“UN PAR DE GIGOLOS” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Ser gigoló es una experiencia muy extraña, sobre todo si no eres profesional.

La casa tenía dos plantas. Comstock vivía con Lynne en la planta de arriba. Yo vivía con Doreen en la planta de abajo. La casa estaba en un sitio muy guapo, al píe de Hollywood Hills. Las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy bien pagados. La casa estaba provista de buen vino, buenos alimentos y un perro de culo raído. Había también una sirvienta negra, grande, Retha, que se pasaba casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.

Cada mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero Comstock y yo no las leíamos. Lo único que hacíamos era andar por allí tumbados, luchando contra la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían vino y cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.

Comstock decía que Lynne era la importante productora cinematográfica de unos grandes estudios. Comstock llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas, barba, y tenía unos andares sedosos. Yo era un escritor atascado con la segunda novela. Tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y cochambroso de Hollywood Este. Pero apenas iba por allí.

Mi medio de transporte era un Comet del 62. La señorita de la casa de enfrente se ponía furiosa con mi viejo cacharro. Tenía que aparcarlo delante de su casa, porque era una de las pocas zonas llanas de los alrededores y mi coche no podía arrancar cuesta arriba. A duras penas arrancaba en llano; y yo tenía que darle al pedal y a la puesta en marcha una y otra vez y el humo salía en nubarrones por debajo del coche y el estruendo era incesante y horroroso. La dama empezaba a gritar como si hubiera enloquecido. Era una de las pocas ocasiones en que me avergonzaba de ser pobre. Allí sentado, dándole al pedal y rezando para que el Comet del 62 arrancara, e intentando ignorar los gritos furiosos que daba la mujer desde su casa de puta madre. Yo le daba y le daba al pedal. El coche arrancaba, andaba unos metros y se paraba.
—¡Quite ese cacharro asqueroso de delante de mi casa o llamo a la policia!

Luego, empezaba con largos y enloquecidos alaridos. Por último, salía en quimono; era una jovencita rubia, guapa, pero al parecer estaba completamente loca. Se acercaba corriendo a la puerta del coche dando gritos y se le salía un pecho. Se lo metía y se le salía el otro. Luego, asomaba una pierna por el quimono.
—Por favor, señora —le decía yo—, estoy intentándolo.
Por fin, conseguía que el coche se pusiera en marcha y ella se quedaba allí plantada en el centro de la
calle con los pechos al aire, gritando:
—¡No vuelva a aparcar aquí su coche jamás, jamás, jamás!

En ocasiones como ésta era cuando yo consideraba la posibilidad de buscar trabajo. Sin embargo, Doreen, mi dama, me necesitaba. Tenía problemas con el chico de las bolsas, en el supermercado. Yo la acompañaba, me plantaba a su lado y le daba sensación de seguridad. Ella era incapaz de hacerle frente sola y siempre acababa tirándole un puñado de uvas en la cara o quejándose de él al encargado o escribiendo una carta de seis folios al propietario del super. Yo podía manejar perfectamente al chico de las bolsas. Hasta me resultaba agradable, sobre todo por aquella habilidad suya de abrir una gran bolsa de papel, con un simple y gracioso giro de muñeca.
Mi primera reunión informal con Comstock fue más que interesante. Hasta entonces, sólo habíamos
charlado con la copa en la mano, con nuestras damas, por la noche.
Una mañana, estaba yo en la primera planta, en calzoncillos, haraganeando. Doreen se había ido a trabajar. Yo estaba planteándome la posibilidad de vestirme y acercarme a mi casa a recoger la correspondencia. Retha, la sirvienta, estaba acostumbrada a verme en calzoncillos.
—Amigo —decía—, qué piernas tan blancas tienes. Parecen patas de pollo. ¿Es que nunca tomas el
sol?
La cocina estaba en la planta de abajo. Supongo que Comstock tenía hambre. Entramos al mismo
tiempo. El llevaba una camiseta blanca de manga corta, vieja, con una mancha de vino en la pechera. Serví

café y Retha se ofreció a freímos huevos con bacon. Comstock se sentó.
—Y bien —le dije—, ¿hasta cuándo crees tú que podremos seguir engañándolas?
—Por mucho tiempo. Necesito un descanso.
—Creo que yo también aguantaré.
—Vaya par de cabrones que estáis hechos —dijo Retha.
—Que no se vayan a quemar esos huevos —dijo Comstock.
Retha nos sirvió zumo de naranja, tostadas y huevos con bacon. Se sentó y comió con nosotros,
leyendoPlaygirl.
—Es que acabo de salir de un matrimonio fatal, algo horroroso —dijo Comstock—. Necesito un

descanso largo, muy largo.
—Hay mermelada de fresa para las tostadas —dijo Retha—. Probad un poco de mermelada de fresa.
—Háblame de tu matrimonio —le dije a Retha.
—Bueno. Yo me agencié un mangante, un inútil jugador de billar que no sabe hacer nada…
Retha nos explicó todo el asunto, terminó el desayuno, se fue al piso de arriba y empezó a pasar la
aspiradora. Entonces, Comstock me contó lo de su matrimonio.
—Antes de casarnos, todo iba bien. Ella me exhibía todos sus triunfos; pero siempre en la manga
escondía una carta que no me dejaba ver. Yo diría que era algo más que una carta.
Comstock tomó un sorbo de café.

—Tres días después de la ceremonia, llegué a casa y ella se había comprado unas minifaldas. Nunca había visto yo minifaldas tan cortas. En mi vida. Y entré en casa, y allí estaba ella sentada, acortándolas. «¿Qué estás haciendo?», le pregunté. Y ella dijo: «Estos malditos chismes, son demasiado largos. Me gusta llevarlas sin bragas. Me gusta ver que los hombres me miran el trasero cuando me bajo de los taburetes de los bares y cosas así.»
—¿Te salió con una carta así, de pronto?

—Bueno, la verdad es que podría haberlo imaginado. Un par de días antes de la boda la llevé a conocer a mis padres. Llevaba un severo vestido, y mis padres le dijeron que les encantaba. Ella dijo: «Os gusta el vestido, ¿eh?», y se levantó el vestido y les enseñó las bragas.
—Supongo que te parecería encantador.
—En cierto modo sí. En fin, el hecho es que empezó a andar por ahí con minifalda y sin bragas. Las
minifaldas eran tan cortas que si se agachaba un poco podías verle el ojo del culo.
—¿Y a los hombres les gustaba?
—Supongo. Cuando entrábamos en algún sitio, la miraban; y luego me miraban a mí. Se quedaban
pensando cómo podría ir alguien con aquello del bracete.
—Bueno, cada quisquí hace lo que le parece. Qué demonios. Un coño y un ojo de culo no son más
que eso, lo que son. Tampoco hay que exagerar.
—Sí, se puede pensar así, hasta que le toca la china a uno. Salíamos de un bar, y nada más salir, ella
decía: «Oye, ¿viste aquel calvo del rincón? ¡Cómo me miraba el culo cuando me levanté! Apuesto a que se

va a casa y se la menea.»
—¿Quieres que te sirva otro café?
—Sí, bueno, y ponle un poco de whisky. Puedes llamarme Roger.
—De acuerdo, Roger.
—Una noche, volví a casa del trabajo y ella se había ido. Había roto todos los cristales de las
ventanas y todos los espejos. Había escrito cosas como «¡Roger es una mierda!», «¡Roger es un
lameculos!», «¡Roger bebe pis!». Todo escrito por las paredes. Y se había ido. Me dejó una nota. Iba a
coger el autocar para largarse a casa de su madre, a Texas. Estaba preocupada. Su madre había estado diez
veces en el manicomio. Su madre la necesitaba. Eso decía la nota.

—¿Otro café, Roger?

—Sólo whisky. Bajé a la estación de autobuses y allí estaba ella con la minifalda, enseñando el culo, y dieciocho tipos dando vueltas a su alrededor, todos empalmados. Me senté a su lado y se echó a llorar. «¡Un negro de mierda —me dice— afirma que puedo ganar mil dólares a la semana si hago lo que me diga! ¡Yo no soy una puta, Roger!»

Retha bajó las escaleras, abrió la nevera para buscar tarta de chocolate y helado, entró en el dormitorio, encendió la tele, se tumbó en la cama y se puso a comer. Era una mujer muy corpulenta, pero agradable.

—En fin —dijo Roger—, le dije que la quería y conseguimos que nos devolvieran el dinero del billete. La llevé a casa. A la noche siguiente, viene un amigo mío y va ella y se le acerca por detrás y le atiza en la cabeza con un cucharón de madera. Así, sin avisar ni nada, de repente. Se le acerca por detrás y le atiza. Cuando mi amigo se marchó, me explicó que todo se le pasaría si la dejaba ir a una clase de cerámica los viernes por la noche. Está bien, le digo. Pero nada. Empezó a atacarme a cuchillazos. Sangre por todas partes. Mi sangre. En las paredes, en las alfombras. Era muy rápida, muy ágil. Le interesa el ballet, yoga, hierbas, vitaminas, semillas, frutos secos y toda esa mierda; lleva una Biblia en el bolso, la mitad de las páginas subrayadas en tinta roja. Se acorta un par de centímetros todas las faldas. Y de repente, una noche, estoy dormido y me despierto justo a tiempo. Me despierto y la veo saltar a los pies de la cama, gritando, con un cuchillo en la mano. Me giro y el cuchillo se clava quince centímetros en el colchón. Me levanto, le atizo y la tiro contra la pared. Cae y dice: «¡Cobarde! ¡Asqueroso cobarde, pegarle a una
mujer! ¡Eres un cobarde, cobarde!»
—Hombre, quizá no debiste pegarle —dije.

—Sí, claro. El caso es que me fui de casa e inicié los trámites del divorcio. Pero no me libré de ella por eso. Se dedicaba a seguirme. Una vez, estaba yo en la cola en un supermercado y apareció ella y se puso a gritar: «¡Soplapollas asqueroso! ¡Marica!» Otro día, me arrinconó en una lavandería. Yo estaba sacando la ropa de la lavadora y metiéndola en la secadora. Y ella se plantó allí y se puso a mirarme sin decir nada. Dejé la ropa, cogí el coche y me largué. Cuando volví, ella ya no estaba. Miré en la secadora y estaba vacía. Se había llevado mis camisas, mis calzoncillos, pantalones, toallas, sábanas, todo. Empecé a recibir cartas escritas con tinta roja, en las que me contaba sus sueños. Siempre soñaba. No paraba de soñar. Y recortaba fotos de revistas y escribía en ellas. Yo no lograba descifrar lo que escribía. Una noche, estaba en casa sentado y apareció ella en la calle y empezó a tirar piedras a la ventana y a gritar:«¡Roger
Comstock es un mariquita!» Debieron de oírla en tres manzanas a la redonda, por lo menos.
—Un rollo muy movido.

—Luego, conocí a Lynne, y me vine a vivir aquí. Me trasladé a primera hora de la mañana. Ella no sabe que estoy aquí. Dejé el trabajo. Y aquí estoy. Creo que sacaré al perro de Lynne a dar una vuelta. A ella le gusta que lo haga. Cuando vuelve del trabajo, le digo: «Oye, Lynne, saqué al perro a dar una vuelta.» Entonces ella sonríe. Le gusta.

—Bien —dije,
—¡Eh, Boner! —gritó Roger—. ¡Ven acá, Boner!
Aquella estúpida criatura de barriga fofa entró con la baba colgando. Salieron los dos juntos.
Aguanté sólo otros tres meses. Doreen conoció a un tipo que sabía tres idiomas y era egiptólogo. Yo
volví a mi piso cochambroso de Hollywood Este.
Un día, salía del dentista, casi un año después, y allí estaba Doreen, entrando en el coche. Me

acerqué y fuimos a un bar a tomar un café.
—¿Qué tal la novela? —me preguntó.
—Sigue atascada —dije—. Creo que no conseguiré nunca acabar esa hijaputa.
—¿Estás solo ahora? —me preguntó.
—No.

—Yo tampoco.
—Mejor.
—No es ninguna maravilla, pero puede aguantarse.
—¿Roger sigue con Lynne?

—Ella iba a largarle —me explicó Doreen—. Entonces él se emborrachó y se cayó por el balcón. Se quedó paralítico de cintura para abajo. La compañía de seguros le pagó cincuenta mil dólares. Entonces mejoró. Pasó de las muletas al bastón. Ya puede salir a dar un paseo con Boner otra vez. Hace poco, hizo unas fotos maravillosas de Olvera Street. Oye, tengo que irme. La semana que viene me voy a Londres.
Vacaciones de trabajo. ¡Todos los gastos pagados! Adiós.
—Adiós.

Doreen se levantó, sonrió, salió, giró hacia el oeste y desapareció. Alcé mi taza de café, tomé un sorbo, la posé. Sobre la mesa estaba la cuenta. Un dólar ochenta y cinco. Tenía dos dólares, justo para la cuenta y la propina. Cómo demonios iba a pagar al dentista era ya otro asunto.

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