“UNA JORNADA DE TRABAJO” – Charles Bukowski


Joe Mayer era un escritor independiente. Tenía resaca, y el teléfono le despertó a las nueve. Se levantó y contestó.
—¿Sí?
—Hola, Joe. ¿Cómo te va?
—De maravilla.
—¿De maravilla, eh?
—¿Sí?
—Vicky y yo acabamos de trasladarnos a una casa nueva. Aún no tenemos teléfono, pero puedo darte la dirección. ¿Tienes algo ahí para escribir?

—Aguarda un momento.
Joe anotó la dirección.
—No me gustó el último relato tuyo que vi en Hot Anger.
—Bueno —dijo Joe.
—No quiero decir que no me guste, quiero decir que no me gusta comparado con la mayoría de tus
cosas. Por cierto, ¿sabes dónde está Buddy Edwards? Griff Martin, el que dirigía Hot Tales, anda

buscándole. Pensé que a lo mejor lo sabías.
—No, no sé dónde está.
—Creo que quizás esté en México.
—Quizá.
—Oye, mira, nos pasaremos pronto a verte.
—Cuando queráis.
Joe colgó. Puso un par de huevos en una cacerola con agua, puso a calentar agua para hacer café y se

tomó un Alka Seltzer. Luego, volvió a meterse en la cama. Sonó el teléfono otra vez. Se levantó y contestó.
—¿Joe?
—¿Sí?
—Oye soy Eddie Greer.
—Ah, sí.
—Queremos que hagas una lectura para recaudar fondos…
—¿Para quién?
—Para el IRA.

—Mira, Eddie, a mí no me interesan la política ni la religión ni ningún rollo de ésos. En realidad, no sé qué está pasando allí. No tengo tele, no leo los periódicos… Ni siquiera sé quién es el malo de la película, si es que existe tal malo.
—¡Pero, hombre, el malo es Inglaterra!
—No puedo hacer una lectura para el IRA, Eddie.

—Bueno, está bien.
Los huevos estaban hechos. Se sentó, los peló, puso una tostada y mezcló el instantáneo con el agua

caliente. Se tomó los huevos y la tostada y dos cafés. Luego, volvió a meterse en la cama.
Cuando estaba a punto de quedarse dormido, sonó otra vez el teléfono. Se levantó y contestó.
—¿El señor Mayer?
—¿Sí?
—Soy Mike Haven, un amigo de Stuart Irving. Aparecimos una vez juntos en Stone Mule, cuando
Stone Mule se editaba en Salt Lake City.
—¿Y?
—Pues que me vine de Montana a pasar una semana por aquí. Estoy en la ciudad, en el hotel

Keraton. Me gustaría pasar a verte y charlar contigo.
—Hoy es un mal día, Mike.
—Bueno, ¿podré pasar, entonces, otro día de esta semana?
—Sí, ¿por qué no me llamas más adelante?
—Sabes, Joe, escribo exactamente igual que tú, tanto en poesía como en prosa. Quiero llevarte

algunas cosas mías y leértelas. Te vas a quedar asombrado. Escribo cosas que tienen mucha fuerza.
—¿Ah, sí?
—Ya verás.
El siguiente fue el cartero. Una carta. Joe la abrió.
Querido señor Mayer:

Me dio sus señas Sylvia, a quien escribía usted hace años en París. Sylvia aún vive, en San Francisco, y aún escribe sus poemas terribles y proféticos, angélicos y delirantes. Ahora yo vivo en Los Angeles y me encantaría pasar a visitarle. Dígame, por favor, cuándo le iría bien.
Un abrazo de Diane.

Joe se quitó la bata y se vistió. Sonó otra vez el teléfono. Se acercó al aparato, lo contempló y no contestó. Salió de casa, subió al coche y condujo hacia Santa Anita. Despacio. Puso la radio y daban música sinfónica. La contaminación no era agobiante. Bajó por Sunset, tomó su atajo favorito, subió la cuesta hacia Chinatown, pasó el Annex, subió hasta más arriba de Little Joe’s, pasó Chinatown y cogió el desvío que pasa por encima de los patios del ferrocarril, mientras contemplaba, abajo, los viejos vagones de color marrón. Si hubiese sido buen pintor, le habría gustado pintar todo aquello. Quizás acabase pintándolo, de todos modos… Luego, subió por Broadway y por Huntington Drive hasta el hipódromo. Tomó un bocadillo de carne enlatada y un café, abrió el boleto de apuestas y se sentó. Parecía un buen programa.

Acertó con Rosalena en la primera a 10,80 dólares, con Objeción de esposa en la segunda, a 9,20, y se lo jugó todo en el doble del día a 48,40 dólares. Había apostado dos dólares ganador a Rosalena y cinco ganador a Objeción de esposa, así que ya ganaba 73,20. Perdió con Sweetott, quedó segundo con Harbor Point, segundo con Pitch Out, segundo con Brannan, todas apuestas ganadoras, o sea que no le quedaban más que 48,20 cuando consiguió veinte ganador con Crema del Sur, con lo que volvió a situarse en los 73,20.
No lo pasó mal en el hipódromo. Sólo encontró a tres personas conocidas. Obreros. Negros. De los
viejos tiempos.

El problema fue la octava carrera. Cougar corría a 128 contra Inconsciente a 123. Joe no consideró a los restantes participantes. Le costó decidirse. Cougar estaba 3 a 5 e Inconsciente 7 a 2. Como ganaba 73,20 dólares, le pareció que podía permitirse el lujo de apostar al 3 a 5. Jugó treinta dólares ganador. Cougar aflojó torpemente, como si corriese por una cuneta. Y cuando tomaba la primera curva, ya iba diecisiete cuerpos por detrás del primer caballo. Joe comprendió que perdería. En la meta, su tres a cinco llegó cinco cuerpos detrás del ganador.

En la novena, apostó 10 a Barizón y 10 a Perdido en el mar, no acertó y salió de allí con 23,30 dólares. Era más fácil recolectar tomates. Se metió en su viejo cacharro y volvió a casa, conduciendo despacio…

Justo cuando se metía en la bañera, sonó el timbre. Se secó y se puso la camisa y los pantalones. Era
Max Billinghouse. Max tenía veintipocos años; era desdentado y pelirrojo. Trabajaba de conserje y siempre

llevaba vaqueros y una sucia camiseta blanca de manga corta. Se sentó en una silla y cruzó las piernas.
—Bueno, Mayer, ¿qué pasa?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir si sobrevives con lo que escribes.
—Por el momento…
—¿Alguna novedad?
—Ninguna desde que estuviste aquí la semana pasada.
—¿Cómo quedó la lectura de poesía?
—Muy bien.
—El público de las lecturas de poesía es un puro camelo.
—La mayoría de los públicos lo es.
—¿Tienes algo dulce? —preguntó Max.
—¿Dulce?
—Sí, me apetece algo dulce. Es que me he vuelto muy goloso.
—No tengo nada dulce.
Max se levantó y se metió en la cocina. Salió con un tomate y dos rebanadas de pan. Se sentó.
—Oye, no tienes nada de comer en casa.
—Voy a tener que bajar al súper.
—Sabes —dijo Max—, yo, si tuviera que leer delante de la gente, creo que les insultaría, heriría sus
sentimientos.
—Sin duda.
—Pero es que yo no soy capaz de escribir. Creo que voy a agenciarme una grabadora. A veces,
cuando estoy trabajando hablo solo, en voz alta. Así podré anotar lo que digo y ya tendré un relato.
Max era hombre de no más de hora y media. Aguantaba hora y media. Nunca escuchaba, sólo

hablaba. A la hora y media, Max se levantó.
—Bueno, tengo que irme.
—Muy bien, Max.

Max se fue. Siempre contaba las mismas cosas. Cómo había insultado a la gente en un autobús. Cómo había conocido a Charles Masón. Que un hombre se arreglaba mejor con una puta que con una chica decente. Que el sexo estaba en la cabeza. Que no necesitaba ropa nueva, ni un coche nuevo. Que era un solitario. Que pasaba de la gente.

Joe entró en la cocina, encontró una lata de atún y se preparó tres bocadillos. Sacó la pinta de whisky que tenía de reserva y se sirvió un buen escocés con agua. Puso la radio, la emisora que transmitía música clásica. «El Danubio Azul.» La apagó. Terminó los emparedados. Sonó el timbre. Abrió la puerta. Era

Hymie. Hymie tenía un trabajo indefinido en algún ayuntamiento cerca de Los Angeles. Era poeta.
—Oye —dijo—, aquel libro que se me ocurrió, Antología de poetas de Los Angeles, olvídalo.
—Olvidado.
Hymie se sentó.
—Necesitamos un título nuevo. Creo que lo tengo. Apiadaos de los belicistas. ¿Te das cuenta?
—No me disgusta —dijo Joe.
—Y podemos decir: «Este libro está dedicado a Franco, Lee Harvey Oswald y Adolfo Hitler.»
Recuerda que soy judío, o sea que hace falta valor. ¿Qué te parece?
—No está mal.

Hymie se levantó e hizo su imitación de un típico judío gordo a la antigua, un gordo muy judío. Hymie era divertido. Era el hombre más divertido que Joe conocía. Hymie daba para una hora. Al cabo de una hora, se levantó y se fue. Contaba siempre las mismas cosas. Que la mayoría de los poetas eran malísimos, lo que era algo trágico, trágico y ridículo. Y que era así, y punto.
Joe se tomó otro buen whisky con agua y se sentó frente a la máquina. Escribió dos líneas y el
teléfono sonó. Era Dunning, desde el hospital. A Dunning le gustaba beber muchísima cerveza. Había cumplido los veinte en el ejército. El padre de Dunning había sido editor de una revistilla famosa. El padre de Dunning había muerto en junio. La mujer de Dunning era ambiciosa. Casi le había obligado a hacerse médico. Se había hecho médico de cabecera y estaba trabajando de enfermero mientras se especializaba,

con objeto de ahorrar para una máquina de rayos X de ocho o diez mil dólares.
—¿Qué te parece si me acerco a tomar unas cervezas contigo? —preguntó Dunning.
—Oye, ¿no puedes aplazarlo? —preguntó Joe.
—¿Qué pasa? ¿Estás escribiendo?
—Estoy empezando.
—Está bien. Te llamaré.
—Gracias, Dunning.
Joe volvió a sentarse a la máquina. No empezó mal. Llevaba media página cuando se oyeron pasos.

Luego llamaron a la puerta. Joe la abrió. Eran dos chavales. Uno de barba negra, el otro bien afeitado.
El de la barba dijo:
—Te vi en tu última lectura.
—Pasad —dijo Joe.
Pasaron. Traían seis botellines de cerveza importada, botellines verdes.
—Traeré un abridor —dijo Joe.
Se sentaron allí a beber las cervezas.
—Fue una buena lectura —dijo el chaval de la barba.
—¿Quién ha influido más en ti? —preguntó el que no tenía barba.
—Jeffers. Los poemas más largos. Jamar. Koan Stallion. Toda esa faceta.
—¿Obras nuevas que te interesen?
—No.
—Dicen que estás saliendo del underground, que ya te has integrado en el sistema. ¿Qué piensas de
eso?
—Nada.

Hubo más preguntas en la misma onda. Los chavales sólo se bebieron una cerveza cada uno; las otras cuatro corrieron a cuenta de Joe. Al cabo de cuarenta y cinco minutos, se largaron. Pero, cuando ya se iban, el que no llevaba barba dijo: «Volveremos.»
Joe volvió a sentarse a la máquina con un nuevo whisky. No podía escribir. Se levantó y se acercó al

teléfono. Marcó, y esperó. Ella estaba en casa. Contestó.
—Oye —dijo Joe—, déjame que me escape de aquí. Déjame bajar a descansar un rato.
—¿Quieres decir que pretendes pasar aquí la noche?
—Sí.
—¿Otra vez?
—Sí, otra vez.
—Vale.
Joe dobló la esquina del porche y bajó por la entrada de coches. Ella vivía tres o cuatro manzanas
calle abajo. Llamó a la puerta. Lu le abrió. Las luces estaban apagadas. Sólo llevaba puestas las bragas y le

arrastró a la cama.
—¡La Virgen! —gimió él.
—¿Qué pasa?
—Bueno, todo es tan inexplicable, ocasi tan inexplicable…
—Desnúdate, anda, ven a la cama.

Joe se desnudó y se metió en la cama. Al principio no sabía si resultaría otra vez. Tantas noches seguidas. Pero el cuerpo de ella estaba allí, y era un cuerpo joven. Sus labios estaban abiertos y eran bien reales. Joe la enlazó flotando. Era agradable estar a oscuras. Joe le dio y le dio. Incluso se amorró al pilón para lamer el coño. Luego, cuando la ensartó, a las cuatro o cinco arremetidas, oyó una voz…
—Mayer… Busco a un tal Joe Mayer…
Era la voz de su casero. Estaba borracho.
—Oiga, si no está en ese apartamento de enfrente, mire en aquel otro de detrás. Suele estar en uno de
los dos.
Joe le dio unos cuatro o cinco viajes más, pero comenzó a sonar el timbre de la puerta. Joe se separó

y se llegó a la puerta desnudo. Abrió la mirilla.
—¿Sí?
—¡Hola, Joe! Qué hay, Joe, ¿qué estás haciendo, Joe?
—Nada.
—Entonces, ¿te hace una cerveza, Joe?
—No —dijo Joe. Cerró sonoramente la mirilla, volvió a la cama y se echó.
—¿Quién era?
—No sé. No me sonaba la cara.
—Bésame, Joe. No te quedes ahí parado.
El la besó, mientras la luna de la California Sur atravesaba toda clase de sureñas y californianas
cortinas. El era Joe Mayer. Escritor independiente.
Como coser y cantar, vamos.

Charles Bukowski del libro “Música de cañerías”.

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