La muerte del padre I de Charles Bukowski (relato completo)

En realidad, el funeral de mi padre fue como un pollo recalentado. Me senté en un bar de enfrente de la funeraria de Alhambra y pedí un café. Sería un viaje de nada hasta el hipódromo, cuando el asunto terminara. Entonces entró un hombre de cara terriblemente despellejada, con gafas muy redondas de lentes gruesos.
—Henry —me dijo. Luego, se sentó y pidió un café.
—Hola, Bert.
—Tu padre y yo nos hicimos muy buenos amigos. Hablábamos mucho de ti.
—A mí no me caía bien mi viejo —dije.
—Tu padre te quería, Henry. Tenía la esperanza de que te casaras con Rita. —Rita era la hija de Bert

—. Sale ahora con un chicoestupendo, pero no la emociona. Parece que le gustan los tipos raros. No lo entiendo. Aunque algo debe de gustarle —dijo, animándose—, porque esconde al niño en el cuarto cuando él viene.
—Bueno, Bert. Vamos.

Cruzamos la calle y entramos en la funeraria. Alguien estaba comentando qué buen hombre había sido mi padre. Me dieron ganas de contarles la otra versión. Entonces, alguien se puso a cantar. Nos levantamos y pasamos en hilera junto al ataúd. Yo era el último. ¿Le escupiré o no le escupiré?, pensé.

Mi madre también había muerto. El entierro fue el año anterior. Al acabar, me había ido al hipódromo y después había echado un polvo. La fila avanzaba. De pronto, una mujer gritó: «¡No, no, no! ¡No puede estar muerto!» Se inclinó junto al ataúd, le alzó la cabeza al muerto y le besó. Nadie la apartaba. No separaba sus labios de los del cadáver. Agarré a mi padre y a la mujer por el cuello y los separé. Mi padre se desplomó en el ataúd y a la mujer se la llevaron, temblando.
—Era la novia de tu padre —dijo Bert.
—No está mal —dije.
Cuando bajé las escaleras después de la ceremonia, la mujer me estaba esperando. Se precipitó hacia

mí.
—¡Eres igual que él! ¡Eres él!
—No —dije—, él está muerto, y yo soy más joven y más guapo.
Me abrazó y me besó. Le metí la lengua entre los labios. Luego, me liberé.
—Vamos, vamos —dije, en voz alta—. ¡Contrólate!
Me besó de nuevo y esta vez le metí la lengua hasta el fondo. El pene empezó a encabritárseme.

Unos hombres y una mujer se acercaron para llevársela.
—No —dijo ella—. Quiero ir con él. ¡He de hablar con su hijo!
—Vamos, María, por favor, ven con nosotros
—¡No, no, he de hablar con su hijo!
—¿No le importa? —me preguntó un hombre.
—No se preocupe —dije.

María subió a mi coche y fuimos a casa de mi padre. Abrí la puerta y pasamos.
—Echa un vistazo por ahí —dije—. Puedes llevarte lo que quieras. Voy a darme un baño. Los

funerales me hacen sudar.
Cuando salí, María estaba sentada al borde de la cama de mi padre.
—¡Llevas su bata!
—Ahora es mía.
—A él le encantaba esa bata. Yo se la regalé por Navidad. Le gustó mucho. Dijo que iba a ponérsela

y a dar una vuelta a la manzana para que todos los vecinos se la viesen.
—¿Lo hizo?
—No.
—Es una bata fetén. Ahora es mía.
Cogí un paquete de cigarrillos de la mesilla de noche.
—¿Esos cigarrillos son suyos, verdad?
—¿Quieres uno?
—No.
Lo encendí.
—¿Cuánto hace que le conoces?
—Más o menos un año.
—¿Y no lo descubriste?
—¿El qué?

—Que era un ignorante. Cruel. Patriota. Avariento. Un mentiroso. Un cobarde. Un farsante.
—No.
—Me sorprendes. Pareces inteligente.
—Yo quería a tu padre, Henry.
—¿Qué edad tienes?
—Cuarenta y tres.
—Te conservas bien. Tienes unas piernas preciosas.
—Gracias.
—Muy atractivas.
Entré en la cocina y saqué una botella de vino del aparador, la descorché, cogí dos vasos de vino y

volví. Le serví un vaso y se lo ofrecí.
—Tu padre hablaba mucho de ti.
—¿Sí?
—Decía que te faltaba ambición.
—Tenía razón.
—¿De veras?
—Mi única ambición es no ser nada de nada; parece lo más razonable.
—Eres un bicho raro.
—No, el bicho raro era mi padre. Déjame que te sirva otro vaso. Es un buen vino.
—Decía que eras un borracho.
—Mira, ya he conseguido algo.
—Te pareces tanto a él.
—Sólo en la superficie. A él le gustaban los huevos pasados por agua. A mí me gustan escalfados. A

él le gustaba la compañía, a mí la soledad. A él le gustaba dormir de noche y a mí me gusta dormir de día. A él le gustaban los perros y yo les tiraba de las orejas y les metía cerillas en el culo. A él le gustaba su trabajo y a mí me gusta andar por ahí… sin nada que hacer.
Me incliné y la aferré. Le abrí los labios, embutí mi boca en la suya y empecé a sorber el aire de sus
pulmones. Le escupí en la garganta y le metí un dedo por la raja del culo. Nos separamos.
—El me besaba con suavidad —dijo María—. El me amaba.

—Mierda —dije—. Aún no llevaba un mes enterrada mi madre y ya estaba él chupándote las tetas y

compartiendo tu papel de water.
—Me amaba.
—¡Qué cojones! Fue el miedo que tenía a la soledad lo que le condujo derecho a tu entrepierna.
—El decía que eras un joven amargado.
—Naturalmente. A la vista de lo que tenía por padre…
Le levanté la falda y empecé a besarle las piernas. Empecé por las rodillas, llegué a la parte interior
del muslo y se me abrió. La mordí, con fuerza, y tuvo un sobresalto y se tiró un pedo.
—¡Ay, perdona!
—No te preocupes —dije.

Le serví otro trago, encendí otro de los cigarrillos del difunto y fui a la cocina a por una segunda botella de vino. Bebimos durante más de dos horas. La tarde se iba convirtiendo en anochecer, pero yo estaba cansado. La muerte era tan tediosa. Eso era lo peor de la muerte. Era tediosa. Una vez que sucedía, no había nada que hacer. No podías jugar al tenis con ella, ni convertirla en una caja de bombones. Estaba allí, como un neumático deshinchado. La muerte era estúpida. Me metí en la cama. Oí a María quitarse los zapatos, la ropa. Luego, la sentí a mi lado en la cama. Apoyó la cabeza en mi pecho y sentí sus dedos acariciarme detrás de las orejas. Entonces, el pijo empezó a encabritarse. Le alcé la cabeza y puse mi boca sobre la suya. Suavemente. Luego le tomé una mano y la coloqué en mi pijo.

Había bebido demasiado. Pero la tomé y le di y le di. Estaba continuamente a punto, pero no podía acabar. Fue un plácido polvo, largo, sudoroso e interminable. La cama se estremecía y saltaba, rechinaba y gemía. María también gemía. La besaba sin parar. Apenas la dejaba respirar.
—¡Santo cielo! —dijo—. ¡Estás JODIENDOME REALMENTE!
Yo estaba deseando acabar, pero el vino había embotado el mecanismo. Por último, me eché a un
lado.
—Dios santo —dijo ella—. Dios santo.
Empezamos a besarnos y todo volvió a recomenzar. Volví a tomarla. Esta vez, sentí que llegaba,

poco a poco, la culminación.
—¡Oh! —dije—. ¡Oh, Dios santo!
Al fin lo conseguí, me levanté, me fui al cuarto de baño, salí fumando un cigarrillo y volví a la cama.

Ella estaba medio dormida.
—¡Dios mío! —dijo—. ¡Me JODISTE realmente!
Nos dormimos.
Por la mañana me levanté, vomité, me cepillé los dientes, hice gárgaras y abrí una botella de

cerveza. María se despertó y me miró.
—¿Jodimos? —preguntó.
—¿Lo dices en serio?
—No, quiero saberlo. ¿Jodimos?
—No —dije—. No pasó nada.
María fue al cuarto de baño y se duchó. Cantaba. Luego se secó y salió. Me miró.
—Me siento como una mujer bien follada.
—No pasó nada, María.
Nos vestimos y la llevé al café de la esquina. Pidió salchicha, huevos revueltos, una tostada de pan

de trigo y café. Yo tomé un zumo de tomate y un bollito de salvado.
—No puedo sobreponerme. Eres igual que él.
—Esta mañana no, María, por favor.

Mientras la miraba, María se fue metiendo en la boca los huevos revueltos y la salchicha y la tostada de pan de trigo (untada con mermelada de frambuesa) y entonces me di cuenta de que nos habíamos perdido el entierro. Nos habíamos olvidado de ir al cementerio a ver cómo metían al viejo en el hoyo. Me habría gustado verlo. Era lo único bueno del asunto. No nos habíamos unido al cortejo fúnebre, nos habíamos largado a casa de mi padre a fumarnos sus cigarrillos y a bebemos su vino.
María se metió en la boca un trozo particularmente grande de huevo revuelto de un amarillo claro y
dijo:

—Tienes que haberme jodido. Siento el semen correrme por la pierna.
—Es sólo sudor, mujer. Hace mucho calor esta mañana.
Vi que se metía la mano por la falda, debajo de la mesa. Luego levantó un dedo. Lo olisqueó.
—No es sudor. Es semen.
Terminó el desayuno y nos fuimos. Me dio su dirección y la llevé a su casa. Aparqué en el bordillo.
—¿Quieres pasar?
—Ahora no. Tengo que resolver asuntos. La testamentaría.
María se inclinó y me besó. Tenía los ojos grandes, doloridos, rancios.
—Sé que eres mucho más joven, pero podría matarte —dijo—. Estoy segura de ello.

Cuando ya iba por el caminillo de acceso, se volvió. Nos dijimos adiós con un gesto. Me dirigí a la licorería más próxima, me hice con una botella y el programa de las carreras del día. Me esperaba una buena sesión en el hipódromo. Siempre me iban bien las carreras después de una jornada de descanso.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

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