos los botones. Estaba tieso de mugre. No era un abrigo de Los Angeles. Era grueso y pesado, debía proceder de Chicago o de Denver, y debía datar de los años treinta.

Luego, cogimos las muletas y bajamos laboriosamente la escalera. Bernard llevaba una botella de moscatel en un bolsillo. Llegamos a la entrada y me aseguró que podía cruzar solo la acera y subir al coche. Mi coche estaba aparcado a cierta distancia del bordillo.

Cuando corría dando la vuelta al coche para entrar por el otro lado, oí un grito y a continuación un chapoteo. Estaba lloviendo, llovía mucho. Di otra vez corriendo la vuelta; Bernard se las había arreglado para caerse y quedar encajado en el suelo entre el coche y el bordillo. El agua le corría por encima. Estaba sentado y el agua le desbordaba, le cubría los pantalones, le daba en los costados; las muletas flotaban

torpemente en su regazo.
—No se preocupe —dijo—. Váyase y déjeme.
—Pero, por Dios, Barney.
—En serio. Váyase. Déjeme. Mi mujer no me quiere.
—No es su mujer, Barney. Están divorciados.
—A otro perro con ese hueso.
—Vamos, Barney, le ayudaré a levantarse.
—No, no. No se moleste. Se lo digo en serio. Usted váyase. Emborráchese sin mí.

Le levanté, abrí la portezuela y le coloqué en el asiento delantero. Estaba empapado. El agua le caía a chorros. Luego rodeé el coche y me coloqué al volante, a su lado. Barney destapó la botella de moscatel, bebió un trago y me la pasó. Bebí un trago. Luego, puse el coche en marcha y salí, mirando por el parabrisas, entre la lluvia, buscando un bar en el que pudiéramos entrar y no vomitar en cuanto le echáramos una ojeada al hediondo urinario.