La araña de Charles Bukowski (relato completo)

Cuando llamó, él llevaba ya seis o siete cervezas en el cuerpo, o sea que fui a la nevera y cogí una para mí. Luego salí al porche y me senté. Parecía muy deprimido.
—¿Qué pasa, Max?
—Acabo de dejarme perder una. Se largó hace un par de horas.
—No sé a qué te refieres, Max.
Alzó la vista de la cerveza.
—Escucha, sé que no me vas a creer, pero hace cuatro años que no echo un polvo.
Le di a mi cerveza.

—Te creo, Max. En realidad en nuestra sociedad hay la tira de gente que se mueren sin haberlo hecho. Se sientan en habitaciones diminutas y hacen objetos de papel de estaño, los cuelgan en la ventana y observan sus destellos al sol, ven cómo se retuercen con el viento…
—Bueno, pues acabo de dejarme perder una. Estaba aquí mismo…
—Cuenta.

—Verás, sonó el timbre y allí estaba una chica joven, rubia, vestido blanco, zapatos azules, que me dice: «¿Eres Max Miklovik?» Le dije que sí y ella dijo que había leído mi material y que si la dejaba pasar. Le dije que sí, claro, y la dejé pasar.
Entró y se sentó en una silla del rincón. Yo fui a la cocina, serví dos whiskies con agua, volví, le di
uno y me senté en el sofá.
—¿Guapa? —pregunté.

—Guapa de veras, y un cuerpo estupendo. Llevaba un vestido que era como si no llevara nada. Luego, me preguntó: «¿Has leído a Jerzy Kosinski?» «Leí su Pájaro pintado —dije—. Un escritor horrible.» «Es muy buen escritor», replicó ella.
Max se quedó de pronto silencioso, pensando, supongo, en Kosinski.
—¿Qué pasó después? —le pregunté.
—Había una araña manos a la obra sobre su cabeza. Soltó un chillido. Dijo: «¡Esa araña se me cagó
encima!»
—¿Era cierto?
—Le dije que las arañas no cagaban. Ella dijo: «Sí, claro que cagan.» Le dije: «Jerzy Kosinski es

una araña.» Y ella dijo: «Me llamo Lyn.» Y yo dije: «Qué tal, Lyn.»
—Toda una conversación.
—Toda una conversación. Luego ella dijo: «Quiero contarte una cosa.» Y yo dije: «Adelante.» Y ella
dijo: «A los trece años me enseñó a tocar el piano un conde de verdad. Vi sus documentos, era un conde

legítimo, real. El conde Rudolph Stauffer.» «Bebe, bebe», le dije yo.
—¿Puedo tomar otra cerveza, Max?
—Claro, tráeme una.
Cuando volví, continuó:

—Terminó su whisky y yo me acerqué para recogerle el vaso, y, al hacerlo, me incliné para besarla.
Ella se apartó. «Vamos, un beso no significa nada —le dije—. Las arañas besan.»
«Las arañas no besan», dijo ella. No había nada que hacer, salvo entrar en la cocina y preparar otros
dos whiskies un poco más cargados. Salí, le pasé su vaso y volví a sentarme en el sofá.
—Creo que deberíais haber estado los dos en el sofá —dije yo.
—Pero no lo estábamos. Ella siguió hablando. «El conde —dijo— tenía la frente despejada, los ojos
color avellana, el pelo rosáceo, los dedos largos y finos y olía siempre a esperma.»
—Vaya.

—Y luego dijo: «Tenía sesenta y cinco años, pero era muy apasionado. Le enseñaba a tocar el piano también a mi madre. Mi madre tenía treinta y cinco años y yo tenía trece, y él nos enseñaba a tocar el piano.»—¿Y qué se supone que debías responder a eso? —pregunté.

—No sé. Así que le dije: «Kosinski no es capaz de escribir nada.» Y ella dijo: «El le hacía el amor a mi madre.» Y yo dije: «¿Quién? ¿Kosinski?» Y ella dijo: «No, el conde.» «¿Y a ti se te tiró el conde?», le pregunté. Y ella dijo: «No, nunca. Pero me toqueteaba y me excitaba mucho. Además, tocaba
maravillosamente el piano.»
—¿Cómo reaccionaste tú a todo eso?

—Bueno, le hablé de cuando trabajaba para la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial. Andábamos recogiendo botellas de plasma. Había por allí una enfermera muy gorda, de pelo negro, y después de comer se tumbaba en el prado con las piernas hacia mí. Y miraba y miraba. Después de recoger la sangre, yo llevaba las botellas al almacén. Hacía un frío pelón y las botellas se guardaban en saquitos blancos y, a veces, cuando se las pasaba a la encargada del almacén, una botella se escurría del saco y se estrellaba en el suelo. ¡PAF! Sangre y cristales por todas partes. Pero la chica siempre decía: «No hay problema. No te preocupes.» A mí me parecía muy amable y siempre que le llevaba la sangre, la besaba. Era muy agradable besarla allí, en aquella cámara frigorífica, pero nunca llegué a hacer nada con la otra, la del pelo negro que se tumbaba en la yerba después de comer y abría las piernas hacia mí.

—¿Le contaste eso?
—Eso le conté.
—¿Y qué dijo?

—Dijo: «¡Esa araña se está descolgando! ¡Desciende hacia mí!» «Oh, Dios mío!», dije, y cogí el formulario de las carreras y lo abrí y atrapé la araña entre la tercera carrera para potrancas a seis estadios y la cuarta carrera, que era de cinco mil dólares para animales de más de cuatro años, de una milla dieciséis. Tiré el boletín luego y conseguí darle a Lyn un beso furtivo. Ella no reaccionó.
—¿Qué dijo del beso?

—Dijo que su padre era un genio de la industria de las computadoras y que apenas estaba en casa, pero que de algún modo se enteró de lo de su madre y el conde. Y, un día, la cogió a ella a la salida del colegio, la sujetó por la cabeza y le dio de cabezazos contra la pared, preguntándole por qué había encubierto a su madre. El padre se puso muy furioso cuando descubrió la verdad. Por último, dejó de darle cabezazos contra la pared y corrió a partirle la cabeza a su madre. Dijo que había sido horrible y que nunca volvieron a ver al conde.
—¿Y tú qué dijiste?

—Le dije que una vez había conocido en un bar a una mujery me la había llevado a casa. Cuando se quitó las bragas, tenía en ellas tanta sangre y tanta mierda que no pude hacer nada. Olía como un pozo de petróleo. Me dio una friega con aceite de oliva en la espalda y yo le di cinco dólares, media botella de oporto avinagrado, la dirección de mi mejor amigo y la mandé a tomar viento.
—¿De veras te sucedió eso?

—Sí. Luego Lyn me preguntó si me gustaba T. S. Eliot Le dije que no. Luego dijo: «Me gusta cómo escribes, Max; tienes una forma tan fea y demencial de escribir que me fascina. Me enamoré de ti. Te escribí carta tras carta, pero nunca me contestaste.» «Disculpa, nena», dije. Ella dijo: «Me volví loca. Me fui a México. Me dio por el rollo religioso. Llevaba un chal negro y me iba a cantar por las calles a las tres de la madrugada. Nadie me molestaba. Tenía todos tus libros en mi maleta y bebía tequila y encendía candelas. Después conocí a aquel torero que me hizo olvidarte. Duró varias semanas.»
—Esos tíos se las traen de calle.
—Ya lo sé —dijo Max—. En fin, dijo que después se cansaron el uno del otro y entonces yo dije:

«Déjame ser tu torero.» Y ella dijo: «Eres igual que todos los hombres. Lo único que quierenes joder.» «Joder y lamer y chupar», le dije yo. Me acerqué a ella. «Bésame», le dije. «Max —dijo ella—, tú lo único que quieres es divertirte. No piensas para nada en mí.» «Me preocupo por mí», contesté. «Si no fueses tan gran escritor —dijo ella— ninguna mujer hablaría siquiera contigo.» «Vamos a joder», dije. «Yo quiero casarme contigo», dijo ella. «Yo no quiero casarme contigo», dije yo. Ella cogió su bolso y se largó.
—¿Es ése el final de la historia? —pregunté.
—Es —dijo Max—. Cuatro años sin echar un polvo y pierdo esta ocasión. Por orgullo, estupidez o

lo que sea.
—Eres un buen escritor, Max, pero eres un desastre de don juan.
—¿Crees que un buen don juan podría haber conseguido algo?

—Claro, a cada una de sus jugadas tendrías que haberle dado la respuesta correcta. Cada respuesta correcta desvía la conversación en una nueva dirección hasta que el don juan tiene a la mujer arrinconada o, más exactamente, abierta de piernas.
—¿Cómo puedo aprender?
—No se puede aprender. Es un instinto. Tienes que saber lo que realmente está diciendo una mujer

cuando dice otra cosa. No puede enseñarse.
—¿Qué decía ella realmente?
—Te quería, pero no supiste llegar hasta ella. Fuiste incapaz de tenderle un puente. La cagaste, Max,

eres un chapuzas.
—Pero ella había leído todos mis libros. Estaba convencida de que yo sabía mucho.
—Ahora es ella la que sabe mucho.
—¿Qué sabe?
—Que eres un perfecto imbécil, Max.
—¿Eso soy?
—Todos los escritores lo son. Por eso escriben.
—¿Qué quieres decir con eso de que «por eso escriben»?
—Quiero decir que escriben cosas porque no las entienden.
—Yo escribo muchas cosas —dijo Max con tristeza.
—Recuerdo que cuando era niño leí un libro de Hemingway. Un tipo se iba a la cama con una mujer

una y otra vez y no podía hacerlo, aunque quería a la mujer y ella le quería a él. Santo cielo, pensé, qué libro estupendo. Tantos siglos y nadie había escrito sobre este aspecto de la cuestión. Yo creía que el tío era, simplemente, demasiado cojonudamente imbécil para poder hacerlo. Luego leí en el libro que es que le

habían destrozado los órganos genitales en combate. Qué decepción.
—¿Crees que volverá? —preguntó Max—. Si hubieras visto qué cuerpo, qué cara, qué ojos…
—No volverá —dije yo, levantándome.
—¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Max.
—Pues seguir escribiendo tus patéticos poemas, relatos y novelas…

Le dejé allí y bajé las escaleras. No podía decirle más de lo que le había dicho. Eran las siete cuarenta y cinco y no había cenado. Me metí en el coche y enfilé hacia McDonald’s pensando que, probablemente, me decidiría por las gambas a la plancha.

Charles Bukowsi del libro Música de cañerías.

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