Te quiero, Albert (relato completo)

Louie estaba sentado en el Pavo Real Rojo, con resaca. Cuando el camarero le trajo su bebida, dijo:
—Sólo he conocido a una persona en esta ciudad que esté tan loca como tú.
—¿Ah, sí? —dijo Louie—. Mira qué bien.
—Y precisamente está aquí ahora —continuó el camarero.
—¿Ah, sí? —dijo Louie.
—Es aquella de allí, la del vestido azul con esa figura de campeonato. Pero no hay quien se acerque a ella, porque está loca.
—¿Ah, sí? —dijo Louie.
Louie cogió el vaso, se levantó y fue a sentarse junto a la chica.
—Hola —le dijo.
—Hola —dijo ella.
Luego, se quedaron allí sentados, uno junto al otro, un buen rato, sin decirse una palabra.

Myra (así se llamaba ella) estiró de pronto el brazo y cogió de detrás de la barra una coctelera llena. La alzó e hizo ademán de lanzarla contra el espejo de detrás de la barra. Louie le agarró el brazo y dijo: «¡No, no, no, querida!» Tras esto, el camarero sugirió a Myra que se largase. Cuando Myra se fue, Louie la siguió.

Myra y Louie compraron unas botellas de whisky barato y tomaron el autobús para ir a casa de Louie, en los apartamentos Belsey Arms. Myra se quitó un zapato (eran de tacón alto) e intentó asesinar al conductor del autobús. Louie la sujetó con un brazo, mientras sostenía con el otro las botellas de whisky. Bajaron del autobús y fueron caminando a casa de Louie.
Entraron en el ascensor y Myra empezó a pulsar botones. El ascensor subía, bajaba, subía, paraba, y

Myra seguía preguntando:
—¿Dónde vives?
Y Louie seguía repitiendo:
—Cuarta planta, apartamento número cuatro.
Myra seguía apretando botones, mientras el ascensor subía y bajaba.
—Escucha —dijo al fin—, llevamos años aquí dentro. Lo siento, pero tengo que mear.
—Vale —dijo Louie—. Hagamos un trato, tú me dejas darle al botón y yo te dejo mear.

—Hecho—dijo ella. Y se bajó las bragas, se acuclilló y lo hizo. Louie apretó el botón del 4.°, mientras contemplaba el reguero. Llegaron. Para entonces, Myra se había incorporado, se había subido las bragas y ya estaba lista para salir.

Entraron en casa de Louie y empezaron a abrir botellas. En eso Myra no ofrecía problemas. Se sentaron uno frente al otro, con unos cuatro metros de espacio por medio. Louie estaba sentado en la butaca junto a la ventana y Myra en el sofá. Myra cogió una botella y Louie otra, y empezaron. Al cabo de unos cinco minutos o así, Myra se dio cuenta de que había unas botellas vacías en el suelo junto al sofá. Así que empezó a recogerlas, entrecerrando los ojos, y a tirárselas a Louie a la cabeza. No acertó ni una. Algunas salieron por la ventana abierta, por detrás de la cabeza de Louie. Otras dieron en la pared y se rompieron.

Otras rebotaron en la pared y milagrosamente cayeron al suelo sin romperse. Myra volvió a cogerlas y a
tirárselas. Pronto se quedó sin botellas.

Entonces, Louie se levantó y salió a la azotea por la ventana. Recogió las botellas. Cuando hubo recogido un buen montón, volvió a saltar por la ventana y se las dio a Myra. Las puso a sus pies. Luego se sentó, alzó la botella y siguió bebiendo. Las botellas empezaron a caer de nuevo sobre él. Bebió otro trago, luego otro, luego, ya no recordaba…
Por la mañana, Myra fue la primera en despertarse. Se levantó, preparó café, y le llevó el desayuno a

Louie.
—Vamos —le dijo—. Quiero que conozcas a mi amigo Albert. Es un tipo muy especial.
Louie tomó el café y luego hicieron el amor. No estuvo nada mal. Louie tenía una gran hinchazón en
el párpado izquierdo. Se levantó y se vistió.
—De acuerdo —dijo—, vamos.

Bajaron en el ascensor, fueron caminando hasta la calle Alvarado y allí cogieron el autobús hacia el norte. Siguieron tranquilamente unos cinco minutos y entonces Myra se levantó y pulsó el botón de parada. Se bajaron, caminaron una media manzana, luego entraron en un viejo edificio incoloro de apartamentos. Subieron un tramo de escaleras, torcieron en el descansillo y Myra se detuvo a la puerta de la habitación 203. Llamó. Se oyeron pasos y la puerta se abrió.

—Hola, Albert.
—Hola, Myra.
—Albert, quiero que conozcas a Louie. Louie, éste es Albert.
Se dieron la mano.
Albert tenía cuatro manos. Tenía también cuatro brazos a juego. Los dos brazos de arriba tenían
mangas y los dos de abajo salían de unos agujeros practicados en la camisa.
—Pasad —dijo Albert.

Albert tenía un vaso con whisky y agua en una mano. En la otra, un cigarrillo. En la tercera, el periódico. La cuarta, la que había estrechado la mano de Louie, la tenía desocupada. Myra fue a la cocina, cogió un vaso y sirvió a Louie un trago de la botella que llevaba en el bolso. Luego se sentó y se puso a beber del gollete.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—A veces, tocas fondo en el terror y arrojas la toalla, pero no revientas —dijo Louie.
—Albert violó a una gorda —explicó Myra—. Tendrías que haberle visto en acción con sus cuatro

brazos. Fue todo un espectáculo, Albert.
Albert gruñó. Parecía deprimido.
—A Albert le echaron del circo porque bebía y porque violó a la gorda. Ahora está en el paro.
—Nunca podría adaptarme a la sociedad. No siento simpatía por la humanidad. No tengo el menor
deseo de adaptarme, no siento el menor espíritu de lealtad, no le veo sentido.
Albert se acercó al teléfono. Lo descolgó. En una mano sostenía el teléfono, en la segunda, un boleto
de apuestas de carreras, un cigarrillo en la tercera y un vaso en la cuarta.
—¿Jack? Sí. Soy Albert. Oye, quiero Crumchy Main, dos ganadora en la primera. Luego, Blazing
Lord, dos en la cuarta. Hammerhead Justice, cinco ganador en la séptima. Luego, Noble Flake, cinco

ganador y quinto en la novena.
Albert colgó.
—Mi cuerpo me tortura por un lado y mi espíritu por el otro.
—¿Cómo te va en el hipódromo, Albert? —preguntó Myra.

—Voy ganando cuarenta pavos. Tengo un sistema nuevo. Se me ocurrió una noche de insomnio. De pronto lo vi todo ante mí, como un libro abierto. Pero si gano demasiado no me aceptarán las apuestas. Podría ir al hipódromo, claro, y hacer allí las apuestas, pero…
—¿Pero qué, Albert?
—Bueno, demonios…
—¿Qué quieres decir, Albert?
—¡QUIERO DECIR QUE LA GENTE ES MUY MIRONA! POR AMOR DE DIOS, ¿ES QUE
NO COMPRENDES?

—Perdona, Albert.
—No hay nada que perdonar. ¡Guárdate tu compasión!
—Está bien. Nada de compasión.
—Te vas a ganar un soplamocos, por imbécil.
—Desde luego podrías atizármelo y no uno, sino todos los que quisieras. Con tantas manos.
—No me provoques, Myra —dijo Albert. Terminó su bebida, se acercó a la botella y se sirvió otro

trago. Luego se sentó. Louie no había abierto la boca. Pero consideró que tenía algo que decir:
—Deberías probar en el boxeo, Albert. Con tantas manos… Serías el terror del ring.
—No te hagas el gracioso, mamón.
Myra sirvió otro trago a Louie. Estuvieron allí sentados un rato sin hablar. Por fin, Albert alzó la
vista. Miró a Myra. —¿Te acuestas con este tío?
—No, Albert, qué va. Te quiero sólo a ti, ya lo sabes. —Yo no sé nada de nada.
—Sabes que te quiero, Albert. —Myra se levantó y se sentó en las rodillas de Albert—. Eres tan
quisquilloso. No te compadezco, Albert, te quiero. Le besó.
—Yo también te quiero, nena —dijo Albert. —¿Más que a ninguna otra mujer? —¡Más que atodas
las otras mujeres!

Volvieron a besarse. Un beso terriblemente largo. Es decir, un beso terriblemente largo para Louie, de espectador sentado con su whisky. Alzó la mano y se tocó la hinchazón sobre el ojo izquierdo. Se le revolvió el estómago y tuvo que ir al cuarto de baño y ponerse a cagar. Fue una larga y lenta cagada.

Cuando salió, Myra y Albert estaban de pie en el centro de la habitación, besándose. Louie se sentó y agarró la botella de Myra y se puso a mirarles. Los dos brazos superiores de Albert abrazaban a Myra mientras las manos inferiores le alzaban el vestido hasta la cintura. Luego, empezaron a manipular dentro de las bragas. Cuando las bragas cayeron, Louie bebió otro trago, posó la botella en el suelo, se levantó, se

dirigió a la puerta y se marchó.
De nuevo en el Pavo Real Rojo, Louie se sentó en su taburete favorito. Se le acercó el camarero.
—¿Qué, Louie, cómo te fue?
—¿Cómo me fue?
—Con la dama.
—¿Con la dama?
—Os fuisteis juntos, hombre. ¿Te la cepillaste?
—No exactamente…
—¿Qué fue mal?
—¿Que qué es lo que fue mal?
—Sí, ¿qué es lo que fue mal?
—Dame un amargo de whisky, Billy.

Billy le preparó el amargo de whisky. Se lo sirvió. Ninguno de los dos decía nada. Billy se largó al otro extremo de la barra. Louie alzó el vaso y bebió la mitad de un trago. Estaba riquísimo. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos de una mano. Cogió el vaso en la otra. Por la puerta entraba el sol de la calle. No había contaminación, iba a ser un buen día, mejor que el anterior, eso seguro.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

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