” Cuantos chochos queramos ” – Charles Bukowski – (relato completo)

Harry y Duke. La botella en medio, un hotel barato del centro de Los Angeles. Noche de sábado en una de las ciudades más crueles del mundo. La cara de Harry era completamente redonda y estúpida con sólo una puntita de nariz saliendo y unos ojos odiosos; en realidad, Harry resultaba odioso en cuanto le mirabas, así que no le mirabas. Duke era un poco más joven, buen oyente, sólo una levísima sonrisa cuando escuchaba. Le gustaba escuchar; la gente era su mayor espectáculo y no había que pagar entrada. Harry estaba parado y Duke era conserje. Los dos habían estado en chirona y volverían otra vez. Lo sabían. Daba igual.

De la botella faltaban dos tercios y había latas de cerveza vacías por el suelo. Liaban cigarrillos con la tranquila calma de los que han vivido vidas duras e imposibles antes de los treinta y cinco y siguen vivos. Sabían que todo era un cubo de mierda, pero se negaban a renunciar.
—Mira —dijo Harry, dando una calada al cigarro—, te escogí, amigo. Sé que puedo confiar en ti.

Tú no te asustarás. Creo que tu coche sirve. Iremos a medias.
—Explícame el asunto —dijo Duke.
—No vas a creerlo.
—Explícamelo.
—Mira, hay oro allí, tirado en el suelo. Oro auténtico. Sólo hay que ir y cogerlo. Sé que parece una
locura, pero está allí. Yo lo he visto.
—¿Y cuál es el problema?

—Bueno, es un terreno del Ejército, de la artillería. Bombardean todo el día y a veces de noche, ése es el problema. Hacen falta huevos. Pero el oro está allí. Puede que las bombas y los proyectiles lo desenterraran, no sé. Lo que sí sé es que de noche no suelen bombardear.
—Iremos de noche.
—De acuerdo. Y cogeremos el oro y lo sacaremos de allí. Seremos ricos. Tendremos cuantos
chochos queramos. Piénsalo… cuantos chochos queramos.
—Parece buena idea.
—Si tiran, nos metemos en el primer agujero de bomba. No van a apuntar allí otra vez. Si dan en el

blanco, se dan por satisfechos; si no, no van a dirigir el tiro siguiente al mismo sitio.
—Sí, claro, natural.
Harry sirvió más whisky.
—Pero hay otra pega.
—¿Sí?
—Allí hay serpientes. Por eso hacen falta dos hombres. Sé que eres bueno con el revólver. Mientras
yo recojo el oro, tú te ocupas de las serpientes. Si aparecen, les vuelas la cabeza. Hay serpientes de

cascabel. Creo que para esto eres el indicado.
—¿Por qué no? ¡Claro!
Siguieron fumando y bebiendo, sentados allí, pensándose el asunto.
—Tendremos oro —dijo Harry—. Tendremos mujeres.
—Sabes —dijo Duke— quizá los cañonazos desenterrasen un cofre de un tesoro antiguo.
—Sea lo que sea, lo cierto es que ahí hay oro.
Cavilaron un rato más.
—¿Y sí —preguntó Duke— después de recogido el oro disparo contra ti?

—Bueno, tengo que correr ese riesgo.
—¿Te fías de mí?
—Yo no me fío de nadie.
Duke abrió otra cerveza, bebió otro trago.
.—Mierda, ya no tienes por qué ir a trabajar el lunes, ¿verdad?
—Ya no.
—Yo ya me siento rico.
—Yo casi también.
—Todo lo que uno necesita es una oportunidad —dijo Duke—, después te tratan como a un señor.
—Sí.
—¿Y dónde está ese sitio? —preguntó Duke.
—Ya lo sabrás cuando lleguemos.
—¿Vamos a medias?
—A medias.
—¿No tienes miedo que te liquide?
—¿Por qué vuelves con eso, Duke? Podría matarte yo a ti.
—Vaya, no se me ocurrió. ¿Serías capaz de matar a un camarada?
—¿Somos amigos?
—-Bueno, sí, yo diría que sí, Harry.
—Habrá oro y mujeres suficientes para los dos. Seremos ricos toda la vida. Se acabará la mierda de
libertad vigilada. Se acabó el lavar platos. Las putas de Beverly Hills andarán detrás de nosotros. No

tendremos más preocupaciones.
—¿Crees de veras que podremos sacarlo?
—Claro.
—¿De verdad hay oro allí?
—Hazme caso, te digo que sí.
—De acuerdo.

Bebieron y fumaron un rato más. Sin hablar. Pensaban los dos en el futuro. Era una noche calurosa. Algunos de los inquilinos tenían la puerta abierta. Casi todos tenían su botella de vino. Los hombres estaban sentados en camiseta, cómodos, pensativos, tristes. Algunos tenían incluso mujeres, no precisamente damas, pero sí capaces de aguantarles el vino.
—Será mejor que cojamos otra botella —dijo Duke— antes de que cierren.
—Yo no tengo un céntimo.
—Pago yo.
—Vale.
Se levantaron, salieron a la puerta. Giraron a la derecha al fondo del pasillo, camino de la parte de
atrás.
La bodega estaba al fondo de la calleja, a la izquierda. En lo alto de las escaleras posteriores había
un tipo andrajoso tumbado a la entrada.

—Vaya, si es mi viejo camarada Franky Cannon. La ha cogido buena esta noche. Lo quitaré de la

entrada.
Harry le agarró por los pies y, a rastro, le retiró de allí. Luego se inclinó sobre él.
—¿Crees que ya le habrán registrado?
—No sé -—dijo Duke—. Comprueba.
Duke dio vuelta a todos los bolsillos de Franky. Tanteó la camisa. Le abrió los pantalones, palpó
por la cintura. Sólo encontró una caja de cerillas que decía:

APRENDA
A DIBUJAR
EN CASA
Miles de trabajos
bien pagados le esperan

—Me parece que alguien pasó antes —dijo Harry.
Bajaron las escaleras posteriores hasta la calleja.
—¿Estás seguro de que hay oro allí? —preguntó Duke.
—¡Oye —dijo Harry—, es que quieres tomarme el pelo! ¿Crees que estoy loco?
—No.
—¡Pues entonces no vuelvas a preguntármelo!

Entraron en la bodega. Duke pidió una botella de whisky y una caja de cerveza de malta. Harry robó una bolsa de frutos secos. Duke pagó lo que había pedido y salieron. Cuando llegaron a lacalleja apareció una mujer joven; bueno, joven para aquel barrio, debía tener unos treinta, buena figura, pero

despeinada y farfullante.
—¿Qué lleváis en esa bolsa?
—Tetas de gato —dijo Duke.
Ella se acercó a Duke y se frotó contra la bolsa.
—No quiero beber vino. ¿Tienes whisky ahí?
—Claro, niña, ven.
—Déjame ver la botella.
A Duke le pareció bien. Era esbelta y llevaba el vestido ceñido, muy ceñido, y estaba muy buena.
Sacó la botella.
—Vale —dijo ella—, vamos.
Subieron por la calleja, ella en medio. Le daba con la cadera a Harry al andar. Harry la agarró y la

besó. Ella le apartó bruscamente.
—¡Déjame, hijoputa! —gritó.
—¡Vas a estropearlo todo, Harry! —dijo Duke—. ¡Si vuelves a hacer eso, te doy una hostia.
—¡Tú qué vas a dar!
—¡Vuelve a hacerlo y vas a ver!

Subieron la calleja y luego la escalera y abrieron la puerta. Ella miró a Franky Cannon que seguía allí tirado, pero no dijo nada. Siguieron hasta la habitación. Ella se sentó, cruzando las piernas. Unas lindas piernas.
—Me llamo Ginny —dijo.
Duke sirvió los tragos.

—Yo Duke. Y él Harry.
Ginny sonrió y cogió su vaso.
—El hijo de puta con el que estaba me tenía desnuda, me encerraba la ropa con llave en el armario.
Estuve allí una semana. Esperé a que se durmiera, le quité la llave, cogí este vestido y me largué.
—Está bien el vestido.

—Muy bien.
—Te favorece mucho.
—Gracias. Decidme, chicos, ¿vosotros qué hacéis?
—¿Hacer? —preguntó Duke.
—Sí, quiero decir, ¿cómo os lo montáis?
—Somos buscadores de oro —dijo Harry.
—Venga, no me vengáis con cuentos.
—De verdad —dijo Duke—, somos buscadores de oro.
—Y además ya lo hemos encontrado. En una semana seremos ricos —dijo Harry.
Luego, Harry tuvo que ir a echar una meada. El retrete quedaba al final del pasillo- En cuanto se

fue, Ginny dijo:
—Quiero joder primero contigo, chato. El no me gusta gran cosa.
—Vale —dijo Duke.
Sirvió tres tragos más. Cuando Harry volvió, Duke le dijo:
—Joderá primero conmigo.
—¿Quién lo dijo?
—Nosotros —dijo Duke.
—Así es —dijo Ginny.
—Creo que deberíamos incluirla también a ella —dijo Duke.
—Primero vamos a ver cómo jode —dijo Harry.
—Vuelvo locos a los hombres —dijo Ginny—. Los hago aullar. ¡No hay mejor coño en toda

California!
—De acuerdo —dijo Duke— ahora lo veremos.
—Primero otro trago —dijo ella, vaciando el vaso.
Duke le sirvió.
—Te advierto que yo también tengo un buen aparato, nena, lo más probable es que te parta en dos.
—Como no le metas los pies —dijo Harry.
Ginny se limitó a sonreír sin dejar de beber. Terminó el vaso.
—Venga —dijo a Duke—. Vamos.
Ginny se acercó a la cama y se quitó el vestido. Tenía bragas azules y un sostén de un rosa desvaído

sujeto atrás con un imperdible. Duke tuvo que quitarle el imperdible.
—¿Va a quedarse mirando? —le preguntó.
—Si quiere —dijo Duke—, qué coño importa.
—Bueno —dijo Ginny.

Se metieron los dos en la cama. Hubo unos minutos de calentamiento y maniobraje mientras Harry observaba. La manta estaba en el suelo. Harry sólo podía ver movimiento debajo de una sábana bastante sucia. Luego, Duke la montó, Harry veía el trasero de Duke subir y bajar debajo la sábana.
Luego Duke dijo:
—¡Oh, mierda!
—¿Qué pasa? —preguntó Ginny.
—¡Me salí! ¿No decías que era el mejor coño de California?
—¡Yo la meteré! ¡Ni siquiera me di cuenta de que estabas dentro!
—¡Pues en algún sitio estaba! —dijo Duke.
Luego, el culo de Duke volvió a subir y bajar. Nunca debí contarle a ese hijo de puta lo del oro,
pensó Harry. Ahora está por medio esa zorra. Pueden aliarse contra mí. Claro que si él muriera, se

quedaba conmigo, seguro.
Entonces Ginny lanzó un gemido y empezó a hablar:
—¡Oh, querido, querido! ¡Oh Dios, querido, oh Dios mío!
Puro cuento, pensó Harry.

Se levantó y se acercó a la ventana de atrás. La parte de atrás del hotel quedaba muy cerca del desvío de Vermont de la autopista de Hollywood. Miró los faros y luces de los coches. Siempre la asombraba el que unos tuvieran tanta prisa por ir en una dirección y otros por ir en otra. Alguien tenía que estar equivocado. O si no, no era todo más que un juego sucio. Entonces oyó la voz de Ginny:
—¡Ay que me corro ya! ¡Ay, Dios mío, que me corro! ¡Ay, Dios mío…!

Cuento, pensó, y luego se volvió para mirarla. Duke estaba trabajando firmemente. Ginny tenía los ojos vidriosos miraba fijamente al techo, tenía la vista clavada en una bombilla sin pantalla que colgaba de él; aquellos ojos vidriosos miraban fijamente por encima de la oreja izquierda de Duke…
Quizá tenga que pegarle un tiro en ese campo de artillería, pensó Harry. Sobre todo, si ella tiene un
coño tan prieto.
oro, todo ese oro.

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