“UN HOMBRE VERDADERO” de Charles Bkowski (relato completo)

George estaba tumbado en su remolque, boca arriba, mirando una televisión portátil. Los platos de la cena estaban sucios, los platos del desayuno estaban sucios, él necesitaba una rasurada y tenía ceniza de cigarro, liados por él mismo, caída sobre su camiseta. Algu-nas cenizas ardían todavía. Algunas veces esas cenizas ardiendo se perdían bajo su camiseta y le quemaban la piel, entonces él maldecía aventándolas lejos.
Se escuchó un toquido en la puerta del trailer. Se puso de pie lentamente y abrió la puerta. Era Constance. Traía una botella cerrada de whiskey en su bolsa.
– ¡George, dejé a ese hijo de puta, no pueedo estar más con ese hijo de puta!
– Siéntate.
George abrió la botella, trajo dos vasos, llenó cada uno con una tercera parte de whiskey y las otras dos terceras partes con agua. Se sentó en la cama con Constance. Ella sacó un cigarrillo de su bolsa y lo prendió. Estaba ebria y sus manos temblaban.
– Agarré su condenado dinero también. Toméé su maldito dinero y lo dividí en dos partes mientras él estaba en el trabajo. ¡No sabes cómo he sufrido con ese hijo de puta!
– Déjame darle una fumada, dijo George. Ellla se lo tendió y, mientras se inclinaba hacia él, George puso sus brazos alrededor de ella, la acostó y la besó.
– ¡Tú, hijo de puta, dijo ella, te extrañéé!
– Me he perdido esas buenas piernas tuyas,, Connie. ¡Realmente me he perdido esas buenas piernas!
– ¿Todavía te gustan?
– Me pongo caliente con sólo mirarlas.
> – Nunca pude hacerlo con ese chico del collegio, dijo Connie. Eran muy blandos, eran bebedores de leche. Y mantenía su casa limpia. George, era como tener una sir-vienta. Él hacía todo. El lugar estaba perfectamente limpio. Podías comer un bistec justo en el baño. Él era antiséptico, eso es lo que era.
– Bebe, te sentirás mejor.
– Y tampoco podía hacer el amor.
– ¿Quieres decir que él no podía hacérteloo?
– ¡Oh si, el lo hacía, lo hacía todo el tiiempo! Pero él no sabía cómo hacer feliz a una mujer, tú sabes. Él no sabía como hacerlo. Todo ese dinero, toda esa educación, era un inútil.
– Me hubiera gustado tener una educación uuniversitaria.
– Tú no necesitas una. Tú tienes todo lo qque necesitas, George.
– Soy sólo un vago. ¡Todos esos trabajos dde mierda!
– Yo digo que tú tienes todo lo que necesiitas, George. Tú sabes cómo hacer feliz a una mujer.
– ¿De veras?
– Si. ¿Y sabes qué más? ¡Su mamá venía a ssu casa! ¡Su mamá! Dos o tres veces por semana. Y se sentaba ahí mirándome, pretendiendo que yo le gustaba, pero al mis-mo tiempo, me trataba como si yo fuera una puta. Como si yo fuera una gran mala puta robándole a su hijo y alejándolo de ella. ¡Su precioso Wallace! ¡Cristo! ¡Qué enredo! Él decía que me amaba! Y yo le decía: “¡Mira mi coño, Walter!” Y él no volteaba a ver mi coño. Él decía, “No quiero ver esa cosa”. ¡Esa cosa! ¡Así era como le llamaba! ¿Tú no le tienes miedo a mi coño, verdad George?
– Nunca me ha mordido.
– ¿Pero tu si lo has mordido, lo has mordiisqueado, verdad George?
– Supongo que lo he hecho.
– ¿Y lo has lamido, lo has chupado?
– Supongo.
– Lo conoces muy bien George, ¿qué le has hecho?
– ¿Cuánto dinero traes?
– Seiscientos dólares.
– No me gusta la gente que le roba a otra gente, Connie.
– Eso es por que tú eres sólo un cogelón llavaplatos. Eres honesto. Pero él es como un culo, George. Él puede gastar el dinero pero yo lo he ganado… él y su madre y su amor, su amorosa madre, sus pequeños tazones limpios y sus toallas y sus bolsas de ba-sura y sus aromatizantes para el aliento y sus lociones para después de afeitarse y sus preciosos consoladores. ¡Todo para él, entiendes, todo para él! Tú sabes lo que quiere una mujer, George.
– Gracias por el whiskey, Connie. Déjame eenrollarme otro cigarrillo.
George llenó los vasos otra vez.
– Me he perdido tus piernas, Connie. Realmmente me he perdido esas piernas. Me gusta la manera como vistes esas zapatillas de tacón alto. Me vuelven loco. Esas muje-res modernas no saben de lo que se están perdiendo. Las zapatillas de tacón alto mol-dean las pantorrillas, los muslos, el culo; le ponen ritmo al caminar. ¡Realmente me ca-lientan!
– Hablas como un poeta, George. Algunas veeces hablas como poeta. Eres un de-monio de lavaplatos.
– ¿Sabes lo que realmente me gustaría haceer?
– ¿Qué?
– Me gustaría azotarte con mi cinturón en las piernas, en el culo, en las caderas. Me gustaría hacerte estremecer y llorar, y cuando te estés estremeciendo y llorando, arrojarte dentro todo mi amor.
– Yo no quiero eso, George. Nunca me habíaas hablado así antes. Tú siempre has sido decente conmigo.
– Levántate el vestido.
– ¿Qué?
– Levántate el vestido, quiero ver más de tus piernas.
– ¿Te gustan mis piernas, verdad George? – ¡Dejemos que la luz brille en ellas!
> Constance se levantó el vestido.
– ¡Puta madre!, exclamó George.
– ¿Te gustan mis piernas?
– ¡Amo tus piernas! Entonces George, cruzáándose sobre la cama y alcanzándola, la abofeteó fuerte en la cara. El cigarro de Constance voló de su boca.
– ¿Por qué hiciste eso?
– ¡Tu jodido Walter! ¡Tu jodido Walter! – ¿Qué diablos te pasa?
– ¡Levántate el vestido alto!
– ¡No!
– ¡Haz lo que te digo!
George la abofeteó otra vez, más fuerte. Constance se levantó la falda.
– ¡Sólo hasta el límite de las pantimediass!, gritó George. ¡No quiero ver comple-tamente las pantimedias!
– ¡Cristo George, qué está pasando contigoo!
– ¡Tu jodido Walter!
– George, te lo juro, te estás poniendo muuy loco. Quiero irme. ¡Déjame salir de aquí, George!
– ¡No te muevas, por que te mato!
– ¿Me matarías?
– ¡Te lo juro!
George se levantó, se sirvió un golpazo de whiskey puro, lo bebió todo y se sentó junto a Constance. Tomó el cigarro encendido y se lo encajó en la muñeca. Ella gritó. Él lo mantuvo ahí firmemente y después lo retiró.
– ¿Soy un hombre, Nena, entiendes eso?
> – ¡Sé que eres un hombre, George!
– ¡Aquí, mira mis músculos! George se levaantó y flexionó ambos brazos. ¡Hermo-sos verdad Nena! ¡Mira estos músculos! ¡Siéntelos! ¡Siéntelos!
Constance palpó uno de los brazos y después el otro.
– Si, tienes un hermoso cuerpo, George. – Soy un hombre. Soy un lavaplatos, pero uun hombre, un verdadero hombre.
– Lo sé, George.
– ¡No soy el jodido bebeleche que dejaste!!
– Lo sé.
– Y también puedo cantar. Deberías oír mi voz.
Constance seguía sentada. George empezó a cantar. Cantó “Old Man River”. Luego canto “Nobody knows the trouble I’ve seen”. Canto “The St. Louis Blues”. Cantó “God Bless America”, deteniéndose y riéndose varias veces. Luego se sentó cerca de Constance. Dijo:
– Connie, tienes unas piernas hermosas. Lee pidió otro cigarrillo.
Le dio varias fumadas, se bebió dos tragos más, entonces puso su cabeza sobre las piernas de Connie, sobre sus medias, en sus rodillas, y dijo:
– Connie, siento que no soy bueno, siento que estoy loco, siento haberte pegado, siento haberte quemado con ese cigarrillo.
Constance seguía sentada. Recorrió sus dedos entrelazando el pelo de George, aca-riciándolo, tranquilizándolo. Rápido se quedó dormido él. Ella esperó un largo rato. Enton-ces le levantó la cabeza y se la colocó sobre la almohada, levantó sus propias piernas ende-rezándolas fuera de la cama. Parada, caminó hacia la botella, se sirvió un buen golpe de whiskey en su vaso, le agregó algo de agua y lo bebió lentamente. Caminó hacia la puerta del trailer, la empujó, bajó lo escalones y la cerró. Avanzó a través del patio, abrió la cerca, caminó sobre la callejuela bajo una luna de la una de la madrugada. El cielo estaba limpio de nubes. El mismo cielo de nubes seguía ahí. Llegó hasta la avenida, caminó hacia el oriente, arribó a la entrada del bar “The Blue Mirror”. Se metió y ahí estaba Walter, senta-do, solo y borracho, al final de la barra. Caminó y se sentó junto a él.
– ¿Me extrañaste Nene?
Walter la miró. La reconoció. No le contestó. Miró al cantinero y el cantinero caminó hacia ellos. Todos se conocían entre sí.

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