Como conseguir que te publiquen (relato completo) Charles Bukowski

Dado que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la revistaDemise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. El decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico, adelante. El me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata. Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la última teta arrugada de tu rata. El contestó, un momento, conozco a la mayoría de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles a echarte una ojeada.

Semana y media más tarde, suena el teléfono. Estaban en la ciudad, acababan de llegar de Nueva Orleans y se alojaban en un hotel de la Calle Tercera rebosante de prostitutas, borrachos, carteristas, revientapisos, friegaplatos, atracadores, estranguladores y violadores. A Mulloch le encantaba el hampa y creo que amaba incluso la pobreza. Saqué la conclusión, por sus cartas, de que creía que la pobreza entrañaba pureza. Eso es lo que los ricos siempre han querido que creamos por supuesto. Pero ésa es otra historia.

Fui con Marie en el coche hasta allá, deteniéndonos primero a comprar tres paquetes de botellines de cerveza y un litro de whisky barato. A la entrada, había un hombrecillo de pelo canoso, que debía medir un metro cincuenta. Vestía atuendo de trabajador, pero llevaba un gran pañuelo blanco al cuello y un sombrero blanco de copa muy alta. Marie y yo nos acercamos. Fumaba un cigarrillo y sonreía.
—¿Eres Chinaski?
—Sí —dije—. Esta es Marie, mi mujer.
—No, amigo —contestó—. Ningún hombre puede decir jamás que una mujer es suya. No son

nuestras nunca, sólo las tenemos prestadas una temporadita.
—Sí —dije—, creo que así está mejor.
Seguimos a H. R. escaleras arriba y luego por un pasillo pintado de azul y rojo que olía a asesinato.
—El único hotel de la ciudad que pudimos encontrar en que nos aceptaron con los perros y el loro.
—Parece un buen sitio —dije.
Abrió la puerta de su habitación y entramos. Había dos perros corriendo de acá para allá y

Honeysuckle estaba en el centro de la habitación con un loro en el hombro.
—Thomas Wolfe —dijo el loro— es el mejor escritor del mundo.
—Wolfe está muerto —dije—. Vuestro loro delira.
—Es un loro viejo —dijo H. R.—. Hace mucho que lo tenemos.
—¿Cuánto tiempo llevas con Honeysuckle?
—Treinta años.
—¿La pediste prestada un ratito?
—Así parece.

Los perros corrían de allá para acá, y Honeysuckle seguía en el centro de la habitación con el loro en el hombro. Era de piel oscura, italiana o griega, muy delgada, con ojeras cargadas; tenía un aire trágico, bondadoso y peligroso; sobre todo trágico.

Puse el whisky y las cervezas sobre la mesa, y todos se abalanzaron. H. R. comenzó a destapar botellines y yo empecé a desenvolver la botella de whisky. Aparecieron vasos polvorientos y varios ceniceros. A través de la pared de la izquierda, atronó de pronto una voz masculina:
—¡Puta asquerosa, quiero que mastiques mi mierda!
Nos sentamos y serví whisky para todos. H. R. me pasó un puro. Lo pelé, le arranqué la punta con

los dientes y lo encendí.
—¿Qué piensas de la literatura moderna? —me preguntó H. R.
—No me interesa, la verdad.
H. R. achicó los ojos y me sonrió.
—Ja, ja, ¡estaba seguro de eso!
—Oye —dije—, ¿por qué no te quitas ese sombrero para que vea con quién estoy en tratos?
Podrías resultar un ladrón de caballos.
—No —dijo, quitándose el sombrero con gesto teatral—. Pero fui uno de los mejores ladrones de

diamantes del Estado de Ohio.
—¿Es cierto eso?
—Lo es.
Las chicas bebían.
—A mí me encantan los perros —dijo Honeysuckle—. ¿Te gustan los perros?
—No lo sé —dije.
—El se gusta a sí mismo —dijo Marie.
—Marie tiene una inteligencia muy aguda —dije yo.
—Me gusta cómo escribes —dijo H. R.—. Puedes decir muchísimo sin extravagancias.
—El genio quizá sea la capacidad de decir una cosa profunda de una forma sencilla.
—¿Cómo dices? —preguntó H. R.
Repetí la frase y serví más whisky.
—Eso tengo que anotarlo —dijo H. R. Y sacó una pluma
del bolsillo y lo anotó en el borde de una de las bolsas marrones de papel que había en la mesa.
El loro se bajó del hombro de Honeysuckle, cruzó la mesa y se me subió en el hombro izquierdo.
—Eso está bien —dijo Honeysuckle.
—James Thurber —dijo el pájaro—, es el mejor escritor del mundo.
—Cabrón estúpido —le dije al pájaro. Sentí un dolor agudo en la oreja izquierda. El bicho casi me la
arranca. Todos somos criaturas sensibles, pensé. H. R. abrió más cervezas. Seguimos bebiendo.

A la tarde siguió el anochecer y el anochecer se convirtió en noche. Desperté en plena oscuridad. Me había quedado dormido en la alfombra del centro de la habitación. H. R. y Honeysuckle dormían en la cama. Marie en el sofá. Los tres roncaban, sobre todo Marie. Me levanté y me senté a la mesa. Quedaba algo de whisky. Me lo serví y bebí una cerveza caliente. Me quedé allí sentado bebiendo. El loro se puso en el respaldo de una silla frente a mí. De pronto se bajó de allí y cruzó la mesa entre los ceniceros y las botellas vacías y se me subió en el hombro.
—No vuelvas a decirlo —le dije—. Es muy ofensivo para mí que lo digas.
—Puta jodida —dijo el loro.
Le cogí por las patas y volví a posarlo en el respaldo de la silla. Luego volví a la alfombra y seguí

durmiendo.
Por la mañana, H. R. Mulloch comunicó lo siguiente:
—He decidido publicar tu libro de poemas. Lo mejor sería
irte a casa y empezar a trabajar.
—¿Quieres decir que comprendiste que no soy un ser humano deleznable?
—No —dijo H. R.—, nada de eso, pero he decidido ignorar mi buen criterio y, a pesar de todo,
publicarlo.

—¿De veras fuiste el mejor ladrón de diamantes del Estado de Ohio?
—Sí, claro.
—Sé que estuviste en la cárcel. ¿Cómo te cazaron?
—Fue tan estúpido que prefiero no hablar de ello.
Bajé y compré un par de paquetes de botellines de cerveza y volví, y Marie y yo ayudamos a H. R. y

a Honeysuckle a hacer el equipaje. Había cajas especiales para transportar los perros y el loro. Lo bajamos todo por las escaleras, lo metimos en mi coche, luego nos sentamos y acabamos la cerveza. Todos éramos profesionales: ninguno fue tan estúpido como para proponer un desayuno.
—Ahora eres tú el que nos debe visitar —dijo H. R.—. Vamos a preparar el libro. Eres un hijo de

puta pero se puede hablar contigo. Esos otros poetas andan siempre atusándose las plumas y presumiendo.
—Eres un buen tipo —dijo Honeysuckle—. Los perros te quieren.
—Y el loro —dijo H. R.
Las chicas se quedaron en el coche y volví con H. R., que tenía que devolver la llave. Nos abrió la

puerta una vieja de quimono verde y pelo teñido de un rojizo claro.
—Esta es mamá Stafford —me dijo H. R.—. Mamá Stafford, le presento al mejor poeta del mundo.
—¿De veras? —preguntó Mamá.
—El mejor poeta del mundo —dije yo.
—Muchachos, ¿por qué no entráis a tomar un trago? Creo que lo necesitáis.
Entramos y tuvimos que trasegar un vaso de vino blanco caliente. Nos despedimos y volvimos al
coche…
En la estación de ferrocarril, H. R. sacó los billetes y fue a la sección de equipajes a que se hicieran
cargo del loro y de los perros. Luego volvió y se sentó con nosotros.
—Me fastidian los aviones —dijo—. Me aterra volar.

Fui a comprar media pinta y nos la pasamos mientras esperábamos. Luego, empezaron a cargar el tren. Y cuando estábamos allí en el andén, haciendo tiempo, Honeysuckle saltó de pronto sobre mí y me dio un largo beso. Antes de apartarse, me metió la lengua rápidamente en la boca. Me quedé allí plantado, y

encendí un puro mientras Marie besaba a H. R. Luego H. R. y Honeysuckle subieron al tren.
—Es un tipo legal —dijo Marie.
—Querida —dije—, creo que le diste un beso demasiado apasionado.
—¿Estás celoso?
—Yo siempre lo estoy.
—Mira, se han sentado en la ventanilla, nos sonríen.
—Es embarazoso. Ojalá saliera de una vez ese maldito tren.

Al fin el tren empezó a moverse. Dijimos adiós con la mano, claro, y ellos contestaron. H. R. tenía una sonrisa satisfecha y feliz. Honeysuckle daba la sensación de lloriquear. Parecía muy trágica. Luego, ya no pudimos verles más. Se acabó. Iban a publicarme. Poemas escogidos. Dimos la vuelta y escapamos de los andenes.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

“UNA CERVEZA EN EL BAR DE LA ESQUINA” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

No sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche de verano muy
calurosa y andaba aburrido.

Salí y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y blanco. Entré.
Después de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando quería beber
algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba a casa y me lo bebía solo.

Entré y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios a la ley o carísimos.

Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele. Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de allí en cuanto acabara la cerveza.

Entró un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro minutos.

Luego dijo:
—Hola, ¿qué hay?
—Nada de particular.
—¿Es usted nuevo en el barrio?
—No.
—No le había visto por aquí antes.
No contesté.
—¿Es usted de Los Angeles? —preguntó.
—Más que de ningún otro sitio.
—¿Cree que los Dodgers ganarán este año?
—No.
—¿No le gustan los Dodgers?
—No.
—¿Quién le gusta a usted?
—Nadie. No me gusta el béisbol.
—¿Qué le gusta?
—El boxeo. Los toros.
—Las corridas de toros son crueles.
—Sí, cuando se pierde, todo resulta cruel.
—Pero el toro no tiene ninguna oportunidad.
—Nadie la tiene.
—Es usted muy negativo. ¿Cree en Dios?
—En su clase de dios, no.
—¿Pues en qué clase?
—No estoy seguro.
—Yo he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.
No contesté.
—¿Puedo invitarle a una cerveza? —preguntó.
—Desde luego.
Llegaron las cervezas.
—¿Leyó hoy los periódicos? —preguntó.
—Sí.
—¿Leyó lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de Boston?
—Sí.
—Horrible, ¿verdad?
—Supongo que sí.
—¿Losupone?
—Sí.
—¿No losabe?
—Supongo que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi vida. Pero es
muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.
—¿No siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de las ventanas,
gritando.
—Supongo que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una noticia de

un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.
—¿Quiere decir que no sintió nada?
—En realidad no.
Se quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:
—¡Eh, aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las cincuenta
huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!
Todo el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la mujer de la
peluca roja dijo:
—Si yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.
—¡Y además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el béisbol. Le
gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las huerfanitas!

Pedí al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó. Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando que su pecho pareciese más grande.
—Este es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les damos una
buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!

Notaba su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.
—Ese hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.
—Si yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No puedo soportar
a esa clase de cabrones.
—Así es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.
—Asqueroso gilipollas.

Terminé la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.

—¡Pijotero, pijotero…, eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo. ¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde, asqueroso!

Por fin, hacia la una y media, se fue. Luego se marchó uno de los chavales que jugaban al billar. El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza. A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera había una cerveza. La abrí y me la bebí.
Luego, me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz, fui al
dormitorio, me metí en la cama y me dormí.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

“LA MEDIACIÓN” DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)

Sonó el teléfono. Era Paul, el escritor. Estaba deprimido.
En Northridge.
—¿Harry?

—¿Sí?
—Nancy y yo hemos roto.
—¿Sí?
—Escucha, quiero volver con ella. ¿Puedes ayudarme? Salvo que quierastú volver con ella…
Harry sonrió al aparato.
—No, no quiero volver con ella, Paul.

—No sé lo que pasó. Ella empezó con el asunto del dinero. Empezó a gritar por el dinero. Me pasaba por las narices las facturas de teléfono. Bueno, he estado haciendo todo lo posible para sacar pasta. Teníamos el tinglado aquel. Barney y yo. Nos poníamos los trajes de pingüinos…, él recitaba un verso de un poema, yo recitaba el otro…, cuatro micrófonos…, teníamos el grupo aquel de jazz para la sintonía de fondo…

—Paul, los recibos del teléfono son cosa seria —dijo Harry—. No deberías utilizar su teléfono cuando estás achispado. Conoces a demasiada gente en Maine, Boston y New Hampshire. Nancy es un caso de neurosis de angustia. No puede poner en marcha el coche sin que le dé un ataque. Se pone el cinturón, empieza a temblar y a darle a la bocina. Está como una cabra. Y es igual en todos los terrenos. Entra en unos grandes almacenes

y se ofende porque hay un dependiente mascando chicle.
—Ella dice que te mantuvo durante tres meses.
—Mantuvo mi pijo. Básicamente con tarjetas de crédito.
—¿Eres tan bueno como dicen? Harry se echó a reír.
—Les doy alma. Eso no puede medirse en centímetros.
—Quiero volver con ella. Dime qué debo hacer.
—O chupas coño como un hombre o te buscas un trabajo.
—Perotú no trabajas.
—No te compares conmigo. Ese es el error que comete la mayoría.
—Pero ¿dónde puedo conseguir algo de pasta? Estoy sin blanca. ¿Qué puedo hacer?
—Chupar aire.
—¿Es que no sabes lo que es tener un poco de compasión?
—Los únicos que lo saben son los que la necesitan.
—Ya la necesitarás tú algún día.
—La necesito ahora…, sólo que la necesito en una forma distinta de la tuya.
—Lo que yo necesito es pasta, Harry, ¿cómo puedo conseguirla?

—Atraca un banco. Si lo consigues hacer limpiamente, estás salvado. Si te enganchan, habrás conseguido una celda en la cárcel, no tendrás que pagar recibos de electricidad, ni de teléfono, ni de gas, no tendrás que aguantar a mujeres gruñonas. Además, podrás aprender un oficio y ganarás cuatro centavos a la hora.
—Realmente sabes machacar a un hombre.
—Vale. Sácate el caramelo del culo y te diré algo.
—Ya está sacado.
—Te diré el motivo por el que Nancy te ha dejado por otro. Otro tipo, negro, blanco, rojo o amarillo.
Anota esta regla y estarás siempre a cubierto: una mujer raras veces abandona a una víctima sin tener otra a

mano.
—Amigo —dijo Paul—, lo que necesito es ayuda, no teorías.
—Si no entiendes la teoría, siempre necesitarás ayuda…
Harry descolgó el teléfono y marcó el número de Nancy.
—¿Sí? —contestó ella;
—Soy Harry.
—Me he enterado por un pajarito de que estuviste muy liada en México. ¿Es cierto?
—Ah, te refieres a…
—Un torero español arruinado, ¿no?
—Con unos ojosbellísimos. No como los tuyos. Que no hay quien los vea.
—No quiero que nadie me los vea.
—¿Por qué?
—Porque si viesen lo que pienso, no podría engañarles.
—Así que me has telefoneado para decirme que sigues usando gafas de sol.
—Eso ya lo sabes. Te he llamado para decirte que Paul quiere volver. ¿Te sirve de algo que te lo

diga?
—No.
—Ya me lo parecía.
—¿De veras te telefoneó?
—Sí.
—Bueno, he conseguido otro hombre. ¡Es maravilloso!
—Yo ya le dije a Paul que probablemente estabas interesada en algún otro.
—¿Cómo lo sabías?
—Lo sabía.
—¿Harry?
—¿Sí, muñeca?
—Vete a hacer puñetas…
Nancy colgó.

Vaya, pensó él, intento hacer de mediador y los dos se cabrean. Entró en el cuarto de baño y se miró la cara en el espejo. Qué rostro tan bondadoso tenía, Dios santo. ¿Es que no se daban cuenta? Comprensión. Nobleza. Localizó una espinilla cerca de la nariz. La apretó. Salió, negra y encantadora, arrastrando un rabillo de pus amarillo. Lo decisivo, pensó, es comprender a las mujeres y entender el amor. Amasó entre los dedos la espinilla. O quizá lo decisivo fuese tener huevos para cargarse limpiamente a un tipo. Se sentó a cagar mientras meditaba largamente en el tema.

Charles Bukowski del libro música de cañerías.

La muerte del padre II Charles Bukowski

Mi madre había muerto el año anterior. Una semana después de la muerte de mi padre, estaba yo en su casa, solo. Estaba en Arcadia, y hacía años que lo más cerca que había llegado a estar del lugar, era cuando pasaba por la autopista camino de Santa Anita.

Los vecinos no me conocían. El funeral había terminado y me acerqué al fregadero, me serví un vaso de agua, lo bebí y luego salí al porche. Como no se me ocurría otra cosa que hacer, cogí la manguera, abrí el agua y empecé a regar las plantas. Mientras estaba allí regando, empezaron a correrse cortinas. Luego empezaron a salir de las casas. Una mujer cruzó la calle y se acercó.

—¿Eres Henry? —me preguntó.
Le dije que era Henry.
—Conocíamos a tu padre desde hace años.
Luego vino su marido.
—Conocimos también a tu madre -—dijo.
Me incliné y cerré la manguera.
—¿Quieren pasar? —pregunté.
Se presentaron como Tom y Nellie Miller. Entramos en la casa.
—Eres igual que tu padre.
—Sí, eso dicen.
Nos sentamos, nos miramos.
—Oh —dijo la mujer—, él teníatantos cuadros. Le debían gustar mucho los cuadros.
—Sí, le gustaban, ¿verdad?
—Me encanta ese del molino de viento al atardecer.
—Puede quedárselo.
—¿De veras?
Sonó el timbre. Eran los Gibson. Los Gibson me dijeron que también ellos habían sido vecinos de mi

padre muchos años.
—Eres igual que tu padre —dijo la señora Gibson.
—Henry nos ha regalado el cuadro del molino de viento.
—¡Qué amable! A mí me encanta el del caballo azul.
—Puede usted llevárselo, señora Gibson.
—¡Oh! ¿Lo dices en serio?
—Sí, no se preocupe.
Sonó otra vez el timbre y entró otra pareja. Dejé la puerta entreabierta. Pronto asomó la cabeza de un

hombre.
—Soy Doug Hudson. Mi mujer está en la peluquería.
—Pase, señor Hudson.

Llegaron otros, parejas sobre todo. Empezaron a recorrer la casa.
—¿Vas a venderla?
—Creo que sí.
—Es un barrio estupendo.
—Ya lo veo.
—¡Ay, este marco me encanta, pero el cuadro no me gusta!
—Llévese el marco.
—¿Pero qué voy a hacer con el cuadro?
—Tírelo a la basura. —Miré a mi alrededor—. Si alguien ve un cuadro que le guste, que se lo lleve,

no hay problema.
Lo hicieron. Pronto quedaron vacías las paredes.
—¿Necesitas estas sillas?
—No, para nada.
Entraban transeúntes de la calle, ni siquiera se molestaban en presentarse.
—¿Y el sofá? —preguntó alguien en voz muy alta—. ¿Lo quieres?

—No quiero el sofá —dije.
Se llevaron el sofá, luego la mesa de la cocina y las sillas.
—Tienes por aquí una tostadora, ¿verdad, Henry?
Se llevaron la tostadora.
—No necesitas estos platos, ¿verdad?
—No.
—¿Y la cubertería?

—No.
—¿Y la cafetera y la batidora?
—Lléveselas.
Una señora abrió el armario del porche trasero.
—¿Y todas estas frutas en conserva? No te las podrás comer todas.
—Está bien, llévenselas, que cada uno coja algo. Pero procuren dividirlo equitativamente.
—¡Oh, yo quiero las fresas!
—¡Yo quiero los higos!
—¡Y yo la mermelada!
La gente seguía yendo y viniendo, trayendo caras nuevas.
—¡Vaya, hay una botella de whisky en el armario! ¿Bebes, Henry?
—¡El whisky no lo toca nadie!
La casa estaba llenándose de gente. Sonó la cisterna del water. A alguien se le cayó un vaso del fregadero

y se le rompió.
—Será mejor que te quedes con la aspiradora, Henry, te servirá para tu apartamento.
—Está bien, me la quedaré.
—El tenía herramientas de jardinería en el garaje. ¿Qué me dices de ellas?
—Me las quedaré.
—Te doy por ellas quince dólares.
—De acuerdo.
Me dio quince dólares y le di la llave del garaje. Pronto empezó a oírse rodar la segadora por la calle,

camino de su casa.
—No deberías haberle dado todo eso por quince dólares, Henry. Valía muchísimo más.
No contesté.
—¿Y el coche? Tiene cuatro años.
—Me lo quedaré.
—Te doy cincuenta dólares por él.
—Me lo quedaré.

Alguien enrollaba la alfombra del recibidor. Después de eso, la gente empezó a perder interés. Pronto quedaron sólo tres o cuatro personas. Luego se fueron todos. Me dejaron la manguera del jardín, la cama, la nevera, la cocina y un rollo de papel higiénico.
Salí y cerré la puerta del garaje. Pasaban dos chavales pequeños con monopatines. Pararon mientras yo

cerraba las puertas del garaje.
—¿Ves aquel hombre?
—Sí.
—Su padre se murió.
Siguieron patinando. Cogí la manguera, abrí el agua y me puse a regar los rosales.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

La muerte del padre I de Charles Bukowski (relato completo)

En realidad, el funeral de mi padre fue como un pollo recalentado. Me senté en un bar de enfrente de la funeraria de Alhambra y pedí un café. Sería un viaje de nada hasta el hipódromo, cuando el asunto terminara. Entonces entró un hombre de cara terriblemente despellejada, con gafas muy redondas de lentes gruesos.
—Henry —me dijo. Luego, se sentó y pidió un café.
—Hola, Bert.
—Tu padre y yo nos hicimos muy buenos amigos. Hablábamos mucho de ti.
—A mí no me caía bien mi viejo —dije.
—Tu padre te quería, Henry. Tenía la esperanza de que te casaras con Rita. —Rita era la hija de Bert

—. Sale ahora con un chicoestupendo, pero no la emociona. Parece que le gustan los tipos raros. No lo entiendo. Aunque algo debe de gustarle —dijo, animándose—, porque esconde al niño en el cuarto cuando él viene.
—Bueno, Bert. Vamos.

Cruzamos la calle y entramos en la funeraria. Alguien estaba comentando qué buen hombre había sido mi padre. Me dieron ganas de contarles la otra versión. Entonces, alguien se puso a cantar. Nos levantamos y pasamos en hilera junto al ataúd. Yo era el último. ¿Le escupiré o no le escupiré?, pensé.

Mi madre también había muerto. El entierro fue el año anterior. Al acabar, me había ido al hipódromo y después había echado un polvo. La fila avanzaba. De pronto, una mujer gritó: «¡No, no, no! ¡No puede estar muerto!» Se inclinó junto al ataúd, le alzó la cabeza al muerto y le besó. Nadie la apartaba. No separaba sus labios de los del cadáver. Agarré a mi padre y a la mujer por el cuello y los separé. Mi padre se desplomó en el ataúd y a la mujer se la llevaron, temblando.
—Era la novia de tu padre —dijo Bert.
—No está mal —dije.
Cuando bajé las escaleras después de la ceremonia, la mujer me estaba esperando. Se precipitó hacia

mí.
—¡Eres igual que él! ¡Eres él!
—No —dije—, él está muerto, y yo soy más joven y más guapo.
Me abrazó y me besó. Le metí la lengua entre los labios. Luego, me liberé.
—Vamos, vamos —dije, en voz alta—. ¡Contrólate!
Me besó de nuevo y esta vez le metí la lengua hasta el fondo. El pene empezó a encabritárseme.

Unos hombres y una mujer se acercaron para llevársela.
—No —dijo ella—. Quiero ir con él. ¡He de hablar con su hijo!
—Vamos, María, por favor, ven con nosotros
—¡No, no, he de hablar con su hijo!
—¿No le importa? —me preguntó un hombre.
—No se preocupe —dije.

María subió a mi coche y fuimos a casa de mi padre. Abrí la puerta y pasamos.
—Echa un vistazo por ahí —dije—. Puedes llevarte lo que quieras. Voy a darme un baño. Los

funerales me hacen sudar.
Cuando salí, María estaba sentada al borde de la cama de mi padre.
—¡Llevas su bata!
—Ahora es mía.
—A él le encantaba esa bata. Yo se la regalé por Navidad. Le gustó mucho. Dijo que iba a ponérsela

y a dar una vuelta a la manzana para que todos los vecinos se la viesen.
—¿Lo hizo?
—No.
—Es una bata fetén. Ahora es mía.
Cogí un paquete de cigarrillos de la mesilla de noche.
—¿Esos cigarrillos son suyos, verdad?
—¿Quieres uno?
—No.
Lo encendí.
—¿Cuánto hace que le conoces?
—Más o menos un año.
—¿Y no lo descubriste?
—¿El qué?

—Que era un ignorante. Cruel. Patriota. Avariento. Un mentiroso. Un cobarde. Un farsante.
—No.
—Me sorprendes. Pareces inteligente.
—Yo quería a tu padre, Henry.
—¿Qué edad tienes?
—Cuarenta y tres.
—Te conservas bien. Tienes unas piernas preciosas.
—Gracias.
—Muy atractivas.
Entré en la cocina y saqué una botella de vino del aparador, la descorché, cogí dos vasos de vino y

volví. Le serví un vaso y se lo ofrecí.
—Tu padre hablaba mucho de ti.
—¿Sí?
—Decía que te faltaba ambición.
—Tenía razón.
—¿De veras?
—Mi única ambición es no ser nada de nada; parece lo más razonable.
—Eres un bicho raro.
—No, el bicho raro era mi padre. Déjame que te sirva otro vaso. Es un buen vino.
—Decía que eras un borracho.
—Mira, ya he conseguido algo.
—Te pareces tanto a él.
—Sólo en la superficie. A él le gustaban los huevos pasados por agua. A mí me gustan escalfados. A

él le gustaba la compañía, a mí la soledad. A él le gustaba dormir de noche y a mí me gusta dormir de día. A él le gustaban los perros y yo les tiraba de las orejas y les metía cerillas en el culo. A él le gustaba su trabajo y a mí me gusta andar por ahí… sin nada que hacer.
Me incliné y la aferré. Le abrí los labios, embutí mi boca en la suya y empecé a sorber el aire de sus
pulmones. Le escupí en la garganta y le metí un dedo por la raja del culo. Nos separamos.
—El me besaba con suavidad —dijo María—. El me amaba.

—Mierda —dije—. Aún no llevaba un mes enterrada mi madre y ya estaba él chupándote las tetas y

compartiendo tu papel de water.
—Me amaba.
—¡Qué cojones! Fue el miedo que tenía a la soledad lo que le condujo derecho a tu entrepierna.
—El decía que eras un joven amargado.
—Naturalmente. A la vista de lo que tenía por padre…
Le levanté la falda y empecé a besarle las piernas. Empecé por las rodillas, llegué a la parte interior
del muslo y se me abrió. La mordí, con fuerza, y tuvo un sobresalto y se tiró un pedo.
—¡Ay, perdona!
—No te preocupes —dije.

Le serví otro trago, encendí otro de los cigarrillos del difunto y fui a la cocina a por una segunda botella de vino. Bebimos durante más de dos horas. La tarde se iba convirtiendo en anochecer, pero yo estaba cansado. La muerte era tan tediosa. Eso era lo peor de la muerte. Era tediosa. Una vez que sucedía, no había nada que hacer. No podías jugar al tenis con ella, ni convertirla en una caja de bombones. Estaba allí, como un neumático deshinchado. La muerte era estúpida. Me metí en la cama. Oí a María quitarse los zapatos, la ropa. Luego, la sentí a mi lado en la cama. Apoyó la cabeza en mi pecho y sentí sus dedos acariciarme detrás de las orejas. Entonces, el pijo empezó a encabritarse. Le alcé la cabeza y puse mi boca sobre la suya. Suavemente. Luego le tomé una mano y la coloqué en mi pijo.

Había bebido demasiado. Pero la tomé y le di y le di. Estaba continuamente a punto, pero no podía acabar. Fue un plácido polvo, largo, sudoroso e interminable. La cama se estremecía y saltaba, rechinaba y gemía. María también gemía. La besaba sin parar. Apenas la dejaba respirar.
—¡Santo cielo! —dijo—. ¡Estás JODIENDOME REALMENTE!
Yo estaba deseando acabar, pero el vino había embotado el mecanismo. Por último, me eché a un
lado.
—Dios santo —dijo ella—. Dios santo.
Empezamos a besarnos y todo volvió a recomenzar. Volví a tomarla. Esta vez, sentí que llegaba,

poco a poco, la culminación.
—¡Oh! —dije—. ¡Oh, Dios santo!
Al fin lo conseguí, me levanté, me fui al cuarto de baño, salí fumando un cigarrillo y volví a la cama.

Ella estaba medio dormida.
—¡Dios mío! —dijo—. ¡Me JODISTE realmente!
Nos dormimos.
Por la mañana me levanté, vomité, me cepillé los dientes, hice gárgaras y abrí una botella de

cerveza. María se despertó y me miró.
—¿Jodimos? —preguntó.
—¿Lo dices en serio?
—No, quiero saberlo. ¿Jodimos?
—No —dije—. No pasó nada.
María fue al cuarto de baño y se duchó. Cantaba. Luego se secó y salió. Me miró.
—Me siento como una mujer bien follada.
—No pasó nada, María.
Nos vestimos y la llevé al café de la esquina. Pidió salchicha, huevos revueltos, una tostada de pan

de trigo y café. Yo tomé un zumo de tomate y un bollito de salvado.
—No puedo sobreponerme. Eres igual que él.
—Esta mañana no, María, por favor.

Mientras la miraba, María se fue metiendo en la boca los huevos revueltos y la salchicha y la tostada de pan de trigo (untada con mermelada de frambuesa) y entonces me di cuenta de que nos habíamos perdido el entierro. Nos habíamos olvidado de ir al cementerio a ver cómo metían al viejo en el hoyo. Me habría gustado verlo. Era lo único bueno del asunto. No nos habíamos unido al cortejo fúnebre, nos habíamos largado a casa de mi padre a fumarnos sus cigarrillos y a bebemos su vino.
María se metió en la boca un trozo particularmente grande de huevo revuelto de un amarillo claro y
dijo:

—Tienes que haberme jodido. Siento el semen correrme por la pierna.
—Es sólo sudor, mujer. Hace mucho calor esta mañana.
Vi que se metía la mano por la falda, debajo de la mesa. Luego levantó un dedo. Lo olisqueó.
—No es sudor. Es semen.
Terminó el desayuno y nos fuimos. Me dio su dirección y la llevé a su casa. Aparqué en el bordillo.
—¿Quieres pasar?
—Ahora no. Tengo que resolver asuntos. La testamentaría.
María se inclinó y me besó. Tenía los ojos grandes, doloridos, rancios.
—Sé que eres mucho más joven, pero podría matarte —dijo—. Estoy segura de ello.

Cuando ya iba por el caminillo de acceso, se volvió. Nos dijimos adiós con un gesto. Me dirigí a la licorería más próxima, me hice con una botella y el programa de las carreras del día. Me esperaba una buena sesión en el hipódromo. Siempre me iban bien las carreras después de una jornada de descanso.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

La araña de Charles Bukowski (relato completo)

Cuando llamó, él llevaba ya seis o siete cervezas en el cuerpo, o sea que fui a la nevera y cogí una para mí. Luego salí al porche y me senté. Parecía muy deprimido.
—¿Qué pasa, Max?
—Acabo de dejarme perder una. Se largó hace un par de horas.
—No sé a qué te refieres, Max.
Alzó la vista de la cerveza.
—Escucha, sé que no me vas a creer, pero hace cuatro años que no echo un polvo.
Le di a mi cerveza.

—Te creo, Max. En realidad en nuestra sociedad hay la tira de gente que se mueren sin haberlo hecho. Se sientan en habitaciones diminutas y hacen objetos de papel de estaño, los cuelgan en la ventana y observan sus destellos al sol, ven cómo se retuercen con el viento…
—Bueno, pues acabo de dejarme perder una. Estaba aquí mismo…
—Cuenta.

—Verás, sonó el timbre y allí estaba una chica joven, rubia, vestido blanco, zapatos azules, que me dice: «¿Eres Max Miklovik?» Le dije que sí y ella dijo que había leído mi material y que si la dejaba pasar. Le dije que sí, claro, y la dejé pasar.
Entró y se sentó en una silla del rincón. Yo fui a la cocina, serví dos whiskies con agua, volví, le di
uno y me senté en el sofá.
—¿Guapa? —pregunté.

—Guapa de veras, y un cuerpo estupendo. Llevaba un vestido que era como si no llevara nada. Luego, me preguntó: «¿Has leído a Jerzy Kosinski?» «Leí su Pájaro pintado —dije—. Un escritor horrible.» «Es muy buen escritor», replicó ella.
Max se quedó de pronto silencioso, pensando, supongo, en Kosinski.
—¿Qué pasó después? —le pregunté.
—Había una araña manos a la obra sobre su cabeza. Soltó un chillido. Dijo: «¡Esa araña se me cagó
encima!»
—¿Era cierto?
—Le dije que las arañas no cagaban. Ella dijo: «Sí, claro que cagan.» Le dije: «Jerzy Kosinski es

una araña.» Y ella dijo: «Me llamo Lyn.» Y yo dije: «Qué tal, Lyn.»
—Toda una conversación.
—Toda una conversación. Luego ella dijo: «Quiero contarte una cosa.» Y yo dije: «Adelante.» Y ella
dijo: «A los trece años me enseñó a tocar el piano un conde de verdad. Vi sus documentos, era un conde

legítimo, real. El conde Rudolph Stauffer.» «Bebe, bebe», le dije yo.
—¿Puedo tomar otra cerveza, Max?
—Claro, tráeme una.
Cuando volví, continuó:

—Terminó su whisky y yo me acerqué para recogerle el vaso, y, al hacerlo, me incliné para besarla.
Ella se apartó. «Vamos, un beso no significa nada —le dije—. Las arañas besan.»
«Las arañas no besan», dijo ella. No había nada que hacer, salvo entrar en la cocina y preparar otros
dos whiskies un poco más cargados. Salí, le pasé su vaso y volví a sentarme en el sofá.
—Creo que deberíais haber estado los dos en el sofá —dije yo.
—Pero no lo estábamos. Ella siguió hablando. «El conde —dijo— tenía la frente despejada, los ojos
color avellana, el pelo rosáceo, los dedos largos y finos y olía siempre a esperma.»
—Vaya.

—Y luego dijo: «Tenía sesenta y cinco años, pero era muy apasionado. Le enseñaba a tocar el piano también a mi madre. Mi madre tenía treinta y cinco años y yo tenía trece, y él nos enseñaba a tocar el piano.»—¿Y qué se supone que debías responder a eso? —pregunté.

—No sé. Así que le dije: «Kosinski no es capaz de escribir nada.» Y ella dijo: «El le hacía el amor a mi madre.» Y yo dije: «¿Quién? ¿Kosinski?» Y ella dijo: «No, el conde.» «¿Y a ti se te tiró el conde?», le pregunté. Y ella dijo: «No, nunca. Pero me toqueteaba y me excitaba mucho. Además, tocaba
maravillosamente el piano.»
—¿Cómo reaccionaste tú a todo eso?

—Bueno, le hablé de cuando trabajaba para la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial. Andábamos recogiendo botellas de plasma. Había por allí una enfermera muy gorda, de pelo negro, y después de comer se tumbaba en el prado con las piernas hacia mí. Y miraba y miraba. Después de recoger la sangre, yo llevaba las botellas al almacén. Hacía un frío pelón y las botellas se guardaban en saquitos blancos y, a veces, cuando se las pasaba a la encargada del almacén, una botella se escurría del saco y se estrellaba en el suelo. ¡PAF! Sangre y cristales por todas partes. Pero la chica siempre decía: «No hay problema. No te preocupes.» A mí me parecía muy amable y siempre que le llevaba la sangre, la besaba. Era muy agradable besarla allí, en aquella cámara frigorífica, pero nunca llegué a hacer nada con la otra, la del pelo negro que se tumbaba en la yerba después de comer y abría las piernas hacia mí.

—¿Le contaste eso?
—Eso le conté.
—¿Y qué dijo?

—Dijo: «¡Esa araña se está descolgando! ¡Desciende hacia mí!» «Oh, Dios mío!», dije, y cogí el formulario de las carreras y lo abrí y atrapé la araña entre la tercera carrera para potrancas a seis estadios y la cuarta carrera, que era de cinco mil dólares para animales de más de cuatro años, de una milla dieciséis. Tiré el boletín luego y conseguí darle a Lyn un beso furtivo. Ella no reaccionó.
—¿Qué dijo del beso?

—Dijo que su padre era un genio de la industria de las computadoras y que apenas estaba en casa, pero que de algún modo se enteró de lo de su madre y el conde. Y, un día, la cogió a ella a la salida del colegio, la sujetó por la cabeza y le dio de cabezazos contra la pared, preguntándole por qué había encubierto a su madre. El padre se puso muy furioso cuando descubrió la verdad. Por último, dejó de darle cabezazos contra la pared y corrió a partirle la cabeza a su madre. Dijo que había sido horrible y que nunca volvieron a ver al conde.
—¿Y tú qué dijiste?

—Le dije que una vez había conocido en un bar a una mujery me la había llevado a casa. Cuando se quitó las bragas, tenía en ellas tanta sangre y tanta mierda que no pude hacer nada. Olía como un pozo de petróleo. Me dio una friega con aceite de oliva en la espalda y yo le di cinco dólares, media botella de oporto avinagrado, la dirección de mi mejor amigo y la mandé a tomar viento.
—¿De veras te sucedió eso?

—Sí. Luego Lyn me preguntó si me gustaba T. S. Eliot Le dije que no. Luego dijo: «Me gusta cómo escribes, Max; tienes una forma tan fea y demencial de escribir que me fascina. Me enamoré de ti. Te escribí carta tras carta, pero nunca me contestaste.» «Disculpa, nena», dije. Ella dijo: «Me volví loca. Me fui a México. Me dio por el rollo religioso. Llevaba un chal negro y me iba a cantar por las calles a las tres de la madrugada. Nadie me molestaba. Tenía todos tus libros en mi maleta y bebía tequila y encendía candelas. Después conocí a aquel torero que me hizo olvidarte. Duró varias semanas.»
—Esos tíos se las traen de calle.
—Ya lo sé —dijo Max—. En fin, dijo que después se cansaron el uno del otro y entonces yo dije:

«Déjame ser tu torero.» Y ella dijo: «Eres igual que todos los hombres. Lo único que quierenes joder.» «Joder y lamer y chupar», le dije yo. Me acerqué a ella. «Bésame», le dije. «Max —dijo ella—, tú lo único que quieres es divertirte. No piensas para nada en mí.» «Me preocupo por mí», contesté. «Si no fueses tan gran escritor —dijo ella— ninguna mujer hablaría siquiera contigo.» «Vamos a joder», dije. «Yo quiero casarme contigo», dijo ella. «Yo no quiero casarme contigo», dije yo. Ella cogió su bolso y se largó.
—¿Es ése el final de la historia? —pregunté.
—Es —dijo Max—. Cuatro años sin echar un polvo y pierdo esta ocasión. Por orgullo, estupidez o

lo que sea.
—Eres un buen escritor, Max, pero eres un desastre de don juan.
—¿Crees que un buen don juan podría haber conseguido algo?

—Claro, a cada una de sus jugadas tendrías que haberle dado la respuesta correcta. Cada respuesta correcta desvía la conversación en una nueva dirección hasta que el don juan tiene a la mujer arrinconada o, más exactamente, abierta de piernas.
—¿Cómo puedo aprender?
—No se puede aprender. Es un instinto. Tienes que saber lo que realmente está diciendo una mujer

cuando dice otra cosa. No puede enseñarse.
—¿Qué decía ella realmente?
—Te quería, pero no supiste llegar hasta ella. Fuiste incapaz de tenderle un puente. La cagaste, Max,

eres un chapuzas.
—Pero ella había leído todos mis libros. Estaba convencida de que yo sabía mucho.
—Ahora es ella la que sabe mucho.
—¿Qué sabe?
—Que eres un perfecto imbécil, Max.
—¿Eso soy?
—Todos los escritores lo son. Por eso escriben.
—¿Qué quieres decir con eso de que «por eso escriben»?
—Quiero decir que escriben cosas porque no las entienden.
—Yo escribo muchas cosas —dijo Max con tristeza.
—Recuerdo que cuando era niño leí un libro de Hemingway. Un tipo se iba a la cama con una mujer

una y otra vez y no podía hacerlo, aunque quería a la mujer y ella le quería a él. Santo cielo, pensé, qué libro estupendo. Tantos siglos y nadie había escrito sobre este aspecto de la cuestión. Yo creía que el tío era, simplemente, demasiado cojonudamente imbécil para poder hacerlo. Luego leí en el libro que es que le

habían destrozado los órganos genitales en combate. Qué decepción.
—¿Crees que volverá? —preguntó Max—. Si hubieras visto qué cuerpo, qué cara, qué ojos…
—No volverá —dije yo, levantándome.
—¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Max.
—Pues seguir escribiendo tus patéticos poemas, relatos y novelas…

Le dejé allí y bajé las escaleras. No podía decirle más de lo que le había dicho. Eran las siete cuarenta y cinco y no había cenado. Me metí en el coche y enfilé hacia McDonald’s pensando que, probablemente, me decidiría por las gambas a la plancha.

Charles Bukowsi del libro Música de cañerías.

El polvo del perro blanco (relato completo) Charles Bukowski

Henry se echó la almohada a la espalda y esperó. Louise entró con la tostada, la mermelada y el café. La tostada con mantequilla.
—¿Estás seguro de que no quieres un par de huevos pasados por agua? —preguntó ella.
—No, qué va, es suficiente. No te preocupes.
—Deberías tomarte un par de huevos.
—Bueno, ya que insistes.
Louise salió del dormitorio. El se había levantado temprano para ir al baño y había visto que le había
doblado y colgado la ropa. Lita nunca lo hacía. Y Louise era un polvo magnífico. No había niños. Le
encantaba cómo hacía las cosas, con aquella suavidad, aquel cuidado. Lita siempre estaba a la greña. Un manojo de espinas. Cuando Louise volvió con los huevos, le preguntó:

—¿Por qué lo hizo?
—¿El qué? ¿Quién?
—Hasta me has pelado los huevos. ¿Por qué demonios se divorció tu marido?
—Oh, un momento, que se sale el café —dijo ella, y salió corriendo de la habitación.
Con ella podía escuchar música clásica. Tocaba el piano. Tenía libros: El dios salvaje, de Alvarez;
La vida de Picasso; E. B. White; E. E. Cummings; T. S. Eliot; Pound; Ibsen y etcétera, etcétera. Tenía

incluso nueve libros suyos, de Henry. Quizás eso fuese lo mejor de todo.
Louise volvió y se metió en la cama. Puso su plato en el regazo.
—¿Y qué pasó con tu matrimonio?
—¿Con cuál? ¡Han sido cinco!
—El último, ¿qué pasó con Lita?

—¡Ah! Bueno, a Lita, salvo que estuviese enmovimiento, le parecía que no pasaba nada. Le gustaban los bailes y las fiestas, toda su vida giraba alrededor de fiestas y de bailes. Le gustaba lo que ella llamaba «animarse». O sea, hombres. Decía que yo no le dejaba «animarse». Decía que estaba muerto de celos.
—¿De verdad no le dejabas?
—Supongo que no, pero me esforzaba en no hacerlo. En la última fiesta, me salí al patio de atrás con
mi cerveza y la dejé a su aire. La casa estaba llena de hombres, y la oía chillar allí dentro:«¡Yijuuuu! ¡Yi
juquuu! ¡Yi Juuuuu!» Supongo que era una chica instintiva, una chica del campo.
—Podías haber bailado tú también.

—Supongo que sí. A veces lo hacía. Pero suelen poner el estéreo tan alto que me pone malo. Así que me fui al patio. Volví a por cerveza y había un tipo besándola bajo de escalera. Salí otra vez hasta que acabaron. Luego, volví a por la cerveza. Estaba oscuro, pero me pareció que se trataba de un amigo. Y luego le pregunté qué había estado haciendo bajo la escalera.
—¿Te quería?
—Decía que sí.

—Bueno, dar besos y bailar no es tan malo.

—Supongo que no. Pero tendrías que verla. Con aquella forma de bailar parecía que estuviera ofreciéndose en sacrificio. O incitando a la violación. De verdad. A los hombres les encantaba. Tenía treinta y tres años y dos hijos.
—No comprendía que eres un solitario. Cada hombre tiene su carácter.

—Nunca se hizo cargo de mi carácter. Como ya te he dicho, si no estaba en movimiento, aturdiéndose, creía que no pasaba nada. Se aburría. «Oh, esto me aburre, aquello me aburre. Desayunar contigo me aburre. Ver cómo escribes me aburre. Necesito emociones.»
—Hombre, un poco de razón sí tenía.
—Quizá, puede. Pero mira, sólo se aburre la gente aburrida. Tienen que andar estimulándose

continuamente para sentirse vivos.
—¿Como tú con la bebida, por ejemplo?
—Sí, eso. Sin beber no puedo afrontar la vida.
—¿Y ése fue todo el problema?

—No. Era una ninfómana. Pero no lo sabía. Decía que la satisfacía sexualmente, aunque dudo que yo pudiera satisfacer su ninfomanía de espíritu. Yo ya había vivido antes con otra ninfo. Aparte de eso, tenía buenas cualidades; pero su ninfomanía resultaba un engorro, para mí y para mis amigos. Me cogían

aparte y me decían: «¿Pero qué coño le pasa?» Y yo decía: «Nada, es que es una chica de campo.»
—¿Lo era?
—Sí. Pero el problema era lo otro.
—¿Quieres otra tostada?
—No, ya está bien.
—¿Cuál era el problema?

—Su comportamiento. Si había en la habitación otro hombre, se sentaba lo más cerca de él que podía. Si él se agachaba a poner un cenicero en el suelo, ella también se agachaba. Luego, si él volvía la cabeza para mirar algo, ella hacía lo mismo.
—¿No sería una coincidencia?

—Eso pensé yo. Pero sucedía con demasiada frecuencia. El tipo se levantaba para cruzar la habitación, y ella se levantaba e iba caminando a su lado. Luego, cuando él volvía, ella volvía a su lado. Los incidentes eran constantes, muy numerosos, y, como ya te he dicho, embarazosos, tanto para mí como para mis amigos. Y, sin embargo, estoy seguro de que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Todo era algo subconsciente.

—Cuando yo era niña, había en el barrio una mujer que tenía una hija de quince años. Era una chica incontrolable. La madre la mandaba a comprar una barra de pan y volvía con el pan al cabo de ocho horas; entretanto se había tirado a seis tipos.
—Supongo que la madre debería haber hecho el pan en casa.
—Supongo. La chica no podía evitarlo. En cuanto veía a un hombre, se le escapaba la risa. Al final,
la madre tuvo que esterilizarla.
—¿Se puede hacer eso?
—Sí, pero tienes que pasar por un montón de formalismos legales. No se podía hacer otra cosa con
ella. Habría estado toda la vida preñada.
—¿Tienes tú algo contra el baile? —continuó Louise.

—La mayoría de la gente baila por divertirse, porque está de buen humor. Pero ella lo convertía en una cosa indecente. Uno de sus bailes favoritos era «el polvo del perro blanco». Un tío le enroscaba las dos piernas en una suya, y empezaba a moverse como un perro en celo. Otro de sus bailes favoritos era la danza

del borracho. Ella y su pareja acababan revolcándose juntos por el suelo.
—¿Decía ella que te ponías celoso porque bailaba?
—Esa era la palabra que más usaba: celoso.
—Yo bailaba en el instituto.
—¿Ah, sí? Oye, gracias por el desayuno.
—De nada, hombre. Tenía una pareja en el instituto. Éramos los que bailábamos mejor de todo el
instituto. Era un chico que tenía tres huevos. Yo creía que eso era una señal de virilidad.

—¿Tres huevos?

—Sí, tres huevos. Pero el caso es que bailábamos muy bien. Yo le hacía una señal tocándole en la muñeca y entonces los dos dábamos un salto mortal, muy alto, y caíamos de pie. Una vez, estábamos bailando, y le toqué la muñeca, salté, di mi voltereta, pero no caí de pie. Caí de culo. El se llevó la mano a la boca y me miró y dijo: «¡La Virgen!», y se largó. No me ayudó a levantarme. Era marica. Nunca volvimos a bailar juntos.
—¿Tienes algo contra los homosexuales con tres huevos?
—No,p e ro nunca volvimos a bailar.

—Lita estaba verdaderamente obsesionada con el baile. Se metía en bares extraños y pedía a los hombres que bailaran con ella. Lo hacían, claro. Pensaban que era un polvo fácil. No sé si lo sería. Supongo que a veces sí. El problema de los hombres que rondan por los bailongos y los bares es que tienen la

inteligencia de un gusano.
—¿Cómo lo sabes?
—Están atrapados en el ritual.
—¿Qué ritual?
—El ritual de la energía a ciegas.
Henry se levantó y empezó a vestirse.
—Chica, tengo que irme.
—¿Pero qué pasa?
—Pues que tengo que trabajar. Soy escritor.
—Dan una obra de Ibsen esta noche en la tele. A las ocho y media. ¿Vendrás?
—Claro. Te dejo esa botella de whisky. No te lo bebas todo.

Henry se vistió y bajó las escaleras. Subió al coche y se fue, camino de casa y de la máquina de escribir. Segunda planta al fondo. Siempre que se ponía a escribir, la mujer del piso de abajo empezaba a golpear con la escoba en el techo. No escribía para paladares delicados. Nunca pudo evitarlo: El polvo del
perro blanco…

Louise telefoneó a las cinco y media. Había estado dándole al whisky. Estaba borracha. Le patinaban las palabras. Desvariaba. La lectora de Thomas Chatterton y D. H. Lawrence. La lectora de nueve libros de Henry.

—¿Henry?
—¿Sí?
—¡Oh, ha pasado algo maravilloso!
—¿Sí?
—Vino a verme ese chico negro. ¡Esmaravillo so! Es más maravilloso que tú…
—Por supuesto.
—…más maravilloso que tú y que yo.
—Sí.
—¡Me emocionó tanto! ¡Estoy a punto de volverme loca!
—Sí.
—¿No te importa?
—No.
—¿Sabes cómo pasamos la tarde?
—No.
—Leyendo ¡tus poemas!
—¿Ah, sí?

—¿Y sabes lo que dijo?
—No.
—¡Dijo que tus poemas sonmagníficos.
—Pues qué bien.
—Me ha puesto tan cachonda… no sé qué hacer. ¿Por qué no vienes? Ahora. Quiero verte ahora..

—Louise, estoy trabajando…
—Oye, ¿no tendrás nada contra los negros?
—No.
—Hace diez años que conozco a este chico. Trabajaba para mí cuando era rica.
—Querrás decir cuando aún vivías con el ricacho de tu marido.
—¿Te veré luego? Ibsen es a las ocho y media.
—Ya te diré algo.
—¿Por qué tendría que venir ese cabrón? Yo estaba estupendamente y va y aparece. Dios mío. Estoy
tan nerviosa. Tengo que verte. Estoy a punto de volverme loca. Era tanmaravillo so, el muchacho.
—Estoy trabajando, Louise. El problema se reduce a una palabra: el alquiler. Intenta comprenderlo.

Louise colgó. Llamó otra vez a las ocho y veinte por lo de Ibsen. Henry dijo que aún estaba trabajando. Estaba. Luego, empezó a beber y se sentó en una butaca; sencillamente se quedó allí sentado. A las nueve cincuenta, llamaron a la puerta. Era Booboo Meltzer, el número uno del rock, la estrella de 1970,

en la actualidad, en paro; aún vivía de royalties.
—Qué hay, chaval —dijo Henry.
Meltzer entró y se sentó.
—Eres un gato viejo cojonudo —dijo—. No hay quién pueda contigo.
—No digas eso, chaval, los gatos han pasado de moda. Lo que ahora priva son los perros.
—Tuve la corazonada de que necesitabas ayuda, viejo.
—Siempre la he necesitado, chaval.
Henry fue a la cocina, cogió dos cervezas, las abrió y volvió con ellas.
—Estoy sin coño fijo, chaval, que para mí es como estar sin amor. Soy incapaz de separarlos. No soy

tan listo.
—Ninguno de nosotros es tan listo, Pops. Todos necesitamos ayuda.
—Sí.
Meltzer tenía un tubito de celuloide. Lo destapó cuidadosamente y vertió dos pequeños montoncitos

sobre la mesita de café.
—Cocaína, Pops,cocaína…
—Ah, ya.

Meltzer buscó en el bolsillo y sacó un billete de cincuenta dólares, lo enrolló muy enrollado y se lo introdujo en la nariz. Tapó el otro lado con un dedo y se inclinó sobre una de las blancas colinas de la mesa de café e inhaló. Luego se metió el billete de cincuenta dólares en el otro agujero de la nariz y esnifó el

segundo montoncito blanco.
—Nieve —dijo Meltzer.
—Estamos en Navidad, muy apropiado —dijo Henry.
Meltzer preparó otros dos montoncitos y le pasó el billete a Henry. Pero Henry dijo:
—Espera, utilizaré el mío y sacó un billete de un dólar y se puso a esnifar. Una vez por cada lado.
—¿Qué piensas de El polvo del perro blanco? —preguntó Henry.
—Este es «El polvo del perro blanco» —dijo Meltzer, echando otros dos montoncitos.
—Dios santo —dijo Henry—, creo que no volveré a aburrirme jamás. Tú no te aburres conmigo,
¿verdad?
—No hay manera —dijo Meltzer, esnifando por el billete de cincuenta dólares con todas sus fuerzas.
No hay manera, Pops, no hay manera.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

Te quiero, Albert (relato completo)

Louie estaba sentado en el Pavo Real Rojo, con resaca. Cuando el camarero le trajo su bebida, dijo:
—Sólo he conocido a una persona en esta ciudad que esté tan loca como tú.
—¿Ah, sí? —dijo Louie—. Mira qué bien.
—Y precisamente está aquí ahora —continuó el camarero.
—¿Ah, sí? —dijo Louie.
—Es aquella de allí, la del vestido azul con esa figura de campeonato. Pero no hay quien se acerque a ella, porque está loca.
—¿Ah, sí? —dijo Louie.
Louie cogió el vaso, se levantó y fue a sentarse junto a la chica.
—Hola —le dijo.
—Hola —dijo ella.
Luego, se quedaron allí sentados, uno junto al otro, un buen rato, sin decirse una palabra.

Myra (así se llamaba ella) estiró de pronto el brazo y cogió de detrás de la barra una coctelera llena. La alzó e hizo ademán de lanzarla contra el espejo de detrás de la barra. Louie le agarró el brazo y dijo: «¡No, no, no, querida!» Tras esto, el camarero sugirió a Myra que se largase. Cuando Myra se fue, Louie la siguió.

Myra y Louie compraron unas botellas de whisky barato y tomaron el autobús para ir a casa de Louie, en los apartamentos Belsey Arms. Myra se quitó un zapato (eran de tacón alto) e intentó asesinar al conductor del autobús. Louie la sujetó con un brazo, mientras sostenía con el otro las botellas de whisky. Bajaron del autobús y fueron caminando a casa de Louie.
Entraron en el ascensor y Myra empezó a pulsar botones. El ascensor subía, bajaba, subía, paraba, y

Myra seguía preguntando:
—¿Dónde vives?
Y Louie seguía repitiendo:
—Cuarta planta, apartamento número cuatro.
Myra seguía apretando botones, mientras el ascensor subía y bajaba.
—Escucha —dijo al fin—, llevamos años aquí dentro. Lo siento, pero tengo que mear.
—Vale —dijo Louie—. Hagamos un trato, tú me dejas darle al botón y yo te dejo mear.

—Hecho—dijo ella. Y se bajó las bragas, se acuclilló y lo hizo. Louie apretó el botón del 4.°, mientras contemplaba el reguero. Llegaron. Para entonces, Myra se había incorporado, se había subido las bragas y ya estaba lista para salir.

Entraron en casa de Louie y empezaron a abrir botellas. En eso Myra no ofrecía problemas. Se sentaron uno frente al otro, con unos cuatro metros de espacio por medio. Louie estaba sentado en la butaca junto a la ventana y Myra en el sofá. Myra cogió una botella y Louie otra, y empezaron. Al cabo de unos cinco minutos o así, Myra se dio cuenta de que había unas botellas vacías en el suelo junto al sofá. Así que empezó a recogerlas, entrecerrando los ojos, y a tirárselas a Louie a la cabeza. No acertó ni una. Algunas salieron por la ventana abierta, por detrás de la cabeza de Louie. Otras dieron en la pared y se rompieron.

Otras rebotaron en la pared y milagrosamente cayeron al suelo sin romperse. Myra volvió a cogerlas y a
tirárselas. Pronto se quedó sin botellas.

Entonces, Louie se levantó y salió a la azotea por la ventana. Recogió las botellas. Cuando hubo recogido un buen montón, volvió a saltar por la ventana y se las dio a Myra. Las puso a sus pies. Luego se sentó, alzó la botella y siguió bebiendo. Las botellas empezaron a caer de nuevo sobre él. Bebió otro trago, luego otro, luego, ya no recordaba…
Por la mañana, Myra fue la primera en despertarse. Se levantó, preparó café, y le llevó el desayuno a

Louie.
—Vamos —le dijo—. Quiero que conozcas a mi amigo Albert. Es un tipo muy especial.
Louie tomó el café y luego hicieron el amor. No estuvo nada mal. Louie tenía una gran hinchazón en
el párpado izquierdo. Se levantó y se vistió.
—De acuerdo —dijo—, vamos.

Bajaron en el ascensor, fueron caminando hasta la calle Alvarado y allí cogieron el autobús hacia el norte. Siguieron tranquilamente unos cinco minutos y entonces Myra se levantó y pulsó el botón de parada. Se bajaron, caminaron una media manzana, luego entraron en un viejo edificio incoloro de apartamentos. Subieron un tramo de escaleras, torcieron en el descansillo y Myra se detuvo a la puerta de la habitación 203. Llamó. Se oyeron pasos y la puerta se abrió.

—Hola, Albert.
—Hola, Myra.
—Albert, quiero que conozcas a Louie. Louie, éste es Albert.
Se dieron la mano.
Albert tenía cuatro manos. Tenía también cuatro brazos a juego. Los dos brazos de arriba tenían
mangas y los dos de abajo salían de unos agujeros practicados en la camisa.
—Pasad —dijo Albert.

Albert tenía un vaso con whisky y agua en una mano. En la otra, un cigarrillo. En la tercera, el periódico. La cuarta, la que había estrechado la mano de Louie, la tenía desocupada. Myra fue a la cocina, cogió un vaso y sirvió a Louie un trago de la botella que llevaba en el bolso. Luego se sentó y se puso a beber del gollete.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—A veces, tocas fondo en el terror y arrojas la toalla, pero no revientas —dijo Louie.
—Albert violó a una gorda —explicó Myra—. Tendrías que haberle visto en acción con sus cuatro

brazos. Fue todo un espectáculo, Albert.
Albert gruñó. Parecía deprimido.
—A Albert le echaron del circo porque bebía y porque violó a la gorda. Ahora está en el paro.
—Nunca podría adaptarme a la sociedad. No siento simpatía por la humanidad. No tengo el menor
deseo de adaptarme, no siento el menor espíritu de lealtad, no le veo sentido.
Albert se acercó al teléfono. Lo descolgó. En una mano sostenía el teléfono, en la segunda, un boleto
de apuestas de carreras, un cigarrillo en la tercera y un vaso en la cuarta.
—¿Jack? Sí. Soy Albert. Oye, quiero Crumchy Main, dos ganadora en la primera. Luego, Blazing
Lord, dos en la cuarta. Hammerhead Justice, cinco ganador en la séptima. Luego, Noble Flake, cinco

ganador y quinto en la novena.
Albert colgó.
—Mi cuerpo me tortura por un lado y mi espíritu por el otro.
—¿Cómo te va en el hipódromo, Albert? —preguntó Myra.

—Voy ganando cuarenta pavos. Tengo un sistema nuevo. Se me ocurrió una noche de insomnio. De pronto lo vi todo ante mí, como un libro abierto. Pero si gano demasiado no me aceptarán las apuestas. Podría ir al hipódromo, claro, y hacer allí las apuestas, pero…
—¿Pero qué, Albert?
—Bueno, demonios…
—¿Qué quieres decir, Albert?
—¡QUIERO DECIR QUE LA GENTE ES MUY MIRONA! POR AMOR DE DIOS, ¿ES QUE
NO COMPRENDES?

—Perdona, Albert.
—No hay nada que perdonar. ¡Guárdate tu compasión!
—Está bien. Nada de compasión.
—Te vas a ganar un soplamocos, por imbécil.
—Desde luego podrías atizármelo y no uno, sino todos los que quisieras. Con tantas manos.
—No me provoques, Myra —dijo Albert. Terminó su bebida, se acercó a la botella y se sirvió otro

trago. Luego se sentó. Louie no había abierto la boca. Pero consideró que tenía algo que decir:
—Deberías probar en el boxeo, Albert. Con tantas manos… Serías el terror del ring.
—No te hagas el gracioso, mamón.
Myra sirvió otro trago a Louie. Estuvieron allí sentados un rato sin hablar. Por fin, Albert alzó la
vista. Miró a Myra. —¿Te acuestas con este tío?
—No, Albert, qué va. Te quiero sólo a ti, ya lo sabes. —Yo no sé nada de nada.
—Sabes que te quiero, Albert. —Myra se levantó y se sentó en las rodillas de Albert—. Eres tan
quisquilloso. No te compadezco, Albert, te quiero. Le besó.
—Yo también te quiero, nena —dijo Albert. —¿Más que a ninguna otra mujer? —¡Más que atodas
las otras mujeres!

Volvieron a besarse. Un beso terriblemente largo. Es decir, un beso terriblemente largo para Louie, de espectador sentado con su whisky. Alzó la mano y se tocó la hinchazón sobre el ojo izquierdo. Se le revolvió el estómago y tuvo que ir al cuarto de baño y ponerse a cagar. Fue una larga y lenta cagada.

Cuando salió, Myra y Albert estaban de pie en el centro de la habitación, besándose. Louie se sentó y agarró la botella de Myra y se puso a mirarles. Los dos brazos superiores de Albert abrazaban a Myra mientras las manos inferiores le alzaban el vestido hasta la cintura. Luego, empezaron a manipular dentro de las bragas. Cuando las bragas cayeron, Louie bebió otro trago, posó la botella en el suelo, se levantó, se

dirigió a la puerta y se marchó.
De nuevo en el Pavo Real Rojo, Louie se sentó en su taburete favorito. Se le acercó el camarero.
—¿Qué, Louie, cómo te fue?
—¿Cómo me fue?
—Con la dama.
—¿Con la dama?
—Os fuisteis juntos, hombre. ¿Te la cepillaste?
—No exactamente…
—¿Qué fue mal?
—¿Que qué es lo que fue mal?
—Sí, ¿qué es lo que fue mal?
—Dame un amargo de whisky, Billy.

Billy le preparó el amargo de whisky. Se lo sirvió. Ninguno de los dos decía nada. Billy se largó al otro extremo de la barra. Louie alzó el vaso y bebió la mitad de un trago. Estaba riquísimo. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos de una mano. Cogió el vaso en la otra. Por la puerta entraba el sol de la calle. No había contaminación, iba a ser un buen día, mejor que el anterior, eso seguro.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

Puteo lírico (relato completo) Charles Bukowski

El problema de una lectura de poesía —cuando se llega a las once de la mañana y la lectura es a las ocho de la tarde— es que a veces reduce a un hombre a tal estado que quienes le hacen subir al escenario para mirarle, burlarse de él y machacarle, no esperan de él iluminación alguna sino pura diversión.

Me recibió en el aeropuerto el profesor Kragmatz. Conocí a sus dos perros en el coche y conocí a Pulholtz (que llevaba años leyendo mi obra) y a dos jóvenes estudiantes (uno, especialista en karate, y el otro con una pierna rota) en casa de Howard. (Howard era el profesor que me había propuesto la lectura.)

Y allí estaba yo, melancólico y digno, bebiendo cerveza; y, luego, casi todos menos Howard tenían que ir a clase. Puertas que se cierran y ladridos de perros que se van, y las nubes se oscurecieron y Howard y yo y su mujer y un joven estudiante nos quedamos allí sentados. Jacqueline, la esposa de Howard, jugaba al ajedrez con el estudiante.

—Conseguí un nuevo suministro —dijo Howard.
Abrió la mano y me enseñó un puñado de pastillas.
—No. Tengo el estómago jodido —dije—. No está en forma últimamente.
A las ocho, llegué allí. «Está borracho, está borracho», decían voces entre el público. Yo llevaba mi

vodka con zumo de naranja. Empecé brindando a su salud para estimular su aversión. Leí durante una hora.
Aplaudieron bastante. Un joven se acercó, tembloroso.
—Señor Chinaski, tengo que decirle una cosa: ¡Es usted un hombre maravilloso!
Le di la mano.
—Está bien, chaval, tú sigue comprando mis libros.
Unos cuantos querían libros míos y les dediqué algunos garabatos. Se acabó. Ya había apurado mi
puteo lírico.

La fiesta post-lectura fue la misma de siempre, con profesores y estudiantes, aburridos e insulsos. El profesor Kragmatz me cazó en un rincón y empezó a hacerme preguntas, mientras lasgrou p ie s culebreaban por los alrededores. No, le dije, no, bueno sí, partes de T. S. Elioteran buenas. Fuimos demasiado duros con Eliot. Pound, sí, bueno, descubrimos que Pound no era exactamente lo que pensábamos. No, no creo que haya ningún poeta norteamericano contemporáneo sobresaliente, lo siento. ¿Poesía concreta? Bueno, sí, la poesía concreta es exactamente igual que cualquier otra basura concreta. ¿Y Céline? Un viejo chiflado de marchitos testículos. Sólo un libro bueno, el primero. ¿Qué? Sí, por supuesto, uno. Es suficiente. Quiero decir, tú no has escrito ni siquiera uno, ¿verdad? ¿Por qué prefiero a Creeley? Ya no lo hago. Pero Creeley ha logrado elaborar una obra, lo que la mayoría de quienes le critican no conseguirán en la vida. Bebo, sí, bebo, ¿acaso no bebe todo el mundo? ¿Cómo demonios iba a poder aguantar si no? ¿Mujeres? Oh, sí, mujeres. Oh, sí, por supuesto. No voy a escribir sobre bocas de incendios y tinteros vacíos. Sí, ya sé lo de la carretilla roja bajo la lluvia. Mira, Kragmatz, no quiero que me acapares del todo. Déjame mover un poco el culo…

Me quedé y dormí en la parte de abajo de unas literas, debajo del chaval que era especialista en karate. Le desperté hacia las seis de la mañana al rascarme las almorranas. El pestazo despertó a la perra que había dormido conmigo toda la noche y que empezó a olisquear. Le di la espalda y seguí durmiendo.

Cuando desperté, todos se habían ido menos Howard. Me levanté, me bañé, me vestí y fui a verle. Se
encontraba muy mal.
—Dios santo, menuda resistencia tienes —dijo—. Tienes el cuerpo de un chaval de veinte años.
Mira, anoche no tomé anfetas ni pastillas de ningún tipo, ni le di a nada fuerte…, sólo cerveza y
yerba. Esa es la razón —le expliqué.

Le sugerí unos huevos pasados por agua. Los preparó. Empezó a oscurecer. Parecía media noche. Telefoneó Jacqueline y dijo que se acercaba un tornado por el norte. Empezó a granizar. Comimos los huevos.

Luego, llegó el poeta de la siguiente lectura con su novia y con Kragmatz. Howard salió corriendo al patio y vomitó los huevos. El nuevo poeta, Blanding Edwards, empezó a enrollarse. Era un chico cargado de buenas intenciones. Habló de Ginsberg, de Corso, de Kerouac. Luego, él y su chica, Betty (que también escribía poesía), empezaron a hablar entre sí a toda velocidad en francés.

Oscureció aún más, cayeron rayos, más granizo, y el viento era espantoso. Sacaron cerveza. Kragmatz recordó a Edwards que tuviera cuidado, que tenía que leer aquella misma noche. Howard se montó en la bici y se fue pedaleando en plena tormenta a dar su clase de inglés de primer curso en la

universidad. Llegó Jacqueline.
—¿Dónde está Howard?
—Cogió su dos ruedas y se lanzó al tornado —dije.
—¿Se encontraba bien?
—Cuando se fue parecía un chaval de diecisiete años. Tomó un par de aspirinas.

Pasé el resto de la tarde esperando e intentando evitar una conversación literaria. Me llevaron al aeropuerto. Con mi cheque de quinientos dólares y mi cartapacio de poemas. Les dije que no se bajaran del coche y que algún día les mandaría a todos una postal.

Entré en la sala de espera y oí a un tipo que le decía a otro: «¡Fíjate enese tío!» Todos los nativos llevaban el mismo corte de pelo, los mismos zapatos de tacón con hebillas, los mismos gabanes ligeros, los mismos trajes rectos, con botones metálicos, camisas a rayas, y corbatas cuya gama variaba del oro al verde. Hasta sus rostros eran idénticos: narices y orejas y bocas y expresiones iguales. Lagos poco profundos bajo una ligera capa de hielo. Nuestro avión llegaba con retraso. Me quedé junto a una máquina de café, tomé dos solos y unas galletas. Luego, salí y me planté bajo la lluvia.

Salimos al cabo de hora y media. El avión se balanceaba y cabeceaba. No tenían el New Yorker. Pedí un trago a la azafata. Dijo que no había hielo. El piloto nos explicó qué aterrizaríamos con retraso en Chicago. No conseguía que le diesen pista. Era un hombre veraz. Llegamos a Chicago, y allí estaba el aeropuerto y nosotros dando vueltas y vueltas y más vueltas. Yo dije: «Bueno, supongo que no hay nada que hacer.» Pedí un tercer trago. Los demás fueron uniéndose a la juerga. Sobre todo, después de que se apagaron dos motores a la vez. Volvieron a ponerse en marcha en seguida y alguien se echó a reír. Bebimos y bebimos y bebimos. Cuando ya todos estábamos fuera de control, nos comunicaron que íbamos a aterrizar.

Se rompió el hielo. La gente empezó a hacerse preguntas obvias y a dar respuestas obvias. Vi que mi vuelo no tenía hora de salida marcada. Eran las ocho y media. Llamé por teléfono a Ann. Me dijo que había estado llamando al aeropuerto internacional de Los Angeles para preguntar la hora de llegada. Me preguntó cómo había ido la lectura. Le dije que era muy difícil engañar a un público de líricos universitarios. Sólo había podido engañar a la mitad. «Magnífico», dijo ella. «Nunca confíes en un hombre que lleve mono de paracaídas», le dije. Después, me tiré quince minutos mirándole las piernas a una japonesa. Luego, busqué un bar. Había allí un negro vestido con un traje de cuero rojo con cuello de piel. Estaban atosigándole. Se reían de él como si fuera un gusano que se arrastrara por el bar. Lo hacían muy bien. Tenían siglos de práctica. El negro procuraba mostrarse indiferente, pero tenía la espalda rígida.

Cuando volví a comprobar los vuelos en el tablero, un tercio de los que esperaban en el aeropuerto ya estaban borrachos. Los peinados femeninos empezaban a desmoronarse. Un hombre caminaba de espaldas, muy borracho, intentando caer sobre la nuca y fracturarse el cráneo. Todos encendimos cigarrillos y esperamos, observando, con la esperanza de que se diese un buen golpe en la cabeza. Me pregunté cuál de nosotros conseguiría quitarle la cartera. Le vi caer; la horda se lanzó a desnudarle. Yo estaba demasiado lejos para poder sacar nada en limpio. Volví al bar. El negro se había lanzado. Dos tipos discutían, a mi izquierda. Uno de ellos se volvió a mí.
—¿Usted qué opina de la guerra? preguntó.
—La guerra no tiene nada de malo —dije.

—¿Ah, sí? ¿Sí?
—Sí, cuando te metes en un taxi, eso es guerra. Cuando compras una barra de pan, eso es

guerra. Cuando le pagas a una puta, eso es guerra. Yo, a veces, necesito pan, puta y taxi.
—¿Habéis oído, chavales? —dijo el hombre—. Aquí hay un tío al que legusta la guerra.
Se acercó un tipo que estaba al final de la barra. Vestía como todos los demás.
—¿Le gusta la guerra?
—No tiene nada de malo; es la prolongación natural de nuestra sociedad.
—¿Cuántos años ha llevado uniforme?
—Ninguno.
—¿De dónde es?
—De Los Angeles.

—Bueno, pues yo perdí a mi mejor amigo. Una mina. ¡BANG! Y se acabó.
—Pero, gracias a Dios, fue él; podría haber sido usted.
—A mí no me hace gracia.
—He estado bebiendo. ¿Tiene fuego?
Puso el encendedor al extremo de mí cigarrillo, con evidente desgana. Luego, volvió a su sitio al
otro extremo de la barra.

Salimos, en el de las 7,15, a las 11,15. Nos elevamos por los aires. El puteo lírico estaba concluyendo. Iría a Santa Anita el viernes y devolvería cien dólares. Volvería a la novela. La Filarmónica de Nueva York tocaría el domingo. Quizás habría aún localidades. Pedí otro trago. Se apagaron las luces. Nadie podía dormir, pero todos fingían hacerlo. A mí me daba igual. Tenía un asiento de ventanilla y contemplaba el ala y las luces de abajo. Todo estaba dispuesto allá abajo en hermosas líneas rectas. Colmenas. Hormigueros.

Llegamos al aeropuerto internacional de Los Angeles. Ann, te quiero. Ojalá arranque el coche. Ojalá el fregadero no esté atascado. Me alegro de no haberme tirado a unag ro u p ie. Me alegro de que no se me dé bien irme a la cama con desconocidas. Me alegro de ser un imbécil. Me alegro de no saber nada. Me alegro de no haber sido asesinado. Cuando me miro las manos y veo que aún están en su sitio, pienso para mí: vaya suerte que tengo.

Salí del avión arrastrando el abrigo de mi padre y mi cartapacio de poemas. Ann salió a mi encuentro. Vi su cara y pensé, mierda, la quiero. ¿Qué haré? Lo mejor que podía hacer era actuar con indiferencia; luego, me encaminé, con ella, al aparcamiento. No hay que dejar que se den cuenta de que te interesan, porque si no, te liquidan. Me incliné, la besé en la mejilla.
—Qué amable has sido viniendo a esperarme.
—Cómo no iba a venir —dijo ella.
Salimos del aeropuerto. Había terminado mi sucia tarea. El puteo poético. Yo nunca me insinuaba.

Eran ellos quienes llamaban a su puta. Y yo acudía a la llamada.
—Chavala —le dije—, cómo te he echado de menos.
—Tengo hambre —dijo ella.

Fuimos al restaurante chicano de Alavarado y Sunset. Tomamos burritos de chile verde. El puteo ya se había acabado. Y yo aún tenía una mujer, una mujer que me interesaba. Un milagro así no era para tomarse a broma. Contemplé su cabello y su rostro, mientras regresábamos a casa. La miraba a hurtadillas cuando me parecía que ella no miraba.
—¿Cómo fue la lectura? —me preguntó.
—Una gloria —dije.

Subimos por Alvarado. Luego, entramos por el bulevar Glendale. Todo estaba en orden. Lo que me fastidiaba era que algún día, todo se reduciría a polvo, los amores, los poemas, los gladiolos. Al final, todos acabaríamos rellenos de basura, como una empanada barata.

Ann aparcó. Bajamos, subimos las escaleras, abrimos la puerta, y el perro salió a recibirnos. La luna estaba alta, la casa olía a lino y rosas, y el perro saltó a mi encuentro. Le tiré de las orejas, le di unas palmaditas en el vientre. Abrió mucho los ojos y sonrió.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

Mañana decisiva (relato completo) Charles Bukowski

A las siete de la mañana, Barney se despertó y empezó a embestir a Shirley en el trasero con el pene.
Shirley se hizo la dormida. Barney siguió embistiendo más fuerte. Ella se levantó, fue al cuarto de baño y orinó.

Cuando salió del baño, él había quitado el cobertor y tenia el pene empinado bajo la sábana.
—¡Mira nena! —dijo—. ¡El monte Everest!
—¿Quieres que prepare el desayuno?
—¡A la mierda el desayuno! ¡Ven aquí ahora mismo!
Shirley volvió a la cama y él la cogió por la cabeza y la besó. Le olía mal el aliento, pero la barba era lo peor. Le cogió la mano y se la puso en el pijo.

—¡Piensa en la cantidad de mujeres a las que les gustaría tener este chisme!
—Barney, no estoy de humor.
—¿Qué quieres decir con eso de que no estás de humor?–
—Pues que no estoy caliente.
—¡Lo estarás, nena, lo estarás! — En verano dormían sin pijama, así que se echó sobre ella.
—¡Ábrete bien, demonios! ¿Estás mala?
—Barney, por favor…
—¿Por favor qué? ¡Quiero pegar un polvo y voy a pegarlo!
Siguió empujando hasta que consiguió penetrarla.
—¡Puta condenada, voy a abrirte en canal!
Barney lo hacía como una máquina. A Shirley no le inspiraba ninguna sensación. ¿Cómo podía una
mujer casarse con un hombre así?, se preguntó. ¿Cómo podía una mujer vivir tres años con un hombre así?

Al principio, cuando se conocieron, él no parecía ser… como una pura y simple madera de leño.
—¿Te gusta este cacho de polla, nena?
Notaba todo el peso de su corpachón sobre ella. Notaba su sudor. No la dejaba respirar.
—¡Me voy a ir, nena, me voy, ME VOY!

Barney se echó a un lado y se limpió con la sábana. Shirley se levantó, fue al cuarto de baño y se duchó. Luego, fue a la cocina a preparar el desayuno. Puso las patatas, el bacon, el café. Echó los huevos en el cuenco y los revolvió. Sólo llevaba puestos el albornoz y las zapatillas. En el albornoz decía «ELLA».

Barney salió del cuarto de baño. Tenía crema de afeitar en la cara.
—Oye, nena, ¿dónde están aquellos calzoncillos de rayas verdes y rojas?
Ella no contestó.
—¡Oye, te digo que donde están esos calzoncillos!
—No sé.
—¿No sabes? Me rompo el espinazo trabajando de ocho a doce horas al día y tú no sabes dónde
están mis calzoncillos, ¿eh?
—No sé.
—¡Que se derrama el café! ¿Es que no lo ves? Shirley apagó el fuego.
—¡O no haces café, o te olvidas de él y lo dejas salirse! O te olvidas de comprar bacon o quemas las
tostadas o pierdes mis calzoncillos, siempre tienes que hacer algo al revés. ¡No haces nada a derechas!
—Barney, no me siento bien…

—¡Túnunca te sientes bien! ¿Cuándo coño vas a empezar a sentirte bien? Yo salgo todas las mañanas y me rompo el espinazo trabajando y tú te pasas el día tumbada leyendo revistas y compadeciéndote de tu culo de mantequilla. ¿Te crees que van bien las cosas en el trabajo? ¿Es que no sabes que hay un diez por ciento de parados? ¿Te das cuenta de que tengo que luchar por mi puesto todos los días, uno tras otro, mientras tú estás repantigada en un sillón compadeciéndote de ti misma? Y bebiendo vino y fumando cigarrillos y cotilleando con tus amigas… y amigos. ¿Te crees que a mí me resultan fáciles

las cosas en el trabajo?
—Sé que no es fácil, Barney.
—Y ya ni siquiera me dejas echar un polvo.
Shirley vertió los huevos en la sartén.
—¿Por qué no acabas de afeitarte? El desayuno estará en seguida.
—¿Por qué tantos remilgos para echar un polvo? ¿Es que te crees que tienes el cono de oro?
Ella revolvió los huevos con un tenedor. Luego, cogió la espátula.
—Es que no puedo soportarte ya, Barney. Te odio.
—¿Me odias? ¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no puedo soportarte, que me repugna cómo caminas, que no aguanto los pelos que te asoman de la nariz. No me gusta tu voz, no me gustan tus ojos, no me gusta tu manera de pensar ni tu manera de hablar. No me gustas.
—¿Y tú qué? ¿Qué tienes que ofrecer tú? ¡Con esa pinta! ¡No podrías conseguir trabajo ni en un
burdel de tercera!
—Ya lo conseguí.

Entonces, él le pegó. Con la mano abierta, en la cara. A ella se le cayó la espátula, perdió el equilibrio, fue a dar contra un lado del fregadero y allí se agarró. Recogió la espátula, la lavó, volvió a revolver los huevos.
—No quiero desayunar —dijo Barney.

Shirley apagó todos los fuegos y volvió al dormitorio. Se metió en la cama. Le oía acabar de arreglarse en el cuarto de baño. Ni siquiera le gustaba su forma de echarse agua en la cara en el lavabo cuando se afeitaba. Y cuando oyó el cepillo de dientes eléctrico, se lo imaginó en aquella boca, limpiando aquellos dientes y aquellas encías, y sintió una repugnancia inmensa. Luego, la loción del pelo. Después, silencio. Más tarde, la cisterna.

Barney salió. Le oyó escoger una camisa en el armario. Oyó el rumor de las llaves y de la calderilla cuando se ponía los pantalones. Luego, sintió que la cama se hundía, al sentarse él en el borde para ponerse los calcetines y los zapatos. Después, al levantarse él, la cama se levantó. Ella estaba tendida boca abajo, con los ojos cerrados. Se dio cuenta de que estaba mirándola.
—Escucha —le dijo—. Sólo quiero decirte una cosa. Si hay otro hombre, le mataré. ¿Entendido?
Shirley no contestó. Luego, sintió sus dedos en la nuca. Le alzó la cabeza bruscamente, y se la

hundió en la almohada.
—¡Contéstame cuando te hablo! ¿Entendido? ¿Entendido? ¿Lo has entendido?
—Sí —dijo ella—. Lo he entendido.

Se fue. Salió del dormitorio, cruzó el salón. Shirley oyó la puerta al cerrarse. Luego, oyó sus pasos en las escaleras. El coche estaba en el camino de acceso y oyó cómo lo ponía en marcha. Después, lo oyó alejarse. Más tarde, el silencio.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.