“PORQUERÍA DE MUNDO”

Iba conduciendo por Sunset, ya de noche, cuando me detuve en un semáforo y vi en una parada de autobús a aquella pelirroja teñida, de cara ajada y brutal, empolvada, pintada, que decía: «Esto es lo que nos hace la vida.» Me la imaginé borracha, gritando a un hombre de un extremo a otro de la habitación y me alegré de no ser aquel hombre. Vio que la miraba y me hizo una seña: «Eh, ¿me llevas?» «Bueno», dije; cruzó corriendo dos carriles de tráfico para subir al coche. Seguimos y me enseñó un poco de pierna. No estaba mal. Seguí conduciendo sin decir nada. «Quiero ir a la calle Alvarado», dijo. Me lo había supuesto. Es por donde andan, por la Octava y Alvarado arriba, los bares del otro lado del parque y por las esquinas, hasta donde empieza el cerro. Había andado por aquellos bares bastantes años y conocía el ambiente. La mayoría de las chicas sólo querían un trago y un lugar para pasar el rato. En aquellos bares no tenían demasiada mala pinta. Nos acercábamos ya a Alvarado. «¿Puedes darme cincuenta centavos?», preguntó. Busqué y saqué dos monedas de veinticinco. «Debías dejarme darte un tiento por esto.» Se echó a reír. «Adelante.» Le subí el vestido y le di un pellizco suave justo donde terminaba la media. Estuve a punto de decirle: «¡Qué coño! Compremos unas cervezas y vayamos a mi casa.» Me vi a mí mismo ensartando aquel cuerpo delgado y casi pude oír los muelles. Luego me la imaginé sentada en una silla, soltando tacos y hablando y riendo. Pasé. Se bajó en Alvarado y la vi cruzar la calle caminando, intentando menear el culo, como si lo tuviera. Seguí conduciendo. Debía al Estado 600 dólares del impuesto sobre la renta. Tendría que prescindir de un polvo de vez en cuando. Aparqué junto a la entrada de Chinaman’s, entré y pedí un cuenco de won ton de pollo. Al tipo que estaba sentado a mi derecha le faltaba la oreja izquierda. Tenía sólo un agujero en la cabeza, un agujero asqueroso, con mucho pelo alrededor. Ni rastro de la oreja. Miré el agujero y volví al won ton de pollo. Ya no me supo tan bien. Luego, entró otro tipo y se sentó a mi izquierda. Era un vagabundo. Pidió un café. Me miró.

—Qué hay, borracho —dijo.
—Hola —contesté.
—Todo el mundo me llama «borracho», así que pensé que podía llamártelo a ti.
—Muy bien, hombre. Antes lo era, sí.
Revolvió el café.
—Esas burbujitas que quedan en el café. Mira. Mi madre decía que significan dinero. No fue así.
¿Su madre? ¿Había tenido madre alguna vez aquel hombre?
Terminé el cuenco y allí les dejé, al tipo sin oreja y al vagabundo que miraba las burbujitas del café.
Va a ser una noche infernal, pensé. Supongo que no va a suceder mucho más. Me equivocaba.
Decidí cruzar Alameda para comprar unos sellos. Había mucho tráfico y un poli joven dirigiéndolo.

Algo pasaba. Un joven que estaba delante de mí no hacía más que gritarle al poli:
—¡Vamos, déjanos cruzar, qué demonio! ¡Ya hemos esperado bastante!
El poli seguía ordenando el tráfico.
—¿Pero qué coño te pasa? —le gritaba el chaval.

Este chaval está chiflado, pensé. Tenía un aspecto agradable, joven, alto, de metro ochenta y siete y unos ochenta kilos. Camiseta de manga corta blanca. La nariz demasiado grande. Quizá se hubiera tomado unas cervezas, pero no estaba borracho. Por fin, el poli tocó el pito e indicó a la gente que cruzara. El chaval se lanzó a la calzada.
—¡Bueno, adelante todos, ya se puede, ya podemos cruzar!
Eso es lo que te crees tú, chaval, pensé. El chaval braceaba.
—¡Adelante todos!

Iba caminando justo detrás de él. Vi la cara del poli. Estaba muy pálido. Vi sus ojos entrecerrados, como ranuras. Era bajo, corpulento, joven. Avanzó hacia el chaval. Santo cielo, ya está. El chaval se dio cuenta de que el poli iba por él.
—¡No me toques! ¡No te atrevas a tocarme!

El poli le agarró por el brazo derecho, le dijo algo, intentó hacerle volver al bordillo. El chaval se soltó y se alejó caminando. El poli corrió detrás de él y le hizo una llave doblándole el brazo en la espalda. El chaval se soltó, luego empezaron a forcejear, dando vueltas. El rumor de los pies resonaba en la calle. La gente se paró a contemplar la pelea a cierta distancia. Yo estaba junto a ellos. Tuve que retroceder varias veces mientras forcejeaban. Tampoco yo tenía ni pizca de sentido común. Por fin, llegaron a la acera. La gorra del poli voló. Entonces me animé un poco. El poli, sin la gorra, casi no parecía un poli, pero, aun así, tenía la porra y la pistola. El chaval se soltó de nuevo y echó a correr. El poli saltó sobre él por detrás, le echó un brazo al cuello e intentó derribarle, pero el chico aguantaba. Y luego, consiguió liberarse. Por último, el poli le acogotó contra una barandilla de hierro de un aparcamiento. Un chaval blanco y un poli blanco. Miré al otro lado de la calle y vi a cinco chavales negros que observaban y se reían. Estaban alineados contra una pared. El poli tenía otra vez la gorra puesta y se llevaba al chaval calle abajo, camino del teléfono.
Entré y saqué los sellos de la máquina. Una noche jodida. Casi esperaba que saliera una serpiente de

la máquina. Pero salieron sellos. Alcé la vista y vi a mi amigo Benny.
—¿Viste el lío, Benny?
—Sí; en la comisaría se pondrán los guantes de reglamento y le harán una cara nueva.
—¿Tú crees?

—Seguro. En la ciudad es como en el campo. Les zurran de lo lindo. Acabo de salir de la nueva cárcel del condado. Allí dejan que los polis nuevos hostien a los presos para que adquieran experiencia. Presumen de ello. Cuando estaba yo allí, pasó un poli y dijo: «¡Acabo de darle una tunda a un vagabundo!»
—Ya lo había oído, sí.

—Te dejan hacer una llamada telefónica y el tipo aquél tardaba demasiado con la llamada y ellos le decían que cortase ya. El seguía diciendo: «¡Un momento, un momento!», hasta que al fin un poli se cabreó y colgó el teléfono, y el tío gritó: «¡Tengo mis derechos, no puede hacer eso!»
—¿Qué pasó?

—Unos cuatro polis le agarraron. Le dieron tal somanta de hostias que no tocaba con los pies en el suelo. Le llevaron a la habitación de al lado. Lo oí perfectamente: le zurraron de lo lindo. Nos ponían allí, sabes, agachados, nos miraban el culo, nos miraban los zapatos buscando droga, y trajeron al chaval desnudo y allí lo pusieron agachado, temblando. Tenía todo el cuerpo lleno de moretones. Allí le dejaron, temblando contra la pared. Le dieron una buena somanta.

—Sí —dije—. Una noche iba yo en coche por Union Rescue Mission y vi dos polis en un coche patrulla, que habían cogido a un borracho. Uno de ellos se metió con el borracho en el asiento de atrás; oí que el borracho decía: «¡Asqueroso poli hijo de puta!» Y vi al poli sacar la porra y hundírsela con todas sus fuerzas en el estómago. Fue un golpe terrible; me dieron náuseas. Podría haberle reventado el estómago, o haberle provocado una hemorragia interna.

—Sí; porquería de mundo.
—Tú lo has dicho, Benny. Hasta pronto. Cuídate.
—Por supuesto. Y tú también.
Subí al coche y volví calle arriba por Sunset. Cuando llegué a Alvarado tiré hacia el sur y fui
bajando hasta la calle Octava. Aparqué, bajé, busqué una tienda de licores y compré una botella de whisky.

Luego, entré en el bar más próximo. Allí estaba ella.
Mi pelirroja de cara brutal. Me acerqué, le di una palmadita a la botella.
—Vamos.
Acabó lo que estaba bebiendo y me siguió.
—Bonita noche —dijo.
—Oh, sí —contesté.
Cuando llegamos a mi casa, se metió en el baño y lavó dos vasos. No hay escapatoria, pensé.
Ninguna escapatoria.

Entró en la cocina y se echó sobre mí. Se había pintado los labios. Me besó, pasándome la lengua alrededor de la boca. Le alcé el vestido y le agarré las bragas. Allí nos quedamos, bajo la luz eléctrica, trabados. En fin, el Estado tendría que esperar un poco más para cobrar mi impuesto sobre la renta. Quizás el gobernador Deukmejian lo entendiese. Nos separamos, serví dos whiskies y pasamos a la habitación contigua.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *