“UNA MADRE”

La madre de Eddie tenía los dientes saltones; yo también. Y recuerdo una vez que subíamos juntos la cuesta hacia la tienda y ella dijo: «Henry, los dos necesitamos una ortodoncia. ¡Tenemos una dentadura horrible!» Yo subía la cuesta con ella, orgullosísimo. Ella llevaba un vestido amarillo muy ceñido, de flores, y tacones altos y se movía la mar de ondulante, y los tacones hacían die, die, die en la acera y yo pensaba: voy con la madre de Eddie y ella va conmigo y subimos juntos la cuesta. No hubo más que eso; yo entré en la tienda a comprar una barra de pan para mis padres y ella compró sus cosas. No hubo más, eso fue todo.

Me gustaba ir a casa de Eddie. Su madre estaba siempre allí sentada en una butaca con un vaso en la mano, las piernas cruzadas, muy levantadas, podía verle dónde terminaban las medias y empezaba la piel desnuda. Me gustaba la madre de Eddie, era una auténtica señora. Cuando yo entraba, me decía: «¡Hola, Henry!», y sonreía y no se bajaba la falda. El padre de Eddie también me decía hola. Era un tipo grande y estaba allí sentado, también con un vaso en la mano. No era fácil encontrar trabajo en 1933; y, además, el padre de Eddie no podía trabajar. Había sido aviador en la Primera Guerra Mundial y le habían derribado. Tenía alambres en los brazos en vez de huesos, así que se pasaba la vida allí sentado, bebiendo con la madre de Eddie. Siempre estaba oscuro allí, en la sala donde se pasaban el día bebiendo. Pero la madre de Eddie se reía en todo momento.


Eddie y yo hacíamos aviones, los hacíamos con tablillas de madera barata. No volaban, los
movíamos por el aire con las manos. Eddie tenía un Spad y yo tenía un Fokker. Habíamos visto Angeles del
infierno, de Jean Harlow. A mí, Jean Harlow me parecía mucho menos sexy que la madre de Eddie. Por

supuesto, no le hablaba a Eddie de su madre. Luego me di cuenta de que Eugene empezaba a rondarnos. Eugene era otro chaval que tenía un Spad, pero yo podía hablar con él de la madre de Eddie. Cuando teníamos oportunidad, hacíamos combates muy buenos, dos Spad contra un Fokker. Yo lo hacía lo mejor que podía, pero normalmente me derribaban. Siempre que me veía en un apuro, hacía una Immelman. Leíamos las antiguas revistas de aviación, la mejor era flying Aces. Yo escribí incluso algunas cartas al director, y él me contestó. La vuelta Immelman, me escribió, era casi imposible. Se sometía a las alas a una presión demasiado grande. Pero yo a veces tenía que utilizarla, sobre todo cuando me ametrallaban por la cola. Normalmente se me rompían las alas y tenía que saltar en paracaídas.

Cuando Eddie no estaba, hablábamos de su madre.
—¡Dios, qué piernas!
—Y no le importa enseñarlas.
—Cuidado, que viene Eddie.

Eddie no tenía ni idea de que hablábamos en ese plan de su madre. A mí me daba un poco de vergüenza, pero no podía evitarlo. Desde luego, no quería que él pensase en mi madre de la misma manera. Claro que mi madre no era así. Ninguna otra madre era así. Quizá tuviesen algo que ver con el asunto aquellos dientes saltones. Quiero decir que mirabas y veías aquellos dientes de conejo que estaban un poco amarillos y luego bajabas la vista y veías aquellas piernas cruzadas muy alto, con un pie balanceándose. Sí, yo también tenía los dientes saltones.
En fin, el caso es que Eugene y yo seguíamos yendo por allí y haciendo combates, y yo hacía mis
Immelmans y se me rompían las alas. Pero teníamos otro juego y Eddie también jugaba.
Hacíamos vuelos acrobáticos y carreras. Salíamos y corríamos grandes riesgos, pero lo cierto es que siempre volvíamos sanos y salvos. Y, con frecuencia, aterrizábamos en el jardín de casa. Todos teníamos una casa y teníamos una mujer, y nuestras mujeres estaban esperándonos. Explicábamos cómo iban vestidas nuestras mujeres. No llevaban mucha ropa encima. La de Eugene era la que menos llevaba. En realidad, llevaba un vestido con un gran agujero en la parte delantera. Y salía así vestida a esperar a Eugene a la puerta. Mi mujer no era tan atrevida, pero tampoco llevaba mucha ropa. Todos hacíamos el amor continuamente. Hacíamos el amor a nuestras mujeres sin parar. Nunca tenían bastante. Mientras nosotros estábamos fuera haciendo acrobacias y carreras y arriesgando la vida, ellas se quedaban en casa esperándonos y esperándonos. Y nos amaban sólo a nosotros, no querían a ningún otro. A veces, procurábamos olvidarnos de ellas y volver a los combates. Y así pasábamos casi todas las tardes. El padre y la madre de Eddie estaban allí dentro bebiendo, y de vez en cuando oíamos la risa de la madre de Eddie.

Un día, Eugene y yo fuimos a casa de Eddie y le llamamos, pero no salía.
—¡Eh, Eddie, qué pasa, hombre, sal!
Eddie no salía.
—Ahí dentro pasa algo —dijo Eugene—. Yo sé que ahí dentro pasa algo malo.
—A lo mejor han asesinado a alguien.
—Lo mejor sería que entrásemos.
—¿Crees que deberíamos?
—Sería lo mejor.
La puerta de rejilla se abrió y entramos. Estaba oscuro, como siempre. De pronto, oímos una sola
palabra:
—¡Mierda!
La madre de Eddie estaba tumbada en la cama del dormitorio. Estaba borracha. Tenía las piernas
alzadas y el vestido subido. Eugene me cogió del brazo.
—¡Dios mío, mira eso!

Era magnífico, Dios santo, sí, era magnífico; pero yo sentía demasiado miedo para apreciarlo. ¿Y si llegaba alguien y nos encontraba allí mirando? Tenía el vestido subido y estaba borracha, con aquellos muslos al aire, y casi podías verle las bragas.
—¡Eugene, oye, vámonos de aquí!
—No, vamos a mirar. Yo quiero verla. ¡Mira todo lo que enseña!

Recordé una vez que hice auto-stop y me recogió una mujer. Llevaba la falda subida hasta la cintura. Bueno, casi hasta la cintura. Yo aparté la vista, volví a mirar, y me dio miedo. Ella me hablaba como si nada mientras yo miraba por el parabrisas y contestaba a sus preguntas. «¿Adonde vas?» «Bonito día, ¿eh?» Pero yo estaba muy asustado. No sabía qué hacer, pero temía que si hacía algo habría problemas. Que se pondría a gritar, o llamaría a la policía. Así que, de vez en cuando, miraba de reojo y luego apartaba

la vista. Por fin me dejó bajarme.
También la madre de Eddie me daba miedo.
—Oye, Eugene, me largo.
—Está borracha; ni siquiera se da cuenta de que estamos aquí.
—El muy hijo de puta se largó —dijo ella desde la cama—. Se largó y se llevó al chaval, a mi hijo…
—Está hablando —dije.
—Está como una cuba —dijo Eugene—. No se da cuenta de nada.
Avanzó hacia la cama.
—Ahora vas a ver.
Le cogió la falda y se la subió aún más. Se la subió para que yo pudiera verle las bragas. Eran de

color rosa.
—¡Eugene, yo me voy!
—¡Gallina!

Eugene se quedó allí mirándole los muslos y las bragas. Se quedó allí mucho rato. Luego, sacó el pene. Yo oía sollozar a la madre de Eddie. Se movió en la cama. Sólo un poco. Eugene se acercó más. Luego, le rozó el muslo con la punta del pene. Ella sollozó otra vez. Entonces, Eugene se corrió. Le echó el esperma por todo el muslo y parecía tener mucho. Vi los chorretones bajándole pierna abajo. La madre de Eddie dijo entonces:«¡Mierda!» Y se incorporó de repente en la cama. Eugene salió corriendo delante de mí hacia la puerta. Yo me volví y también salí corriendo. Eugene tropezó con la nevera en la cocina, rebotó y salió de, un salto por la puerta. Yo la seguí y seguimos corriendo calle abajo. No paramos hasta mi casa.

Seguimos corriendo por la entrada de coches y entramos en el garaje corriendo y cerramos las puertas.
—¿Crees qué nos vio? —pregunté.
—No sé. Me corrí encima de las bragas rosa.
—Estás loco. ¿Por qué lo hiciste?
—Porque me puse muy caliente. No pude evitarlo. No podía dominarme.
—Iremos a la cárcel.
—Tú no hiciste nada. Fui yo quien le roció la pierna.
—Yo estaba mirando.
—Oye, mira —dijo Eugene—, creo que lo mejor es que me vaya a casa.
—Está bien, vamos.

Le vi tomar el sendero de coches y luego cruzar la calle hacia su casa. Salí del garaje. Entré por la puerta de atrás y me fui a mi cuarto. Me quedé allí sentado esperando. No había nadie en casa. Fui al cuarto de baño y me encerré y pensé en la madre de Eddie, allí, tumbada en la cama. Sólo que me imaginaba que le quitaba aquellas bragas color rosa y se la metía. Y que a ella le gustaba…

Esperé el resto de la tarde y esperé durante la cena a que pasara algo, pero nada pasó. Después de cenar, me fui a mi cuarto, me senté y esperé. Luego, llegó la hora de acostarse y me metí en la cama y esperé. Oí roncar a mi padre en la otra habitación y seguí esperando. Al final, me dormí.

Al día siguiente, era sábado y vi a Eugene en el jardín de su casa con una escopeta de perdigones. Tenía delante de casa dos palmeras grandes y estaba disparando a los gorriones que anidaban en ellas. Ya había conseguido darle a dos. Tenían tres gatos, y cada vez que caía a la yerba uno de los gorriones, aleteando, uno de los gatos se lanzaba sobre él y se lo llevaba.
—No ha pasado nada —le dije a Eugene.
—Si no ha pasado nada todavía, ya no pasará —dijo él—. Debía de haberle pegado un polvo.
Ahora siento no haberlo hecho.

Le dio a otro gorrión, que cayó, y un gato gris muy gordo de ojos amarilloverdosos lo cogió y se lo llevó tras el seto. Yo volví a mi casa, cruzando la calle. Mi padre aguardaba en el porche de entrada. Parecía furioso.
—¡Oye, quiero verte trabajar segando el césped! ¡Ahora mismo!

Fui al garaje y saqué la segadora. Primero segué el sendero de coches y luego salí al pradillo de entrada. La segadora estaba rígida y vieja y costaba mucho trabajo segar con ella. Mi viejo estaba allí, mirándome furioso, observándome, mientras yo arrastraba la segadora entre la yerba enmarañada.

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