Animales hasta en la sopa Charles Bukowski Texto Completo

Había estado mucho tiempo por ahí bebiendo, y durante ese tiempo había perdido mi lindo trabajo, la habitación y (quizás) el juicio. Después de dormir la noche en una calleja, vomité en la claridad, esperé cinco minutos, acabé lo que quedaba de la botella de vino que encontré en el bolsillo de la chaqueta. Empecé a caminar por la ciudad, sin ningún objetivo. Mientras andaba, tenía la sensación de poseer una parte del significado de las cosas. Por supuesto, era falso. Pero quedarse en una calleja tampoco servía de gran cosa.

Anduve durante un rato, sin darme casi cuenta. Consideraba vagamente la fascinación de, morir de hambre. Sólo quería un sitio donde tumbarme y esperar. No sentía rencor alguno contra la sociedad, porque no pertenecía a ella. Hacía mucho que me había habituado a este hecho. Pronto llegué a los arrabales de la ciudad. Las casas estaban mucho más espaciadas. Había campo y fincas pequeñas. Yo estaba más enfermo que hambriento. Hacía calor y me quité la chaqueta y la colgué del brazo. Empezaba a notar sed. No había rastro de agua por ninguna parte. Tenía la cara ensangrentada de una caída de la noche anterior, y el pelo revuelto. Morir de sed no lo consideraba una muerte cómoda. Decidí pedir un vaso de agua. Pasé la primera casa, no sé por qué me pareció que me sería hostil, y seguí calle abajo hasta una casa verde de tres plantas, muy grande, adornada de yedra y con matorrales y varios árboles alrededor. A medida que me acercaba al porche delantero, oía dentro extraños ruidos, y me llegaba un olor como de carne cruda y orina y excrementos. Sin embargo, la casa daba una sensación amistosa; llamé al timbre.
Salió a la puerta una mujer de unos treinta años. Tenía el pelo largo, de un rojo castaño,
muy largo, y aquellos ojos pardos me miraron. Era una mujer guapa, vestía vaqueros azules ceñidos, botas y una camisa rosa pálido. No había en su cara ni en sus ojos ni miedo ni recelo.
—¿Sí? —dijo, casi sonriendo.
—Tengo sed —dije yo—. ¿Puedo tomar un vaso de agua?
—Pasa —dijo ella, y la seguí a la habitación principal—. Siéntate.

Me senté, tímidamente, en un viejo sillón. Ella entró en la cocina a por el agua. Estando allí sentado, oí correr algo vestíbulo abajo, hacia la habitación principal. Dio una vuelta a la habitación, frente a mí, luego, se detuvo y me miró. Era un orangután. El bicho empezó a dar saltos de alegría al verme. Luego corrió hacia mí y saltó a mi regazo. Pegó su cara a la mía, sus ojos se fijaron un instante en los míos y luego apartó la cabeza. Cogió mi chaqueta, saltó al suelo y corrió vestíbulo adelante con ella, haciendo extraños ruidos.

Ella volvió con mi vaso de agua, me lo entregó.
—Soy Carol —dijo.
—Yo Gordon —dije—, pero en fin, qué más da.
—¿Por qué?
—Bueno, estoy liquidado. No hay nada que hacer. Se acabó. —¿Y qué fue? ¿El alcohol?
—preguntó.
—El alcohol —dije, luego indiqué lo que quedaba más allá de las paredes—: y ellos.
—También yo tengo problemas con ellos. Estoy completamente sola.
—¿Quieres decir que vives sola en esta casa tan grande?
—Bueno, no exactamente —se echó a reír.
—Ah claro, tienes ese mono grande que me robó la chaqueta. —Oh, ése es Bilbo. Es muy lindo. Está loco.
—Necesitaré la chaqueta esta noche. Hace frío.
—Tú te quedas aquí esta noche. Necesitas descanso, se te nota.
—Si descansase, podría querer seguir con el juego.
—Creo que deberías hacerlo. Es un buen juego si lo enfocas como es debido.
—Yo no lo creo. Y, además, ¿por qué quieres ayudarme?
—Yo soy como Bilbo —dijo ella—. Estoy loca. Al menos, eso creen ellos. Estuve tres meses en un manicomio.
—¿De veras? —dije.
—De veras ——dijo ella—. Lo primero que voy a hacer es prepararte un poco de sopa.

—Las autoridades del condado —me dijo más tarde— están intentando echarme. Hay un pleito pendiente. Por suerte, papá me dejó bastante dinero. Puedo combatirlos. Me llaman Carol la Loca del Zoo Liberado.
—No leo los periódicos. ¿Zoo Liberado?
—Sí, amo a los animales. Tengo problemas con la gente. Pero, Dios mío, conecto realmente con los animales. Puede que esté loca. No sé.
—Creo que eres encantadora.
—¿De veras?
—De veras.
—La gente parece tenerme miedo. Me alegro de que tú no me tengas miedo.
Sus ojos pardos se abrían más y más. Eran de un color oscuro y melancólico y, mientras hablábamos, parte de la tensión pareció esfumarse.
—Oye —dije—, lo siento, pero tengo que ir al baño.
—Después del vestíbulo, la primera puerta a la izquerda.
—Vale.
Crucé el vestíbulo y giré a la izquierda. La puerta estaba abierta. Me detuve. Sentado en la barra de la ducha, sobre la bañera había un loro. Y en la alfombra un tigre adulto tumbado. El loro me ignoró y el tigre me otorgó una mirada indiferente y aburrida. Volví rápidamente a la habitación principal.
—¡Carol! ¡Dios mío, hay un tigre en el baño!
—Oh, es Dopey Joe. Dopey Joe no te hará nada.
—Sí, pero no puedo cagar con un tigre mirándome.
—Oh, que tonto. ¡Vamos, ven conmigo!
Seguí a Carol por el vestíbulo. Entró en el baño y dijo al tigre:
—Vamos, Dopey, muévete. El caballero no puede cagar si tú le miras. Cree que quieres comerle.
El tigre se limitó a mirar a Carol con indiferencia.
—¡Dopey, bastardo, que no tenga que repetírtelo! ¡Contaré hasta tres! ¡Venga! Vamos:
uno… dos… tres…

El tigre no se movió.
—¡De acuerdo, tú te lo has buscado!
Cogió a aquel tigre por la oreja y tirando de ella lo obligó a levantarse. El bicho bufaba,
escupía; pude ver los colmillos y la lengua, pero Carol parecía ignorarle. Sacó a aquel tigre de allí por una oreja y se lo llevó al vestíbulo. Luego le soltó la oreja y dijo:
—Muy bien, Dopey, ¡a tu habitación! ¡A tu habitación inmediatamente!
El tigre cruzó el vestíbulo, hizo un semicírculo y se tumbó en el suelo.
—¡Dopey! —dijo ella—. ¡A tu habitación!
El bicho la miró, sin moverse.
—Este hijoputa está poniéndose imposible. Voy a tener que emprender una acción disciplinaria —dijo ella—, pero me fastidia. Le amo.
—¿Le amas?
—Amo a todos mis animales, por supuesto. Dime, ¿y el loro? ¿Te molestará el loro?
—Supongo que podré descargar delante del loro —dije.
—Entonces adelante, que tengas una buena cagada.
Cerró la puerta. El loro no dejaba de mirarme. Luego dijo: «Entonces adelante, que tengas una buena cagada». Luego cagó él, directamente en la bañera.

Hablamos algo más aquella tarde y por la noche, y yo consumí un par de magníficas comidas. No estaba seguro del todo de que aquello no fuese un montaje gigante del delirium tremems.
O de que no me hubiese muerto, o me hubiese vuelto loco, o estuviese viendo visiones.
No sé cuantos tipos de animales distintos tenía Carol allí. Y la mayoría de ellos campaban a sus anchas por la casa, pero tenían buenos hábitos de limpieza. Era un Zoo Liberado.

Luego, había el «período de mierda y ejercicio», según palabras de Carol. Y allá salían todos desfilando en grupos de cinco o seis, dirigidos por ella, hacia el prado. La zorra, el lobo, el mono, el tigre, la pantera, la serpiente… en fin, ya sabes lo que es un zoo. Lo tenía casi todo. Pero lo curioso era que los animales no se molestaban unos a otros. Ayudaba el que estuviesen bien alimentados (la factura de alimentación era tremenda; papá debía haber dejado mucha pasta), pero yo estaba convencido de que el amor de Carol hacia ellos les colocaba en un estado de pasividad muy suave y casi alegre: un estado de amor transfigurado. Los animales, simplemente se sentían bien.

—Mírales, Gordon. Fíjate en ellos. ¿Cómo no amarlos? Mira cómo se mueven. Tan diferente cada uno, tan real cada uno de ellos, tan él mismo cada uno. No como los humanos. Están tranquilos, están liberados, nunca son feos. Tienen la gracia, la misma gracia con la que nacieron…
—Sí, creo que entiendo lo que quieres decir…

Aquella noche no podía conciliar el sueño. Me puse la ropa, salvo los zapatos y los calcetines, y recorrí el pasillo hasta la habitación delantera. Podía mirar sin ser visto. Allí me quedé.

Carol estaba desnuda y tumbada sobre la mesa de café, la espalda en la mesa, con sólo las partes inferiores de muslos y piernas colgando. Todo su cuerpo era de un excitante blanco, como si jamás hubiese visto el sol, y sus pechos, más vigorosos que grandes, parecían independientes, partes diferenciadas alzándose en el aire, y los pezones no eran de ese tono oscuro que son los de la mayoría de las mujeres, sino más bien de un rojo—rosa brillante, como fuego, sólo que más rosa, casi neón. ¡Cielos, la dama de los pechos de neón! Y los labios, del mismo color, estaban abiertos en un rictus de ensoñación. La cabeza colgaba un poco fuera, por el otro extremo de la mesa, y aquel pelo rojomarrón se balanceaba, largo, largo, hasta doblarse sobre la alfombra. Y todo su cuerpo daba la sensación de estar ungido… no parecía tener codos ni rodillas, ni puntas, ni bordes. Suave y aceitada. Las únicas cosas que destacaban eran los pechos afilados,. Y enroscada en su cuerpo, estaba aquella larga serpiente… no sé de qué tipo era. La lengua silbaba y su cabeza avanzaba y retrocedía lenta, flúidamente, a un lado de la cabeza de Carol. Luego, alzándose, con el cuello doblado, la serpiente miró la nariz de Carol, sus labios, sus ojos, bebiendo en su rostro.

De cuando en cuando, el cuerpo de la serpiente se deslizaba ligerísimamente sobre el cuerpo de Carol; aquel. movimiento parecía, una caricia, y tras la caricia, la serpiente hacía una leve contracción, apretándola, allí enroscada alrededor de su cuerpo. Carol jadeaba, palpitaba, se estremecía; la serpiente bajaba, deslizándose junto a su oreja, luego se alzaba, miraba su nariz, sus labios, sus ojos, y luego repetía los movimientos. La lengua de la serpiente silbaba rápida, y el coño de Carol estaba abierto, los pelos suplicantes, rojo y hermoso, a la luz de la lámpara.
Volví a mi habitación. Una serpiente muy afortunada, pensé; nunca había visto cuerpo de mujer como aquél. Me costó trabajo dormir, pero al final lo conseguí.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos juntos, le dije a Carol:
—Estás realmente enamorada de tu zoo, ¿verdad?
—Sí, de todos ellos, del primero al último —dijo.

Terminamos el desayuno, sin hablar casi. Carol estaba más guapa que nunca. Estaba cada vez más radiante. Su pelo parecía vivo; parecía saltar alrededor de ella cuando se movía, y la luz de la ventana brillaba a su través, enrojeciéndolo.
Sus ojos, muy abiertos, temblaban, pero sin miedo, sin vacilación. Aquellos ojos: lo dejaban entrar y salir todo. Ella era animal, y humana.
—Escucha —dije—, si me recuperas la chaqueta que se llevó el mono, seguiré mi camino.
—No quiero que te vayas —dijo ella.
—¿Quieres que forme parte de tu zoo?
—Sí.
—Pero yo soy humano, sabes.

—Pero estás intacto. No eres como ellos. Aún flotas por dentro. Ellos están perdidos, endurecidos. Tú estas perdido pero no te has endurecido. Lo único que necesitas es ser cariñoso.
—Pero yo quizás sea demasiado viejo para que… me ames como al resto de tu zoo.
—Yo… no sé… me gustas muchísimo. ¿No puedes quedarte? Podríamos encontrarte un…

A la noche siguiente tampoco podía dormir. Crucé el vestíbulo hasta la cortina de cuentas y miré. Esta vez Carol tenía una mesa en el centro de la habitación. Era una mesa de roble, casi negra, de anchas patas. Carol estaba tumbada en la mesa, las nalgas justo en el borde, las piernas separadas, los dedos de los pies justo rozando el suelo. Se cubría el coño con una mano, luego la apartó. Al apartarla, todo su cuerpo pareció ponerse de un rosa claro; la sangre lo bañó todo, luego desapareció. El último rosa colgó un instante justo debajo de la barbilla y alrededor del cuello y luego se desvaneció y su coño se abrió levemente.

El tigre daba vueltas a la mesa en lentos círculos. Luego empezó a hacer círculos más rápidos, la cola balanceante. Carol lanzó aquel gemido sordo. Cuando hizo esto, el tigre estaba directamente enfrente de sus piernas. Se detuvo. Se alzó. Colocó una zarpa a cada lado de la cabeza de Carol. El pene extendido; era gigantesco. El pene llamó a su coño, buscando entrada, Carol puso la mano sobre el pene del tigre, para guiarlo. Ambos se columpiaron en el borde de un calvario insoportable y ardiente. Luego, una parte del pene entró. El tigre sacudió bruscamente los lomos. Entró el resto… Carol chilló. Luego subió las manos y rodeó con ellas el cuerpo del tigre mientras él empezaba a moverse. Volví a mi habitación.

Al día siguiente comimos en el prado con los animales. Una comida campestre. Yo comí un bocado de ensalada de patatas mientras veía pasar un lince con una zorra plateada. Había penetrado en una totalidad de experiencia completamente nueva. El condado había obligado a Carol a alzar aquellas vallas altas de alambre, pero los animales aún tenían una amplia zona de tierra despejada por la que vagar. Terminamos de comer y Carol se tumbó en la yerba, mirando al cielo. Dios mío, quién fuera otra vez joven.
Carol me miró:
—¡Vamos, ven aquí, viejo tigre!
—¿Tigre?
—«Tigre tigre, luz ardiente… »3 Cuando mueras, se darán cuenta, verán las manchas.
Me tumbé junto a ella. Ella se puso de lado, apoyando la cabeza en mi brazo. La miré.
Todo el cielo y toda la tierra corrían por aquellas ojos.
—Eres como una mezcla de Randolph Scott y Humphrey Bogart —me dijo.
Me eché a reír.
Eres muy graciosa—dije.
Nos miramos. Tuve la sensación de que podía caer dentro de aquellos ojos.

Luego, posé una mano en sus labios, nos besamos y atraje su cuerpo hacia el mío. Con la otra mano acariciaba su pelo. Fue un beso de amor, un largo beso de amor. Aun así, me empalmé. Su cuerpo se movió rozando el mío, serpentinamente. Pasó a nuestro lado un avestruz. «Jesús», dije, «Jesús, Jesús…». Nos besamos de nuevo. Luego, ella empezó a decir:
—¡Ay hijoputa! ¡Hijoputa, qué estás haciéndome!
Y me cogió la mano y la metió dentro de sus vaqueros. Sentí los pelos de su coño. Estaban ligeramente húmedos. Froté y acaricié. Luego entró mi dedo. Ella me besaba arrebatadamente.
—¡Ay, qué me haces, hijoputa! ¡Hijoputa qué me haces! —luego, se apartó bruscamente.
—¡Demasiado aprisa! Tenemos que ir lentamente, muy lentamente…
Nos incorporamos y ella tomó mi mano y me leyó la palma:
—Tu línea de la vida… —dijo—. No llevas mucho tiempo en la Tierra. Mira, mira tu
palma, ¿ves esta línea?
—Sí, sí.
—Esa es la línea de la vida. Ahora mira la mía: ya he esiado en la Tierra varias veces.

Hablaba en serio y la creí. A Carol había que creerla. Era en Carol en lo único que había que creer. El tigre nos observaba a unos veinte metros de distancia. Una brisa agitó parte del pelo marrón rojizo de Carol trasladándolo de la espalda al hombro. No pude soportarlo. La agarré y nos besamos de nuevo. Caímos hacia atrás. Luego ella cortó.
—Tigre, hijoputa, ya te lo dije: despacio.
Hablamos un poco más. Luego, dijo:

—Sabes… no sé cómo explicarlo. Tengo sueños sobre eso. El mundo está cansado. Está acercándose el final. La gente se han hundido en la inconsecuencia… la gente rock. Están cansados de sí mismos. Están pidiendo la muerte y sus oraciones tendrán respuesta. Yo estoy… estoy… bueno… estoy como preparando una criatura nueva que habite lo que quede de la Tierra. Tengo la sensación de que hay alguien más aquí preparando la nueva criatura. Quizás en varios otros sitios. Esas criaturas se encontrarán y procrearán y sobrevivirán. ¿Comprendes? Pero deben tener lo mejor de todas las criaturas, incluido el hombre, para sobrevivir dentro de la pequeña partícula de vida que quedará… Mis sueños, ay, mis sueños… ¿crees que estoy loca?

Me miró y se echó a reír.
—¿Crees que soy Carol la Loca?
—No sé —dije—. No hay modo de saberlo.

De nuevo aquella noche no podía dormir y recorrí el pasillo hacia la habitación delantera. Miré entre las cuentas. Carol estaba sola, tumbada en el sofá, ardía cerca una lamparilla. Estaba desnuda y parecía dormida. Aparté las cuentas y entré en la habitación, me senté en una silla frente a ella. La luz de la lámpara caía sobre la mitad superior de su cuerpo; el resto estaba en sombras.

Me desnudé y me acerqué a ella. Me senté al borde del sofá y la miré. Abrió los ojos. Cuando me vio, no pareció mostrar sorpresa. Pero el marrón de sus ojos, aunque claro y profundo, parecía desentonado, sin acento, como si yo no fuese algo que ella conociese por el nombre o la forma, sino algo distinto: una fuerza separada de mí. Sin embargo, había aceptación.

A la luz de la lámpara era como si su pelo estuviese bajo la luz del sol: brotaba el rojo por entre el marrón. Era como fuego interior; ella era como fuego interior. Me incliné y la besé detrás de la oreja. Ella inspiró y expiró perceptiblemente. Me deslicé hacia abajo, mis piernas cayeron del sofá, me agaché y lamí sus pechos, lamí su estómago, su ombligo, volví a los pechos, luego volví a bajar, más abajo, donde empezaba el vello y empecé a besar allí, mordí levemente una vez, luego bajé más, salté, besé en el borde interno de un muslo, luego en el otro. Se agitó, gruñó un poco: «ah, aaah…» y luego me vi frente a la abertura, los labios, y muy lentamente pasé la lengua por todo el borde de los labios, y luego invertí el círculo. Mordí, metí la lengua dos veces, profundamente, la saqué, hice otro círculo. Empezó a humedecerse, a oler levemente a sal. Hice otro círculo. El gruñido: «Ah, ah. . . » y la flor se abrió, vi el pequeño capullo y con la punta de la lengua, lo más suave y dulce que pude, tictaqueé y lamí. Pataleó y, mientras intentaba bloquearme la cabeza con las piernas, fui subiendo, lamiendo, parando, subiendo hacia el cuello, mordiendo, y mi pene empezó a llamar y llamar y llamar hasta que ella bajó la mano y me colocó en la abertura. Al entrar, mi boca encontró la suya, y quedamos unidos por dos puntos: la boca húmeda y fresca, la flor húmeda y cálida, un horno de ardor allá abajo, y mantuve el pene pleno e inmóvil en su interior, mientras ella culebreaba sobre él, pidiendo…
—¡Ay hijoputa, hijoputa… muévete! ¡Muévelo!

Seguí quieto mientras ella se agitaba. Apreté los dedos de los pies en el extremo del sofá e hinqué más, sin moverme aún. Luego, obligué al pene a saltar tres veces por sí sólo sin mover el cuerpo. Ella respondió con contracciones. Lo hicimos de nuevo, y cuando no pude soportarlo más, lo saqué casi todo, y volví a meterlo (cálido y suave) de nuevo. Luego lo mantuve inmóvil mientras ella culebreaba colgada de mí como si yo fuese el anzuelo y ella el pez. Repetí esto varias veces, y luego totalmente perdido, salí y entré, sintiéndolo crecer, y escalamos juntos hechos uno (el lenguaje perfecto) escalamos dejándolo atrás todo, la historia, nosotros mismos, ego, piedad y análisis, todo salvo el oculto gozo de saborearse.

Nos corrimos juntos y seguí dentro sin que mi pene se ablandara. Al besarla, sus labios estaban totalmente blandos y cedían a los míos. Su boca estaba suelta, rendida hacia todo. Mantuvimos un leve y suave abrazo una media hora, luego Carol se levantó. Fue primero al baño. Luego la seguí. No había tigres allí aquella noche. Sólo el viejo Tigre que había ardido en luz.

Nuestra relación siguió, sexual y espiritual, pero, al mismo tiempo, he de confesarlo, Carol seguía también con los animales. Los meses pasaron en una tranquilidad feliz. Luego, advertí que Carol estaba preñada. Y yo había llegado allí a por un vaso de agua.

Un día, fuimos a comprar suministros al pueblo. Cerramos la casa como hacíamos siempre. No teníamos que preocuparnos de ladrones porque andaban por allí la pantera y el tigre y los demás animales supuestamente peligrosos. Los suministros para los animales nos los entregaban todos los días, pero teníamos que ir al pueblo a por los nuestros. Carol era muy conocida. Carol la Loca, y siempre se quedaba la gente mirándola en las tiendas, y a mí también, su nuevo animalito, su nuevo y lindo animalito.

Primero fuimos a ver una película, que no nos gustó. Cuando salimos, llovía un poco. Carol compró unos cuantos vestidos de embarazada y luego fuimos al mercado a hacer el resto de las compras. Volvíamos despacio, hablando, gozando uno de otro. Eramos gente satisfecha. Sólo queríamos lo que queríamos; no les necesitábamos a ellos y había dejado de preocuparnos hacía mucho lo que pensasen. Pero sentíamos su odio. Eramos marginados. Vivíamos como animales y los animales eran una amenaza para la sociedad… creían ellos. Y nosotros éramos una amenaza a su manera de vivir. Vestíamos ropa vieja. Y yo no me recortaba la barba; llevaba el pelo largo y revuelto y, aunque tenía cincuenta años, mi pelo era de un rojo claro. A Carol el pelo le llegaba hasta el culo. Y siempre encontrábamos cosas de las que reírnos. Risa de la buena. No podían entenderlo. En el mercado, por ejemplo, Carol había dicho:
—¡Eh papi! ¡Ahí va la sal! ¡Coge la sal, papi, cabrón!
Estaba en medio del pasillo y había tres personas entre nosotros y lanzó la sal por encima de sus cabezas. La cogí; ambos reímos. Luego yo miré la sal.

—¡No, hija, no, no me seas puta! ¿Es que quieres que se me endurezcan las arterias? Tiene que ser yodixada! ¡Toma, mis dulces, y cuidado con el niño! ¡Bastante recibirá luego ese cabroncete!
Carol cogió mis dulces y me tiró la sal yodizada. Qué caras ponían… éramos tan indecorosos.

Lo habíamos pasado bien aquel día. Aunque la película había sido mala, lo habíamos pasado bien. Nosotros hacíamos nuestras propias películas. Hasta la lluvia era buena. Bajamos las ventanillas y la dejamos entrar. Cuando enfilé la entrada, Carol lanzó un grito. Un grito de profundo dolor. Se desplomó y se puso completamente blanca.
—¡Carol! ¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? —la atraje hacia mí—. ¿Qué pasa? Dime…
—No me pasa nada a mí. Mira lo que han hecho., Lo percibo, lo sé. Oh Dios mío, Dios mío, oh Dios mío, esos sucios cabrones, lo han hecho, lo han hecho, la terrible cerdada.
—¿Qué han hecho?
—Asesinar… la casa… asesinar por todas partes…
—Espera aquí —dije.

Lo primero que vi en la habitación delantera fue a Bilbo el orangután. Con un agujero de bala en la sien izquierda. Bajo su cabeza había un charco de sangre. Estaba muerto. Asesinado. Tenía en la cara aquella sonrisa. En la sonrisa se leía dolor, y a través del dolor; y a través del dolor era como si se hubiese reído, como si hubiese visto la Muerte y la Muerte fuese algo distinto… sorprendente, superior a su razón, y le hubiese hecho sonreír en medio del dolor. En fin, él sabía más de aquello, ahora, que yo.
A Dopey, el tigre, le habían cogido en su guarida favorita: el baño. Le habían disparado muchas veces, como si los asesinos tuviesen miedo. Había mucha sangre, en parte seca. Tenía los ojos cerrados pero la boca había quedado muerta y congelada en un bufido, y destacaban los inmensos y maravillosos colmillos. Incluso en la muerte era más majestuoso que un hombre vivo. En la bañera estaba el loro. Una bala. El loro estaba al fondo, junto al desagüe, cuello y cabeza doblados bajo el cuerpo, un ala debajo y las plumas de la otra desplegadas, como si aquel ala hubiese querido gritar y no hubiese podido.

Registré las habitaciones. No quedaba nada vivo. Todos asesinados. El oso negro. El coyote. La mofeta. Todo. Toda la casa estaba tranquila. Nada se movía. Nada podíamos hacer. Tenía ante mí un enorme proyecto funerario. Los animales habían pagado por su individualidad… y la nuestra.
Despejé la habitación delantera y el dormitorio.

Limpié cuanta sangre pude y metí allí a Carol. Al parecer, lo habían hecho mientras nosotros estábamos en el cine. Puse a Carol en el sofá. No lloraba pero temblaba toda. La froté, la acaricié, le dije cosas… De vez en cuando, un escalofrío agi. taba su cuerpo, gemía: «Oooh, oooh… Dios mío… ». Tras dos largas horas empezó a llorar. Me quedé allí con ella, la abracé. Se durmió en seguida. La llevé a la cama, la desvestí, la tapé. Luego, salí y contemplé el prado de atrás. Gracias a Dios, era grande. Pasaríamos de un zoo liberado a un cementerio de animales en un solo día.

Tardé dos en enterrarlos a todos. Carol puso marchas fúnebres en el tocadiscos y yo cavé y enterré los cuerpos y los cubrí. Era insoportablemente triste. Carol marcó las tumbas y los dos bebimos vino sin hablar. La gente vino a vernos, atisbaban por la alambrada. Adultos, niños, periodistas, fotógrafos. Hacia el final del segundo día, sellé la última tumba y entonces Carol cogió mi pala y se acercó lentamente a la multitud de la alambrada. Retrocedieron, murmurando asustados. Carol arrojó la pala contra la alambrada. La gente se agachó y se tapó con los brazos como si la pala fuese a traspasar los alambres.
—Está bien, asesinos —gritó Carol—. ¡Disfrutad!
Entramos en la casa. Había cincuenta y cinco tumbas allí fuera…
Después de varias semanas, le sugerí a Carol la posibilidad de formar otro zoo, esta vez dejando siempre alguien guardándolo.
—No —dijo ella—. Mis sueños… mis sueños me han dicho que ha llegado la hora. Se acerca el fin. Hemos llegado a tiempo justo. Lo conseguimos.

No le pregunté más. Consideré que había pasado por bastante. Cuando se acercó el nacimiento, Carol me pidió que me casara con ella. Dijo que ella no necesitaba casarse, pero que puesto que no tenía ningún pariente próximo, quería que yo heredase su hacienda. Por si moría en el parto y sus sueños no eran ciertos… sobre el fin de todo.
—Los sueños pueden no ser ciertos —dijo ella— sin embargo, hasta ahora, los míos lo han sido.

Así que hicimos una boda tranquila… en el cementerio. Llevé a uno de mis viejos compadres de calleja de testigo y padrino, y de nuevo la gente se puso a mirar. La cosa terminó en seguida. Le di al compadre algo de dinero y un poco de vino y le llevé otra vez a la calleja.
Por el camino, bebiendo de la botella, me preguntó:
—La preñaste, ¿eh?
—Bueno, eso creo.
—¿Quieres decir que hubo otro?
—Bueno… sí.
—Eso es lo que pasa con estas tías. Nunca sabes. La mitad de los de la calleja están allí

por las mujeres.
—Creí que era por el trinque.
—Primero vienen las mujeres, luego viene el trinque.
—Ya.
—Nunca sabes con estas tías.
—Sí, claro.
Me miró de aquella manera y le dejé salir.

En el hospital esperé abajo. Qué extraño había sido todo. Había pasado de la calleja a aquella casa y a todas las cosas que me habían sucedido. El amor y el dolor. Aunque en conjunto, el amor había derrotado al dolor. Pero nada había terminado. Intenté leer los resultados del béisbol, los de las carreras. Qué más me daba. Además, estaban los sueños de Carol; yo creía en ella, pero no estaba tan seguro de sus sueños. ¿Qué eran los sueños? Yo no lo sabía. Luego vi al médico de Carol en la mesa de recepción, hablando con una enfermera. Me dirigí a él.
—Oh, señor Jennings —dijo—. Su mujer está perfectamente. Y el recién nacido es… es…
varón, tres kilos y medio.
—Gracias, doctor.

Subí en ascensor hasta la partición de cristal. Debía haber allí un centenar de niños llorando. Les oía a través del cristal. No paraba. Lo de los nacimientos. Y lo de la muerte. Cada uno tenía su turno. Entrábamos solos y solos salíamos. Y la mayoría vivíamos vidas solitarias, aterradas, incompletas. Cayó sobre mí una tristeza incomparable. Al ver toda aquella vida que debía morir. Al ver toda aquella vida que tendría el primer turno para el odio, la demencia, la neurosis, la estupidez, el miedo, el asesinato, la nada… nada en la vida y nada en la muerte.

Dije mi nombre a la enfermera. Entró en la parte encristalada y buscó a nuestro hijo. A1 pasármelo, la enfermera sonrió. Era una sonrisa de lo más compasiva. Tenía que serlo. Miré aquel niño… imposible, médicamente imposible: era un tigre, un oso, una serpiente y un ser humano. Era un alce, un coyote, un lince y un ser humano. No lloraba. Sus ojos me miraron y me conocieron, lo supe. Era insoportable, Hombre y Superhombre, Superhombre y Superbestia. Era totalmente imposible y me miraba, a mí, al Padre, uno de los padres, uno de los muchos, muchísimos padres… Y el borde del sol agarró al hospital y todo el hospital empezó a temblar, los niños lloraban, las luces se apagaban y se encendían, un fogonazo púrpura cruzó el cristal de separación frente a mí. Chillaron las enfermeras. Tres barras de fluorescentes cayeron de sus soportes sobre los niños. Y la enfermera seguía allí sosteniendo a mi hijo y sonriendo mientras caía la primera bomba de hidrógeno sobre la ciudad de San Francisco.

La manta Charles Bukowski Texto Completo

He estado durmiendo mal últimamente, pero no se trata concretamente de eso. Es cuando parece que voy a dormir cuando pasa. Digo «parece que voy a dormir» porque es justo eso. Ultimamente, cada vez más, parezco estar dormido, tengo la sensación de que estoy durmiendo, y sueño, sin embargo, en mi sueño con mi habitación, sueño que estoy dormido y que todo está exactamente donde lo dejé al acostarme. El periódico en el suelo, una botella de cerveza vacía en una silla, mi carpa dorada dando lentas vueltas en el fondo de su pecera, todas las cosas íntimas que son tan parte de mí como mi pelo, Y, muchas veces, cuando NO estoy dormido, pero estoy en la cama, mirando las paredes, adormilado, esperando dormir, suelo preguntarme: ¿aún estoy despierto o estoy dormido ya y sueño con mi habitación?

Las cosas han ido mal últimamente. Muertes; caballos que corren mal; dolor de muelas; hemorragias, otras cosas inmencionables. Tengo a veces la sensación de que, bueno, de que las cosas no pueden ponerse ya peor. Y entonces pienso, en fin, aún tienes una habitación, no estás en la calle. Hubo tiempos en que no me importaban las calles. Ahora, no puedo soportarlas. Puedo soportar ya muy poco. Me han pinchado, acuchillado y sí, bombardeado incluso… tan a menudo, que sencillamente estoy harto; no puedo soportar todo esto.

Y ahí está el asunto. Cuando me acuesto y sueño que estoy en mi habitación o si está pasándome realmente y estoy despierto, no sé, en fin, empiezan a pasar cosas. Me doy cuenta de que la puerta del armario está un poquito abierta y estoy seguro de que no lo estaba hace un momento. Luego veo que la abertura de la puerta del tocador y el ventilador (ha hecho calor y tengo el ventilador en el suelo) se alinean apuntando en línea recta a mi cabeza. Con un súbito giro, me aparto bufando de la almohada, y digo «bufando» porque suelo maldecir bastante a «esos» o «eso» que intentan echarme. Ya te oigo decir, «este tío está loco», y en realidad quizás lo esté. Pero de todos modos no tengo la sensación de estarlo. Aunque sea un punto muy débil a mi favor, si lo es en realidad. Cuando estoy fuera, entre gente, me siento incómodo. Ellos hablan y tienen emociones en las que yo no participo. Y es, sin embargo, cuando estoy con ellos cuando más fuerte me siento. Y pienso esto: si ellos pueden existir apoyándose concretamente en esos fragmentos de cosas, yo también puedo existir, sin duda. Pero es cuando estoy solo y todas las comparaciones deben enfrentarse a una comparación de mí mismo frente a las paredes, a la respiración, a la historia, a mi fin, cuando empiezan a pasar cosas extrañas. Evidentemente soy un hombre débil. He probado a recurrir a la Biblia, a los filósofos, a los poetas, pero para mí, no sé por qué, ninguno ha dado en el blanco. Hablan de algo completamente distinto. Por eso dejé de leer hace ya mucho. Hallé una cierta ayuda en la bebida, en el juego y el sexo, en este sentido me he portado como cualquier hombre de la comunidad, la ciudad, la nación. Con la diferencia única de que a mí no me interesaba «triunfar». No quería familia, hogar, trabajo respetable, etc. Y así me veía yo: ni intelectual ni artista, sin las auxiliadoras raíces del hombre normal, colgando como algo etiquetado en medio y supongo, sí, que es el principio de la locura.

¡Y qué vulgar soy! Estiro la mano y me rasco el culo. Tengo hemorroides, almorranas. Es mejor que la relación sexual. Rasco hasta sangrar, hasta que el dolor me obliga a parar. Así hacen los monos. ¿No les has visto nunca en los zoos con los culos rojos y ensangrentados?

Pero déjame seguir. Aunque si te interesa lo raro te hablaré del asesinato. Esos Sueños de la Habitación, permíteme llamarles así, empezaron hace algunos años. Uno de los primeros fue en Filadelfia. Entonces tampoco trabajaba y quizás estuviese preocupado por el alquiler. Ya no bebía más que un poco de vino y algo de cerveza, y el sexo y el juego aún no habían caído sobre mí con plena fuerza. Aunque vivía con una dama de la calle por entonces me parecía muy extraño que ella quisiera más sexo o «amor», como decía cuando se trataba de mí, después de estar con dos o tres o más hombres aquel día y noche, y aunque yo tenía tanta cárcel y experiencia encima como cualquier Caballero de la Vida, daba una sensación rara
meterla allí dentro después de todo AQUELLO… y eso se volvía contra mí y lo pasaba muy
mal:—Querido —decía ella—, tienes que entender que yo te AMO. Con ellos no es nada. No
CONOCES a las mujeres. Una mujer puede dejarte entrar y tú creer que estás allí dentro y no
estarlo siquiera. Contigo es distinto.

Pero las palabras no ayudaban gran cosa. Sólo acercaban más las paredes. Y una noche, no sé si soñaba o no, me desperté y ella estaba en la cama conmigo (o soñé que despertaba) y miré alrededor y vi allí a todos aquellos hombrecillos, treinta o cuarenta, atándonos con alambres a la cama, una especie de alambre de plata, y daban vueltas y vueltas enrollándonos, por debajo de la cama, por encima, con el alambre. Mi chica debió sentir mi nerviosismo. Vi que tenía los ojos abiertos y que me miraba.

—¡Quieta! —dije—. ¡No te muevas! ¡Están intentando electrocutarnos!
—¿QUIEN ESTA INTENTANDO ELECTROCUTARNOS?
—¡Maldita sea! ¡QUIETA he dicho! ¡No te muevas!

Les dejé trabajar un rato más, fingiendo estar dormido. Luego, me alcé con todas mis fuerzas, rompiendo el alambre, sorprendiéndolos. Le largué un viaje a uno, pero no le di. No sé dónde se metieron, pero me libré de ellos.
—Acabo de salvarnos de la muerte —dije a mi chica.
—Bésame, querido —dijo ella.

En fin, volvamos al presente. Despierto por la mañana con estos cintazos en el cuerpo. Marcas azules. Hay una manta concreta a la que he estado vigilando. Creo que esta manta se aprieta a mí mientras duermo. A veces despierto y la tengo enrollada al cuello y apenas puedo respirar. Siempre es la misma manta. Pero he procurado ignorarla. Abro una cerveza, extiendo el programa de las carreras, miro por la ventana la lluvia e intento olvidar todo. Quiero sencillamente vivir tranquilo y sin problemas. Estoy cansado. No quiero imaginar ni inventar cosas.

Sin embargo esta noche volvió a molestarme la manta. Se mueve como una serpiente. Adopta diversas formas. No se está lisa y quieta encima de la cama. Y la noche anterior la tiré al suelo de una patada. Luego la vi moverse. Vi moverse esa manta muy rápido cuando fingí volver la cabeza. Me levanté y encendí todas las luces y cogí el periódico y me puse a leer. Lo leí todo, la bolsa, los últimos estilos de la moda, cómo cocinar una calabaza, cómo librarse de la yerba piojera; las cartas al director, las columnas políticas, ofertas de trabajo, esquelas, etc. Durante ese tiempo la manta no se mueve y bebo tres o cuatro botellas de cerveza, quizás más, y luego a veces es de día y entonces resulta fácil dormir.

La otra noche pasó. Bueno, empezó por la tarde. Como había dormido muy poco, me acosté por la tarde, a las cuatro, y cuando desperté, o soñé con mi habitación otra vez, estaba oscuro y tenía la manta enrollada al cuello, la manta había decidido que ¡Era EL momento! ¡Basta de disimulos! ¡Iba a por mí, y era más fuerte! O más bien yo parecía muy débil, como en un sueño, y me costó un trabajo inmenso impedirle que me cortara del todo el aire, pero seguía colgando a mi alrededor, aquella manta, dando rápidos y fuertes tirones, intentando cogerme descuidado. Empezó a llenárseme la frente de sudor. ¿Quién iba a creer una cosa así? ¿Quién podía creer aquello? Una manta que cobra vida e intenta matar a un hombre… Nada se cree hasta que pasa por PRIMERA vez… como la bomba atómica o que los rusos mandasen un hombre al espacio o que Dios descendiese a la tierra y luego le clavasen en una cruz aquellos a los que El creara. ¿Quién puede creer todas las cosas que pasan? ¿El último husmeo de fuego? ¿Los ocho o diez hombres y mujeres en una nave espacial, la Nueva Arca, camino de otro planeta a plantar la insípida semilla del hombre una vez más? ¿Habría hombre o mujer capaz de creer que aquella manta intentaba estrangularme? ¡Nadie, absolutamente nadie! Y, en cierto modo, esto empeoraba las cosas. Aunque, por supuesto, no me afectase gran cosa lo que las masas pensasen de mí, deseaba, en cierto modo, comprender a la manta. ¿Extraño? ¿Por qué pasaba aquello? Y, también extraño, había pensado a menudo en el suicidio, pero ahora que la manta quería ayudarme, luchaba contra ella.

Por fin, logré librarme de aquel chisme y tirarlo al suelo y encendí las luces. ¡Eso lo resolvería todo! ¡LUZ,  LUZ, LUZ!

Pero no, vi que aún se agitaba o se movía un centímetro o dos allí, bajo la luz. Me senté y la observé atentamente. Volvió a moverse. Treinta centímetros por io menos. Me levanté y empecé a vestirme. Apartándome de la manta y bordeándola para coger los zapatos, los calcetines, etc. Una vez vestido, no sabía qué hacer. La manta aún seguía allí. Quizás un paseo, el aire de la noche. Sí, charlaría con el chico de los periódicos de la esquina. Aunque esto ya no era posible tampoco. Todos los chicos de los periódicos del barrio eran intelectuales. Leían a G. B. Shaw y a O. Spengler y a Hegel. Y no eran chicos de los periódicos ya: tenían sesenta, ochenta o mil años. Mierda. Salí dando un portazo.

Luego, cuando llegué a las escaleras, algo me hizo volverme y mirar al descansillo. Acertaste: la manta me seguía, avanzaba serpentinamente, los pliegues y sombras de delante aparentaban cabeza, boca y ojos. Permite que te diga que en cuanto empiezas a admitir que un horror es un horror, al fin se hace MENOS horror. Por un momento pensé en mi manta como si fuese un buen perro que no quisiese estar solo sin mí y tenía que seguirme. Pero luego caí en la cuenta de que aquel perro, aquella manta, había salido a matarme, y entonces, a toda prisa, bajé las escaleras.
¡Sí, sí, vino tras de mí! Se movía con la rapidez que quería bajando las escaleras. Sin
ruido. Decidida.

Yo vivía en el tercer piso. Me siguió escaleras abajo. Hasta el segundo. Hasta el primero. Mi primer pensamiento fue salir corriendo fuera, pero fuera estaba muy oscuro. Es un barrio tranquilo y solitario, lejos de las grandes avenidas. Lo mejor era acercarse a la gente para cerciorarse de la realidad de los hechos. Son necesario como MINIMO 2 votos para hacer real la realidad. Los artistas que han trabajado años por delante de su época, han descubierto eso, y los casos de demencia y de supuesta alucinación lo han puesto también al descubierto. Si eres el único que ves una visión, te llaman santo o loco.
Llamé a la puerta del apartamento 102. Salió a abrir la mujer de Mick.
—Hola, Hank —dijo—. Pasa.

Mick estaba en la cama, todo hinchado, los tobillos de tamaño doble, con más vientre que una mujer embarazada. Había sido un gran bebedor y había fallado el hígado. Estaba lleno de agua. Esperaba que quedase una cama libre en el hospital de veteranos.
—Hola, Hank —dijo—. ¿Trajiste un poco de cerveza?
—Vamos, Mick —dijo su vieja—, ya sabes lo que dijo el doctor: se acabó, ni siquiera

cerveza.
—¿Para qué es esa manta, Hank? —preguntó él.
Miré. La manta había saltado hasta mi brazo .para poder entrar inadvertida.
—Bueno —dije—, es que tengo muchas. Pensé que podría serviros.
La eché sobre el sofá.
—¿No trajiste cerveza?
—No, Mick.
—Una cerveza seguro que podría aguantarla.
—Mick —dijo su vieja.
—Bueno, es que resulta muy duro cortar en seco después de tantos años.
—Bueno, quizás una —dijo su vieja—. Bajaré a la tienda.
—No te molestes —dije—, traigo yo unas cuantas de la nevera.
Me levanté y fui hacia la puerta, vigilando la manta. No se movió. Estaba allí posada,

mirándome desde el sofá.
—En seguida vuelvo —dije, y cerré la puerta.
Creo, pensé, que es cosa mental. Llevé la manta conmigo e imaginé que me seguía. Tengo que relacionarme más con la gente. Mi mundo es demasiado limitado.
Subí a casa y metí tres o cuatro botellas de cerveza en una bolsa de papel y luego empecé
a bajar. Cuando iba por el segundo piso oí un grito, un taco y luego un tiro. Bajé corriendo las otras escaleras y me lancé hacia el 102. Mick estaba allí de pie todo hinchado con una magnum del 32 de cuyo cañón salía un hilillo de humo. La manta seguía en el sofá, donde yo la había dejado.
—¡Mick, estás loco! —le decía su vieja.

—Es cierto ——dijo él—. En cuanto entraste en la cocina, esa manta, que muerto me caiga ahora mismo si no es cierto, esa manta saltó hacia la puerta. Intentaba girar el manubrio, para salir, pero no podía. En cuanto me recuperé de la primera sorpresa, salí de la cama y fui hacia ella, y cuando me acercaba, saltó del pomo, saltó a mi cuello e intentó estrangularme.

—Mick ha estado enfermo —dijo su vieja—. Ha estado poniéndose inyecciones. Ve cosas. Solía ver cosas cuando bebía. En cuanto le ingresen en el hospital se pondrá perfectamente.

—¡Maldita sea! —gritó él plantado allí todo hinchado con su pijama—. Te aseguro que ese chisme intentó matarme, y suerte que la vieja magnum estuviese cargada y que pudiese correr al aparador y sacarla y atizarle cuando intentó atacarme otra vez. Se escurrió. Volvió otra vez ‘al sofá y allí está. Puedes ver el agujero donde le metí la bala. ¡No son imaginaciones mías!
Llamaron a la puerta. Era el encargado.
—Hacen ustedes demasiado ruido —dijo—. Nada de televisión ni radio ni ruidos fuertes
después de las diez —dijo.
Luego se fue.
Me acerqué a la manta. Tenía un agujero, desde luego. Pamcía muy quieta. ¿Cuáles son los, puntos vitales de una manta viva?
—Jesús, vamos a tomar una cerveza —dijo Mick—. Me da igual morirme que no.
Su vieja abrió tres botellas y Mick y yo encendimos un par de Pall Malls.
—Oye, amigo —dijo—, cuando te vayas llévate la manta.
—Yo no la necesito, Mick —dije—. Quédatela tú.
Bebió un gran trago de cerveza.
—¡Sácame ese maldito chisme de aquí!
—Bueno, ya está MUERTA, ¿no? —le dije.
—¿Cómo diablos voy a saberlo?
—¿Quieres decirme que te crees ese absurdo de la manta, Hank?
—Sí, señora, lo creo.
Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Vaya un par de chiflados, nunca vi cosa igual —luego añadió—: Tú también bebes,
¿verdad Hank?
—Sí señora. _

—¿Mucho?
—A veces.
—¡Yo lo único que digo es que te lleves esa condenada manta de aquí!
Bebí un buen trago de cerveza y deseé que fuese vodka.
—De acuerdo, camarada —dije—, si no quieres la manta, me la llevaré.
La doblé y me la eché al brazo.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Hank, y gracias por la cerveza.
Subí la escalera y la manta seguía muy quieta. Quizás la bala la hubiese liquidado. Entré en casa y la eché en una silla. Luego estuve sentado un rato, mirándola.

Luego se me ocurrió una idea: cogí la panera y puse encima un periódico. Luego cogí un cuchillo. Puse la panera en el suelo. Luego me senté en la silla. Me puse la manta sobre las piernas: Y agarré el cuchillo. Pero costaba trabajo apuñalar aquella manta. Seguí allí, sentado en la silla, el viento de la noche de la podrida ciudad de Los Angeles entraba soplándome en la nuca, y qué trabajo me costaba clavar aquel cuchillo. ¿Qué sabía yo? Quizás aquella manta fuese alguna mujer que me había amado, y buscaba un medio de volver a mí a través de la manta. Pensé en dos mujeres. Luego, pensé en una. Luego me levanté y entré en la cocina y
abrí la botella de vodka. El médico me había dicho que una gota más de licor y estaba listo. Pero llevaba tiempo practicando. Un dedalito una noche. Dos la siguiente, etc. Esta vez me serví un vaso lleno. No era el morir lo que importaba, era la tristeza, el asombro, las pocas personas buenas que hay llorando en la noche. Las pocas personas buenas. Quizás la manta hubiese sido aquella mujer e intentase matarme para llevarme a la muerte con ella, o intentase amar como una manta y no supiese cómo… o intentase matar a Mick porque la había molestado cuando intentaba seguirme por la puerta… ¿Locura? Seguro. ¿Qué no es locura? ¿No es una locura la vida? Todos estamos atados como muñecos… unos cuantos vientos de primavera, y se acabó, y ya está… y damos vueltas por ahí y suponemos cosas, hacemos planes, elegimos gobernadores. Segamos el césped… Locura, sin duda, ¿qué NO ES locura?

Bebí el vaso de vodka de un trago y encendí un cigarrillo. Luego alcé la manta por última vez y ¡CORTE! Corté y corté y corté, corté aquel chisme en trozos— pequeñísimos… y metí los trozos en el balde y luego lo puse junto a la ventana y puse en marcha el ventilador para soplar el humo, y mientras la llama se alzaba, entré en la cocina y me serví otro vodka.

Cuando salí estaba poniéndose rojo y bien, como cualquier bruja del viejo Boston, como cualquier Hiroshima, como cualquier amor, como cualquier amor, cualquiera, y yo no me sentí bien, no me sentí nada bien. Bebí el segundo vaso de vodka y apenas lo noté. Entré en la cocina a por otro, el cuchillo en la mano. Tiré el cuchillo en la fregadera y desenrosqué el tapón de la botella. Volví a mirar el cuchillo que había echado en la fregadera. En su filo había una mancha clara de sangre. Me miré las manos. Las revisé buscando cortes. Las manos de Cristo eran hermosas manos. Miré mis manos. No había ningún corte. No había ni un arañazo. Ni un rasguño.
Sentí rodar las lágrimas, arrastrarse como cosas pesadas. e insensibles, sin piernas. Estaba loco. Tenía que estar loco sin duda.

El gran juego de la yerba Charles Bukowski Texto Completo

La otra noche estaba en una reunión, cosa que suele resultarme desagradable. soy ante todo un solitario, un viejo curda que prefiere beber solo, con algo de Mahler o Stravinsky en la radio quizás. pero allí estaba yo con las masas chifladas. no daré la razón, porque ésa es otra historia, puede que más larga, quizás más confusa, pero allí de pie, solo, tomando mi vino, oyendo a los Doors o los Beatles o los Airplane mezclados con todo el rumor de las voces, comprendí que necesitaba un cigarrillo. estaba desconectado. suelo estarlo. así que vi a dos de esos jóvenes cerca, braceando y moviéndose. cuerpos sueltos, cuellos doblados, dedos de las manos sueltos… en resumen, como goma, girones de goma que se estiraban y se encogían y se fragmentaban.

me acerqué.
—eh, ¿tenéis alguno de vosotros un cigarro?
esto realmente puso a saltar la goma. me quedé allí mirando y ellos volvieron a bracear y a agitarse.
—¡nosotros no fumamos, hombre! pero HOMBRE, nosotros no… fumamos. cigarrillos.
—que no hombre, nosotros no fumamos, eso es, no, hombre. flop flop flip flap. goma.
—¡nosotros vamos a M-a-li-buuuú, hombre! ¡sí, nosotros vamos a Malll-i-buuú! ¡que sí, a

M-a-li-buuuuú!
—¡que sí, hombre!
—¡que sí, hombre! —¡que sí!

flip flap. o flop flop. no podían decirme sencillamente que no tenían un cigarrillo. tenían que soltarme su publicidad, su religión: los cigarrillos eran para novatos. ellos se iban a Malibú, a una cabaña y quemaban un poco de yerba. me recordaban, en cierto modo, a las viejas que venden en una esquina «La Atalaya» de los testigos de Jehová. toda, la tropa del LSD, el LST, la marihuana, la heroína, el ,hashish, el jarabe para la tos, sufre del prurito «Atalaya»: tienes que estar con nosotros, hombre, si no te quedas fuera, estás muerto. esta propaganda es una constante y similar OBLIGACION de todos los que le dan al asunto. no es raro que los detengan: no pueden usarlo tranquilamente para su placer; tienen que DEMOSTRAR que están en el rollo. además, tienden a ligarlo con Arte, Sexo, el escenario Marginal. su Dios del Acido, Leary, les dice: «dejadlo todo. seguidme». luego, alquilan un local aquí en la ciudad y les cobran cinco dólares por cabeza por oírle hablar. luego llega Ginsberg al lado de Leary. luego Ginsberg proclama a Bob Dylan gran poeta. autopropaganda de los devoratitulares del orinal de la mierda. Norteamérica.

pero dejémoslo correr, porque eso también es otra historia. este asunto tiene muchos brazos y poca cabeza, tal como lo cuento, y tal como es. pero volvamos a los chicos «conectados», los fumetas. su idioma. qué pasada, tío. el rollo, etc., etc. he oído esas mismas frases (o como quiera que las llames) cuando tenía doce años, en 1932, oír las mismas cosas veinticinco años después no te inclina gran cosa a congeniar con el usuario, sobre todo cuando se considera hip. mucha de la palabrería proviene originariamente de los que usaban droga fuerte, de los de la cuchara y la aguja, y también de los chavales negros de las antiguas bandas de jazz. la terminología de los realmente «conectados» ha cambiado ya, pero los supuestos chicos hip, como los dos a quienes pedí el cigarrillo… ésos aún siguen hablando 1932.

y que la yerba cree arte, resulta dudoso, muy dudoso. De Quincy escribió algún material bueno, y «El comedor de opio» estaba lindamente escrito, aunque a ratos resultase bastante pesado. y es propio de la mayoría de los artistas probarlo casi todo. son aventureros, desesperados, suicidas. pero la yerba viene DESPUES, el Arte ya está allí, viene después de que el artista ya está allí. la yerba no produce el Arte: pero a menudo se convierte en el terreno de juego del artista consagrado, una especie de celebración del ser, esas fiestas de yerba,y también algún material cojonudo para el artista: gente cazada con los pantalones espirituales
bajados, o, si no bajados, mal abrochados.

allá por la década de 1830, las fiestas de yerba y las orgías sexuales de Gautier eran la comidilla de París. ese Gautier escribía poesía además, y se sabía también. ahora sus fiestas se recuerdan mejor.

pasemos a otro aspecto de este asunto: me fastidiaría que me enchironaran por uso y/o posesión de yerba. sería como acusarte de violación por husmear unas bragas en tendedero ajeno. la yerba, sencillamente, no vale tanto. gran parte del efecto lo causa un estado premental de fe en que uno va a subir. si pudiese introducirse un material con el mismo olor pero sin droga, la mayoría de los usuarios sentirían los mismos efectos: « ¡esto sí que pega, tío! ».

yo, por mi parte, puedo sacar más de un par de buenas latas de cerveza. no le doy a la yerba, no por la ley, sino porque me aburre y me hace muy poco efecto. pero aceptaré que los efectos del alcohol y de la mary son distintos. es posible pirarse con yerba y apenas darte cuenta; con el trago, sabes muy bien, en general, dónde estás. yo, soy de la vieja escuela: me gusta saber dónde estoy. pero si otro hombre quiere yerba o ácido o aguja, no tengo nada que objetar. es su camino y cualquier camino que sea mejor para él, es mejor para mí.

ya hay suficientes comentaristas sociales de baja potencia cerebral. ¿por qué habría de añadir yo mi bufido de alta potencia? todos hemos oído a esas viejas que dicen: « ¡oh, me parece sencillamente ESPANTOSO lo que hacen esos jóvenes consigo mismos, toda esa droga y esas cosas! ¡es terrible!». y luego miras a la vieja: sin ojos, sin dientes, sin cerebro, sin alma, sin culo, sin boca, sin color, sin flujo, sin humor, nada, sólo un palo, y te preguntas qué le habrán dado a ELLA su té y pastas y su iglesia y su casa en la esquina. y los viejos a veces se ponen muy violentos con lo que hacen algunos jóvenes: « ¡he trabajado como un ANIMAL toda mi vida, demonios!» (piensan que es una virtud, y sólo demuestra que el hombre es un imbécil rematado). «¡ésos lo quieren todo sin ESFUERZO! ¡se tumban a destrozarse el organismo con las drogas, dispuestos a darse la gran vida!» y entonces tú le miras:
amén.

únicamente tiene envidia. a él le han engañado. le han jodido sus mejores años. también a él le gustaría echar una cana al aire. si pudiese. pero ya no puede. así que ahora quiere que los demás sufran como él.

y en líneas generales, ése es el asunto. los fumetas arman demasiado alboroto con su jodida yerba y el público lo arma por el hecho de que ellos utilizan su jodida yerba. y la policía está ocupada y a los fumetas les detienen y gritan crucifixión, y el alcohol es legal hasta que te emborrachas demasiado y te cazan en la calle y entonces a la trena. dale algo al género humano y lo rasparán y lo arañarán y lo machacarán. si legalizas la yerba, los Estados Unidos serán un poco más cómodos, pero no mucho más. mientras estén ahí los tribunales y las cárceles y los abogados y las leyes, habrá acusados.

pedirles que legalicen la yerba es como pedirles que pongan un poco de mantequilla en las esposas antes de ponérnoslas, otra cosa es lo que te hace daño… por eso necesitas yerba, o whisky, o látigos y trajes de goma, o música aullante tan jodidamente alta que no puedas pensar. o manicomios, o coños mecánicos o ciento sesenta y dos partidos de béisbol por temporada. o Vietnam o Israel o el miedo a las arañas. tu amante se lava la amarillenta dentadura postiza en el lavabo antes de que te la jodas. hay soluciones básicas y hay triquiñuelas. aún seguimos jugando con triquiñuelas porque aún no somos lo bastante hombres ni lo bastante reales para decir lo que necesitamos. durante unos siglos creímos que podría ser el cristianismo. después de arrojar a los cristianos a los leones, les dejamos que nos arrojaran ellos a los perros. descubrimos que el comunismo podría ser un poco mejor para el estómago del hombre medio, pero que hacía poco por su alma. ahora jugamos con drogas, pensando que abrirán puertas. el Oriente conoce ese asunto desde mucho antes que la pólvora. descubren que sufren menos, que mueren más. yerba o no yerba. ¡nosotros nos vamos a Malibú, hombre! ¡qué sí, que nos vamos a Malll-i-buuuuú!
perdonad un momento, que líe un poco de Bull Durham. ¿una calada?.

Caballo Florido Charles Bukowski

Me pasé la noche sin dormir, con John el Barbas. hablamos de Creeley, él a favor, yo en contra, y yo estaba borracho cuando llegué y llevaba cerveza conmigo. hablamos de muchas cosas, de mí, de él, simple conversación general, y pasó la noche. hacia las seis, me metí en el coche, arrancó y bajé de las colinas hasta Sunset. conseguí entrar en casa, busqué otra cerveza, la bebí, conseguí desvestirme, me acosté. desperté al mediodía, malo, salté de la cama, me enfundé la ropa, me limpié los dientes, me peiné. contemplé un rostro balanceante en el espejo, me volví de prisa, giraron las paredes, salí por la puerta y logré entrar en el coche, puse rumbo sur hacia Hollywood Park. lo de siempre.

aposté diez al favorito, 8 por 5, y me volví para salir y ver la carrera. un chaval alto de traje oscuro corrió hacia la ventanilla intentando apostar en el último minuto. el cabrón debía medir más de dos metros. intenté zafarme pero me arreó con el hombro en plena cara. casi me noquea. me volví: «cabrón hijoputa, ¡TEN CUIDADO!», grité. El estaba tan obsesionado con su apuesta que no me oyó siquiera. subí la rampa y vi entrar el 8 por 5. luego salí del club y entré en la parte de la tribuna principal y cogí una taza de café caliente, sin leche. toda la pista parecía un ondulamiento psicodélico. 5,60 veces 5. 18 pavos de beneficio, primera carrera. no quería estar en la pista. no quería estar en ningún sitio. hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que ni tiempo tiene de vivirla. volví al club, acabé el café, me senté para no desmayarme. malo, malísimo. cuando me quedaba un minuto, volví a la cola. un tipejo japonés se volvió, y me dijo nariz con nariz: «¿a quién prefiere?», ni siquiera tenía programa. intentaba atisbar en el mío. los hay que son capaces de apostar diez o veinte pavos en una carrera y luego son tan tacaños que no compran un programa de cuarenta centavos que contiene además el historial de los caballos. «no me gusta ninguno». le dije, con un bufido. así me libré de él. se volvió a intentar leer el programa del que tenía delante en la cola. atisbaba por el costado del tipo, por encima del hombro. hice mi apuesta y salí a ver la carrera, Jerry Perkins corría como el jamelgo de catorce años que era, Charley Short parecía como dormido en la bici. quizás hubiese estado también despierto toda la noche. con el caballo. ganó Night Freight, 18 por 1, yo rompí los boletos. el día antes había ganado un 15 por 1 y luego un 60 por 1. querían empujarme al precipicio. tenía ropa y zapatos de espantapájaros. un jugador puede gastar en todo menos en ropa: el trago vale, comida, jodienda, pero ropa no. Mientras no estés desnudo y tengas tu verde, te dejan apostar.

la gente miraba a una tía de minifalda cortísima. ¡pero CORTA de veras! y era joven y con clase. comprobé. demasiado. una dormida’ me costaría cien. decía que trabajaba de camarera en un sitio. yo volví al mío con mi ropa andrajosa y ella se fue a la barra y se pagó su propia bebida.
tomé otro café.

le había dicho a John el Barbas la noche anterior que el Hombre suele pagar cien veces más por un polvo de lo que vale, de todos modos. yo no. los demás sí. la de la minifalda valía unos ocho dólares. sólo me aumentaba unas trece veces su valor. buena chica.

me puse a la cola para la apuesta siguiente. con el tablero a cero. la carrera estaba a punto de terminar. el chico gordo que había delante de mí parecía dormido. no parecía que quisiese apostar. «vamos, apueste y muévase», dije. parecía atascado en la ventanilla. se volvió lentamente y le eché a un lado, metiéndole el codo, le saqué de la ventanilla. si me decía algo, le pensaba atizar. la resaca me había puesto nervioso. aposté veinte ganador a Scottish Dream, un buen caballo, aunque temía que Craine no lo montara bien. no le había visto una buena carrera. así que, en fin… se lo merecía. salieron y un 18 por 1 le pasó en la recta final. quedó el segundo. el precipicio estaba cada vez más cerca. miré a la gente. ¿qué hacían ellos allí? ¿por qué no estaban trabajando? ¿cómo hacían? había unos cuantos ricos en el bar. ellos no estaban preocupados, pero tenían esa mirada mortecina especial del rico que llega cuando el espíritu de

lucha se esfuma de ellos y no queda nada que lo sustituya… ningún interés, sólo ser ricos. pobres diablos. sí. ja, jajajá, ja. no bebía más que agua. estaba seco, seco. enfermo y seco. y descolgado. para el arrastre. acorralado otra vez. qué deporte aburrido. se acercó a mí un hispano bien vestido que olía a asesinato e incesto. olía como una tubería de cloaca atascada. —dame un dólar —dijo. —vete a la mierda —dije yo, muy tranquilo. se volvió y se acercó al siguiente. —dame un dólar —dijo. tuvo su respuesta. se había topado con un duro de Nueva York. —dame tú diez, pijotero —le dijo el duro. paseaba por allí otra gente, timados por el Dream. quebrados, furiosos, angustiados. machacados, mutilados, engañados, cazados, estafados, atrapados. jodidos. volverían a por más si consiguieran algo de dinero. ¿yo? yo iba a empezar a robar carteras o a hacerme macarra, algo así. la carrera siguiente no fue mejor. llegué otra vez segundo, Jean Daily me fastidió con Peper Tone. empecé a convencerme de que todos mis años de experiencia en las carreras (tantas horas nocturnas de estudio) eran pura ilusión. demonios, eran sólo animales y tú los soltabas y pasaba algo. habría estado mejor en mi casa oyendo algo muy cursi (Carmen en inglés) y esperando a que el casero me echara a patadas. en la quinta carrera volví a quedar segundo con Bobbijack, me ganó Stormy Scott N. la elección obvia era Stormy, sobre todo porque tenía el mejor jinete, Farrington, y había cerrado con once cuerpos en su última carrera. segundo otra vez en la sexta. con Shotgun, un 1 buen precio a 8 por 1. y se fueron con él, Peper Streak le ganó. rompí el boleto de diez dólares. quedé el tercero en la séptima y fueron 50 dólares. En la octava tenía que elegir entre Creedy Cash y Red Wave. me quedé al final con Red Wave, y naturalmente, ganó Creedy Cash a 8 por 5, con O’Brien. lo que no fue ninguna sorpresa… Creedy había ganado ya 10 de 19 aquel año. se me había ido la mano con Red Wave y ya eran 90 pavos. fui a los urinarios a echar una meada, allí estaban todos dando vueltas, dispuestos a matar, a robar carteras. una multitud remota y maltratada. pronto saldrían, terminado ya todo. vaya vida… familias rotas, trabajos perdidos, negocios perdidos. locura. pero pagaba impuestos al buen estado de California, amigo. un siete u ocho por ciento de cada dólar. parte de eso construía carreteras. pagaba policías para amenazarte. construía manicomios. alimentaba y pagaba al gobierno. un tiro más. aposté por un jaco de once años, Fitment, un caballo que la había armado en su última carrera, terminó a trece cuerpos contra seis mil quinientos apostadores, y que corría ahora contra un par de doce mil quinientos y un ocho mil. había que estar loco, y además aceptando sólo 9 por 2. aposté diez ganador a Urrall, a 6 por 1, como apuesta de compensación y aposté cuarenta ganador a Fitment. Eso me hundía ciento cuarenta pavos en el agujero. cuarenta y siete años y aún correteando por el País de las Hadas. atrapado como el palurdo más imbécil. salí a ver la carrera. Fitment iba a dos largos al doblar la primera curva, pero corría bien. no te hundas, queridito, no te hundas. al menos concédeme una carrerita, sólo una. para qué quieren los dioses cagar siempre sobre el mismo individuo: yo. que todos tengan su oportunidad. es bueno para su resistencia. estaba oscureciendo y los caballos corrían entre la nieve. Fitment se lanzó a la cabeza al enfilar la pista opuesta a la recta final. hacía una carrera tranquila. pero Meadow Hutch, el favorito 8 por 5 dio la vuelta y se colocó delante de Fitment. corrieron así por la primera curva y luego Fitment avanzó, alcanzó a Meadow Hutch, lo igualó y lo dejó atrás. bien, hemos liquidado al favorito 8 por 5, ahora sólo quedan otros ocho caballos. mierda, mierda, no le dejarán, pensé. saldrá alguno del grupo. un alivio. los dioses no me lo concederán. volvería a mi habitación y me tumbaría en la oscuridad con las luces apagadas, mirando al techo, preguntándome qué significaba todo aquello. Fitment estaba a dos cuerpos en la recta final y yo esperaba. parecía una recta muy larga. Dios mío, ¡qué larga ERA! ¡qué LARGA!

no podrá ser. no puedo soportarlo. qué oscuro está.
ciento cuarenta pavos menos. enfermo. viejo. imbécil. desgraciado. verrugas en el alma.
las jóvenes duermen con gigantes de inteligencia y cuerpo. las chicas se ríen de mí cuando
voy por la calle.
Fitment. Fitment.
mantenía los dos cuerpos. seguía. quedaron a dos cuerpos y medio. nadie se acercó más.
maravilloso. una sinfonía. sonreía hasta la niebla. le vi llegar a la meta y luego me acerqué y bebí un poco más de agua. cuando volví habían puesto el precio: 11,80 dólares por 2. había ganado 40. saqué la pluma y calculé. ingreso: 236 dólares, menos mis 140. un beneficio de 96. Fitment. amor. niño. amor. caballo florido.
la cola de los diez dólares era larga. fui a los lavabos, me chapucé la cara. había
recuperado el ritmo otra vez. salí y busqué los boletos.
¡sólo encontraba TRES boletos de Fitment! ¡había. perdido uno en algún sitio!

¡aficionado! ¡imbécil! ¡majadero! me sentía enfermo. un boleto de diez pavos valía cincuenta y nueve dólares. volví sobre mis pasos. recogiendo boletos. ninguno del número 4. alguien había cogido mi boleto.

me puse a la cola, buscando en la cartera. ¡pedazo de burro! luego, encontré el otro boleto. se había deslizado por detrás de una abertura de la cartera. era la primera vez que me pasaba. .cartera de mierda!
cobré mis 236 dólares. vi a Minifalda buscándome. ¡oh, no no no no NO! me largué en el
ascensor, compré un periódico, esquivé a los conductores del aparcamiento, llegué al coche.

encendí un puro. bueno, pensé, no hay por qué negarlo: simplemente un genio no puede perder. con esta idea encendí mi Plymouth del 57. conduje con gran cuidado y cortesía. Tarareé el concierto en D mayor para violín y orquesta de Pedro Ilych Tchaikovsky. había inventado un pasaje verbal que abarcaba el tema principal, la melodía principal: cuna vez más, volveremos a ser libres. oh, una vez más, volveremos a ser libres, libres otra vez, libres otra vez…».

salí entre los furiosos perdedores. los fracasados. lo único que les quedaba eran aquellos coches de seguro caro y aún sin pagar. se desafiaban y se arriesgaban a la mutilación y al asesinato, zumbando, acuchillando, sin ceder ni un centímetro, me desvié en Century. se me paró él coche justo en la salida, y bloqueé detrás a otros catorce. pisé en seguida el pedal, hice un guiño al policía de tráfico, luego le di a la puesta en marcha. engranó y salí, continué a través de la niebla. Los Ángeles no era, en realidad, mal sitio: allí un buen sinvergüenza siempre podía salir adelante.

“UN HOMBRE CELEBRE” DE CHARLES BUKOWSKI

Dos veces he tenido la gripe la gripe la gripe. y la puerta sigue sonando, y cada vez hay más gente, y cada persona o personas creen tener algo especial que ofrecerme, y ring ring ring la puerta, y siempre lo mismo, digo —¡UN MOMENTO! ¡UN MOMENTO! y me enfundo unos pantalones y les dejo pasar. pero estoy muy cansado, nunca puedo dormir lo suficiente, hace tres &as que no cago, exactamente, de veras, estoy volviéndome loco, y toda esta gente tiene una energía especial, tienen todos buen aspecto, yo soy un solitario pero no un cascarrabias, pero es siempre siempre… algo. pienso en el viejo proverbio alemán de mi madre, que dice más o menos: «emmr etvas!», que significa: siempre algo. lo cual el hombre nunca entiende del todo hasta que empieza a enloquecer. no es que la edad sea una —ventaja, pero trae a colación la misma escena una y otra vez como un manicomio de película. es un tipo duro de sucios pantalones, recién salido de la carretera, que cree profundamente en su obra, y no es mal escritor, pero me fastidia su seguridad en sí mismo y a él le fastidia el hecho de que no nos besemos y nos abracemos y nos toquemos el culo en medio de la habitación. está representando, es un actor, tiene que serlo. ha vivido más vidas que diez hombres. pero su energía, bella en cierto modo, acaba cansándome. me importa „n niio el panorama poético o que telefonease a Norman Mailer o conozca a Jimmy Baldwin, y el resto. y todo el restante resto. y veo que no me entiende del todo porque no excito del todo sus preponderancias. pero vale, de todos modos me agrada. se merece novecientos noventa y nueve de mil. pero ay mi alma alemana no descansará hasta alcanzar el mil. estoy muy tranquilo y escucho, pero por debajo hay un hervor inmenso de locura que hay que cuidar en último término o acabaré pegándome un tiro, algún día, en una habitación de ocho dólares por semana, en Avenida Vermont. sí, no hay duda, mierda, sí.

en fin, él habla y es agradable. me río.

—quince de los grandes. conseguí aquellos quince grandes. se muere mi tío. entonces ella quiere casarse. yo estoy gordo como un cerdo. ha estado alimentándome bien. ella gana trescientos semanales en la oficina del consejero general, una cosa muy buena, y de pronto se empeña en casarse, en dejar el trabajo. nos vamos a España. muy bien, yo estoy escribiendo una obra de teatro, se me ocurrió esa gran idea para un obra de teatro, la tengo perfilada, así que bien, bebo, me jodo a todas las putas, y luego, el tipo de Londres quiere ver mi obra, quiere representar mi obra, vale, así que me voy a Londres y, cojones, a la vuelta descubro que mi mujer ha estado jodiendo con el alcalde del pueblo y con mi mejor amigo. y la agarro y le digo: MALA PUTA, JODER CON MI MEJOR AMIGO Y CON EL ALCALDE. DEBIA MATARTE AHORA MISMO Y ASI SOLO ME ECHARIAN CINCO AÑOS, PORQUE ERES UNA ¡ADULTERA!

pasea por la habitación, arriba y abajo.
—y qué pasó entonces —pregunto.
—ella dijo: « ¡adelante, apuñálame, mamón».
—vaya par de huevos —le dije.
—sí —dijo él—. yo tenía aquel cuchillo grande en la mano y lo tiré al suelo. tenía
demasiada clase, más que yo. demasiada clase media alta.
muy bien. en fin, hijos de Dios todos: se fue.

volví a la cama. estaba sencillamente muriéndome. no le interesaba á nadie, ni siquiera a mí. otra vez los escalofríos. daba igual que me echara encima mantas. seguía teniendo frío. Y luego este pensamiento: todas las aventuras mentales de los seres humanos parecían falsas, parecían mierda, era como si nada más nacer te hubiesen metido en el caldero de los falsarios y si no entendías la falsedad o no jugabas del lado del falsario, estabas liquidado, del todo. los falsarios lo tenían todo bien cosido, lo tenían cosido desde siglos atrás, no podías reventar las costuras. él no quería romperlas tampoco, no quería conquistar, él sabía que Shakespeare escribía mal, que Creeley tenía miedo. daba igual. lo único que quería él era estar solo en un cuartito. solo.
le había dicho una vez a un amigo que en tiempos pensó que le entendía, le había dicho
una vez a su amigo: «nunca me sentí solo».

y dijo su amigo: «eres un mentiroso de mierda». así pues, volvió a la cama, enfermo, estuvo allí una hora, volvió a sonar el timbre. decidió ignorarlo. pero los timbrazos y el aporreo cobraron tal violencia que pensó que podría ser algo importante.
era un chaval judío. muy buen poeta. pero, ¡joder! —¿Hank?
—¿sí?

cruzó la puerta, el joven, lleno de energía, convencido del fraude—poético, de toda esa mierda: si un hombre es un buen ser humano y un buen buenísimo poeta, será recompensado en algún sitio de este lado de este lado del infierno. el chaval simplemente no sabía. la gran beca ya estaba dispuesta para los ya bastante cómodos y gordos para chupar y acechar y enseñar primer curso o segundo de inglés en las míseras universidades del mundo. todo estaba dispuesto para el fracaso. el alma jamás vencerá la mentira. sólo un siglo después de la muerte, y entonces utilizarán esa alma como fraude para defraudarte fraudulentamente. todo fallaba.

entró. el joven y rabínico estudiante. —joder, que horror —dijo.
—¿el qué? —pregunté.
—el viaje al aeropuerto. —s sí?

—Ginsberg se rompió las costillas en el coche. a Ferlinghetti, el más gilipollas de todos, no le pasó nada. se va a Europa, a dar esas lecturas de cinco a siete dólares la noche, y no se hizo ni un rasguño. yo vi una noche a Ferlinghetti en escena e intentó hacer callar a un tipo tan mal, con unos trucos que daba pena. le silbaron, al final, le calaron. Hirschman suelta también mucha mierda de ésa.
—a Hirschman le tiene enganchado Artaud, no lo olvides. cree que el que no hace locuras
no es un genio. hay que darle tiempo. quién sabe.
—oye —dice el chaval—, me diste treinta y cinco dólares por pasarte a máquina tu
próximo libro de poemas. pero son demasiados. ¡JESUS! ¡no creí que fuesen TANTOS!
—yo creía que había dejado de escribir poesía.

y cuando un judío menciona a jesús, es seguro que está en un lío. así que me dio tres dólares y yo le di diez, y entonces los dos nos sentimos mejor. se comió también media rebanada de mi pan francés y un pepinillo en vinagre. luego se fue.

volví al saco y me dispuse a morir y, en realidad, sean buenos o malos chicos, escriban o no sus versos, flexionen o no sus musculillos poéticos, cansa ya, tantos, tantos intentando triunfar, tantos odiándose entre sí, y algunos de los que están arriba, claro, no merecen estar allí, pero muchos de los que están arriba merecen estar allí, pero la cuestión es demoler, destrozar, arriba y abajo, «conocí a Jimmy en una fiesta…» .

bueno, me trago esa mierda. estamos en que él se volvió a acostar. y vio cómo las arañas tragaban las paredes. aquello era lo suyo, desde siempre. no podía soportar a la gente, a los poetas, a los no poetas, a los héroes, a los no héroes… no podía soportar a ninguno de ellos. estaba condenado. su único problema en la condena era aceptar su condena lo más agradablemente posible. él, yo, nosotros, vosotros…

volvió a la cama, pues, temblando, frío. muerte como lomo de pez, agua blanquecina de balbuceo. todo el mundo muere. de acuerdo, pero yo y otra persona no. magnífico. hay diversas fórmulas. diversos filósofos. qué cansado estoy.

muy bien. la gripe la gripe, muerte natural de rústica frustración y descuido, aquí estamos, al fin, tumbados solos en la cama, sudando, contemplando la cruz, volviéndome loco a mi propio modo personal, al menos tenía eso, en otros tiempos, cuando nadie me molestaba, ahora hay siempre alguien llamando a la puerta, y no gano ni quinientos dólares al año escribiendo y siguen llamando a mi puerta. quieren VERME. él; yo, se acostó de nuevo, enfermo, sudando, muriendo, muriendo realmente, que me dejen solo, por favor, me importa un carajo ser un genio o un imbécil, que me dejen dormir, que me dejen por lo menos un día, sólo ocho horas, el resto para ellos, y entonces suena el timbre otra vez. podía ser Ezra Pound con Ginsberg intentando chupársela… y él dijo: —un momento, un momento que me vista. y todas las luces estaban encendidas, fuera. como neón. o cosquilleantes pelos de prostituta. el tipo era profesor de inglés de no sé dónde. —¿Buk? —sí. es que estoy malo, de gripe. muy contagiosa. —¿querrás un árbol este año? —no sé. estoy hecho polvo. la chica está en la ciudad. y yo me encuentro muy mal, es contagioso. da un paso atrás y me ofrece un paquete de seis botellas de cerveza y luego abre su último libro de poesía, me lo dedica, se va, sé que el pobre diablo no sabe escribir, nunca sabrá, pero está enganchado en unos cuantos versos que escribió una vez en algún sitio y que jamás repetirá. y no hay competencia en ello. en el gran arte no hay competencia, nunca. el gran arte puede ser gobierno o niños o pintores o chupapollas, o cualquier cosa, cualquiera. dije adiós al tipo y a su paquete de cervezas y luego abrí su libro: «… pasó el año académico de 1966—67 con una beca Guggenheim estudiando e investigando en.. . »tiró el libro a un rincón, sabiendo que no sería bueno. todas las ayudas iban a los ya sobrados de ellas que tenían el tiempo necesario y sabían muy bien dónde conseguir un impreso para solicitar las jodidas becas. él nunca había visto una. no las ves si andas al volante de un taxi o de mozo de hotel en Albuquerque, joder. volvió a dormir. sonó el teléfono. seguían llamando a la puerta. así estaban las cosas. dejó de preocuparse. entre tantos sonidos y visiones, dejó de preocuparse. llevaba tres días o tres noches sin dormir, no tenía qué cenar, y todo ya parecía en calma. lo más próximo a la muerte que se pueda estar sin ser tonto. y siendo casi tonto. era magnífico. pronto se largarían. y en el Cristo de su pared alquilada, se hicieron fisurillas y él sonrió cuando aquel yeso de dos siglos cayó en su boca, lo aspiró y se murió de asfixia.

“UN MAL VIAJE” DE CHARLES BUKOWSKI

¿Nunca habéis pensado que el LSD y la televisión en color llegaron para nuestro consumo más o menos al mismo tiempo? nos llega toda esta pulsación explorativa de color y ¿qué hacemos? prohibimos una cosa y jodemos la otra. la televisión, desde luego, es inútil en las manos actuales; creo que no hay mucho que discutir al repecto. y leí que en un registro reciente se declaraba que un agente había recibido una rociada de ácido en la cara, arrojada por un supuesto fabricante de droga. alucinógena. esto es también un derroche. hay ciertas razones esenciales para prohibir el LSD, el DMT, el STP. puede hacer que un hombre pierda permanentemente el juicio. claro que lo mismo podría aplicarse a la recolección de remolacha, o al trabajo en cadena apretando tornillos en una fábrica de coches o a lavar platos o a enseñar primer curso de inglés en una de las universidades locales. si prohibiésemos todo lo que vuelve locos a los hombres, toda la estructura social se derrumbaría: el matrimonio, la guerra, las líneas de autobuses, los mataderos, la apicultura, la cirugía, todo lo que se te ocurra. cualquier cosa puede volver loco a un hombre, porque la sociedad se asienta en bases falsas. hasta que no lo derribemos todo y lo reconstruyamos, los manicomios seguirán descuidados. y los recortes que hace nuestro buen gobierno a los presupuestos de los manicomios los tomo como una sugerencia implícita de que a los enloquecidos por la sociedad no debe mantenerlos y curarlos esa sociedad misma, en este período de inflación y locura fiscal generalizadas. ese dinero sería mejor para hacer carreteras, o para rociarlo con mucha medida sobre los negros, y que no quemen y arrasen nuestras ciudades. y tengo una idea espléndida: ¿por qué no asesinar a los locos? piensa en el dinero que nos ahorraríamos. incluso un loco come demasiado y necesita un sitio para dormir, y los cabrones son tan repugnantes… chillan y embadurnan de mierda las paredes, y demás. bastaría con un pequeño cuadro médico que tome las decisiones y un par de enfermeras o enfermeros que tengan buena pinta y que mantengan a un nivel satisfactorio las actividades sexuales extralaborales de los psiquiatras.

en fin, volvamos, más o menos, al LSD. lo mismo que es cierto que cuanto menos recibes más arriesgas (pensemos en la recolección de remolacha) también es cierto que cuanto más recibes más arriesgas. cualquier complejidad exploratoria, pintar, escribir poesía, asaltar bancos, ser dictador, etc., te lleva a ese punto en que peligro y milagro son casi como hermanos siameses. raras veces conectas, pero mientras estás en movimiento, la vida es sumamente interesante. es bastante agradable acostarse con la mujer de otro, pero tú sabes que algún día te van a coger con el cula al aire. esto únicamente hace más placentero el acto. nuestros pecados se manufacturan en el cielo para crear nuestro propio infierno, cosa que evidentemente necesitamos. sé lo bastante bueno en cualquier cosa y te crearás tus propios enemigos. los campeones reciben abucheos. la multitud está deseando verles hundidos para arrastrarles a su propio cuenco de mierda. son pocos los idiotas que resultan asesinados; un ganador puede ser liquidado, con un rifle comprado por correo (eso dice la historia) o con su propio rifle en una ciudad pequeña como Ketchum. o como Adolfo y su puta cuando Berlín se desternilla en la última página de su historia.

el LSD puede machacarte también porque no es terreno adecuado para empleados leales. concedido, el mal ácido, como las malas putas, te puede liquidar. la ginebra casera, el licor de contrabando, también tuvo su día. la ley crea su propia enfermedad en mercados negros ponzoñosos. pero, en el fondo, la mayoría de los malos viajes se deben a que el individuo ha sido moldeado y envenenado previamente por la sociedad misma. si un hombre está preocupado por el alquiler, los plazos del coche, los horarios, una educación universitaria para su hijo, una cena de. doce dólares para su novia, la opinión del vecino, levantarse por la bandera o qué va a pasarle a Brenda Starr, una píldora de LSD probablemente le vuelva loco, porque, en cierto modo ya lo está y sólo soporta las mareas sociales por las rejas externas y los sordos martillos que le hacen insensible a cualquier pensamiento individualista. un viaje exige un hombre que aún no esté enjaulado, un hombre aún no jodido por el gran Miedo que hace funcionar toda la sociedad. por desgracia, la mayoría de los hombres sobrestiman su mérito y su dignidad como individuos esenciales y libres, y el error de la generación hippie es no confiar en nadie de más de 30. 30 no significa nada. la mayoría de los seres humanos quedan capturados y moldeados, por completo, a la edad de siete u ocho años. muchos de los jóvenes PARECEN libres pero esto no es más que una cuestión química del organismo y la energía y no algo real del espíritu. he encontrado hombres libres en los sitios más extraños y de TODAS las edades. (conserjes, ladrones de coches, lavacoches, y también algunas mujeres libres, la mayoría enfermeras o camareras, y de TODAS las edades). el alma libre es rara, pero la identificas cuando la ves: básicamente porque te sientes a gusto, muy a gusto, cuando estás con ellas o cerca de ellas.

un viaje de LSD te muestra cosas que no abarcan las reglas. te muestra cosas que no vienen en los libros de texto, y cosas por las que no puedes reclamar a los concejales del ayuntamiento. la yerba sólo hace más soportable la sociedad presente. el LSD es otra sociedad en sí mismo. si tienes tendencia social, puede que etiquetes el LSD como «droga alucinógena», lo cual es fácil medio de eliminar y olvidar el asunto. pero lo de alucinación, la definición de ella, depende del polo desde el que operes. todo lo que te está sucediendo en el momento en que lo está, constituye la realidad misma: ya sea una película, un sueño, una relación sexual, un asesinato, que te maten a ti o el tomarse un helado. las mentiras se imponen más tarde; lo que pasa, pasa. alucinación es sólo una palabra del diccionario y un zanco social.

cuando un hombre está muriendo, para él es muy real. para los demás, no es más que mala suerte o algo que hay que esquivar. la funeraria se cuida de todo. cuando el mundo empiece a admitir que TODAS las partes ajustan en el todo, entonces empezaremos a tener una oportunidad. todo lo que ve un hombre es real. no lo puso allí una fuerza externa, estaba allí antes de que naciera él. no le acuséis de que lo vea ahora, no le reprochéis volverse loco porque la educación y las fuerzas espirituales de la sociedad no fueron lo bastante sabias para decirle que la exploración nunca termina. no le digáis que debemos ser todos mierdecitas encajonadas en nuestro abecé y nada más. no es el LSD la causa del mal viaje: fue tu madre, tu presidente, la chiquita de la puerta de al lado, el heladero de las manos sucias, un curso de, álgebra o de español obligatorios, fue el hedor de una cagada de 1926, fue un hombre de nariz demasiado larga cuando te dijeron que las narices largas eran feas; fue un laxante, fue la brigada Abraham Lincoln, fueron los caramelos y las galletas, fue la cara de F. Delano Roosevelt, fueron las gotas de limón, fue el trabajar diez años en una fábrica y que te echaran por llegar un día cinco minutos tarde, fue aquel viejo idiota que te enseñó historia en sexto curso, fue aquel perro tuyo atropellado y el que nadie supiera trazarte el mapa luego, fue una lista de treinta páginas de largo y seis kilómetros de anchura.
¿un mal viaje? todo este país, todo este mundo, es un mal viaje, amigo. pero te meterán en
la cárcel por tomarte una píldora.

yo aún sigo con cerveza porque, en realidad, tengo ya cuarenta y siete años y ando muy enganchado. sería tonto del todo si me creyera libre de todas sus redes. creo que Jeffers lo expresó muy bien cuando dijo, más o menos, cuidado con las trampas, amigo, hay muchísimas, dicen que hasta Dios quedó atrapado en una cuando bajó a la tierra. por supuesto, ahora algunos no estamos tan seguros de que fuese dios, pero fuese quien fuese tenía trucos muy buenos, pero da la sensación de que habló demasiado. cualquiera puede hablar demasiado. hasta Leary. o yo.

ahora es un sábado frío. se hunde el sol. ¿qué hacer en el ocaso? si yo fuese Liza, me peinaría el pelo, pero no soy Liza. en fin, cojí este National Geograpbic viejo y las páginas brillan como si algo realmente estuviese pasando. no es así, por supuesto. a mi alrededor, en este edificio, hay borrachos. toda una colmena de borrachos de principio a fin. pasan las mujeres caminando ante mi ventana. emito, silbo, una palabra más bien cansada y suave como «mierda» y, luego, arranco esta cuartilla de la máquina. es vuestra.

“NOTAS SOBRE LA PESTE” DE CHARLES BUKOWSKI

Peste, s. (del latín pestis, plaga, peste; de donde pestilente, pestífero; la misma raíz que perdo, destruir [PERDICIÓN].) Una plaga, pestilencia o enfermedad epidémica y mortífera; toda cosa nociva, maligna o destructiva; persona destructiva y maligna.

la peste es, en cierto modo, un ser muy superior a nosotros: sabe dónde encontrarnos y cómo… normalmente en el baño o en plena relación sexual, o dormidos. Hace muy bien también lo de cazarte en el cagadero a media cagada. si ella está a la puerta, puedes gritar: « ¡por Dios, espera un momento, no fastidies, ahora mismo salgo!». pero el sonido de una dolorida voz humana no hace más que alentar a la peste: su llamada, su campanilleo, se hace más animado. la peste suele llamar y campanillear. has de dejarla entrar. y cuando se va (al fin), estás enfermo una semana. la peste no sólo te mea el alma… hace también magníficamente lo de dejarte su agua amarillenta en la tapa del water. deja apenas lo suficiente para que se vea; no sabes que está allí hasta que te sientas y es demasiado tarde.

a diferencia de ti, la peste tiene tiempo de sobra para fastidiarte. y todas sus ideas son contrarias a las tuyas, pero ella nunca lo sabe porque habla constantemente y aun cuando aproveches una oportunidad para discrepar, la peste no oye. la peste jamás ove tu voz, en realidad. sólo es para ella una vaga zona de ruptura, después prosigue su diálogo. y mientras la peste prosigue, te preguntas cómo es que siempre consigue meter sus sucios morros en tu alma. la peste tiene también muy clara conciencia de tus horas de sueño y te telefoneará una y otra vez cuando duermes y su primera pregunta será: «¿te desperté?» _. o irá a tu casa y estarán todas las persianas echadas, pero ella llamará y llamará salvaje, orgiásticamente. si no contestas, gritará: «¡sé que estás ahí! ¡he visto el coche fuera!».

esos destructores, aunque no tienen la menor idea de tu forma de pensar, perciben que les detestas, pero por otra parte esto no hace más que estimularles. comprenden también que eres un determinado tipo de persona: es decir, ante la disyuntiva de herir o ser herido, aceptarás lo último, y las pestes corren detrás de los mejores filetes de humanidad. saben dónde está la buena carne.
la peste siempre desborda vulgares y secas chorradas que considera sabiduría propia.
algunas de sus observaciones favoritas son:
—no es cierto eso de TODOS malos. dices que todos los policías son malos. pues bien, no
lo son. he conocido algunos buenos. existe el policía bueno.

no te concede posibilidad de explicarle que cuando un hombre se pone ese uniforme, es el protector pagado de las cosas del tiempo presente. está aquí para procurar que las cosas sigan como están. si te gusta como están las cosas, entonces todos los polis son polis buenos. si no te gusta cómo están las cosas, entonces todos los polis son malos. sí existe lo de TODOS malos. pero la peste está impregnada de estas hueras filosofías caseras y no las abandonará. la peste, incapaz de pensar, se aferra a la gente… hosca y definitivamente y para siempre.
no estamos informados de lo que pasa, no tenemos las soluciones auténticas. hemos de
confiar en nuestros gobernantes.
ésta es tan jodidamente estúpida que no quiero ni comentarla. en realidad, bien pensado,
no enumeraré más comentarios de la peste porque empiezo ya a ponerme malo.

en fin. pues bien, esta peste no necesita ser una persona que te conozca por el nombre o la dirección. la peste está en todas partes, siempre, dispuesta a lanzar su apestoso y envenenado rayo mortífero sobre ti. recuerdo una época concreta en la que tuve suerte con los caballos. estaba en Del Mar con coche nuevo. todas las noches después de las carreras elegía un motel nuevo, y después de una ducha y de cambiar de ropa, me metía en el coche y recorría la costa y buscaba un sitio bueno para comer. por un sitio bueno quiero decir un lugar en el que haya poca gente y den buena comida. parece una contradicción. quiero decir, si la comida es buena, habrá mucha gente. pero como muchas aparentes verdades, ésta no lo es necesariamente,a
veces la gente va en manadas a sitios donde dan absoluta basura. así que todas las noches hacía el peregrinaje buscando un sitio en que diesen bien de comer y que no estuviese lleno de chiflados. me llevaba tiempo. una noche tardé hora y media en localizar un sitio. aparqué el coche y entré. pedí una tajada de carne a la neoyorquina, patatas fritas, etc., y allí me quedé sentado tomando café y esperando que llegara mi comida. el comedor estaba vacío; la noche era maravillosa. luego, justo cuando llegó mi filete a la neoyorquina, se abrió la puerta y allá entró la peste. por supuesto, te lo suponías. había treinta y dos taburetes allí, pero TUVO QUE coger el que estaba a mi lado y empezar a charlar con la camarera mientras comía su donut. era un auténtico imbécil. el diálogo rasgaba las tripas. apestosas y necias memeces, el hedor de su alma bailoteaba en el aire destrozándolo todo. me metía justo suficiente codo en la bandeja. la peste hace muy bien lo de meter justo suficiente codo en la bandeja. tragué el filete Nueva York y luego salí y me emborraché tanto que perdí las tres primeras carreras del día siguiente.

la peste está en todo lugar en que trabajes, en todos los sitios en los que estás empleado. yo soy carne de peste. una vez trabajé en un sitio en que había uno que llevaba quince años sin hablar con nadie. cuando yo llevaba dos días allí, me soltó un rollo de más de media hora. estaba completamente loco. una frase era sobre un tema y la otra sobre otro sin relación alguna. lo que me parece muy bien, si no fuera que lo que decía era material rancio muerto soso y apestoso. le conservaban en su puesto porque era un buen obrero. «un buen trabajo por un buen jornal». hay por lo menos un loco en cada lugar de trabajo, una peste, y siempre me eligen a mí. «les gustas a todos los locos», es una frase que he oído en trabajo tras trabajo. no es alentadora. quizás las cosas mejoraran si todos comprendiéramos que quizás hayamos sido pestes para alguien una u otra vez, aunque no lo supiéramos. mierda, que horrible pensamiento, pero es muy probable que sea cierto y quizás nos ayude a soportar la peste. no hay, en realidad, un tipo cien por cien. todos poseemos locuras y taras diversas de las que nosotros no somos conscientes pero sí todos los demás. ¿cómo íbamos a quedarnos si no quietos en el corral? sin embargo, debemos admirar al hombre que toma medidas contra la peste. frente a la acción directa, la peste tiembla y pronto se aferra a otro sitio. conozco a un hombre, una especie de poeta—intelectual, del tipo animoso y lleno de vida, que tiene un gran letrero colgado en la puerta de casa. no lo recuerdo exactamente pero más o menos dice así (y lo dice en una maravillosa letra de molde):

a quien pueda interesar: telefonéame, por favor, para concertar una cita cuando quieras verme. no contestaré llamadas que no espere. necesito tiempo para mi trabafo. no permitiré que asesines mi trabafo. comprende, por favor, que lo que me mantiene vivo me hará más agradable contigo y para ti cuando por fin nos veamos en condiciones de tranquilidad y calma.

admiré aquel letrero. no lo consideré algo presuntuoso o una sobrevaloración egoísta. era un buen hombre en el buen sentido y tenía el valor y carácter necesarios para afirmar sus derechos naturales. vi el cartel por primera vez por casualidad, y después de mirarlo y de oírle a él dentro, volví a mi coche y me largué. el principio de la comprensión es el principio de todo y hora es de que algunos de nosotros empecemos. por ejemplo, nada tengo contra los love-ins2 siempre que NO SE ME OBLIGUE A ASISTIR. ni siquiera estoy contra el amor, pero hablábamos de la peste, ¿no es cierto?

incluso yo, que soy carne de peste selecta, incluso yo me enfrenté una vez a una peste. andaba, por entonces, trabajando doce horas de noche, Dios me perdone y Dios perdone a Dios, pero, aun así, aquella apestosísima peste no podía evitar telefonearme todas las mañanas hacia las nueve. me acostaba sobre las siete y media y, tras un par de botellas de cerveza, solía arreglármelas para dormir un poco. lo tenía todo minuciosamente cronometrado. y él me hacía siempre la misma vieja y vulgar jugada. sólo quería saber que me había despertado y oír mi

——————
2 Reunión de gente con el propósito de amar o tomar drogas o
contar y comer, o todo ello, con actitud fraternal y solidaria. (N.A.)
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voz destemplada contestarle. él tosía, maullaba, carraspeaba, escupía. «escucha», le dije por fin, «¿por qué demonios me despiertas siempre a las nueve? sabes que trabajo toda la noche. ¡tengo un turno de doce horas! ¿por qué diablos insistes en despertarme a las nueve? »
—creí —dijo— que pensabas ir a las carreras. quería cogerte antes de que salieras para el
hipódromo.

—escucha —dije—, la primera apuesta es a la una y cuarenta y cinco, además ¿cómo diablos piensas que voy a apostar en las carreras trabajando doce horas de noche? ¿cómo demonios crees que puedo trabajar tanto? tengo que dormir, cagar, bañarme, comer, joder, comprar cordones nuevos para los zapatos. toda esa mierda. ¿es que no tienes sentido de la realidad? ¿no te das cuenta de que cuando llego del trabajo me han estrujado totalmente? ¿no te das cuenta de que no queda nada? no podría llegar siquiera al hipódromo. no tengo fuerzas ni para rascarme el culo. ¿por qué diablos sigues telefoneándome a las nueve todas las mañanas?
su voz tembló de emoción como se dice…
—quería cogerte antes de que te fueras al hipódromo.

era inútil. colgué el aparato. luego, cogí una caja grande de cartón. y cogí el teléfono y lo metí en el fondo de aquella caja grande de cartón. y rellené la maldita caja sólidamente con trapos. lo hacía todas las mañanas cuando llegaba y sacaba el teléfono cuando me despertaba. así maté a la peste. vino a verme un día.

—¿cómo es que ya no contestas al teléfono? —me preguntó. —meto el teléfono en una caja de trapos cuando llego a casa. —¿pero no te das cuenta de que al meter el teléfono en una caja de trapos, simbólicamente estás metiéndome a mí en una caja de trapos?
le miré y dije, muy lenta y calmosamente:
—sí me doy cuenta.

nuestra relación nunca volvió a ser igual a partir de entonces. un amigo mío, un hombre mayor que yo, pero lleno de vida y no artista (gracias a Dios) me dijo: «McClintock me telefonea tres veces al día. ¿aún te llama a ti?
—no, ya no.

todos se ríen de los McClintocks, pero los McClintocks no se dan cuenta nunca de que son los McClintocks. es muy fácil distinguir a un McClintock: llevan todos una libretita de tapas negras llena de números de teléfono. si tienes teléfono, cuidado. la peste se apoderará de tu teléfono, asegurándote primero que no es conferencia (lo es) y luego empezará a descargar su interminable y venenosa perorata en el oído del desdichado oyente, esos tipos peste— McClintock son capaces de hablar horas, y aunque intentes no escuchar es imposible no hacerlo y sientes una especie de melancólica simpatía por el pobre individuo que está al otro agónico extremo del hilo.

quizás algún día se construya, reconstruya, el mundo, de modo que la peste, en virtud de la generosidad de sistemas claros y vida decente no sea ya la peste. existe la teoría de que crean la peste cosas que no deberían existir. mal gobierno, atmósfera viciada, relaciones sexuales jodidas, una madre con un brazo de madera, etc. nunca sabremos si llegará o no la sociedad utópica. pero de momento aún tenemos esas áreas jodidas de humanidad con las que hay que tratar: las hordas del hambre, los negros los blancos y los rojos, las bombas que duermen, los love—ins, los hippies, los no tan hippies, Johnson, las cucarachas de Albuquerque, la mala cerveza, la blenorragia, los editoriales apestosos, esto y lo otro y lo de más allá, y la Peste. la peste aún está aquí. yo vivo hoy, no mañana. mi utopía significa menos peste AHORA. y estoy seguro de que me gustaría oír tu historia. estoy seguro de que cada uno de nosotros soporta uno o dos McClintocks. puede que me hicieses reír con tus historias sobre el McClintockpeste.
¡ ¡ ¡ ¡Dios, lo queme recuerda ! ! ! !¡QUE NUNCA HE OIDO REIRSE A UN
MCCLINTOCK!
piénsalo.
piensa en todas las pestes que hayas conocido y pregúntate si se han reído alguna vez. ¿se
han reído?

Dios mío ,y ahora que lo pienso, no es que yo me ría gran cosa. no puedo reírme más que cuando estoy solo. ¿habré estado escribiendo sobre mí mismo? una peste apestada por pestes. piénsalo. toda una colonia de pestes retorciéndose y clavando colmillo y 69—ando. ¿¿69— ando?? encendamos un chester y olvidemos el asunto. hasta mañana. mañana te veo. metido en una caja de trapos y lindas tetitas de cobra.
hola. ¿no te desperté, verdad? no creo.

“OJOS COMO EL CIELO” DE CHARLES BUKOWSKI

Hace algún tiempo vino a verme Dorothy Healey. yo tenía resaca y barba de cinco días. se me había olvidado esto hasta que la otra noche, tomando tranquilamente una cerveza, me acordé de su nombre. se lo mencioné al joven que estaba frente a mí, que había venido a verme.

—¿por qué vino a verte? —preguntó él.
—no sé.
—¿y qué dijo?
—no recuerdo lo que dijo. lo único que recuerdo es que llevaba un lindo vestido azul y

que tenía los ojos de un maravilloso azul resplandeciente.
—¿no te acuerdas de lo que dijo?
—en absoluto.
—¿te la tiraste?

—claro que no. Dorothy tiene que vigilar mucho con quién se va a la cama. piensa en la mala publicidad si involuntariamente se acostase con un agente del FBI o con el dueño de una cadena de zapaterías. supongo que Jackie Kennedy debe seleccionar también cuidadosamente

sus ligues.
—claro. la Imagen. no creo que ella se acostase nunca con Paul Krassner.
—me gustaría estar allí si lo hiciera.
—¿sujetando las toallas?
—sujetando las piezas —dijo él.
y los ojos de Dorothy Healey tenían aquel maravilloso azul resplandeciente…

los tebeos hace ya mucho que se han hecho serios, y desde entonces son en realidad más cómicos que nunca. las historietas dibujadas han sustituido en cierto modo a los antiguos seriales radiofónicos. ambas cosas tienen en común el que tienden a proyectar una realidad sería, muy seria, y en eso radica su humor: su realidad es tan claramente artilugio de plástico de saldo que no puedes por menos de reírte un poco si no tienes demasiados problemas digestivos.

en el último número de Los Angeles Times (cuando escribo esto) tenemos una historia hippie—beatnik y su desenlace. ha aparecido el rebelde universitario, barbudo y con jersey de cuello alto, escapándose con la reina de la universidad, una rubia de larga melena y figura perfecta (casi me corro mirándola). lo que el rebelde de la universidad defiende es algo de lo que nunca podemos estar del todo seguros, salvo en unos cuantos discursitos que dicen muy poco. de cualquier modo, no te aburriré con el argumento de la historia. termina con el gran papi malo, corbata y traje caro y cabeza calva y nariz aguileña, haciéndole al barbudo un sermoncito de su cosecha, y ofreciéndole luego un trabajo en bandeja, para que pueda así tener como es debido a su cachonda hija. el hippie—beatnik se niega al principio y desaparece de la página y el papi y la hija están haciendo el equipaje para abandonarle, para dejarle allí en su propio fango idealista, cuando, de improviso, vuelve. « ¡Joe!… ¿qué has hecho?» dice la cachonda hija. y Joe entra SONRIENDO Y AFEITADO: «pensé que debías verle bien la cara a tu marido, querida… ¡antes de que fuese demasiado tarde! » . luego se vuelve a papá: «también pensé, señor Stevens, que una barba sería más un inconveniente que una ayuda… ¡PARA UN AGENTE INMOBILIARIO! » . «¿significa esto que ha recuperado usted por fin EL JUICIO, joven» pregunta papá. «significa que quiero pagar el precio que usted pone a su hija, caballero» (¡ay, el sexo, ay el amor, ay la JODIENDA!) «pero», continúa nuestro ex hippie, «aún pienso combatir la INJUSTICIA… ¡donde quiera que la encuentre!». bien, eso es magnífico, porque nuestro ex hippie va a encontrar mucha injusticia en el negocio inmobiliario. luego, en un aparte, papá nos dice: «vaya sorpresa que te vas a llevar, amigo…

¡cuando descubras que nosotros los viejos retrógrados queremos también un mundo mejor!
¡sólo que no somos partidarios de QUEMAR la casa para librarnos de las termitas!».

pero, viejos retrógrados, piensa uno inevitablemente. ¿qué demonios estáis haciendo? luego pasas al otro lado de la página, a APARTAMENTO 3-G, y allí hay un profesor universitario que analiza con una chica muy rica y muy bella el amor que ella siente por un joven médico pobre e idealista. este médico ha incurrido en arrebatos temperamentales muy desagradables: tiró el mantel, los platos y las tazas en el club nocturno, tiró por el aire los emparedados de huevo, y, si no recuerdo mal, zurró a un par de amigos. le enfurece que su hermosa y rica dama no haga más que ofrecerle dinero, pero pese a tanta furia ha aceptado un fantástico automóvil nuevo, un consultorio lujosamente decorado en la zona residencial y otros artículos. ay, si este médico fuese el vendedor de periódicos de la esquina, o el cartero, no recibiría nada de esto, y me gustaría verle entrar en un club nocturno y tirar cena y vino y tazas de café y cucharas y demás al suelo y luego volver y sentarse y no disculparse siquiera. desde luego, no me gustaría nada que ESE médico me operase de mis hemorroides crónicas.
así que cuando lees las historietas ríes ríes ríes, y sabes que es ahí en parte, donde estamos.

pasó ayer a verme un profesor de una universidad. no se parecía a Dorothy Healey, pero su mujer, una poetisa peruana, estaba la mar de buena. el objeto era que estaba cansado de las mismas inútiles reuniones de supuesta NUEVA POESIA. la poesía sigue siendo aún, dentro de las artes, el mayor reducto de fatuos pretenciosos, con grupillos de poetas luchando por el poder. supongo que el mayor fraude que se inventó fue el viejo grupo de Black Mountain. y a Creeley aún le temen dentro y fuera de las universidades (le temen y le reverencian) más que a ningún otro poeta. luego tenemos a los académicos que, como Creeley, escriben muy cuidadosamente. en suma, la poesía generalmente aceptada hoy, tiene una especie de cristal por fuera, suave y deslizante, y dentro sólo hay una articulación embutida palabra a palabra en una suma o agregado, en general inhumano y metálico, una especie de perspectiva semisecreta. es una poesía para millonarios y hombres gordos con tiempo libre por lo que recibe respaldo y sobrevive, porque el secreto es que los que están en el ajo lo están de veras y al diablo el resto. pero es una poesía torpe, muy torpe, tan torpe que la torpeza se toma por significado oculto… el significado está oculto, no hay duda, tan bien oculto que no hay ningún significado. pero si TU no puedes encontrarlo, careces de alma, de sensibilidad, etc., así que es MEJOR QUE LO DESCUBRAS O NO ESTAS EN EL AJO. y si no lo descubres, NO MOLESTES.

entretanto, cada dos o tres años, alguien de la academia, deseando conservar su puesto en la estructura universitaria (y si piensas que Vietnam es un infierno deberías ver lo que pasa entre esos supuestos cerebros en sus combates, intrigas y luchas por el poder dentro de sus propias cárceles) saca la misma vieja colección de poesía vidriosa e insulsa y la etiqueta LA NUEVA POESIA o LA NOVISIMA, pero sigue siendo la misma baraja marcada.

bueno, este profesor era un jugador evidentemente, dijo que estaba harto del juego y que quería sacar a la luz algo fuerte, una creatividad nueva. tenía ideas propias, pero luego me preguntó quién creía yo que estaba escribiendo la nueva poesía ACTUAL, qué muchachos eran y qué material. no pude contestarle, francamente. al principio mencioné algunos nombres: Steve Richmond, Doug Blazek, Al Purdy, Brown Miller, Harold Norse, etc., pero luego me di cuenta de que a la mayoría los conocía personalmente, y si no personalmente, por correspondencia. me dio un escalofrío. si los etiquetaba como grupo, sería otra vez una especie de BLACK MOUNTAIN… otra nueva capilla. así empieza la muerte. una especie de muerte personal gloriosa, pero de todos modos una mierda.

así que, rechacemos a ésos; rechacemos a los chicos de la vieja poesía—vidriosa, ¿qué nos queda? una obra de mucho vigor, la obra vivida y colorista de los jóvenes que empiezan ahora a escribir y a publicar en pequeñas revistas que sacan adelante otros jóvenes llenos también de fuerza y ánimo. para éstos, el sexo es algo nuevo y la vida también bastante nueva y también la guerra, y eso está muy bien, resulta refrescante. aún no están «atrapados». pero, por otra parte, escriben un buen verso y catorce malos. a veces, te hacen añorar hasta el cuidadoso chisporroteo y el catarro de un Creeley y suenan todos igual. y añoras a un Jeffers, un hombre

sentado detrás de una roca, tallando la sangre de su corazón entre paredes. dicen que no hay que confiar en el que pase de los treinta, y porcentualmente es una buena fórmula: la mayoría de los hombres se han vendido ya por entonces. así que, en realidad, ¿COMO VOY A CONFIAR YO EN UN HOMBRE DE MENOS DE TREINTA? lo más probable es que se venda.

bueno, quizás sea cuestión de épocas. tal como está la poesía (y esto incluye a un tal Charles Bukowski), sencillamente, en esta época, sencillamente no TENEMOS arietes, faltan los innovadores audaces, los hombres, los dioses, los grandes muchachos, que podrían levantarnos de la cama de un golpe o mantenernos en movimiento en el infernal pozo oscuro de fábricas y calles. los T. S. Eliot han desaparecido. Auden se ha parado; Pound está esperando la muerte; Jeffers dejó un hueco que jamás llenará ningún Love—In del Gran Cañón; hasta el viejo Frost tenía cierta grandeza de espíritu; Cummings no nos deja dormirnos; Spender, «este hombre es vida agonizando» ha dejado de escribir; a D. Thomas le mató el whisky norteamericano, la admiración norteamericana y la mujer norteamericana; hasta Sandburg, hace ya mucho tiempo escaso de talento, que entra en las aulas norteamericanas con su pelo blanco mal cortado, su mala guitarra y sus ojos vacíos, hasta Sandburg ha recibido la patada en el culo de la muerte.

admitámoslo: los gigantes han muerto y no han aparecido gigantes que los sustituyan. quizás sean los tiempos. quizás ahora les toque a Vietnam, a Africa, a los árabes. quizás la gente quiera más de lo que dicen los poetas. quizás la gente acabe siendo el último poeta… ojalá. Dios lo sabe, a mí no me gustan los poetas. no me gusta sentarme con ellos en la misma habitación. pero es difícil dar con lo que a uno le gusta. las calles parecen huecas. el hombre que me llena el depósito en la gasolinera de la esquina parece la más nefanda y odiosa de las bestias. y cuando veo fotos de mi presidente, o le oigo hablar, me parece una especie de gran payaso seboso, una criatura torpe y repugnante a la que se ha otorgado decisión sobre mi vida, mis posibilidades, y las de todos los demás. y yo no lo entiendo. y lo que pasa con nuestro presidente pasa con nuestra poesía. es casi como si le hubiésemos formado con nuestra falta de espíritu, y en consecuencia lo mereciéramos. Johnson está perfectamente a cubierto de las balas de un asesino, no por el aumento de las medidas de seguridad, sino porque produce poco placer o ninguno matar a un hombre muerto.

lo que vuelve a llevarnos al profesor y a su pregunta: ¿a quién incluir en un libro de poesía verdaderamente nueva? yo diría que a nadie. que es mejor olvidarse de tal libro. es casi imposible. si quieres leer un material decente, humano y fuerte, sin falsedades ni fingimientos, yo diría Al Purdy, el canadiense. pero, ¿qué es en realidad un canadiense? sólo alguien subido en la rama de un árbol, apenas allí, gritando hermosas canciones de fuego desde dentro de su vino casero. el tiempo, si lo tenemos, nos lo dirá, nos hablará de él.

así que, profesor, lo siento, pero no puedo ayudarle. quizás sea culpa de alguna rosa de mi ojal (¿ROSA TIERRA?) el que nos hayamos perdido, y eso incluye a los Creeley, a ti, a mí, a Johnson, a Dorothy Healey, a C. Clay, a Powell, al último disparo de Hem, a la gran tristeza de mi hija pequeña que corre por el piso hacia mí. todos sentimos cada vez más esta maldita pérdida de espíritu y de dirección. e intentamos avanzar más y más hacia algún mesías antes de la Catástrofe, pero ningún Ghandi, ningún PRIMER Castro se ha adelantado. sólo Dorothy Healey la de ojos como el cielo. y es una sucia comunista.

así que, veamos. Lowell rechazó la invitación de Johnson a una especie de fiesta al aire libre. esto estuvo bien. esto fue un principio. pero, por desgracia, Robert Lowell escribe bien. demasiado bien. está atrapado entre una especie de poesía tipo vidrio y una dura realidad, y no sabe qué hacer: por tanto, mezcla ambas y muere de ambos modos. a Lowell le gustaría muchísimo ser un ser humano. pero le castran sus propias concepciones poéticas. Ginsberg, mientras da gigantescos y extrovertidos saltos mortales ante nuestra vista, comprende el vacío e intenta llenarlo. al menos sabe lo que está mal… pero carece sencillamente de la capacidad artística necesaria para llenar ese vacío. así que, profesor, gracias por la visita. a mi puerta llama mucha gente extraña. demasiados extraños. no sé qué será de nosotros. necesitamos muchísima suerte. y últimamente la mía ha sido muy mala. y el sol está acercándose. y, la
Vida, tan fea como parece, quizá merezca vivirse tres o cuatro días más. ¿crees que lo conseguiremos?.

“YO MATE A UN HOMBRE EN RENO” DE CHARLES BUKOWSKI

Bukowski lloró cuando Judy Garland cantó en la Filarmónica de Nueva York, Bukowski lloró cuando Shirley Temple cantó «I got animal crackers in my soup»; Bukowski lloró en pensionzuchas baratas, Bukowski no sabe vestir, Bukowski no sabe hablar, a Bukowski le asustan las mujeres, Bukowski no aguanta nada bebiendo, Bukowski está lleno de miedo, y odia diccionarios, monjas, monedas, autobuses, iglesias, los bancos del parque, las arañas, las moscas, las pulgas, los freaks; Bukowski no fue a la guerra. Bukowski es viejo, Bukowski lleva cuarenta y cinco años sin soltar una cometa; si Bukowski fuese un mono, le expulsarían de la tribu…
tan preocupado está mi amigo por desgajar de mis huesos la carne de mi alma que apenas
parece pensar en su propia existencia.
—pero Bukowski vomita con mucha limpieza y nunca le he visto mear en el suelo.
así que después de todo, tengo mi encanto, comprendes. luego abre de golpe una

puertecilla y allí en un cuarto de uno por dos lleno de periódicos y trapos hay un espacio.
—siempre podrás instalarte aquí, Bukowski, estará siempre a tu disposición.
sin ventana, sin cama, pero estoy cerca del baño. aún parece bueno para mí.
—aunque quizás tengas que ponerte tapones en los oídos por la música que siempre tengo

puesta.
—me agenciaré un equipo, seguro.
volvimos otra vez a su cubil.
—¿quieres oír un poco a Lenny Bruce?
—no, gracias.
—¿Ginsberg?
—no, no.
en fin, tiene que mantener el magnetófono en marcha, o si no el tocadiscos. por fin, me
atacan con Johnny Cash cantando para los chicos de Folson.
—yo maté a un hombre en Reno sólo por ver como moría.

a mí me parece que Johnny está dándoles su ración de mierda lo mismo que sospecho que hace Bob Hope con los chicos que están en Vietnam por Navidades. soy tan desconfiado. los chicos gritan, aplauden, están fuera de sus celdas, pero me da la sensación de que es algo así como tirar huesos sin carne en vez de bizcochos a los hambrientos y los atrapados. no veo en ello nada santo ni valiente. sólo se puede hacer una cosa por los que están en la cárcel: dejarles

salir. sólo se puede hacer una cosa por los que están metidos en la guerra: parar la guerra.
—apágalo —pido.
—¿qué pasa?
—es puro cuento. el sueño de un publicitario.
—no puedes decir eso. Johnny ha estado en la cárcel.
—mucha gente ha estado.
—nos parece buena música.
—me gusta la voz. pero el único hombre que puede cantar en una cárcel, realmente, es un

hombre que esté realmente en la cárcel.
—de todos modos, nos gusta.
está allí su mujer y hay una pareja de jóvenes negros que tocan combo en una banda.
—a Bukowski le gusta Judy Garland. «allá sobre el arcoiris».
—me gustó aquella vez en Nueva York. ponía toda el alma. no había quien pudiera con
ella.—está muy gorda y bebe mucho.
la misma vieja mierda: gente arrancando carne sin llegar a ningún sitio. me fui algo
pronto. cuando lo hacía, les oí poner otra vez a J. Cash. paré a por cerveza y justo la bebía

cuando suena el teléfono.
—¿Bukowski?
—¿sí?
—Bill.
—ah, hola, Bill.
—¿qué haces?
—nada.
—¿qué haces el sábado por la noche?
—tengo un asunto.
—quería que vinieras, a conocer a una gente.
—no puedo. ese día.
—sabes, Charley, voy a cansarme de llamar.
—sí.
—¿aún escribes para el mismo papelucho de mierda?
—¿qué?
—ese periódico hippie…
—¿has leído algún número?
—claro. toda esa mierda de protestas. estás perdiendo el tiempo.
—no siempre escribo para el periódico de la policía.
—creía que sí.
—yo creí que tú habías leído el periódico.
—por cierto, ¿qué sabes de nuestro común amigo?
—¿Paul?
—sí, Paul.
—no sé nada de él.
—sabes, él admira muchísimo tu poesía.
—me parece muy bien.
—personalmente a mí no me gusta tu poesía.
—también me parece muy bien.
—no puedes venir el sábado.
—no.
—bueno, voy a hartarme de llamar. ten cuidado. buenas noches.

otro arrancador de carne. ¿qué demonios querían? bueno, Bill vivía en Malibú y Bill ganaba mucho dinero escribiendo (ollas a presión de mierda filosófico—sexual llenas de errores tipográficos e ilustraciones de pregraduado) y Bill no sabía escribir pero Bill tampoco sabía dejar el teléfono. telefonearía otra vez. y otra. y me soltaría sus cerotitos. yo era el viejo que no había vendido las pelotas al carnicero y esto les tenía jodidos. su victoria final sobre mí sólo podría ser una paliza física, y esto podía sucederle a cualquier hombre en cualquier sitio.

Bukowski creía que el ratón Mickey era un nazi; Bukowski hizo el ridículo más bochornoso en Bamey’s Beanery; Bukowski hizo un ridículo bochornoso en Shelly’s Nanne— hole; Bukowski le tiene envidia a Ginsberg, Bukowski envidia el Cadillac 1969, Bukowski no es capaz de comprender a Rimbaud; Bukowski se limpia el culo con papel higiénico de ese áspero y marrón, Bukowski no vivirá cinco años, Bukowski no ha escrito un poema decente

desde 1963, Bukowski lloró cuando Judy Garland… mató a un hombre en Reno.
me siento. meto la hoja en la máquina. abro una cerveza. enciendo un cigarrillo.
consigo una o dos líneas buenas y suena el teléfono.
—¿Buk?
—¿sí?
—Marty.
—hola Marty.

—escucha, acabo de leer tus dos últimas columnas. es muy bueno. no sabía que estuvieses
escribiendo tan bien. quiero publicarlas en forma de libro. ¿tienes ya lo de GROVE PRESS?
—sí.
—lo quiero. tus columnas son tan buenas como tus poemas. —un amigo mío de Malibú

dice que mis poemas apestan.
—que se vaya a la mierda. quiero las columnas.
—las tiene…

—coño, ése es un pomo. conmigo llegarás a las universidades, a las mejores librerías. cuando esa gente te descubra, ya está; están cansados de toda esa mierda intrincada que llevan siglos embutiéndoles. ya verás. ya estoy viendo publicado todo ese material tuyo antiguo que no se puede conseguir, vendiéndolo a dólar o un dólar y medio ejemplar y haciendo millones.
—¿no temes que me convierta en un gilipollas?
—bueno, siempre has sido un gilipollas, sobre todo cuando bebes… por cierto, ¿cómo te
va?
—dicen que agarré a un tipo en Shelly’s por las solapas y que le aticé un poco. pero podría
haber sido peor, sabes.
—¿qué quieres decir?
—quiero decir que podía haberme agarrado él a mí por las solapas y atizarme. una
cuestión de honor, sabes.
—escucha, no te mueras ni dejes que te maten hasta que hagamos esas ediciones de dólar

y medio.
—lo intentaré, Martin, lo intentaré.
—¿cómo va la edición de bolsillo?
—Stangest dice que en enero. acabo de recibir las pruebas de imprenta. y cincuenta de

adelanto que fundí en las carreras.
—¿es que no puedes dejar de apostar?
—nunca decís nada cuando gano, cabrones.
—es verdad. bueno, dime algo de tus columnas.
—vale. buenas noches.
—buenas noches.

Bukowski, el escritor de campanillas; una estatua de Bukowski en el Kremlin, meneándosela, Bukowski y Castro, una estatua en La Habana, bajo la luz del sol, llena de cagadas de pájaros, Bukowski y Castro en un tándem de carreras hacia la victoria (Bukowski en el asiento de atrás), Bukowski bañándose en un nido de oropéndolas; Bukowski azotando a una esbelta rubia de diecinueve abriles con un látigo de piel de tigre, una espigada rubia de noventa y cinco centímetros de busto, una esbelta rubia que lee a Rimbaud; Bukowski haciendo cucú en las paredes del mundo, preguntándose quién tapió la suerte… Bukowski yendo a por Judy Garland cuando era ya demasiado tarde para todos.

luego recuerdo la vez que volví al coche. justo junto al Bulevar Wilshire. su nombre está en el gran cartel. trabajamos una vez en el mismo trabajo mierda. no me emociona el Bulevar Wilshire. pero aún soy un aprendiz. en principio no excluyo nada. él es mulato, de una combinación de madre blanca y padre negro. caímos juntos en el mismo trabajo mierda, fue algo mutuo. sobre todo, no querer palear mierda siempre, y aunque la mierda era una buena profesora había sólo determinadas lecciones y luego podía ahogarte y liquidarte para siempre.
aparqué detrás y llamé a la puerta trasera, dijo que me esperaría hasta tarde aquella noche.

eran las nueve y media. se abrió la puerta.
DIEZ AÑOS. DIEZ AÑOS. diez años. diez años. diez. diez jodidos AÑOS.
—¡Hank, hijo de puta!
—Jim, pedazo de cabrón…
—vamos, pasa.

le seguí. dios mío, increíble. pero es agradable cuando se van las secretarias y el personal. en principio no excluyo nada. tiene seis u ocho habitaciones. entramos en su despacho. saco los dos paquetes de seis cervezas.

diez años.

él tiene 43. yo 48. parezco por lo menos quince años más viejo que él. y me da un poco de vergüenza. la barriga floja. el aire de perro apaleado. el mundo se ha llevado de mí muchas horas y años con sus tareas anodinas y rutinarias; se nota. me da vergüenza mi fracaso; no su dinero, mi fracaso. el mejor revolucionario es un hombre pobre. yo no soy siquiera un

revolucionario, sólo estoy cansado. ¡vaya cubo de mierda! espejo, espejo…
tenía buen aspecto con su jersey amarillo claro, tranquilo y realmente contento de verme.
—he atravesado el infierno —dijo—, llevo meses sin hablar con un verdadero ser humano.
—hombre, no sé si yo estoy cualificado.
—lo estás.
la mesa escritorio parece tener siete metros de ancho.

—Jim, me han echado de tantos sitios como éste. un mierda sentado en una silla giratoria. como un sueño de un sueño de un sueño. todos malos. ahora estoy aquí sentado bebiendo una cerveza con un hombre que. está detrás de la mesa y no sé más ahora de lo que sabía entonces.
se echó a reír.
—chaval, quiero que tengas oficina propia, un sillón propio, tu propia mesa. sé lo que te

pagan ahora. ganarás el doble.
—no puedo aceptarlo.
—¿por qué? —quiero saber de qué te serviría yo.
—necesito tu cerebro.
se echó a reír.
—hablo en serio.
luego esbozó el plan. me dijo lo que quería. tenía uno de esos cerebros hijoputas que

sueñan ese tipo de cosas. parecía tan bueno que tuve que reírme.
—me llevará tres meses arreglarlo —le dije.
—entonces firmaremos el contrato.
—por mí de acuerdo. pero esas cosas a veces no resultan.
—resultará.
—mientras tanto, tengo un amigo que me dejará dormir en su casa en el cuarto de las
escobas, si algo falla.
—estupendo.

bebimos dos o tres horas más y luego él se fue a dormir lo suficiente como para reunirse luego con un amigo y dar un paseo en yate a la mañana siguiente (sábado) y yo di una vuelta y me salí del barrio elegante y en el primer tascucho que encontré recalé a echar un trago o dos. y bueno, hijoputa si no encontré allí a un tipo al que conocía de un sitio en que habíamos trabajado los dos.

—¡Luke! —dijo—. ¡hijoputa!
—¡Hank, chaval!
otro negro. (¿qué hacen los blancos por la noche?) parece de capa caída, así que le convido

a una copa.
—¿aún sigues allí? —me pregunta.
—sí.
—mierda, tío —dice.
—¿qué?
—no podía aguantar más, sabes, así que me largué. conseguí en seguida otro trabajo. en
fin, un cambio, ya sabes. eso es lo que mata a un hombre hombre: la falta de cambio.
—lo sé, Luke.

—bueno, la primera mañana me acerqué a la máquina. era un sitio en que trabajaban con fibra de vidrio. yo llevaba una camisa de cuello abierto y manga corta y me di cuenta de que la gente me miraba mucho. En fin, me senté y empecé a manejar las palancas y todo fue bien durante un rato, hasta que de pronto empiezo a notar un picor por todo el cuerpo. entonces voy y le digo al capataz: «oiga, ¿qué demonios es esto? ¡me pica todo el cuerpo! ¡el cuello, los brazos, todo!». y él entonces me dice: « ¡no es nada, ya te acostumbrarás». pero me doy cuenta de que él lleva la camisa abotonada y un pañuelo al cuello y que la camisa es de manga larga, en fin. voy al día siguiente bien abotonado y con mi pañuelo pero no sirve de nada: aquel jodido cristal es tan fino que no puedes verlo, son como pequeñas flechitas de cristal que atraviesan la ropa y se clavan en la piel. entonces me di cuenta de por qué me hacían ponerme las gafas protectoras. aquello podía dejar ciego a un hombre en media hora. tenía que largarme. fui a una fundición. amigo, ¿sabes que los tipos VERTIAN ESA MIERDA AL ROJO EN MOLDES? lo vertían como si fuese grava o grasa de cerdo. ¡increíble! ¡y caliente! ¡mierda! me largué. ¿cómo te va, hombre?

—Luke, esa zorra de allí no deja de mirarme y de sonreír y de subirse la falda.
—no le hagas caso, está loca.
—pero tiene buenas piernas.
—sí, sí que las tiene.
pedí otro trago, lo cogí, y me fui hacia ella.
—hola nena.
ella entonces hurga en el bolso, saca, aprieta el botón y aparece una hermosa navaja

automática de quince centímetros. miro al del bar que no parece inmutarse.
—¡si te acercas un paso más te corto las pelotas! —dice la zorra.
tiro su vaso y cuando mira la agarro por la muñeca, le quito la navaja, la cierro, me la meto
en el bolsillo. el del bar sigue inmutable. vuelvo con Luke y terminamos nuestros tragos. me
doy cuenta de que son las dos menos diez y pido dos paquetes de seis cervezas. vamos a mi

coche. Luke está sin ruedas. ella nos sigue.
—necesito que me lleves.
—¿adónde?
—hacia Century.
—es mucho camino.

—¿y qué? vosotros, hijos de puta, me robásteis la navaja. cuando estoy a mitad de camino de Century, veo aquellas piernas femeninas alzarse en el asiento trasero. cuando las piernas bajan me arrimo a una esquina oscura y le digo a Luke que eche un cigarro. odio ser el segundo, pero cuando lleva uno mucho tiempo sin ser el primero y es teóricamente un gran artista y maestro de Vida, TIENEN que servir los segundos platos, y, como dicen los muchachos, en algunos casos son mejores los segundos. estuvo bien. cuando la dejé le devolví la navaja envuelta en un billete de diez dólares: estúpido, desde luego. pero me gusta ser estúpido. Luke vive entre la Octava e Irola así que no queda muy lejos de mi casa.
cuando abro la puerta, empieza a sonar el teléfono. abro una cerveza y me siento en la
mecedora y le oigo sonar. ha sido suficiente para mí. oscurecer, noche y mañana.

Bukowski lleva calzoncillos de color marrón. a Bukowski le dan miedo los aviones. Bukowski odia a Santa Claus. Bukowski hace figuras deformes con las gomas de la máquina de escribir. cuando el agua gotea, Bukowski llora. cuando Bukowski llora, el agua gotea. oh, sancta sanctorum de los manantiales, oh escrotos, oh manantes escrotos, oh la gran fealdad del hombre por todas partes como ese fresco cagarro de perro que el zapato matutino de nuevo no ve. oh la poderosa policía, oh las poderosas armas, oh los poderosos dictadores, oh los poderosos malditos imbéciles de todas partes, oh el solitario pulpo, oh el tic tac del reloj sorbiéndonos cada limpio minuto a todos nosotros, equilibrados y desequilibrados y santos y acatarrados, oh los vagabundos tirados en callejas de miseria en un mundo de oro, oh los niños que se harán feos, oh los feos que se harán más feos, oh la tristeza y la bota y el sable y los muros de tierra (sin Santa Claus, sin mujer, sin varita mágica, sin Cenicienta, sin Grandes Inteligencias siempre; cu-cú) sólo mierda y perros y niños azotados, sólo mierda y limpiar mierda; sólo médicos sin pacientes sólo nubes sin lluvia sólo días sin días, oh dios oh poderoso que tú nos impongas esto.
cuando penetremos en tu poderoso palacio de JUDÍO y ángeles fichadores quiero oír Tu

voz sólo diciendo una vez
MISERICORDIA
MISERICORDIA
MISERICORDIA
PARA TI MISMO y para nosotros y para lo que te hagamos a Ti, doblé por Irola hasta
llegara Normandie, eso fue lo que hice, y luego entré y me senté y oí sonar el teléfono.

“NOCTURNAS CALLES DE LOCURA” DE CHARLES BUKOWSKI

El chico y yo éramos los últimos de una juerga en mi casa y estábamos allí sentados cuando alguien, fuera, empezó a tocar la bocina de un coche, fuerte FUERTE FUERTE, oh canta fuerte, pero luego todo es como hachazos en la cabeza, de todos modos. el mundo no hay quién lo arregle, así que simplemente seguí allí sentado con mi copa, fumando un puro y sin pensar en nada; se habían ido los poetas, los poetas y sus damas se habían ido, y el ambiente resultaba bastante agradable, a pesar de aquella bocina. en comparación. los poetas se habían acusado mutuamente de diversas traiciones: de escribir mal, de fallos y cada uno de ellos proclamaba así merecer más aplausos, escribir mejor que Fulano y Mengano y Zutano. les dije a todos que lo que necesitaban era pasarse dos años en una mina de carbón o una central siderúrgica, pero siguieron discurseando, aquellos melindrosos, bárbaros, apestosos, y, la mayoría, podridos escritores. ya se habían ido. el puro era bueno. el chico seguía allí sentado. yo acaba de escribir un prólogo para su segundo libro de poemas. ¿o era el primero? no lo sé muy bien.
—oye —dijo el chaval—, hay que salir a decirle a ese tío que se calle, que se meta la
bocina en el culo.

el chico no escribía mal, y sabía reírse de sí mismo, lo cual es, a veces, signo de grandeza, o al menos signo de que tienes cierta posibilidad de acabar siendo algo más que un cerote literario disecado. el mundo estaba lleno de cerotes literarios disecados que no paraban de contar que se habían encontrado a Pound en Espoleto o a Edmund Wilson en Boston, o a Dalí en ropa interior, o a Lowell en su jardín; allí sentados con sus pequeños albornoces, te lo contaban una y otra vez para que te enteraras, y AHORA tú estabas hablando con ELLOS, ay, te das cuenta. «… la última vez que vi a Burroughs…» «Jimmy Baldwin, Dios, qué borracho estaba, tuvimos que ayudarle a salir al escenario y apoyarle en el micro. . . »

—tenemos que salir ahí fuera y decirle que se meta esa bocina en el culo —decía el chico, influido por el mito Bukowski (en realidad yo soy un cobarde), y el rollo Hemingway, y Humphrey B. y Eliot con sus calzones enrolladitos… en fin. di una chupada al puro. la bocina seguía. ALTO CANTA EL CUCO.

—la bocina no está mal. no salgas a la calle después de llevar cinco o seis u ocho o diez horas bebiendo. tienen jaulas preparadas para la gente como nosotros. no creo que pueda soportar otra jaula, otra de esas malditas jaulas. ya me construyo yo solo bastantes.
—voy a salir a decirles que se la metan en el culo —dijo el chico.

el chico estaba influido por el superhombre, Hombre y Superhombre. él quería hombres inmensos, duros y criminales, uno noventa, ciento veinte kilos, que escribiesen poesía inmortal. pero por desgracia los fortachones eran todos subnormales y eran los mariquitas elegantes de pulidas uñas los que escribían los poemas de los tipos duros. el único que se ajustaba al modelo de héroe del muchacho era el gran John Thomas, y el gran John Thomas siempre actuaba como si el muchacho no estuviese allí. el chico era judío y el gran John Thomas tenía conexiones con Adolfo. me gustaban los dos y a mí no suele gustarme la gente.
—escucha —dijo el chico—, yo voy a salir a decirles que se metan la bocina por el culo.

ay Dios. el chico era grande pero un poco por la vertiente gorda, no se había debido perder muchas comidas, pero era flojo por dentro, bueno por dentro, asustado y preocupado y un poco loco, como todos nosotros, ninguno había triunfado, en realidad, y yo dije, «chaval, olvida la bocina. me parece que no la toca un hombre. parece una mujer. los hombres paran y lanzan bocinazos, lanzan amenazas musicales. las mujeres simplemente se apoyan en la bocina. el sonido total, una gran neurosis femenina.»
—¡joder! —dijo el chico. corrió hacia la puerta.
¿qué importa esto? pensé. ¿qué más da? la gente sigue haciendo cosas que no cuentan.
cuando haces una cosa, todo debe estar ordenado matemáticamente. eso fue lo que aprendió
Hemingway en las corridas de toros y lo aplicó en su obra. eso es lo que yo aprendo en las

carreras de caballos y lo aplico a mi vida. los buenos de Hem y Buk.
—qué hay, Hem, soy Buk.
—oh, Buk, que alegría oírte.
—es que me gustaría acercarme a tomar una copa.
—oh, me encantaría. muchacho, pero sabes, bueno, en realidad me voy ahora mismo de la
ciudad.
—pero, ¿por qué te vas, Ernie?

—tú has leído los libros. dicen que estaba loco, que imaginaba cosas. entrando y saliendo del manicomio. dicen que imaginaba que tenía el teléfono controlado, que imaginaba que tenía la silla pegada al culo, que me seguían y me vigilaban. sabes, yo no fui en realidad político, pero siempre jodí con la izquierda, la guerra española, todo ese rollo.
—sí, la mayoría de vosotros los literatos os inclináis a la izquierda. parece romántico, pero
puede resultar una trampa infernal.
—lo sé. pero en fin, yo tenía aquella terrible resaca y sabía que había dado un patinazo, y
cuando creyeron en EL VIEJO Y EL MAR supe que el mundo estaba podrido.
—lo sé. volviste a tu primer estilo, pero no era real.
—yo sé que no era real. y conseguí el PREMIO. y que me siguieran y me vigilaran. la
vejez cayó sobre mí. bebiendo allí sentado como un vejestorio, contando historias rancias a

quien quisiese escucharlas. ¿que iba a hacer sino pegarme un tiro?
bueno, Ernie, ya te veré.
—de acuerdo, sé que lo harás, Buk.
coló. v cómo.

salí fuera a ver lo que hacía el chico. era una vieja en un coche del 69. seguía tumbada en la bocina. ni piernas, ni pecho, ni cerebro. sólo un coche del 69 y rabia, rabia, inmensa y total. un coche bloqueaba . la entrada de su casa. tenía casa propia. yo vivía en uno de los últimos patios cochambrosos de DeLongpre. algún día el propietario lo vendería por una gran suma y yo sería bulldozeado. terrible. daba fiestas que duraban hasta que salía el sol, escribía a máquina día y noche. en el patio de al lado vivía un loco. todo era agradable. una manzana al norte y diez al oeste podía caminar por una acera que tenía huellas de ESTRELLAS. no sé lo que los nombres significan. no voy al cine. no tengo televisor. tiré por la ventana el aparato de radio cuando dejó de funcionar. borracho. yo, no el aparato. en una de mis ventanas hay un gran agujero. olvidé que tenía, cristales. tuve que sacar la radio de allí y abrir la ventana para tirarla. después, borracho y descalzo, mi pie (izquierdo) recogió todos los cristales, y el médico, mientras me lo abría sin ponerme siquiera anestesia, mientras buscaba los malditos cristales, me preguntó: —oiga, ¿anda usted siempre por ahí sin saber lo que hace? —casi siempre, nene. entonces me dio un gran corte que no era necesario. me agarré a la mesa y dije: —sí, Doctor. entonces se puso más amable. ¿por qué han de estar los médicos por encima de mí? no lo entiendo. el viejo cuento del hechicero. así pues, estaba en la calle, Charles Bukowski, amigo de Hemingway, Ernie, que nunca ha leído MUERTE EN LA TARDE. ¿dónde consigo un ejemplar? el chico dijo a la chiflada del coche, que sólo exigía respeto y estúpidos derechos de propiedad: —retiraremos el coche, lo sacaremos de ahí en medio. el chico hablaba también por mí. ahora que le había escrito su prólogo, le pertenecía. —mira, muchacho, no hay sitio al que empujar el coche. v en realidad me importa un pito, yo voy a echar un trago.
empezaba a llover. tengo la piel delicadísima, igual que los caimanes, y el alma a juego.
me fui, mierda, ya estaba harto de guerras.
me fui y luego, cuando estaba a punto de llegar al agujero del patio de delante, oí gritos.
me volví.

y había lo siguiente: un chico delgado, de camiseta blanca que le gritaba descompuesto al poeta judío gordo cuyos poemas acababa de prologar. ¿qué tenía que ver con el asunto el de la camiseta blanca? el camisetablanca empujaba a mi poeta semiinmortal. con fuerza. la loca seguía tumbada en la bocina.
Bukowski, ¿deberías probar otra vez tu gancho de izquierda? te balanceas como la puerta de un granero viejo y sólo ganas una pelea de cada diez. ¿cuál fue la última pelea que ganaste? deberías usar bragas.
bueno, demonios, con un historial como el tuyo, una paliza más no será ninguna
vergüenza.

empecé a avanzar para ayudar a aquel chaval judío y poeta, pero vi que tenía acogotado al camisetablanca. y entonces, del lujoso edificio de veinte millones de dólares que había junto a mi agujero cochambroso, salió una joven corriendo. vi cómo se balanceaban las mejillas de su trasero a la falsa luz lunar de Hollywood. nena, podría enseñarte algo que nunca, jamás olvidarías: casi nueve sólidos centímetros de palpitante polla, ay dios santo, pero ella no me dio oportunidad, corrió meneando el culo hasta su pequeño Fiaria del 68 o como se llame, y entró, lindo chochito muriéndose por mi alma poética, entró, puso en marcha el chisme, lo sacó de allí en medio, casi me atropella, a mí, a Bukowski, BUKOWSKI, Mnnnn, y se mete en el aparcamiento subterráneo del edificio de veinte millones. ¿por qué no lo había aparcado allí desde el principio?

el chico de la camiseta blanca aún sigue dando vueltas por allí, descompuesto, mi poeta judío ha vuelto a mi lado, allí a la luz lunar de Hollywood, que era como apestosa agua de lavar platos derramada sobre todos nosotros, resulta tan difícil suicidarse, quizás cambie la suerte, hay un PENGUIN a punto de salir, Norse—Bukowski—Lamantia… ¿qué?

ahora, ahora, la mujer tiene sitio para entrar en su casa pero es incapaz de hacerlo. ni siquiera sabe situar adecuadamente el coche. sigue dando hacia atrás y embistiendo a un camión blanco de reparto que hay frente a ella. allá se van las luces de situación al primer golpe. retrocede. acelera. allá va media puerta trasera. marcha atrás. acelerador. allá se van la defensa y la mitad del lado izquierdo, no, del derecho, es el derecho. da igual. el camino queda despejado.
Bukowski-Norse-Lamantia. libros de bolsillo. menuda suerte tienen los otros dos tíos de
que yo esté allí.
de nuevo mierdoso acero que choca con acero. y en medio ella tumbada, sobre la bocina,

camisetablanca se bambolea a la luz de la luna, enloquecido.
—¿qué pasa? —pregunté al chico.
—no sé —admitió finalmente.
—serás un buen rabino algún día, pero debes comprender todo esto.
el chico estudia para rabino.
—no lo comprendo —dice.
—necesito un trago —digo—. si estuviese aquí John Thomas los mataría a todos, pero yo
no soy John Thomas.

estaba a punto de irme, la mujer seguía destrozando el camión blanco de reparto y yo estaba a punto de irme ya cuando un viejo con gafas y un holgado abrigo marrón, un tío realmente viejo, más viejo que yo, y eso es ser viejo, salió y se enfrentó al chico de la camiseta. ¿enfrentó? ¿será ésa la palabra justa?

lo cierto es que, al parecer, el viejo de las gafas y el abrigo marrón sale con aquella gran lata de pintura verde, debía ser por lo menos de un galón o de cinco, y no sé lo que significa esto, he perdido por completo el hilo de la trama o el significado, si es que hubo alguno en principio, y el viejo, digo, tira la pintura al chico de la camiseta blanca que está dando vueltas en círculo por la Avenida DeLongpre. a la luz lunar mierda de pollo de Hollywood, y la pintura no le da de lleno, sólo le alcanza un poco, allí donde acostumbraba a estar el corazón, un golpe de verde sobre el blanco, y sucede deprisa, lo deprisa que suceden las cosas, casi más de lo que ojo o pulsación puedan sumar, y por eso uno recibe versiones tan distintas de cualquier hecho, motín, pelea a puñetazos, de cualquier cosa, ojo y alma no pueden parangonarse con la ACCION animal y frustrante, pero veo al viejo encogerse, caer, creo que el primero fue un empujón, pero sé que el segundo no lo fue. La mujer del coche dejó de embestir y de dar bocinazos y se quedó allí sentada chillando, chillando, un chillido total que significaba lo mismo que había significado la bocina, ella estaba muerta y liquidada para

siempre en un coche del 69 y no podía aceptarlo, estaba enganchada y destrozada, desechada, y algún pequeño sector del interior de su ser aún lo comprendía. (nadie pierde definitivamente su alma, sólo se llevan un noventa y nueve por ciento de ella.)

camisetablanca acertó de lleno al viejo con el segundo golpe. le partió las gafas. le dejó tambaleándose y flotando en su viejo abrigo marrón. al fin, el viejo logró recuperarse y el chico le atizó otro. cayó. le pegó otra vez al ver que intentaba incorporarse, aquel chico de la

camiseta blanca estaba pasándolo muy bien.
—¡DIOS MIO! ¿VES LO QUE LE HACE AL VIEJO? —me dijo el joven poeta.
—sí, sí, es muy curioso —dije, deseando un trago, o por lo menos un cigarro.
volví hacia mí casa. cuando vi el coche patrulla aceleré el paso. el chico me siguió.
—¿por qué no volvemos a decirles lo que pasó?
—porque lo único que pasó fue que todos dejaron que la vida les arrastrara a la locura y la
estupidez. en esta sociedad sólo hay dos cosas que cuentan: que no te agarren sin dinero y que

no te agarren mamado de ningún tipo de cosa.
—pero no debió hacerle aquello al viejo.
—los viejos están para eso.
—pero, ¿y la justicia?
—pero qué es la justicia: el joven azotando al viejo, el vivo azotando al muerto. ¿es que no

te das cuenta?
—pero tú dices esas cosas y eres viejo.
—ya lo sé. vamos dentro.

saqué más cerveza y nos sentamos. el rumor de la radio del coche patrulla atravesaba las paredes. dos chavales de veintidós años con revólveres y porras iban a tomar una decisión inmediata basándose en dos mil años de cristiandad estúpida, homosexual y sádica. no es extraño que se sintiesen a gusto con el uniforme, la mayoría de los policías son empleaduchos de clase medía baja a quienes se les da un poco de carne para echar en la sartén y una mujer de culo y piernas medio aceptables, y una casita tranquila en MIERDALANDIA… son capaces de matarte para demostrar que Los Angeles tenía razón, le llevamos con nosotros, señor, lo siento, señor, pero tenemos que hacerlo, señor. dos mil años de cristianismo y ¿cómo acabamos? radios de coches patrullas intentando mantener en pie mierda podrida, y ¿qué más? toneladas de guerra, pequeñas incursiones aéreas, asaltos en las calles, puñaladas, tantos locos que llegas a olvidarlos, simplemente corren por las calles, con uniformes de policías o sin ellos. así que entramos y el chico siguió diciendo: —bueno, ¿por qué no salimos ahí y le explicamos al policía 1u que pasó? —no, chaval, por favor. si estás borracho, eres culpable, pase lo que pase. —pero si están ahí mismo. salgamos a decírselo. —no hay nada que decir. el chico me miró como si fuese un cobarde de mierda. lo era. él sólo había estado en la cárcel unas siete horas por una manifestación de universitarios. —chaval, creo que la noche terminó. le di una manta para el sofá y se tumbó a dormir. yo cogí dos botellas de cerveza, las abrí, las coloqué a la cabecera de mi gran cama alquilada, eché un gran trago, me estiré, esperé mi muerte como debió hacer Cummings, Jeffers, el basurero, el repartidor de periódicos, el corredor de apuestas… terminé las cervezas. el chaval se despertó hacia las nueve y media. no puedo entender a los madrugadores. Micheline era otro madrugador. de esos que se lanzan por ahí a tocar timbres, a despertar a todo el mundo. estaban nerviosos, intentaban derribar las paredes. siempre pensé que los que se levantan antes del mediodía son tontos de remate. lo mejor era lo de Norse: andar siempre con bata de seda y pijama por casa y dejar que el mundo siga su camino.

dejé al chico en la puerta y allá se fue al mundo. la pintura verde estaba seca en la calle. el azulejo de Maeterlinck estaba muerto. Hirsohman estaba sentado en una habitación oscura sangrando por la ventanilla derecha de la nariz.
y yo había escrito otro PROLOGO a otro libro de poesía de alguien. ¿cuántos más?
—hola Bukowski, tengo este libro de poemas. pensé que podrías leer los poemas y decir
algo.
—¿decir algo? pero hombre, si a mí no me gusta la poesía.

—da igual. sólo di algo.

el chico se había ido. yo tenía que cagar. el water estaba atascado. el casero se había ido fuera tres días. saqué la mierda y la metí en una bolsa de papel marrón. luego salí y caminé con la bolsa de papel como el que va al trabajo con el almuerzo. luego, cuando llegué al solar vacío, tiré la bolsa. tres prólogos. tres bolsas de mierda. nadie comprendería jamás lo que sufría Bukowski.

volví hacia casa, soñando con mujeres en posición supina y fama perdurable. lo primero resultaba más agradable. y me estaba quedando sin bolsas marrones. quiero decir, sin bolsas de papel. las diez, el correo. una carta de Beiles, está en Grecia. decía que allí también llovía.
bueno, en fin, dentro y solo de nuevo, y la locura de la noche la locura del día. me eché en
la cama, en posición supina mirando fijo hacia arriba y oyendo la lluvia mamona.